"Veintids caballeros templarios cabalgan
silenciosos, como volando sobre las arenas
de la Alemaida, en el novilunio de septiembre."
Dejando atrs las seguras murallas del templo,
parten de Tierra Santa guiados por Gunter
de Amalfi y marchan hacia el corazn de Francia.
Su misin incierta y misteriosa les enfrentar
con sarracenos y piratas, con las intrigas
del emperador Federico y del propio Papa,
con el orgullo de los caballeros teutnicos
y con la tragedia de los ctaros. Ritos iniciticos,
cortes de amor, conjuras, herejas, enigmas
histricos sin resolver se mezclan
en esta primera gran novela contempornea
sobre los misterios de la caballera
esotrica medieval.

Franco Cuomo es periodista, escritor
y un dramaturgo italiano de xito. Ha sido
galardonado con numerosos premios en su pas
y fue finalista del importante premio Strega.
Sus obras teatrales estn inspiradas en personajes
histricos de inquietante ambigedad, como
Glacomo Casanova, Nern, Juana
de Arco y Gules de Rais.


Gunter de Amalffi
Caballero templario






Novela Histrica

Gunter de Amalfi
Caballero templario


Franco Cuomo





SALVAT

Diseo de cubierta: Ferran Cartes/Montse Plass
Traduccin:	Manuel Garca Vi
Traduccin cedida por Editorial EDAF, S.A.

Ttulo original italiano: Gunther DAmalfi, cavaliere templare




A Ve/ja



	1995 Salvat Editores, S.A. (Para la presente edicin)
	1989 Newton Compton Editori, s.r.l. Roma (Italia)
	De la traduccin, Editorial EDAF, S.A.
	1991 Editorial EDAF, S.A. (Para la edicin en espaol
por acuerdo con Newton Compton Editori, s.r.l.)


ISBN:	84-345-9042-5 (Obra completa)
ISBN:	84-345-9112-X (Volumen 69)
Depsito Legal: B-37854-1995
Publicado por Salvat Editores, S.A., Barcelona

Impreso por CAYFOSA. Noviembre 1995
Prmted m Spain - Impreso en Espaa



NDICE
		Pgs.
	Los templarios	15

	La misin de Gunrer. Cmo veintids cruzados aniquilaron a mil
sarracenos. Armas y tcnicas de guerra de los templarios. El Bausant.
Recuerdo de Gwendala y de la infancia mediterrnea de Gunter, ms
amalfirano que germano. La iniciacin caballeresca: rituales y juramento.
Llegada a Tiro.
	La cruzada permanente	27

	Gunter conoce al Bafomet y es iniciado a sus misterios. Oriente y
Occidente, teora de la pacificacin universal. Costumbres del Temple,
alimento y reposo de los caballeros segn las reglas del venerable Ber-
nardo. Muerte de Simn, fuerte de brazo y frgil de espritu.
	Los hermanos orientales	37

	El xtasis de los sufes. Donde se aprende qu es un tiempo para
observar la ley y un tiempo para violarla. La seduccin de las danzarinas
inexistentes. Antlopes, cebras, lobas, panteras y otras hembras encanta-
das enloquecen la duermevela de Gunter, que pierde el cinturn y se ve
obligado a sustituirlo por un echarpe de dudosa proveniencia. Batalla en
el valle de la Bekaa. El llanto del guerrero sobre su caballo muerto.
	La nodriza del Agnus Dei	57

	En el mar hacia Chipre. Las visiones de Saura y el amamantamiento
del cordero mstico. El caballero, la monja y la hur.
Los estigmas de Saura	 67

	Llegada a Famagusra. Segundo encuentro de Gunter con el Bafome~.
Donde se habla de los animales de los cuatro evangelistas, de la Esfinge de
Egipto, del Pegaso celeste y de otros animales sagrados.
Las mesas del Grial                                       

	De nuevo en el mar hacia Canda. Gunrer bebe el ka: y se inrerroga
sobre las cifras perdidas de las matemticas divinas. Ecuacin entre la
mesa cuadrada de Jos de Arimatea y la redonda de Merln. Adis a Saura.
La cruz ultrajada dc los caballeros de Candia.

Monjas, marineros genoveses y piratas tunecinos	

	Un abordaje fracasado. Cmo fue que nueve templarios, algn mari-
nero y cinco monjas capturaron a ochenta y cuatro piratas musulmanes.
Arrepentimiento, abjuracin y conversin de los prisioneros.

Abelcain, caballo manchado                               

	Arribada a las playas de Gargano y reparto de los esclavos tunecinos.
Costumbres y gentileza de nimo de la gente de la costa. Adopcin de los
rabes por familias de Pesehic y Rodas. Los templarios reemprenden la
cabalgata. Escaramuza y propiciacin en la eleccin de nuevos caballos.

El bosque                                        
75
halconeros, maestros armeros, cinceladores, banqueros, caballeros y da-
mas en el castillo imperial de Lucera. Proyectos para una nueva cruzada y
tratado sobre Jerusaln. Anronelo, menestral romano, se une a los
templarios.
Los amantes de las espadas                          
131
	Encuentro con los caballeros teutnicos en la llanura pugliesa. Un
banquete con los cruzados del hielo, en marcha para la cristianizacin del
Bltico y de la inexplorada Eslavonia. Escuderos rubios y hojas relucien-
tes para la embriaguez del guerrero. La bebida de los dioses.
83
La Jerusaln celeste                                 
141
	Donde se ve que el Sepulcro est en todas parres. Folco de Auvernia
encuentra el suyo sobre los Apeninos. ~~Duerme en paz, caballero, han
acabado tus noches   El azul ms all de los montes.
91
Npoles, las damas entrometidas                      
145
	Stefanera y las dems. Leyenda del halcn mgico de Arturo y origen
del derecho del amor.
Corte de Amor                                    
99
	Humedad, oscuridad y misterio de los rboles. Donde se da cuenta de.
que Dios tiene necesidad de espacio y de luz. Nostalgia de las aireadas lla-
nuras de Tierra Santa. Gnomos deformes y equvocas hadas, espritus
desterrados de doctrinas perdidas habitan en la oscuridad del follaje. Y
esto no le place a los templarios. Encuentro con un sacerdote que vuela y
reflexiones sobre la levitacin. Recuerdo del Viejo de la Montaa y de sus
asasis.

Federico                                                  

	Los templarios arrasan el bosque. El que lleva su desventura: Muerte
de Perdigorro y Rambaldo en un accidente de caza. Encuentro con el
emperador, sus cortesanos y la escolta teutnica. Etiqueta, halcones y
polirica. Los templarios de San Severo.
Caprichos cortesanos	125

	Astrnomos, poetas, cortesanos, arquitectos, msicos, matemticos,
111
155
	La sentencia de la marquesa de las flores de abril, de la princesa de
las violetas, de la condesa de las cerezas silvestres, de la duquesa de los
dtiles de mar y de otras ilustres seoras. Ritornelo desgarbado de Anro-
nelo y fuga de los templarios, afligidos por la arrogancia femenina.
	La justa de Fondi	165

	Metamorfosis de Ceprania de Esperia, ultrajada por el gigante Buro
Sabino y rescatada en duelo por el templario Dionig de Nanterre. Donde
se asiste al dulcsimo fin de un emotivo caballero, incapaz de sobrevivir al
beso de una dama.
	Los hermanos albailes de Cassino	177

	Los sueos de piedra de maestre Valderigo de la Escuadra, construc-
tor de iglesias. Antiguos cdices y nuevas catedrales. Gunrer encuentra
una vez ms al Bafomer, en efigie de Jano bifronte, engastado en el capi-
tel de un ajimez, ncubos. Donde el templario huye de los abrazos de una
ninfa arbrea y de una sirena lacustre, pero es seducido por una quimera y
finalmente salvado por el caballo Abelcain.





L
La Damadis, seora de la Santa Sangre                
185
	Un misterio ms que desentraar: la esposa de Dios. Vacilan las certe-
zas de Gunter, oprimido por la tosca cristolatria de los devotos. Roma,
ciudadela minscula y malsana, donde habitan la insidia y la traicin. La
batalla de la espa. Emboscada en los montes Albanos.

Las brujas perfectas de Carcasona                       

	De nuevo en el mar, entre Civitavecehia y Marsella, sobre una nave
pisana de vientre ancho y velas cuadradas. Ocio rirrnico y contrabando
de reliquias. Preocupacin entre las autoridades eclesisticas por la multi-
plicacin de sbanas santas, ampollas con leche de Mara, frascos con
lgrimas de Cristo, clavos de la cruz, prepucios milagrosos, senos de Santa
Agueda y partidas enteras de objetos de la ms disparatada procedencia.
De nuevo a caballo sobre el camino de Toulouse. Hogueras, vino caliente
y juegos nocturnos con cuatro muchachas. La mstica de la transgresin.

Montsegur la inexpugnable                               

	Una tragedia amenaza al pacfico pueblo albigense, culpable de supe-
rarse en pureza y de saber demasiado sobre ciertos incmodos misterios
de la fe. Llamada de los sabios occtanos al honor de los caballeros tem-
planos. Gunter reencuentra a Perfecta, que no es una bruja de los bos-
ques, como le haba hecho creer, sino una sacerdotisa ctara.

Myrta Myrtilla                                      

	Amor y sacrilegio: el templario y la perfrcta. Donde se aprende que
Dios tiene necesidad tanto del mal cuanto del bien, puesto que toda cosa
es necesaria a su contraria. Navidad en Monrsegur. La nueva y espantosa
libertad de Gunter.

El sacrificio de los caballeros grises                     

	Cruzados contra la cruz, una eleccin sin retorno. El mapa secreto de
los caminos templarios: huir, comunicar, ir adonde se quiera por la liber-
tad de todos. El hijo de Gunrer.

Exterminio en el Languedoc                          

	Adis a Montsegur. Gunter y Telmo se cruzan con el inagotable ejr-
cito de Montfort y atraviesan la desolada tierra de los perros, nicos
supervivientes del paso de los cruzados. Disputa entre un sacerdote y un






J
7
caballero. Cmo distinguir a los cristianos dc los herejes? Matadlos a
todos, Dios sabr reconocer a los suyos.
El orculo fatigado                                  
195










211
247
	El Bafomet mecnico de Dijn, ngel animado en disposicin de
,hacer previsiones. Las cabezas parlantes dc Alberto Magno y del erudito
papa Silvestre. Recuerdos dc Ultramar: la mueca dc El-Ghirbi y la
marioneta proftica de Bagdad.
Los nmeros de oro	251

	Donde se habla de la miel recogida en el jardn de las Hesprides y de
la esmeralda cada de la frente de Lucifer, en la cual fue tallada la copa
perdida. Los templarios atraviesan el pantano artificial del Bosquc de
Oriente y se adentran en los territorios secretos. Gunrer entrega por fin
su mensaje.
Hombres rojos ms all del ocaso                      
261
	Como un pjaro que se ha quedado encerrado en una iglesia. Cuan-
ros ms mritos hayas hecho, menos sers recompensado... Nueva misin
de Gunter. Partida hacia la costa de las grandes nieblas.
	Eplogo. Treinta aos despus, en Montsegur	267


223





233




241
r


LOS TEMPLARIOS

	V	EINTIDScaballeros templarios cabalgan silenciosos, como
volando sobre las arenas de la Tolemaida, en el novilunio de

septiembre. Las seguras murallas del Templo quedaban ya a mu-
chas millas de distancia a su espalda. Dentro de poco, segn las
rdenes recibidas, deberan alcanzar la franja de costa controlada
por los caballeros de Damasco, evitando, de ser posible, cualquier
encuentro y ganando sin mayores problemas el puerto de Tiro.
All, y por parte del Maestre de aquella capitana, habran de reci-
bir instrucciones ms precisas sobre la continuacin de su misin,
que por el momento se les presentaba, ms que indefinida, incierta
y hasta contradictoria con los intereses de la cristiandad.
	Por qu, en efecto, alejar de los puestos avanzados de los cru-
zados a veintids guerreros de los ms tiles, monjes combatientes
dispuestos a hacer frente cada uno de ellos a compaas enteras de
sarracenos, justo en el momento en que, en el desierto de Siria,
estaban acumulndose hordas enemigas? Si el objetivo era el de
alcanzar un puerto para embarcarse e ir a reforzar la guarnicin de
Chipre, amenazada por las escaramuzas de los turcos, cada vez ms
audaces, cada vez ms frecuentes, no habra sido ms sencillo din-
girse hacia el cercano puerto de Jafa?

	Cosas as se iba preguntando Gunter de Amalfs, cabalgando a

15
la cabeza del escuadrn que le haba sido confiado, mientras el
viento aumentaba su intensidad. Pero l era seguramente el nico
en interrogarse y atormentarse con mil inexplicables dudas. Para
los dems, empezando por su ayudante, Simn de Domremy,
caballero provenzal de ms bien escasa fantasa, aunque de gran
valor, todo lo que contaba era la Orden del Temple y la santa cau-
sa de la cruzada, con cl rigor de sus reglas inescrutables y segu-
ras, entre las que resplandeca, por encima de toda otra, la obe-
diencia.
	El amalfiano Gunter Gioia, hijo de marinos, de cabellos rubios
y piel morena, era contradictorio, como su propio nombre, que
evocaba brumas germnicas y claridades mediterrneas al mismo
tiempo. Y era inseguro, dubitativo, como trabajado por la vida en
la melancola confusa del nacimiento hbrido que aquel nombre
expresaba. Su madre, la plida y hermosa princesa Gwendala de
Baviera, haba sido raptada, cuando era todava jovencsima, por
los piratas berberiscos, durante una tentativa de peregrinacin a
Tierra Santa, mas liberada poco despus por marinos cristianos del
armador amalfiano Rosario Gioia, un poco pirata tambin l
mismo, y un poco berberisco en los modos y en el color de la piel;
y tambin un poco pariente de aquel Flavio Gioia al que se le atri-
buye la invencin de la brjula.
	El matrimonio haba sido la conclusin mis natural para am-
bos, y no solamente por evidentes razoner de inters, ligadas, por
ejemplo, al rescate que la avara familia bvara de Gwendala habra
debido pagar por su liberacin, sino tambin por la real existencia
de una recproca atraccin. Como por una superposicin de colo-
res que produce imprevisibles manchas luminosas, ella habra que-
dado probablemente fascinada por la brutalidad salobre de aquel
marino tan bronceado, ms oscuro que los propios tunecinos que
la haban raptado primero, y l, por su parte, por la finura sobrena-
tural de aquel santo rostro de ojos de niebla, al que unos pocos das
expuesto al sol le haban producido terribles quemaduras.
	As haba nacido Gunrer, que en las intenciones paternas tam-
bin habra podido llamarse Lucas o Genaro, si la madre no se

16
hubiese sentido tan ligada (y, por lo dems, por qu impedirselo?)
a las propias tradiciones.
	Pero no se le pone el nombre de Gunter a un niito amalfiano
para despus abandonarlo a la edad de siete u ocho aos, agra-
vando el peso de un nombre ya de por si difcil de llevar con las
murmuraciones inevitables ante una desaparicin nunca aclarada
del todo. Porque Gwendala no quiso exponerse jams al riesgo de
sucesivos raptos, un poco tratando confidencialmente marinos de
las nacionalidades ms dispares, dado que senta nostalgia de la
irrepetible experiencia probada en su primera juventud, y un poco
por la costumbre de desvanecerse en los lugares ms inesperados
por causa de aquella mana suya nrdica de curarse la propia melan-
cola con dosis crecientes de zumo de uva fermentado y otras
varias infusiones. Hasta que desapareci definitivamente, raptada
segn se cuenta -aunque nada se sabe con certeza- por pescado-
res sorrentinos, con los que se haba entretenido discutiendo en la
playa por la adquisicin de una langosta.

	La fuerza del viento haba crecido. Y los veintids caballeros
templarios continuaban avanzando con paso constante por entre
los torbellinos de arena.
	En torno a ellos alboreaba. Gunter estaba indeciso sobre s
ordenar o no una parada para el descanso, como estaba previsto
para las primeras luces del da, para confundirse entre las dunas a la
espera de la oscuridad, y reemprender la marcha despus del atar-
decer, o bien continuar, aprovechando la tempestad, que haca las
veces de escudo, ocultndoles a los ojos de los vigias sarracenos.
	Lo arranc de sus dudas Simn de Domremy, solicitndole
rdenes e implcitamente sugiriendo una parada.
	-Es casi de da. Qu hacemos? Los hombres estn exte-
nuados.
	-Sigamos adelante -respondi Gunter friamente, como si
nunca hubiese alimentado la menor duda sobre sus propsitos-
mientras dure la tempestad. Las nubes de arena nos permiten
seguir avanzando sin ser vistos.


17
	-Pero los hombres...
	-No son hombres -cort Gunter tajante-, son templarios.
	Simn enmudeci. En el fondo, su funcin era, aunque sin que
l mismo siquiera lo sospechase, la de dar certidumbre a la incerti-
dumbre de Gunter, la de resolver sus dudas manifestando opinio-
nes que l pudiese contradecir con sus propias decisiones. Porque
el amalfiano sabia muy bien, por experiencia ms veces verificada
sobre el terreno, que, para no equivocarse, bastaba con hacer lo
contrario de lo que sugera el francs. Precisamente por esto, el
francs era para l, ms que el ayudante, el consejero ideal

	Los veintids caballeros templarios avanzaban en formacin de
cruz griega, una disposicin de marcha prctica y elemental, que, al
poder de smbolo cristiano, aada una extraordinaria posibilidad
de maniobra consintiendo a las dos alas laterales situarse en la posi-
cin ms conveniente, tanto para sostener un choque cuanto para
proteger una retirada.
	Era, por lo dems, con estratagemas militares de este tipo, fun-
dadas sobre el adiestramiento ms meticuloso y sobre el espritu de
la cruzada, como unas pocas decenas de caballeros templarios
haban conseguido humillar a compaas enteras compuestas de
millares de guerreros musulmanes en diversas ocasiones, pero
sobre todo sembrando el terror en campo abierto. Tanto como
para no hacer aparecer exageradas las crnicas de Giacomo de
Vitry, que atestiguaba de ellos: Todas cuantas veces se les llama a
las armas, preguntan, no cuntos son los enemigos, sino en qu
lugar se encuentran. Y no se explica de otro modo la actitud de
Saladino, enemigo generoso y leal, que al hacer gracia de la vida a
los cristianos prisioneros pona la siguiente condicin: Con tal de
que no se trate de caballeros del Temple. A los templarios les daba
a elegir entre la muerte y la abjuracin, y como no se diese nunca
la menor vacilacin en ninguno de ellos al elegir la muerte, los
entregaba a los derviches para que los torturasen larga y atroz-
mente.



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	Envueltos en sus mantos blancos, con la cruz bermeja sobre el
hombro derecho, los veintids caballeros continuaban adelante sin
dar muestras de cansancio, no obstante el peso de las armas y la
intensidad del viento. Cada uno llevaba, bajo la tnica de lino, una
cota de malla con una chaqueta corta enguatada para la proteccin
de los hombros y antebrazos de hierro. El yelmo cilndrico, con
fisuras para la vista y la respiracin, les protega de la arena, pero
haca insoportable el calor. El armamento propiamente dicho con-
sista en una espada de doble filo, con la punta redondeada (los
templarios golpeaban slo de tajo) y una lanza, un escudo de
madera recubierta de cuero y lminas de metal, una daga corta y
una maza turca con la cabeza en forma de bulbo. Bajo la silla solan
extender una gruesa manta, para proteger el caballo, la cual era
blanca, como el manto del caballero. El resto del equipo lo compo-
nan dos camisas, calzones de repuesto sostenidos por un cinturn
corredizo, largas calzas, una casaca, una capa, un cobertor para las
noches que hubiera que dormir al raso, utensilios para afeitarse y
para comer, un hacha y algunas cosas ms.
	Gunter y Simn marchaban a la cabeza de la formacin, escol-
tados por tres caballeros que por turno sostenan en alto el estan-
darte de la Orden, llamado por los templarios el Bausant, esto es,
una bandera blanca y negra, colores que en su elemental simplici-
dad deban significar mansedumbre y candor para los cristianos,
violencia y muerte para los infieles.
	Detrs de ellos, doce caballeros constituan la formacin en
cruz griega propiamente dicha: tres por brazo, seis en posicin
horizontal y seis en vertical, variando, en el curso de la marcha, la
andadura y las distancias, segn una indescifrable lgica suya
defensiva o de ataque.
	Cerraba la formacin una retaguardia compuesta por cuatro
turcpolos, esto es, caballeros indgenas a sueldo del Temple, man-
dados por un oficial denominado turcopoliero.

	La tempestad de arena era verdaderamente neutral. As, si por
una parte impeda a los musulmanes divisar a los cristianos, por

19



L
otra no favoreca ciertamente las facultades visuales de estos lti-
mos. Circunstancia que gener un acontecimiento verdaderamente
imprevisto, haciendo que los veintids caballeros templarios, lan-
zados en su ciego galope, terminaran por irrumpir justamente en
medio de un campamento damasceno. La sorpresa fue recproca y
no dio lugar a reflexiones ni por una parte ni por otra. Pero los
caballeros del Temple, aun constituyendo un nmero mnimo,
tenan una ventaja: avanzaban ya encuadrados en una formacin de
combate dispuesta a cualquier imprevisto. Como una especie de
mquina de guerra, ya programada para cualquier variante, saban
inmediatamente qu era lo que tenan que hacer. Adems, estaban
armados y ya dispuestos para el choque.
	Por su parte, los sarracenos estaban acampados a la espera de
que el viento amainase. Aun siendo ms de mil, yacan bajo las tien-
das, entorpecidos por el sueo y por la tranquilidad derivada del
hecho de encontrarse en territorio propio, sobre el que no era pre-
visible, en el actual estado de cosas, ningn tipo de invasin o
correra enemiga. Y, sin embargo, los cristianos estaban all, delan-
te de ellos, como llevados por el viento del desierto, enfundados
en sus recias armaduras y ya lanzados al galope. Los centinelas, dis-
trados y somnolientos, apenas tuvieron tiempo de divisar los man-
tos deslumbrantes de la ms temida milicia cristiana y echar a
correr hacia el interior de las tiendas gritando: Baus huydL..
Baus buyd.'... Es decir: Diablos blancos, que era como los rabes
llamaban a los templarios. Y este grito bast para sembrar el
pnico, acrecido por la imprevista aparicin del Bausant, cuya pre-
sencia en el campo significaba exterminio para todo aquel que no
fuese cristiano, o viceversa: exterminio para los cristianos. En cual-
quier caso, desgracia total, derramamiento de hasta la ltima gota
de sangre.
	El viento cegaba a las dos partes. Los veintids templarios
debieron parecer dos mil a los sarracenos sorprendidos en pleno
sueo. Pasaron como una rfaga de hierro por encima de sus tien-
das golpeando los cuerpos y sembrando el terror. Alguno de ellos
intentaba organizar un embrin de resistencia, pero, para entonces,

20
ya los cristianos estaban ms all del campamento, sin haber per-
dido a un solo hombre. Solamente en este punto Gunter tir de las
bridas y desenvain la espada, lanzando el grito de guerra de la
Orden.
	-No por mi gloria, Seor, sino por la tuya!
	-No por mi gloria, Seor! -respondieron todos y, desen-
fundando a su vez las espadas, invirtieron la marcha.
	Los rabes no tuvieron tiempo de reponerse de la sorpresa ini-
cial, y los pocos que intentaron resistir fueron los primeros en caer
bajo los aceros cristianos. Los templarios volvieron a atravesar
rpidamente el campamento musulmn dos, tres, cuatro, diez
vcces, mudando la formacin cada vez y encontrando cada vez una
dc ellas menos resistente, hasta que el paso de los caballos comenz
a verse dificultado al tropezar sus patas con los cuerpos desmem-
brados y tiendas arrancadas, los vveres y los enseres esparcidos,
vivaques desvastados, armas despedazadas. Como un arado que va
abriendo surcos, los templarios continuaron arando el campo
musulmn sistemticamente, por aqu y por all, hasta que queda-
ron solos con su Baussant, mientras que lQs ltimos guerreros ene-
migos, reducidos a unas pocas decenas, se fueron dispersando,
aterrorizados, por entre las dunas.
	Gunter orden todava otra cabalgada contra los fugitivos,
para impedir que se pudieran volver a reagrupar. Despus, cuando
los ltimos rabes fueron diezmados por las espadas rotantes o por
las frreas mazas de los cristianos, arroj su blanco manto sobre la
arena como firma, para que se supiese que por all haba pasado la
caballera del Temple.
	El viento estaba amainando. En consecuencia, iba creciendo la
visibilidad. Cont a sus huestes. Los templarios haban perdido tres
hombres. No haba tiempo para sepultarlos cristianamente. Por lo
dems, haban tenido ya la sepultura ms honorable que un gue-
rrero pueda ambicionar sobre el campo de batalla: yacan bajo un
cmulo de cuerpos enemigos, y, muy pronto, la putrefaccin los
habra amalgamado en un nico y glorioso monumento de carne.
	Faltaban ya pocas millas para superar la franja de tierra de
L
21
nadie que, como una cua, se insinuaba entre los estados cristianos
del reino de Jerusaln y del condado de Trpoli. Gunter orden
proseguir manteniendo la misma formacin en cruz griega, cuya
credibilidad mstica y militar haba salido decididamente acrecen-
tada por el xito del encuentro apenas concluido.
	No era necesario modificar la orden dc marcha, puesto que los
tres cados eran todos turcpolos, es decir, mercenarios de la reta-
guardia, y su reconstitucin no mudaba en gran medida la geome-
tra -ni la fuerza de choque- de la escuadra.
	En silencio, los templarios reemprendieron su cabalgata hacia
Tiro, rogando cada uno por su cuenta, y segn su propia concien-
cia -como dictaba la regla de la Orden en circunstancias semejan-
tes-, por los compaeros que haban cado. No sc mostraban
particularmente emocionados ni sorprendidos por lo acaecido. Por
el contrario, salir vivos y vencedores de un encuentro en la medida
de uno a cincuenta -como haba sido en efecto la escaramuza
entre los veintids templarios y los algo ms de mil sarracenos-
era perfectamente normal. El mismo Bausant, en efecto, con
aquel su nombre aparentemente hermtico, no era en realidad ms
que la heroica vulgarizacin, en un francs un poco arcaico, del
grito vau cent, esto es, valgo por ciento. Un grito que, por lo
dems, en tres siglos de cruzada, no haba sido desmentido muchas
veces por los hechos. Caballeros y cronistas de origen italiano lo
llamaban el Valcento.
	El estandarte, ahora, estaba todo manchado de sangre; al igual
que los blancos mantos de los diecinueve caballeros y las gualdra-
pas de sus caballos. Hasta el punto de que, con tanta rojez, las cru-
ces de color bermelln del Temple resultaban ya indistingui-
bles.

	Por vez primera desde que haban partido, Gunter verific si
llevaba todava al cuello, bien guardada bajo la cota de malla, el
diminuto saco de cuero en el que iba, cuidadosamente sellado, el
mensaje para el Maestre de la capitana de Tiro. All estaba todo el
secreto, todo el misterio de apariencia anacrnica, de su msion.

22
	Un misterio en el que, por otra parte, l no tena ningn dere-
	cho a indagar.
	   Tuvo casi un escalofro al comprobar que nicamente ahora, des-
	pus de cuatro das de marcha y de un combate trepidante, se haba
	acordado de verificar que el objeto de la misin estuviese a salvo. Lanz
	un suspiro de alivio al comprobar que el mensaje no se haba perdido,
	pero se reproch a s mismo, speramente, por su distraccin, inte-
	rrogndose acerca de las tremendas consecuencias que habran
	podido derivarse de ello. A duras penas poda ya vencer el sueo,
	pero no faltaban ms que unas pocas millas para alcanzar las mura-
	llas de Tiro.
	   Procur mantener alerta la atencin, en estas ltimas e inso-
	portables horas de marcha, alternando dentro de s oraciones con
	la repeticin de los deberes que comportaba su condicin de
	caballero.
	   -~Queris ser por todos los das de vuestra vida siervo y
	esclavo de la Orden? -le haba sido preguntado por el gran Maes-
	tre en el momento de la iniciacin.
	   -Si, seor -haba respondido l-, si Dios quiere.
	   -~Queris, por todos los das de vuestra vida, abandonar
	vuestra voluntad y hacer slo aquello que os ser ordenado, sin
	poner impedimentos ni hacer ninguna pregunta?
	   -S, seor, si Dios quiere.
	   -Estis casado o ligado a alguna mujer que pudiera recla-
	maros?
	   -No, a ninguna.
	   -Si ello sucediese, os restituiremos a esa mujer, despus de
	haberos avergonzado delante de vuestros hermanos.
	   -No estoy ligado a ninguna mujer.
	   -Jenis deudas que no podis pagar?
	   -No.
	   -cPertenecis o habis pertenecido alguna vez a otra Orden?
	   -No, nunca.
	   -cPretendis entrar en la caballera del Temple por simonia,
	intereses personales o vanidad?
	23



L
ir
	-No, ciertamente. No.
	-~Estis sano de cuerpo?
	-S.
	-~Habis nacido de un matrimonio regular? Sois hijo de un
caballero y una dama?
	-S, lo soy.
	-Y entonces, prometis delante de Dios, y de Nuestra
Seora la Virgen Mara, que, por todo el tiempo de vuestra vida,
viviris sin poseer nada?
	-S, seor, lo prometo.
	-Prometis que, por todo el tiempo de vuestra vida, ayuda-
ris a conquistar o defender, con la fuerza y el poder que Dios os ha
concedido, el santo territorio de Jerusaln?
	-Si, seor, si Dios quiere.
	Durante una noche entera haba respondido de rodillas a las
preguntas rituales; despus, al alba, le haba sido colocado sobre los
hombros el manto blanco de la Orden y el maestro de ceremonias
e haba ayudado a levantarse, comunicndole que su deseo de
entrar en la Orden haba sido escuchado favorablemente. En este
punto, el Gran Maestre lo haba besado en la boca y, despus de
haberle anudado fraternalmente los cordones del manto, le haba
dirigido un discurso que todava recordaba con todo detalle.
	-Querido hermano, habis solicitado una cosa muy grande
-le haba dicho- llamando a la puerta de nuestro Templo, del
cual no conocis ms que los muros externos. Veis que poseemos
hermosos caballos, hermosos vestidos, hermosas armaduras. Pero
no conocis los mandamientos que nos gobiernan. Desde este mo-
mento, vos, que rais libre y dueo de vos mismo, os converts en
siervo de vuestros hermanos. De ahora en adelante, no actuaris
jams segn vuestros deseos; si queris ir ms all del mar, se os
mantendr aqu; si queris permanecer aqu, se os mandar all. Si
queris residir en Acre, se os enviar a Trpoli o Antioqua o a la
tierra de Armenia. Si queris permanecer en Tierra Santa, se os
mandar a Puglia o a Sicilia, a Lombarda o a Francia, a Inglaterra o
a Borgoa, o a cualquier otro lugar donde tengamos cosas o capita-
nas o intereses que proteger. Y si queris dormir, se os mandar
vigilar; y si queris vigilar, se os ordenar iros a descansar a vuestro
lecho. Si os queris sentar, se os har caminar; y si os queris poner
en marcha, se os impondr la espera. Y cuando se os ordene partir,
nunca sabris para qu ni hacia dnde... Estis seguro, hermano,
de poder soportar todo esto?
	-S, lo soportar todo -haba respondido Gunter, y as haba
sido acogido en la caballera templaria. Ahora, mientras que los
muros de Tiro se iban haciendo ms ntidos delante de sus ojos al
resplandor de la luna, iba rumiando preguntas e interrogantes que
contradecan sus votos de caballero. No porque hubiese nada de
hertico o de blasfemo en aquello que preguntaba, sino porque el
slo hecho de preguntarse -en su condicin- era ya en cierto
modo hereja.
24
25
LA CRUZADA PERMANENTE

LOS diecinueve caballeros templarios fueron recibidos con
todos los honores en la capitana de Tiro. Muchos caballeros,
aunque era ya de noche cerrada, acudieron a su encuentro. A la
vista del Bausant y de las ropas ensangrentadas, el pueblo que se
hallaba reunido en las calles les aclam, entregndose a escenas de
gran entusiasmo, dado que la llegada de una veintena de templarios
representaba una enorme aportacin -mucho ms que un regi-
miento de cruzados corrientes- a la defensa de la ciudad contra
eventuales correras turcas o sirias. Tal era su fama, reconocida sin
retrica por los cronistas y los cantores, que ciertamente no haban
tenido nunca que forzar su fantasa para exaltar el valor de la caba-
llera del Temple.
	El Maestre acogi a Gunter en el umbral de la capitana y se
abrazaron. Despus de que las puertas se hubieron cerrado, se
hicieron algunas preguntas e intercambiaron algunos signos con-
vencionales de reconocimiento, acompaados de algunos golpes
igualmente convencionales. Evitaron, sin embargo, solicitarse rec-
procamente informaciones, as como insistir sobre otros detalles
rituales, que hubieran podido aparecer como manifestaciones de
desconfianza y exceso de celo inquisitorial, prefiriendo entablar
una sobria conversacin que, de cualquier modo, bastaba para des-


27
vanecer cualquier duda sobre la efectiva identidad templaria de
ambos.
	-Vuestra ropa est llena de sangre -observ el Maestre.
	-Pero mi nimo est blanco como la leche -respondi Gunter.
	-Se dira que os habis batido como leones.
	-Leones sobre el campo, pero corderos en nuestra casa.
	-Y, sin embargo, llevis una armadura ligera.
	-A la caballera de la encarnacin le basta con la armadura dc
la fe. Quien est sin miedo y sin mancha puede enfrentarse al ene-
migo con una simple cota de malla.
	-A condicin de que lo sostenga la fuerza del Redentor.
	-La fuerza no faltar jams a la milicia del Temple, como ha
escrito el beato Bernardo en el laude.
	-Es verdad, pero con qu condiciones?
	-Observar la regla del venerable Hugo de Payns.
	-Bienvenido, hermano -dijo en este punto el Maestre, y
volvi a abrazarle.
	Entretanto, Gunter extraa de debajo de la cota el saquito de
cuero sellado y se lo entregaba.
	Despus de haber confiado los caballos a los escuderos de la
guarnicin y de haberles asegurado de que serian conveniente-
mente cuidados y alimentados, los recin llegados proveyeron a su
propio sustento en el refectorio, donde comieron de dos en dos en
la misma escudilla, segn las normas. Les fueron servidas legum-
bres y raciones dobles de carne, a pesar de que era da de abstinen-
cia, y vino.
	Las reglas de alimentacin de los caballeros estaban rigurosa-
mente sancionadas por los estatutos de la Orden. En particular, en
lo concerniente a la carne, les estaba recomendado no abusar de
ella, ya que se trataba de un alimento que tiende a provocar la
corrupcin del cuerpo; pero tampoco abstenerse de ella, para no
debilitarse. Para evitar tanto el exceso como la abstinencia, estaba
previsto que la carne les fuese servida tres veces por semana y, el
domingo, una racin doble. Los otros das, los caballeros podan
elegir entre diversos platos de legumbres y otros vegetales.
	Naturalmente, tales reglas variaban segn las condiciones de
cada uno, de las heridas que sufriesen, de eventuales enfermedades
o de las pruebas que hubiesen afrontado o tuviesen que afrontar,
todo ello a discrecin del Maestre. A la discrecin dcl Macstre
estaba confiada tambin la medida del vino, a fin de que ninguno
quedase privado del todo de l, puesto que hasta se ha visto apos-
tatar a los ms sabios, recordaba oportunamente el canon rclativo a
su consumo, por falta de vino.
	Durante la comida, los diecinueve caballeros, a los que sc haba
unido el Maestre por deber de cortesa y una decena de templarios
de Tiro, escucharon en silencio la lectura de las Sagradas Escritu-
ras. Cuando hubieron terminado, se dirigieron a la capilla para dar
gracias por las pruebas superadas. Despus se retiraron a las cstan-
cias que les haban sido designadas. Fueron dispensados de la obli-
gacin de levantarse antes del alba con tal que cada uno recitasc cn cl
propio lecho, como era costumbre en semejantes casos, trccc
paternster.
	El Maestre llev consigo entonces, cuando los otros se hubie-
ron marchado, a Gunter y a Simn, invitndoles a hacer una visita
a la cripta del Bafomet, honor concedido a poquisimos y sobre el
que pesaba la obligacin de mantener el ms estricto silencio, ya
que podan derivarse mltiples equvocos de la divulgacin fuera
del Temple de semejante secreto -y hasta generar una espiral de
muertes-, aunque en realidad no se trataba ms que de una
adquisicin filosofal, en absoluto contraria a la verdad de la fe, sino
ms bien destinada a acrecentar su poder.
	Tres dignatarios se unieron a ellos.
	La entrada a la cripta estaba celada por una lpida de mrmol
situada detrs del altar de la capilla. Para moverla, bast con que
uno de los tres dignatarios hicieran presin sobre una cruz de pie-
dra empotrada en el muro. Este mismo dignatario permaneci de
guardia a la entrada, mientras que el Maestre y los dems descen-
dan por una galera en rampa, extraamente iluminada por unas
luces cuyas fuentes no se distinguan. La misma luz brillaba en la
cripta, sin las vibraciones propias de la llama de una torcida o una
	28	29
candela, sino que era estable, compacta, como irradiada por quin
sabia qu astro, quiz robada a la luna por un invisible juego de
espejos.
	Gunter no se asombr ante tal prodigio. Probablemente, ni
siquiera lo advirti, tan sobrecogido como estaba por la emocin
que le produca el misterio en el que estaba a punto de sumergirse.
Despus de algunos instantes, por vez primera, habra visto el
Bafomet, la maravillosa cabeza, de la que haba odo decir y no
decir, muy raramente, siempre y solamente a media voz, a herma-
nos ya ancianos, que inmediatamente se callaban cuando advertan
que estaban siendo escuchados, viejos templarios sin edad, que
ahora ya reposaban en la invulnerable quietud de las rocas.
	La sensacin que experimentaron, tanto Gunter como Simn,
fue la de encontrarse a punto de tener que afrontar una segunda y
definitiva iniciacin a los misterios del Temple -algo ms all de
los deberes caballerescos y religiosos que con el primer juramento
se haban comprometido a observar, ms all de laJerusaln celeste
por la que hasta ahora haban combatido, ms all de las mismas
maravillas de la fe. Se miraron un instante a los ojos, como vaci-
lando antes de adentrarse en el resplandor de la cripta, all donde
los rayos luminosos parecan concentrarse en una nica y espesa
niebla luminosa.
	Ms all de aquella niebla, evidentemente, estaba el secreto del
Bafomet. Vacilaron, aunque se daban perfectamente cuenta de
que se encontraban en un punto sin retorno: lo que ya saban, aun-
que ello fuese nada frente a lo que aprenderan dentro de muy
poco, les impeda cualquier asomo de arrepentimiento.
	Como intuyendo lo que significaba aquel intercambio de mira-
das, el Maestre les mir a su vez fijamente, asegurndoles:
	-Es algo maravilloso lo que estis a punto de aprender. Es la
materializacin del sueo del amor universal en la gloria del Seor.
Es la utopa realizable de la doctrina perfecta, del hombre cum-
plido, de la verdad definitiva. La intuicin resolutiva que ninguna
sociedad humana, ninguna escuela filosfica, ninguna fraternidad
sobre la tierra haba conseguido alcanzar hasta ahora. A la caballe-
ra del Temple le ha correspondido este privilegio, pero no todo
caballero del Temple est dispuesto para conocerlo.
	-Qu es lo que nos ha hecho merecer que nosotros silo esta-
mos? -pregunt respetuosamente Gunter.
	-La dificultad y la delicadeza de la misin que os ha sido con-
fiada, la prueba de valor que habis dado sobre el campo y mi par-
ticular intuicin.
	-Nosotros no conocemos todava cul ha sido nuestra misin
-observ Gunter.
	-Muy pronto la conoceris -respondi el Maestre-, pero
no tiene nada que ver con cuanto estis a punto de conocer ahora.
Estis dispuestos?
	Gunter y Simn asintieron.
	-Jams hablaris con nadie -advirti el Maestre- de lo que
aprenderis esta noche. Ni siquiera con vuestros hermanos templa-
rios: ni siquiera con aquellos que os son familiares, a menos que se
hagan reconocer con seales que os sern reservadas.
	Dicho esto, les hizo seas de que le siguieran y se adentr
en la luz.
	La claridad era tan intensa que, ms que cegar, aturda, hasta
hacer desaparecer de la mente toda sensacin de tiempo y de lugar.
Gunter tuvo cuidado de contar sus propios pasos -no ms de
tres- , consiguiendo, mediante esta modesta estratagema de la
razn, no perder la cognicin de la realidad. Tres pasos, unos tres
segundos, se dijo. A pesar de lo cual el trnsito a travs de aquel
denso blancor sobrenatural le pareci que se prolongaba durante
un tiempo infinito. Tanto que empez a sudar, pues la luz era
clida, adems de blanca.
	Pero estaba en un punto ms all del cual la luz se desvaneca
de golpe, y todo a su alrededor se haca oscuro y fro; de forma tan
neta, que la claridad no se filtrase de ningn modo en las tinieblas,
ni las tinieblas recibiesen a su vez ni un slo pice de luz.
	Tambin esto le pareci a Gunter tremendamente antinatural,
puesto que la luz y las tinieblas no pueden estar juntas de este
modo, sin compenetrarse, influyendo la una en la otra, como s
	30	31
fuesen el blanco y el negro de una bandera o una tnica. De este
modo, pensndolo bien, adems de en contraste con las cosas natu-
rales, el fenmeno estaba en contraste con las sobrenaturales -se
dijo Gunter, enfrascndose en un razonamiento que de alguna
manera lo protega del delirio-, porque tambin las aureolas de
los santos brillaban en la noche.
	La explicacin ms lgica, insisti todava dentro de s, podra
ser la existencia de un pasadizo secreto, una puerta invisible entre
el mbito iluminado y el oscuro, como forma de provocar el espe-
jismo de una separacin neta y milagrosa entre los dos opuestos.
Pero por qu buscar una explicacin razonable -cedi final-
mente Gunter-, cuando se puede cultivar la sublime ilusin de
haber atravesado fsicamente el Bausant? Dios sea loado, suspir,
por la gracia que me concede... Mientras la oscuridad sc aclaraba
repentinamente.
	Estaban ahora en una pequea estancia, moderadamente ilumi-
nada, que a Gunter le pareci la misma en la que haban comen-
zado su viaje. Intent enfocar adecuadamente la mirada. Senta el
cuerpo bien probado en todos los sentidos, pero estaba sereno de
animo. Sinti cmo una extraordinaria tibieza le sala de la boca
del estmago y se expanda por todo su pecho, procurndole una
indecible sensacin de confianza y de alegra de vivir. Como una
embriaguez del espritu y de la carne al mismo tiempo, que defini-
tivamente hacia desaparecer todo vestigio de temor.
	As, libre ya de los lazos de la percepcin terrena, liberado tam-
bin de todo vnculo con las emociones superfluas hasta el pre-
sente experimentadas, mir fijamente ante s.
	Y vio al Bafomet.

	No eran dos caras, como se esperaba por todo cuanto haba
odo decir el demonio, sino un nico rostro, mitad de marfil y
mitad de bronce, mitad blanco y mitad moreno, mitad rasurado y
mitad barbudo. Sobre la parte rasurada resplandecan dos ojos de
zafiro; sobre la morena, dos topacios. La cabeza era sostenida por un
cuerpo andrgino, laminado de oro y plata, rodeado de signos sola-


32
res	y lunares al mismo tiempo, dc una sensualidad indefinible.
Una minada de cuerdecillas diversamente anudadas penda de
la cabeza del dolo, como una cabellera descuidada o una mal-
dicin.
	El Maestre desprendi dos de ellas y las entreg a los nefitos.
Gunter y Simn las tomaron sin hablar, sin mirarse siquiera a los
ojos, como irremediablemente inmersos en una historia cuyo sen-
tido no acertaban a captar.
	-Llevaris adosadas a vosotros estas cuerdas -dijo el Maes-
tre-, anudndolas o desanudndolas segn os ser ordenado. Os
reconoceris entre los hermanos por los nudos. En su lugar y a su
debido tiempo, seris instruidos al respecto.
	Simn se prostern, tendindose sobre el pavimento y anu-
dndose la cuerda al talle, Gunter mir al Maestre a los ojos, con-
cedindose por una ltima vez el lujo de dudar. El Maestre sonri
y dijo:
	-No se re pide que adores al dolo, sino a un principio.
Y Gunter, sonriendo a su vez, se prostern, cindose la cin-
tura con la cuerda milagrosa.
	Otros caballeros entraron en la estancia sobre cuyo pavimento
se haban tendido Gunter y Simn, los brazos abiertos en cruz, la.
frente vuelta hacia abajo. En aquella posicin, Gunter no poda
distinguir ms que los calzados. Casi todos llevaban las largas calzas
de ordenanza entre los guerreros del Temple, con suela de cuero
incorporada y cerradas con hebillas. Algunos, por el contrario, lle-
vaban borcegues de gruesa piel, con los lazos y espuelas, seal de
que se trataba de altos oficiales y dignatarios. Algn otro, sin
embargo, calzaba babuchas adamascadas con la punta curvada hacia
lo alto, a la turca, y pantalones largos de seda violeta o azul, que
iban estrechndose y anudndose en torno a la pantorrilla. Hacia
estos ltimos dirigi el Maestre sus pasos, como ansioso de salu-
darles, mientras que una nubecilla de incienso les envolva.
	Las palabras, las pocas que consigui captar, llegaron a los
odos de Gunter como envueltas en volutas de jazmn, de rosa, de
incienso y de otras aromticas esencias indefinibles.


33
1

	-Abufihamat, que la estrella de Oriente os bendiga -dijo
el Maestre
	-Bufihamat, que el ngel del Ocaso vele por todos vosotros,
hermanos -respondi con acento marcadamente rabe uno de los
huspedes con pantalones de seda.
	Se abrazaron.
	-Nosotros que ramos occidentales -prosigui el Maestre--
nos hemos convertido en orientales...
	-Nosotros que ramos orientales -respondi el rabe, como
recitando una letana- nos hemos convertido en occidentales...
	Lo dems no pudo orlo Gunter, porque, aturdido por el
incienso y por la prueba a la que haba sido sometido, se haba
sumergido en una especie de sopor sin sueo.

	Se despert a una hora avanzada del da siguiente, sin poder
distinguir si era maana avanzada o ya por la tarde. La dispensa que
haba recibido, junto con los caballeros de su escolta, le consenta
levantarse despus del alba, sin especificar la hora. Estaba, pues,
perfectamente en regla, aunque se haba olvidado de recitar en el
lecho los trece paternster previstos por las normas en tales cir-
cunstancias.
	Restablecido por la colacin, inslitamente copiosa que un
siervo que estaba all a la espera tena preparada para l -a base de
leche, smola de grano y miel-, se revisti presurosamente con la
camisa blanca y con el sayal gris, indumentaria cotidiana de los
templarios en el interior de sus casas, y se precipit hacia la estancia
de Simn, ansioso de compartir con l las sensaciones y los nimos
de la nueva condicin en la que les situaba la increble prueba que
apenas acababan de superar.
	Otros hermanos formaban cola delante de su puerta, como a la
espera de noticias. Tambin l, al igual que Gunter, haba perma-
necido en el lecho hasta bien avanzado el da. Pero, al contrario
que Gunter, no lograba despertarse del todo y era presa de una
misteriosa fiebre. Haba turbado el sueo de los caballeros alojados
en los apartamentos contiguos con espantosos gritos, como si
fuera atormentado por un ncubo. Se haba apaciguado por la
maana, pero haba comenzado a aullar de nuevo hacia medioda.
	El capelln y el mdico, llamados por los otros, se haban acer-
cado entonces a su cabecera y haban procurado calmarlo con infu-
siones de hierbas y jaculatorias adecuadas. Pero Simn se haba
hundido ms y ms en su indescifrable malestar, cuyos sntomas se
escapaban tanto a la experiencia del mdico como del sacerdote.
Pareca haberse calmado y conformado con tisanas (quiz tambin
por las plegarias), pero no reconoca a nadie, pronunciaba frases sin
sentido -muchas de ellas compuestas por palabras inventadas o
pertenecientes a alguna lengua desconocida- y sudaba, como un
esclavo fustigado. Alguno de los presentes grit pensando en un
milagro, cuando pareci que Simn estaba sudando sangre, pero se
trataba solamente de tierra roja acumulada en la piel despus de
tres das de cabalgata, que ahora se funda con el sudor. Quiz eran
tambin de la sangre que haba corrido a raudales en el campa-
mento sarraceno, pero esto no modificaba en nada la sustancia del
fenmeno. Esto es: nada de milagroso, ningn prodigio. Simn,
simplemente, mora de fiebre, como tantos otros cristianos en
Tierra Santa, macerado en su propio sudor.
	As lo encontr Gunrer cuando irrumpi en su habitacin, des-
pus de haber logrado superar la barrera de hermanos que se
amontonaban esperando. Justo a tiempo de enjugarle la frente un
par de veces, inclinarse sobre sus labios para intentar buscarle un
sentido a las slabas insensatas que salan por ellos, y apretarle fuer-
temente los pulsos intentando detener los fuertes escalofros.
	-Qu tiene? Qu podemos hacer por l? -grit, volvin-
dose hacia el mdico y hacia el sacerdote, quienes se encogieron de
hombros, sacudiendo la cabeza y elevando hacia cl cielo una mirada
impotente.
	Dios mo, hazlo morir, dijo entonces, para si, Gunrer, vol-
viendo a apretarle los pulsos; hazio morir rpidamente. Dios mo,
hazlo morir.
	Fue escuchado. Como sobre el campo de batalla, cuando se invoca
un final rpido y posiblemente no doloroso para el compaero herido.
	34	35
LOS HERMANOS ORIENTALES

T AS armas, la ropa y los caballos de Simn fueron repartidos
fraternalmente entre los dieciocho compaeros de viaje, in-
cluido el rurcpolo superviviente, aun cuando la regla no lo exi-
giese. Pero extraas reglas de fraternidad, muchas veces incom-
prensibles a la luz de los estatutos de la Orden, se establecieron
entre los caballeros, que compartan durante semanas o hasta
durante meses la soledad del desierto, aunque se separasen de los
muros inexpugnables del rango y de la raza. Caprichos tiene la sed,
se haba dicho muchas veces Gunrer, al sorprenderse bebiendo en
la misma charca que un escudero moro o un recluta del Temple.
	A Gunter le toc un caballo, que don a la capitana de Tiro
para que lo destinase a un caballero pobre de nueva investidura. Se
conmovi al recordar una cancin, que Simn y l cantaban juntos,
sobre la distincin que haba que hacer entre los caballos.

Tres tipos de caballo tiene el caballero:
altos y fuertes para el carrusel, es decir, corceles,
para usarlos en las fiestas y en los torneos;
fuertes y ligeros para la guerra, es decir, corredores,
para cabalgar en la liza, a campo abierto;
ordinarios y vulgares para la paz, es decir, rocines,
para destinarlos al carro y al trabajo.

37
1
	No era precisamente un rocn, pero tampoco corcel y, mucho
menos, un corredor, el caballo que le haba tocado en suerte. No
pudiendo ser dedicado por consiguiente al desfile, ni tampoco a la
humillacin del arrastre o, mucho menos, del arado, poda encon-
trar una decente colocacin en la dote de un aspirante a defensor
del Santo Sepulcro.
	Pero dde estaba el Sepulcro y dnde la Resurreccin?
	Era verdaderamente el rabe un antiguo enemigo?
	Y por qu haba muerto Simn?
	A estos y otros interrogantes respondi el Maestre de Tiro
durante una cabalgada de varios das, que les llev muy lejos, den-
tro de los territorios ms infieles de la regin, ms all dcl valle de
la Bekaa, hacia Damasco.
	-Simn ha muerto porque su alma no ha resistido el peso del
conocimiento -dijo el Maestre, como intuyendo las preguntas
que se agolpaban en el silencio de Gunrer-. Es algo que ya les ha
ocurrido a otros hermanos antes que a l, muertos o enloquecidos
por haber sido incautamente situados frente a misterios que su
mente no estaba en disposicin de asimilar. Dentro de cada uno de
nosotros hay un vaso, cuyas dimensiones varan de individuo en
individuo, segn la predisposicin natural o la preparacin adqui-
rida. Simn, evidentemente, no haba nacido ni predispuesto ni
preparado. Las noticias que se han vertido en su vaso, por consi-
guiente, se han desbordado, convulsionando y envenenndole la
sangre, hasta matarle. Soy yo quien le ha perdido al creerle dis-
puesto, como era tu caso, a encontrarse con cl Bafomet.
	-Pero, Maestre, tampoco yo estoy seguro de haber compren-
dido todo cuanto haba que comprender -objer Gunter-.
Estis seguro de que mi nimo estaba dispuesto?
	-T has comprendido lo que tenias que comprender. No
rodo lo que se poda comprender. Ninguna gran verdad puede ser
entendida en toda su complejidad dc una sola vez. T has apren-
dido los elementos esenciales del conocimiento. Sobre stos, ahora,
tienes que construir. Pero no ests solo. Es toda la Orden del Tem-
ple la que, sobre las mismas bases, est laborando con vista a un


38
r
nico diseo. Y, cuando lo haya realizado, ya no habr cruzadas.
	-Pero no habamos jurado combatir en una cruzada perma-
nente? No nos hemos empeado en hacer de toda nuestra vida
una cruzada?
	-La cruzada es un medio, no un fin. Estas tierras en las que
estamos viviendo y combatiendo por generaciones no son santas
unicamente para nosotros. Lo son tambin para nuestros enemi-
gos. Tambin ellos, al igual que nosotros, son depositarios dc gran-
des y nobles verdades, tesoros de sabidura, claves hermticas de
inestimable valor. Por ahora no podemos hacer otra cosa que
batirnos, cada uno en nombre de su propia verdad, para que preva-
lezca sobre la del otro. Pero la cruzada no podr durar eterna-
mente. Es la idea misma de la cruzada la que se ha ido desgastando
sobre estas arenas ensangrentadas, sobre las piedras candentes de
las ciudades saqueadas, sobre las invocaciones contrapuestas de los
ejercitos inagotables. Mira a tu alrededor. Mira el incierto futuro
dc los estados cristianos. El reino latino vacila sobre la continua
amenaza. El franco asentamiento no ha llegado a complementarse
nunca. El condado de Edesa se ha perdido, y el de Tiro ha quedado
reducido a una estrecha franja de tierra estril. El principado de
Antioqua est invadido a medias. Qu sera de nuestras grandes
ilusiones, dc todas nuestras esperanzas, s el dominio cristiano en
Tierra Santa tuviese que resquebrajarse?
	-Dios no lo quiera. Pero es justamente para que as no ocurra
por lo que combatimos desde siempre, no es as?
	Mira, Gunter, los opuestos se atraen y sc repelen con igual
potencia. El odo que los divide no es sino la otra cara del amor
que los une. T has combatido bajo el signo del Bausant en la gue-
rra, pero tambin has atravesado los colores del Bausant en la paz,
en el secreto del Temple. No creers de verdad que el estandarte
blanquinegro significa solamente vida para el amigo ~ muerte para
el enemigo. T has visto la luz y las tinieblas de la cripta del Bafo-
met, has sentido sobre tu piel el calor y el fro. T conoces ya la
fuerza de cohesin que se desprende de los opuestos y su poder
iluminado. As es tambin para el reino de Cristo y para el de


39


L
Mahoma. El Islam y el Evangelio estn destinados a fundirse en
una nica y grande fuerza, en una civilizacin que no tiene igual
en el pasado. Este es nuestro designio. La milicia del Temple repre-
senta el nico poder en disposicin de construir este nuevo orden.
	-Pero esto nos expone a la acusacin dc apostasa o, peor an,
de hereja. Quin nos comprender si nos equivocamos? Quin
creer en la pureza de nuestras intenciones?
	-Nos equivocaremos solamente si somos traicionados.
	-Y quines son nuestros interlocutores? Con quin podre-
mos parlamentar? Si nosotros representamos el occidente, quie-
nes son nuestros hermanos orientales?
	-El Evangelio de San Juan es tambin conocido por los her-
manos de la Media Luna. Tambin entre ellos hay elegidos anima-
dos por la misma esperanza, consumidos por la misma cruzada. Es
preciso empujar ms hacia all; es preciso caminar...
	-Hacia dnde? Ms all de los lmites que nos impone nues-
tra religin? Ms all del Evangelio?
	-Ms all de todo, Gunter. Somos la institucin ms poderosa
de la tierra, la nica que est en disposicin de poner paz all donde
siempre ha reinado la guerra. Nuestra doctrina nos da el dominio
de la materia y del espritu. El secreto del oro nos pertenece. El
secreto del estado universal nos pertenece. El secreto de nuestra
misma constitucin fsica nos pertenece. Quin nos ha creado? Un
movimiento de partculas primordiales, mitad naturales, mitad
divinas. Qu nos mantiene en vida? Un movimiento, el mismo
movimiento. Y nosotros podemos controlarlo porque lo conoce-
mos; podemos mandar en la fuerza que nos mantiene unidos y en
la que tiende a separarnos. Lo comprendes, Gunter? Podemos
imitar la muerte y la vida, a nuestro placer. Hemos superado con
nuestros conocimientos los umbrales de la creacin. Somos los
hombres ms cercanos a Dios que nunca han caminado sobre la tie-
rra. Ni siquiera los profetas de Caldea, ni los sacerdotes de Isis en
el antiguo Egipto, los adivinadores de la India, los encantadores
persas... ninguno de ellos se ha acercado tanto a Dios como los
caballeros del Temple. Somos los primeros en haber contemporizado
los poderes del odio con los del amor en una nica fuerza. Y es
sobre esta fuerza sobre la que intentamos fundamentar el estado
de la armona universal. No hay ninguna otra sociedad, no hay nin-
gn otro reino, en disposicin de realizar semejante sueo.
	-Si no hay otro medio de defender el Sepulcro -suspiro
Gunter-, si no hay otra esperanza para las armas cristianas...
	-As es -cort tajante el Maestre-. No hay otra espe-
ranza.
	Continuaron cabalgando en silencio, manteniendo los caballos
al paso y adentrndose por entre las ruinas de una antigua ciudad
sepultada. De la arena emergan capiteles dricos y penachos de
mrmol esculpidos. Ambos se haban sentado sobre las sillas y con-
ducan despacio a los caballos por las bridas, teniendo cuidado de
que no se lastimasen al caminar por entre aquellos montones de
escombros.
	Un aullido animal proveniente de lo alto, sobre sus cabezas, los
hizo estremecerse. Gunter desenvain la espada y se puso en guar-
dia. El Maestre le tranquiliz.
	-No temas -dijo, sealando la cima de la colina-. Es sola-
mente un estilita, un santo varn que ha elegido vivir ah arriba, en
lugar de en una caverna, desnudo, expuesto al sol y a la intemperie.
	Gunter volvi a meter la espada en la vaina, mirando en la
direccin indicada. Se esforz por vislumbrar alguna seal de vida
sobre el capitel de una columna despedazada que se ergua entre
los restos de un templo, pocos metros ms adelante, a contraluz. Y,
efectivamente, algo vio. Era una especie de bestia peluda, con la
piel cubierta de escamas morenas que formaban casi una coraza
sobre su cuerpo, ceida a la piedra, con la cual pareca amalgamada
en una sola masa indistinta. Se habra dicho que era un gran hongo,
o un liquen hirsuto, si dos ojos de mirada severa e intensa no
hubiesen brillado en medio de la arrugada maraa de aquella
piel.
	-Quines sois? -gru el estilira-. Quin se atreve a pro-
fanar mis dominios?
	-No somos profanos -respondi presto el Maestre, tra-
	40	41
ir
zando en el aire, con la mano, un indescifrable signo--. Somos
hermanos.
Cul es vuestra palabra de paso?
	-A bufi hamat.
	-Bufihamat. Adelante, hermanos! -y el eremita salt como
un simio desde su columna-. Adelante, adelante, venid, venid
adelante! Mi templo es vuestro templo.
	De entre las piedras circundantes emergieron rabes harapien-
ros que se situaron en torno a ellos. Una vez ms, Gunrer estuvo a
punto de sacar la espada, pero el Maestre lo detuvo. No haba nada
de amenazante en aquellos hombres del desierto. Por el contrario,
el ms anciano de ellos se inclin y les salud con deferencia.
Todos los dems hicieron otro tanto. Los dos templarios se incli-
naron a su vez. El eremita bati las palmas con alegre bestialidad y,
brincando con su paso cojitranco, ech a andar por entre los
escombros. El rabe ms anciano hizo a los dos cristianos seas de
que le siguieran.
	-Qu quiere decir abufihamat -pregunt Gunter al Maes-
tre, mientras se adentraban por un pasadizo entre las ruinas.
	-Qu te dice a ti el sonido de este saludo?
-Que es rabe, lo mismo que la respuesta bufihamat
S, pero, cmo suena?
Como Bafomet
-Exacto.
-Pero, qu significa?
	-Se puede traducir como padre
uno solo de los significados entre
siquiera el ms importante.
	-Adnde nos conducen?
	-Entre los hermanos.
	Sin volver a hablar, los dos templarios siguieron a su gua por
una escalera de piedra, mediante la cual accedieron a una vasta sala
subterrnea, donde fueron acogidos por un viejo sonriente, que los
abraz, invitndoles a sentarse ante una mesa sobre la que haba
frutas frescas y bebidas dc colores inslitos. Otros gentilhombres
42
de la comprensin. Pero se es
muchos otros, y tal vez ni
orientales, vestidos con ropas ligeras, pero ricamente bordadas con
smbolos e inscripciones, entraron en la sala a travs de una aber-
tura practicada en la pared, sonriendo y yendo a acomodarse sobre
cojines que haba colocados en torno a la mesa.
	-Quines son?- pregunt Gunter.
	-Son sufes -dijo el Maestre, al tiempo que responda al
saludo de ellos-. El sufismo es lo equivalente a nuestro pensa-
miento y a nuestros sueos en el Islam.
	-Nuestros interlocutores?
	-Ms o menos
	-Pero no parecen guerreros.
	-No lo son. Nosotros somos invencibles. No tenemos inter-
locutores sobre el campo, solamente en el terreno de las ideas.
Digamos que su doctrina es el equivalente islmico de la doctrina
del Temple. Comprendes?
	-Mc esfuerzo en comprender.
	-En suma, ellos son la otra cara del Bafomet, la cara morena.
Comprendes ahora?
	-Creo que s.
	-Sinrate entonces. Come, bebe, conversa.
	-No s hablar en rabe. No lo suficiente.
	-Habla con los ojos, sonre.
	Gunter tom una fruta con mucha gracia, la contempl, son-
riendo y mirando en torno, como para demostrar hasta qu punto
lo apreciaba. Los comensales rabes respondieron a las sonrisas y
gestos, exhortndolo a morderlo. Y l, sin dejar de mirarlo fija-
mente, lo mordi, abriendo los ojos en una mirada alegre, para
enfatizar su placer. As, sin dejar de entregarse a este ceremonial dc
miradas, gust de una fruta tras otra. A continuacin bebi, sabo-
reando lentamente, de la copa que un personaje que tena al lado,
con turbante de finsima seda, sostenido por un broche de jade, le
haba ofrecido con desenvuelta familiaridad.
	-Pero este nctar lo conozco yo -dijo Gunter- . Esto ya lo
he bebido.
	-Naturalmente, es vino -dijo el Maestre.


43



L
1

	-Vino? Aqu, entre los musulmanes?
	-Nuestro hermano Omar Khayyam ha escrito -intervino
cortsmente en este punto el comensal rabe, en un correcto
francs- que no hay nada ms puro que el suspiro de un ebrio al
levanrarse el sol.
	-El emir Gaff Ar habla perfectamente la lengua francesa, y
tambin el latn -explic el Maestre, al comprobar el estupor
de Gunter.
	-Yo crea que vuestras leyes -aadi Gunter, volvindose
hacia el emir- desaconsejaban semejantes placeres.
	-Es cierto -respondi Gaff Ar-, pero hay un tiempo para
observar la ley y un tiempo para violarla. As est escrito.
	-No conozco esa azora.
	De hecho, no es una azora; no est escrita en el Coran, sino en
los vapores de la noche, sobre los reverberos de las estrelladas
pginas del cielo, en los plieges de la alegra que une a hombres
diversos como nosotros a una misma mesa. Bebe, pues, hermano.
	Y, mientras le escanciaba para que bebiera, el emir hizo seas a
los msicos para que se acercasen con sus instrumentos, de los cua-
les stos comenzaron a extraer las notas de una dulcsima meloda,
embriagadora como los olores de aquella inimitable noche. Danza-
rinas envueltas en sutiles velos seguan las notas, con los pasos len-
tos y cadenciosos, levantando sus minsculos pies desnudos y
arquendolos graciosamente.
	Gunter dirigi al Maestre una mirada perdida e interrogativa,
como pidiendo socorro, porque ahora era l, y no el prncipe rabe,
su anfitrin, quien corra el riesgo de incurrir en una grave
transgresin.
	El Maestre fue muy sincero:
	-Hay un tiempo para observar la ley -dijo, repitiendo las
palabras de Gaff Ar- y un tiempo para violarla.
	-Est escrito -respondi a su vez el emir, encogindose de
hombros con un gesto de fatal abandono, en el cual se mostraba
toda su desarmada certidumbre de que no poda inflingir una ofen-
sa al verdadero Dios aceptando los placeres que l mismo ofreca.


44



Ji
	Gunter debi de encontrarlo persuasivo, hasta el punto de
preguntarse si, en el fondo, la verdadera ofensa para un Dios tan
magnnimo no fuese ms bien lo contrario, es decir, rechazar sus
dones. Pero no tuvo tiempo ni deseo de adentrarse ms en esta tan
atormentada como simple disputa interior sobre la religiosidad de
la transgresin, porque el velo de la danzarina ms cercana le
rozaba cl rostro, haciendo que se diluyera todo rastro de cordura
en una llama liberadora de calor.
	La danzarina se mova cada vez ms deprisa, agitando el vientre
a menos de una palma de los ojos de Gunter. Gaff Ar bati las pal-
mas y otras mujeres se situaron en torno a la primera, siguiendo sus
movimientos y expandiendo al aire sus velos. Y, con los velos, se
expanda un efluvio de incienso mezclado a olor de sudor feme-
nino, tan distinto al de los soldados, macerado entre las mallas de la
armadura, emplastado de arena y mezclado con los pelos de los
caballos.
	Gunter volvi a beber. Y la danzarina, airosamente, le envol-
vi el cuello con su echarpe de seda, mientras otra tomaba un
puado de arena y hielo y lo esparca sobre su cabeza como si fuese
agua bendita. Una tercera, simulando los andares de una pantera,
se le acerc por un costado, jugueteando con la cinta de cuero que
le cea la espada a la cintura. Gaff Ar participaba a su vez en la
pantomima, fingiendo que era bestia y ululando. Gunter rugi,
aceptando de esta manera el juego del serrallo, y tendi los brazos
hacia las mujeres, engarfiando los dedos como garras. Despus se
tumb sobre los cojines a la manera de los grandes felinos cuando
bromean entre ellos. Haba elegido de esta manera representar al
len, permaneciendo de tal manera fiel, aunque fuese en el equ-
voco de esta desenfrenada fantasa oriental, a su papel de templa-
rio. Era, efectivamente, el lon el nico animal con el cual los
caballeros del Temple podan enfrentarse y distraerse, segn las
prescripciones de sus estatutos, a travs de la caza con lanza y el
cuchillo como nicas armas, a cuerpo desnudo.
	Pero, quin puede enfrentarse de tal modo al len sin ser un
len a su vez? As Gunter, en paz con su propia conciencia y en la


45
1
ms respetuosa observancia dc sus votos, dej que las otras bestias
del serrallo lo liberasen de los hbitos, para que la caza pudiese
desenvolverse como quera la regla, a cuerpo desnudo. Rod entre
una gacela y un antlope, engarfiando a la una y mordiendo al otro.
Se defendi de una cebra que coceaba. Qued herido por el mor-
disco dc una histrica loba del desierto. Se dej enrollar entre las
espirales dc una mtica sierpe inofensiva. Se hundi finalmente
entre las fauces de una voraz hembra de caimn, que se arroj
sobre l.
	Y as se adormeci, al trmino dc su aventura venatoria, en el
quieto vientre de una bestia que no haba cazado.
	Pocos metros ms all, totalmente indiferente a cuanto acaeca
a su alrededor, el Maestre de Tiro y un hermano viejo de barba
blanca disputaban de filosofia y religin haciendo comparaciones
entre los escritos de Aristteles y los de Avicena.
	-Nuestro Avicena ha ledo cuarenta veces la obra de Arist-
teles -deca el viejo- antes de intentar comprenderla. Est bien
que la tengas en cuenta, aunque no re pido que hagas otro tanto
con la obra de Avicena, puesto que ests ya de acuerdo sobre la
falta de libertad de la creacin y sobre la necesidad inderogable de
todo cuanto acaece.
	-S, es cierto, estoy de acuerdo -responda el templario, exa-
minando los textos que el viejo le ofreca-, pero eso es solamente
filosofia. Yo busco informaciones ms concretas.
	-Qu secretos vas buscando? Quieres que hablemos del
alma divina de los nmeros, dc las esferas celestes, de la irrigacin
de los campos?
	-No, de medicina. Busco el libro de la Curacin. El de la Libe-
racin ya lo conozco.
	-Conoces el Al Najat? -pregunt el viejo asombrado.
	-S, en todos sus detalles -respondi el templario-. Ahora
busco el Al Sy/d.
	-Si lo buscas, ya lo posees.
	-~Qu quieres decir?
	-Que las palabras no sirven -y el viejo se llev el ndice a los
r
labios en seal indicativa de silencio; despus hizo movimientos de
entendimiento con ambas manos a la altura del pecho, cerca del
corazn. El Maestre hizo otro tanto, entrecruzando los dedos y
levantando las palmas unidas hacia el cielo, por encima de la
cabeza.
	Continuaron as durante largo tiempo, como dos sordomudos,
intercambindose asombrosas informaciones sobre el arte de ven-
cer la corrupcin de los cuerpos y conciliar la necesidad de sobrevi-
vir con la de ahorrarse los dolores superfluos.
	Placeres superfluos se ahorr seguramente Gunter durante
todo aquel tiempo en el abandono de un sueo profundo que en
parte lo liberaba dc la servidumbre de las sensaciones hasta enton-
ces experimentadas y en parte prolongaba indefinidamente sus
efectos. Y habra continuado avanzando as quin sabe durante
cunto tiempo, dejndose vivir en sueos y soando que viva, si el
Maestre no le hubiese despertado finalmente sacudindolo enr-
gicamente.
	Es tarde. Tenemos que regresar. Los vientos parecen favora-
bles para el reemprendimiento de tu misin. Siento las corrientes
que descienden monte abajo hacia el mar.
	Gunter se sacudi la modorra, dispuesto a montar de nuevo
sin ni siquiera refrescarse el rostro ni tomar ningn alimento ms,
como haba aprendido en los aos de vida remplaria. Acerca de su
misin sabia tan slo que desde Tiro tendra que reemprender el
viaje con su escolta, esta vez por mar, bordeando las costas italia-
nas, hacia Francia. No habra sido posible hacerse a la mar el mismo
da de la muerte de Simn, por causa de una borrasca de insli-
ta violencia.
	Pero ahora los vientos, segn el Maestre, eran nuevamente
propicios.
	No todo cuadraba, sin embargo, en la mente de Gunter. La
gruta en la que, haca apenas un movimiento, se haba despertado
apareca desnuda y desierta, con la nica excepcin del Maestre y
sus dos caballos. Los adobes que decoraban profusamente las pare-
des haban desaparecido, como disueltos por un encantamiento, e
	46	47
1
igualmente la vajilla, los cojines, el emir y sus misteriosos acompa-
antes, los msicos y las danzarinas, todo. Tambin el penetrante
perfume del incienso y del sudor haba desaparecido, como el
extraordinario serrallo en el que se haba envuelto, con inhumana
ebriedad, hasta el agotamiento de los sentidos.
	-Hazre cuenta de que has soado -dijo el Maestre, mon-
tando a caballo-. Ello servir para disculparre.
	Gunter asinti, montando a su vez en la silla. Pero el labio
inferior le quemaba por el mordisco de la loba, los brazos los tena
marcados por el abrazo de la serpiente, la espalda la tena sealada
de profundos araazos. Dolorido, al apretar las rodillas sobre los
flancos del caballo, Gunrer sinti que los calzones de hierro se des-
lizaban hacia abajo desde el talle. Comprob que no llevaba cintu-
rn. Embarazado, intent sujetarse con una mano el indumento
-que se encontraba entre los ms pesados que ningn sastre o
armador hubiese podido concebir jams- y busc con la otra un
lazo, un trozo de brida, una cinta cualquiera.
	Encontr milagrosamente, bajo la cota de malla, un largo velo
de seda transparente, bordado de signos zodiacales y otros dibujos
celestes, adornado de franjas. No se atrevi a indagar su proceden-
cia. Se lo anud a la cintura, despus de haberlo asegurado a las
hebillas de la armadura, y apret ligeramente las espuelas sobre la
piel del caballo.
	El Maestre lo predeca en unos pocos metros. Se volvi para
mirarle, al resplandor dcl alba, y fij su vista irnicamente en el
echarpe de seda que se haba anudado al talle.
	-~No sabes que para un caballero es muy grave perder el
cinturn?
	-Pero yo lo he perdido en sueos -respondi Gunter, con
igual irona.
	-Eso no cambia nada las cosas. Somos tambin responsables
de nuestros sueos. Pero por qu sangras por el labio?
	-Tambin ha sido durante el sueo. Me ha mordido una
loba.
	El Maestre no respondi, pero gir a su alrededor una mirada
r
inquieta, y lentamente desenvain la espada, hacindole seas de
que hiciera otro tanto. Gunter obedeci y se puso a su lado, segn
las reglas, para estar dispuesto a fundirse con l en un nico punto
de defensa. Era sta una prctica, ya experimentada ms veces en
las batallas de los templarios, que consista en vincular a los caballe-
ros individuales en parejas, multiplicando geomtricamente su
poder de ataque y de defensa. Como en el desfiladero de las Ter-
mpilas, donde los cuatro mil espartanos de Lenidas haban con-
seguido detener al numeroso ejrcito persa, simplemente comba-
tiendo de dos en dos, hombro con hombro, mano sobre mano,
centuplicando las propias fuerzas hasta el ltimo aliento.
	Era por esto mismo, evidentemente, por lo que los templarios
coman de dos en dos en una misma escudilla, dorman igualmente
por parejas bajo la misma cobertura en las glidas noches sirias, y
cabalgaban a menudo de dos en dos -como est testimoniado por
cl sigilo del Temple- sobre el mismo caballo. Porque eran tan
pobres, segn la interpretacin de algunos exegetas de la poca,
como para no poderse permitir la. posesin de una cabalgadura
propia. O por va de una doctrina secreta suya, segn otros cronis-
tas ms agudos, que comportaba una sublimacin particular (y
externa) de la intimidad fraterna.
	Qu otra cosa de ms esencial poda compartir un caballero,
tras la comida y el lecho, sino el caballo?
	-He aqu algo que podra rescararte de tus sueos- dijo el
Maestre, sealando una nube de polvo que se precipitaba a su
encuentro, como un tifn, dunas abajo.
	-Es un precio honrado -replic Gunter, observando la nube
que se acercaba-. No son ms de un centenar; como mucho,
ciento veinte.
	-Entonces estamos en ventaja -concluy el Maestre-.
Rodemosles.
	Y se separaron, galopando en direcciones opuestas.

	Podr parecer una vanidad de borrachos, trastornados por una
noche de desenfreno e incapaces de valorar la gravedad de la situa-
	48	49
1
cin en la que se encontraban. Pero no era as: dos templarios
podan permirirse tambin esto, es decir, (<cercar -y sin ni si-
quiera tantas historias, sin acordar un plan de ataque, sin mu-
chos esfuerzos- un enemigo cincuenta veces superior, o quiz
mas.
	Cegados por la nube de arena que ellos mismos levantaban, los
sarracenos avanzaban a marcha sostenida, probablemente apresura-
dos por la necesidad de respetar unos tiempos de marcha feroces
para trasladarse dc un presidio a otro. Por eso no tuvieron ninguna
posibilidad de ver bien a los caballeros cristianos -solamente dos,
pero no lo saban con seguridad- que arremetan contra ellos por
los dos flancos aullando: No por mi gloria, Seor... No por mi
gloria, sino por la tuya.
	Haban trazado una semicircunferencia perfecta, cada uno
sobre una vertiente, a la misma velocidad, reencontrndose ahora
sobre los dos flancos anteriores de la misma columna. La geome-
tra, o el sentimiento de la geometra y de sus reglas perfectas, for-
maban parte de los misteriosdel adiestramiento templario y de su
fuerza insuperable. As, intercambiando una mirada de entendi-
miento sobre las coordenadas de la evolucin que tenan que llevar
a cabo y el punto que haba que tener presente como centro de sus
maniobras circulares, los dos templarios se reencontraban a la
altura deseada, penetrando por sorpresa en la compaa mora.
	Levantando las lanzas, Gunter y el Maestre atravesaron por
lados opuestos la cabeza de la columna musulmana, golpeando e
hiriendo hasta que sus mismas astas quedaron reducidas a pedazos
de madera en adelante inutilizables. Pero una veintena de caballe-
ros de la media luna rodaban por el suelo, mientras que el escua-
drn pasaba a sus espaldas. En medio del tumulto, otros caballos se
encabritaban tirando al suelo a quien los cabalgaban.
	Los dos templarios recorrieron menos de cincuenta metros en
medio de este caos de sangre y de sudor, y despus, volvindose a
encontrar en el centro de la formacin enemiga, reaparecieron de
nuevo a su cola. Haban dejado caer las astas de las lanzas y voltea-
ban las espadas, hiriendo y mutilando hombres y caballos.
	Salieron otra vez detrs de la formacin, ahora diezmada y dis-
persa, e intentando desesperadamente reconstruirse.
	Se detuvieron durante no ms de dos o tres segundos; el
tiempo necesario para mirarse a los ojos y agitar al viento una
franja de Bausant que el Maestre llevaba bajo su jubn, como un
saludo de muerte.
	De la retaguardia sarracena, ya transtornada por cuanto aca-
baba apenas de suceder, surgi un grito de terror: Baus buyud... ba-
lis buyud...
	No era ya solamente el Bausant lo que les aterrorizaba, sino el
hecho de que el estado mayor -a la cabeza del grupo- haba sido
prcticamente diezmado, quiz del todo aniquilado. En suma, los
mejores y los ms fuertes -aquellos con los que el escuadrn
entero contaba para la propia seguridad- haban sido eliminados.
Aunque el resto de las fuerzas cristianas, a pesar de las apariencias
yero quin saba qu otra maniobra demonaca haba detrs), no
fuesen ms que dos nicos caballeros.
	-A las mazas! -grit el Maestre, enfundando la espada.
	-A las mazas! -core Gunter.
	Y esto significaba que la parte ms comprometida del encuen-
tro haba pasado ya, y que ahora no se trataba ms que de irrumpir por
la espalda entre la tropa que se estaba dispersando, sin ninguna
posibilidad de enfrentamiento singular, sino slo golpeando y
haciendo el vacio.
	No por mi gloria, Seor... -y los dos templarios caracolearon
con seis monturas a lo largo y por entre los restos del escuadrn
rabe, cada vez ms desordenado, ms disperso.
	Y cuando el ltimo pelotn de supervivientes, en buena parte
descabalgando, intent reagruparse, grit el Maestre:
	-A las hachas! -al tiempo que arrojaba la maza ensan-
grentada.
	-A las hachas! -grit Gunter.
	Y volvieron a caer una vez ms sobre aquellos desgraciados,
machacando hombres y caballos a hachazo limpio, con aquellas
hachas de doble filo que los caballeros teutnicos haban hecho casi
	50	51
ji
populares en aquella poca entre los cristianos, hasta que de todo
el escuadrn no qued ms que un amasijo de cuerpos y armas des-
trozadas, amalgamados unos y otros en un emplasto de arena
sanguinolenta.
	Lamentos e invocaciones religiosas ascendan hacia el cielo,
mezclndose al coro de los relinchos de los caballos agonizantes.
	El Maestre dej caer sobre el campo su manto con la cruz ber-
meja, como de costumbre, para que se supiese que por all haba
pasado la milicia del Temple.
	Despus espole el caballo y se dirigi hacia el luminoso
reclamo del mar, en direccin a la costa, lejano de aquel tmulo de
gloria. Pero no recorri ms que unos pocos pasos, porque el caba-
lo empez primero a cojear, luego se bambole y finalmente cay
de rodillas -como rogando del mismo modo que todos cuantos
agonizaban a pocos metros de distancia- socorrido vanamente
por su caballero.
	No haba mucho que hacer por la bestia herida, sino ahorrarle
la agona. De modo que el Maestre sac su daga y se arrodill junto
al caballo, acaricindole la crin dulcemente, mientras buscaba el
punto del cuello en el que hundir la hoja para que la muerte fuese
rpida y sin dolor.
	Y mientras lo acariciaba, le hablaba. Gunter, que a su vez haba
descendido de su caballo, se le acerc ofrecindole de beber. El
Maestre sacudi la cabeza y continu hablndole al caballo en voz
baja. Tena el rostro cubierto de lgrimas.
	El llanto de un guerrero es algo muy extrao y solemne, por lo
que Gunter, a pesar de que haba combatido en gran cantidad de
batallas, no haba asistido a algo semejante sino en poqusimas oca-
siones en toda su vida. Se encerr, pues, en una respetuosa e inm-
vil concentracin, esforzndose por sacar provecho espiritual de
aquel testimonio inhabitual de ternura.
	... En totes les besties qual s pus bella b~stia epus corrent e que pusca sos-
tenire ms de trel,all, deca el Maestre en una lengua desconocida,
mientras continuaba acariciando el cuello del caballo, y las lgrimas
le inundaban las mejillas, ni qual s pus convenienen a servir horne? E
r
car cavail s la pus noble bistia e la pus convinent a servir borne, per acd de
totes les br~sties hom e/eec cavail, e don~-lo a 'borne qui fo eler de mil
bornens; e per acb aquel borne ha norn cavaller. ~
	Concluido el elogio, el Maestre hundi la daga en el cuello del
animal, en el punto donde se vea el bulto de una gran vena, de la
cual prorrumpi un reguero de sangre, que fue a confundirse con
las dems manchas rojas de la ropa, todava hmedas. El animal
pate sin relinchar, levantando hacia el sol sus fauces humeantes,
como si quisiera aspirar la luz; despus se puso rgido, adoptando
la dignidad de la muerte. Nubes de insectos runruneaban en su
torno.
	Gunter ofreci al Maestre las bridas de su caballo, para que l
montase primero. El Maestre, una vez sobre la silla, le tendi una
mano para ayudarle a que se acomodara detrs de l.
	Pareca la representacin viviente del sigilo del Temple, pro-
yeccin de quin sabe qu doctrina secreta o entendimiento, mien-
tras se alejaban los dos montados sobre la misma bestia, al paso, en
el reverbero blanco de la maana.
	De las armaduras se desprendan reflejos. La sangre que empa-
paba las vestiduras y el sudor del caballo se evaporaban conjun-
tamente.

	Perder el caballo constituye una gran mengua para el caballero,
y tambin un gran dolor; pero perder el cinturn -rumiaba para
si Gunter, jugueteando con la banda de seda que le rodeaba el
talle- es algo deshonesto y estpido. Repasando en la mente las
reglas aprendidas en el momento de la investidura, record que el
corte del cinturn y su consiguiente prdida en combate compor-
taba pesadas sanciones de honor para el caballero. Hasta el punto.
de someterlo a la humillacin de hacerle atar los brazos con aquel

	*	Entre todas las bestias, cul es ms bella y ms veloz que el caballo y ms dispuesta
a sufrir todo tipo de fatigas, y ms adaptada a servir al hombre? Y puesto que el caballo
es la ms noble bestia y la ms adaptada pata servir al hombre, por eso entre todas las bes-
das el hombre elige el caballo, y lo don al hombre que haba sido elegido entre mil hom-
bres; y por eso ese hombre se llama caballero.
	52	53
1
mismo cinturn que el adversario le haba arrebatado sobre el
campo. Por no hablar del ritual de la degradacin -y de la priva-
cin, por consiguiente, del estado caballeresco-, que comportaba
para el guerrero vil, desleal e impo el corte del cinturn por la
espalda y de las hebillas de las espuelas.
	Pero eran pensamientos vagos, que se sobreponan en la mente
fatigada de Gunter con los sufrimientos del calor y de la sed.
	Las espuelas estaban en su sitio, se dijo, verificando las hebillas;
y por lo referente al cinturn, en el fondo, lo haba perdido
durante el sueo.
	Otros interrogantes se levantaban como llamaradas cada vez
ms candentes, cada vez ms altas, del fondo del pozo de su
alma.
	-Cada vez resulta ms fcil vencer -dijo al Maestre cuando
llevaban ya un rato cabalgando, con ostensible indiferencia, quiz
tan slo para hablar por hablar
	-~Quieres decir que se vuelve algo aburrido? -pregunt el
Maestre.
	S.
	-Nadie ha dicho que la lucha sea algo que deba siempre
divertir. Aniquilar es un sacrificio semejante a ser aniquilado.
	-Pero lo que no comprendo es cmo se concilia nuestro
sueno... Cmo se concilia la gran ilusin de una armona universal,
nuestra fe en el Bafomet pacificador, con la urgencia de degollar-
nos entre nosotros con tanta determinacin.
	-De hecho, no se concilia. Pero as es: el sueo no te dispensa
de los deberes que la realidad te impone.
	-~Y entonces? Qu ocurre con la doctrina perfecta? De qu
manera podr expresarse la verdad definitiva?
	Y entonces? Y entonces?... Entonces nada. El sueo no ser
realizable hasta que la Jerusaln celeste se convierta en Jerusaln
terrestre.
	Gunter no respondi. Las palabras del Maestre estaban claras.
Continuaron cabalgando en silencio durante todo el da y durante
la siguiente noche.
	No estaban fatigados ni hambrientos, ya bien entrada la maa-
na del da siguiente, cuando alcanzaron a avistar las murallas de
Tiro. Solamente el caballo vacilaba. Se detuvieron para darle de
beber, para que comiese un puado de heno. Recorrieron las lti-
nias millas a pie, para no fatigar todava ms al animal.
	-Maestre -dijo Gunrer-, en qu lengua hablabas a la oreja
de tu caballo antes de matarlo?
	-En una antigua y noble lengua de Europa, muy familiar tam-
bin entre los rabes: el cataln.
	-Es una lengua dulce, de las que se entiende el sentido por el
tono, como msica, aunque no se conozcan las palabras.
	-Por eso es muy amada por los poetas y los juglares, y por los
caballeros solamente en alguna rara ocasin, de amor o dolor, o de
ambas cosas.
	-Son ocasiones que nos convierten a todos en poetas o
juglares.
	-Exactamente.
	Haban llegado a Tiro. Una patrulla de siete caballeros venia a su
encuentro enarbolando cl Bausanr y el estandarte con la cruz bermeja.


	En el muelle, la galera en la que Gunter y sus compaeros
habran de reemprender el viaje estaba dispuesta para levar anclas,
bien provista de agua y alimentos, con la tripulacin ya en los
remos. Gunter solicit nicamente unos pocos minutos para po-
derse recoger en oracin sobre la tierra todava removida de la
tumba de Simn. Se asegur despus de que el saquito de cuero
que contena el mensaje que le haba confiado estaba cuidadoso-
mente anudado y bien protegido bajo la cora de malla. Comprob
que la sagrada cuerdecilla recibida en la cripta estuviese en su lugar
bajo la camisa, sujeta de tal modo que no perdiese el contacto con
la piel, como le haba sido recomendado a fin de que la misma
energa de su cuerpo pudiese alimentar sin interrupcin la fuerza
protectora. Bes al Maestre y, finalmente, se embarc.
	Partan solamente diecisis. El turcopoliero y el rurcpolo
supervivientes se quedaban en el Lbano.
	54	55
Ir


LA NODRIZA DEL AGNUS DEI

	ERA una nave de velas tristes, que tendan a inflarse. El esfuerzo
cadencioso de los remeros acentuaba su majestuosa pereza.
	Solamente hacia bien entrada la tarde consiguieron tomar
viento favorable y el casco se inclin sobre la corriente, la proa
rumbo a Chipre.
	Lo que el mar pudiese significar para Gunter de Amalfi, hijo de
un marino tirreno y una dama bvara, era dificil de imaginar. Era
como preguntarse qu eran para l los Alpes.
	En sus recuerdos de la infancia, ambas cosas se mezclaban, las
olas paternas y las montaas maternas. Por esto, probablemente,
haba elegido el desierto.
	El vaivn lento y regular de las olas le provoc mareo y. mas
tarde, una sensacin de nusea. Vomit con discrecin, inclinn-
dose lo suficientemente fuera de la borda como para que nadie lo
advirtiera. Aunque la noche iba blanquendose por momentos,
como violentada por una argntea luna, cuyo deslumbre aumen-
taba con la complicidad del agua, en la que se reflejaba.

	A menudo le haba sucedido siendo nio. Nadie ha dicho que
los hijos de los marinos estn exentos del mareo. Pero entonces
haba dos personas dispuestas a consolarlo: el velludo Rosario y la


57


1.
1
blanquisima Gwendala: l dicindole que aquello era una muy
buena seal del destino -pues que todos los grandes navegantes
han sufrido siempre por causa del mar, lo cual era una manera de
sentirlo-; ella sostenindole la frente.
	Es importante, cuando se vomita, que alguien te sostenga la
frente, se dijo Gunrer, asomndose todava una vez ms por la
borda, con imperiosa ternura. La autoridad del amor, en ciertos
casos, es taumatrgica. Su madre la haba ejercido muy poco; su
padre, demasiado. As, el muchacho, entre mares y montaas, haba
terminado por refugiarse en el desierto. Y lo haba encontrado
antes, pero mucho antes de desembarcar en Tierra Santa: primero
en la soledad claustral y despus en la intransigencia de los votos
caballerescos. Pero del rostro de Gwendala, de aquella blanca e
inexpresiva mancha de amor aureolada de rubio, nunca se haba
liberado. A pesar del desierto y de la disciplina del Temple. Gwen-
dala haba regresado muy a menudo a sus fantasas nocturnas, a los
delirios provocados por la sed, a las alucinaciones consiguientes a
las batallas. A diferencia de Rosario, que, pese a tener muchas ms
razones para permanecer en la memoria del hijo, haba sido irreme-
diablemente excluido de ella.
	Por eso no sc sinti completamente sorprendido Gunrer,
cuando se repona de su ligero malestar, al darse cuenta que
alguien, verdaderamente, le haba sostenido la frente durante
aquellos pocos minutos y ahora le enjugaba el sudor.
	No se volvi de propsito. Ya haba bastantes milagros y apa-
riciones. Cuando se vuelve de Tierra Santa hacia Occidente no se
ven ms que visiones, reliquias, tensiones y tabernculos. Se jur a
si mismo que no se volvera hasta que la criatura, aunque fuese su
propia madre rediviva, no hubiese hablado.
	No hubo de esperar mucho.
	-Sois un cruzado? -pregunt una voz de mujer, mientras su
duea guardaba el pauelo con que le haba limpiado.
	No respondi, quiz desilusionado por la obviedad de la pre-
gunta, dado que, sobre la armadura, llevaba puesto el manto
blanco con la contrasea de los templarios.


58
F
	-Yo tambin soy cruzada -continu la mujer con acento
vago- . He combatido con los hombres en las llanuras de San Juan
de Acre y bajo las murallas de Sidn; y tambin en las tabernas
de Trpoli.
	Esta vez Gunter se volvi, animado ms por la curiosidad que
por un inters real. No le importaba en modo alguno aquella cria-
tura femenina que tena a su espalda -y que le haba tratado con
suma gentileza, tena que reconocerlo-, pero quera ver cmo
estaba vestida, cuntos aos tena y a qu raza perteneca. Era una
peregrina de ojos escondidos, como enfebrecidos por una especie
de mstica exaltacin, en cuyas ropas desgastadas se entrevea la
majestad remota de una costosa indiferencia por los cnones de la
elegancia corriente: ningn blasn, ninguna cifra, ninguna conde-
coracin, sino tejido de un valor inusitado, entre cuyos plieges
reluca un pesado crucifijo de oro macizo, que penda de la cadena
de un rosario de perlas.
	-Tambin en las tabernas de Trpoli? -pregunt vacilante,
inseguro acerca de la raza y de la fe de aquella mujer morena, de
piel negrsima, cuyos crespos cabellos a duras penas se mantenian
recogidos bajo la cofia adornada con una triple cruz.
	-S, en las tabernas, sobre el campo, en cualquier lugar...
-respondi la mujer-. Nosotras, las damas jerosolimitanas de la
caridad podemos socorrer a un hombre en cualquier circunstancia,
en cualquier lugar, ya se trate de un guerrero o de un comerciante,
y sea lo que sea lo que le ocurra. Tambin sobre el puente de una
nave -subray con inesperada irona-, si sufre de mareos.
	No debe ser dificil -sonri irnicamente Gunter a su vez-
con armas tan preciosas. -Y seal con el dedo el crucifijo de oro.
Sin, no obstante, tocarlo, puesto que la mujer retrocedi un paso y
lo empu como si fuese un pual.
	-Has dicho bien, armas -y blandi el crucifijo, levantando
el brazo.
	Era un arma autntica, efectivamente, de hechura rara y refi-
nada; un crucifijo cuya parte interior consista en una hoja suti-
Sima y cortante, invisible hasta que se extraa de su funda.


59


L
1
	-No tengo la menor duda -dijo, todava sonriendo, Gun-
ter-. Est claro que para ejercitar la caridad en las tabernas se
debe ir adecuadamente armado.
	-S, pero no te acerques.
	Gunter retrocedi, aunque segua ostentando la ms plcida de
las sonrisas. La peregrina volvi a soltar el crucifijo sobre los plie-
gues de la falda.
	-Eres un verdadero templario? -pregunt de nuevo-.
Detestas a las mujeres. No es as?
	S, soy un templario. Y sta es una nave templaria. Qu hace
una mujer a bordo de una nave remplaria?
	Regreso con mis hermanas a la casa madre de Rodas. No puedo
permanecer por ms tiempo en Tierra Santa. Mdicos y sacerdotes
me lo han prohibido expresamente. No soporto el peso del amor
divino. Veo a Nuestra Seora todos los das, sudo sangre, los nge-
les no me dejan dormir por las noches...
	Un balido la interrumpi
	-Es el Agnus Dei, no te asombres. Lo llevo siempre con-
migo.
	Y no menta, porque por detrs de su falda apareci un minscu-
lo cordero, que hasta el momento haba permanecido escondido.
La mujer lo tom en brazos y lo acaricio.
	-Me quiere mucho y no se separa nunca de mi. Ahora
tiene hambre.
	Y, mientras deca esto, se dasanud la camisa, mostrando el
seno henchido. Acerc delicadamente el pezn a la boca del animal,
que permaneca inmvil en dulce espera, y apret la teta, haciendo
fluir un chorro de leche. El corderillo, indudablemente habituado
a esta inslita funcin, comenz a mamar.
	Dos monjas, que haban permanecido hasta entonces retiradas
en la sombra de un montn de cuerdas con un grupo de otras her-
manas, se acercaron con discrecin, tomando delicadamente a la
peregrina por debajo de los brazos y llevndosela con su corderillo.
	-Debis excursarla -dijo una de ellas, sin levantar la mira-
da- . Debis comprenderla. Doa Saura est mal.
	-El cielo le ha concedido una gran gracia, pero despus se la
ha negado. Quiz para ponerla a prueba...
	-Qu tipo de prueba?
	-Doa Saura est con nosotras desde hace muchos aos.
Jams ha conocido varn, ni en Tierra Santa ni en su pas. Esto lo
sabemos con toda seguridad; todas podemos testimoniarlo, por el
verdadero Dios. Pero justamente aqu, justamente en el lugar
donde naci Nuestro Seor, doa Saura se ha quedado embara-
zada. Parece ser que es algo que ha ocurrido a otras vrgenes, a otras
mujeres, antes que a ella. Se ven muchos milagros por estos luga-
res... Ser el aire, el viento clido, la arena... No lo se.
	-Y qu ha sucedido despus?
	-Al no existir la menor duda sobre la pureza de doa Saura ni
sobre cl misterio del nio que deba nacer aqu, justamente aqu,
como Nuestro Seor, nos hemos dirigido todas a Beln en peregri-
nacin, para que todo pudiera reperirse como en las Sagradas Escri-
turas. Pero... Doa Saura no ha resistido las fatigas del viaje.
	-Perdi al nio?
	-S, pero eso ha sido lo de menos... El obispo de Galilea nos
ha excomulgado a todas y nos ha amenazado con mandarnos a la
hoguera como herejes. Despus se ha apiadado ante nuestra deses-
peracin y nos ha hecho gracia de la vida, a condicin, sin embargo,
de que retornsemos a nuestra casa madre en Europa. Por eso hemos
sido confiadas a los caballeros del Temple y embarcadas en esta nave.
	-Comprendo. Pero no creo que hagamos escala en la isla de
Rodas. Est ocupada por los caballeros hospitalarios, quienes, a
pesar de su nombre, son muy poco acogedores. Salvo en casos de
especialsima necesidad, hacemos lo posible por evitar toda rela-
cin con ellos.
	-Pero nosotros no vamos a la isla de Rodas. Somos de
Rodas Gargnico.
	-Dios mo! Sois del feudo de San Severo? Pullesas?
	-Pues si, pullesas. Qu tiene eso de extrao?
	-Os habris cambiado por sarracenas convertidas, rabes, tal
vez griegas del archipilago. Sois, pues, negras.
	60	61





	-Por fuerza. Con todo el sol que hemos tomado...
	Saura, entretanto, haba empezado a lamentarse y a invocar a la
Virgen. Las hermanas intentaban mantenerla quieta, dada su cons-
titucin robusta y la creciente agitacin que, en el delirio, multipli-
caba sus fuerzas.
	-Aydenos a sostenerla -dijo la monja-. En algunos mo-
mentos es ms fuerte que un demonio.
	-Pero, qu es lo que sucede ahora?
	-Est a punto de ver a la Virgen.
	Gunter se arrodill junto a ella y la sostuvo por los pulsos. Se
estremeci al comprobar que tena las manos inundadas de sangre,
y que tambin la camisa, por la parte del costado, estaba manchada.
	No era aquello lo que haba deseado toda su vida? Ni siquiera
en sus morbosas fantasas templarias haba osado Gunter esperar
tanto: poder ser testigo de la pasin de Cristo, baarse en su san-
gre, envolverse en el haz de msculos desvastados de espasmo,
lamer el mstico sudor. Por eso se extendi por completo sobre el
cuerpo de Saura, comprimindola contra la madera de la nave,
mientras ella dialogaba en hebreo con quin saba qu espritu. Las
otras monjas lanzaban al cielo estridentes jaculatorias, llorando y
riendo, dando brincos en crculo ya sin poder contenerse. Alguna
se arrancaba los vestidos y los cabellos. Marineros y caballeros,
atrados por el clamor, empezaron a reunirse en torno al grupo.

	Las visiones, la sangre de Saura y la exaltacin de sus compae-
ras no degeneraron en orgia porque la tripulacin estaba ya adies-
trada para semejantes extraezas. Navegando de aqu para all por
el Mediterrneo, los marineros de la cristiandad -cuyos oficiales
eran generalmente genoveses y venecianos- estaban habituados a
vivir con un cierto distanciamiento las consecuencias del extrao
comportamiento que peregrinos y monjes, caballeros y mujeres
piadosos podan tener en la ruta de ida y vuelta a Tierra Santa.
Ciertamente, milagros e histerismos podan procurar algunas horas
de recreo y diversin, pero, en el fondo, era solamente el fruto de
una montona y deprimente costumbre. El verdadero problema


62
era los vientos, las corrientes y la conservacin de la sopa, aquella
extraordinaria mixtura de ajo y aceite que aseguraba durante sema-
nas y aun meses un condimento fresco -por consiguiente, un
motivo de supervivencia- para las tripulaciones afectadas por la
fatiga y la sal.
	Concluida la tormentosa exhibicin, Saura fue depositada para
que durmiera en la toldilla dc proa, la nica parte de la nave dotada
de alguna manera de aquel mnimo de comodidad que una celda
monacal corriente est en disposicin de ofrecer hasta al ms des-
heredado de los religiosos occidentales. Comodidad que Gunter sc
esforz en aumentar con alguna tela ornamentada, vino de una
cierta calidad y legumbres condimentadas.
	Ciertamente, la leche hubiese sido un alimento ms adecuado
para la colacin de la maana. Pero el caso era que los marinos -y,
en general, todo el que viaja por mar- tienen mucha mayor fami-
liaridad con el vino que con la leche y cl zumo de frutas. El vino se
conserva bien; la leche se agria. Como la fruta, por lo dems.
	Saura durmi profundamente durante toda la noche. Gunter
permaneci junto a ella, sin tumbarse en ningn momento, mante-
nindose con el mentn apoyado en la espada, que haba hincado
sobre el pavimento, a la manera de los antiguos caballeros encarga-
dos de velar a una dama. Finalmente, logr adormecerse en aquella
incmoda postura, hasta que Saura, despertndose de improviso, le
dio un puntapi a la espada, hacindole perder el equilibrio y, con-
siguientemente, precipitarse medio dormido en sus brazos.
	Saura rompi a rer, pues verdaderamente resultaba ridculo
aquel caballero sorprendido en cl sueo, que ahora intentaba
sobreponerse, mientras que ella, por el contrario, se despertaba en
medio de un desenfrenado e incontenible ataque de energa.
Mritos de la Santsima Virgen y de los espritus con los que haba
estado charlando toda la noche? Probablemente, pens Gunter.
Aunque, por lo general, ciertos fenmenos debilitan ms que
vigorizan.
Era verdaderamente imprevisible el modo en que esta cristiana
florida y morena recobraba el conocimiento despus de un aban-
63
1
dono tan total a los misterios de la fe. Era verdaderamente inexpli-
cable, sobre todo, la desenvoltura con la que pasaba de los tormen-
tos de la Pasin a la euforia de unas vacaciones marineras.
	-Tengo hambre -dijo, alargando una mano hacia la sopa de
legumbres, mientras que Gunter se repona despus de la volte-
reta. Y empez a comer con una avidez voraz pero contenida, en
ningn momento desairada.
	-Veo que te sientes bien -dijo Gunter, por decir algo.
	-Maravillosamente bien, dirs. Nunca me he sentido tan bien.
Tambin las heridas de la noche anterior haban desapareci-
do, observ Gunter. Aunque tuviese las palmas de las manos
todava vendadas, Saura articulaba los dedos con agilidad. El seno
conservaba toda la turgencia del amamantamiento, pero oscilaba
quietamente, animado por serenos suspiros, debajo del suave res-
guardo de la camisa prendida con lazos. Haba todava algunos ras-
tros de sangre aqu y all, sobre la ropa, pero ninguna seal de
herida ni de hematoma. En suma, Saura estaba demasiado bien para
haber sido crucificada haca tan poco tiempo, aunque fuese en los
ms secretos rincones de su imaginacin.
	-Tengo sed -dijo soltando la escudilla de la sopa.
	-Slo hay vino -respondi Gunter.
	-Eso est muy bien -dijo, y bebi como un marinero.
	Fue interrumpida por el balido, semejante a una suave queja.
Y, por entre las cuerdas amontonadas, reapareci el Agnus Dei.
	-He aqu que vuelve -sonri Saura, y lo estrech fuerte-
mente entre sus brazos-. T tambin tienes sed? Ten, bebe.
	Y le ofreci vino.
	El corderillo bebi con prodigiosa avidez.
	-Pero es vino! -exclam Gunrer, sin disimular su estupor.
	-Hay un tiempo para el vino -ri ella- y un tiempo para
la leche.
	Hablas como una hur
	-Qu sabes t de las hures, que detestas a las mujeres?
	Conozco el Corn y las reglas del islam, como todos los caballe-
ros del Temple.
r
	-Inshallah, bravo! Entonces sabrs que hay muchas razones
para ser hur y muchas razones para ser santa, segn las circunstan-
cias, los signos y los presagios.
	-Y qu te dicen ahora los signos y los presagios?
	-Que soy una hur
	-Por qu?
	-Por ti.
	Tir de l hacia s con tanta fuerza que le hizo perder de nuevo
el equilibrio. l se dej arrastrar. Derramaron el vino y las le-
gumbres.
	El Agnus Dei balaba mientras lama los restos de la sopa.
	64	65
















LOS ESTIGMAS DE SAURA


LO que haba acaecido durante todos aquellos das, Gunrer lo
ignoraba. Cuidar de Saura era una tarea que lo haba sobre-
puesto a una fatigosa oscilacin de pasiones y emergencias. En cier-
tos momentos se le volvan a abrir las heridas; en otros, se cicatri-
zaban. Una determinada hora tena que vendarle los estigmas,
otra besarle las cicatrices, todava frescas. En un cierto punto ella
se sumerga en el ms hondo e impenetrable misterio, disertando
con ngeles y otros invisibles visitantes; luego, de improviso,
resurga a la vida profana con una triunfante bestialidad terrena,
hambrienta de comida y caricias. Una vez ms, Gunrer se reencontraba
envuelto pasivamente en el signo del Bausant, atormentadamente, con-
mocionado por aquel sucederse de opuestos que no lograba controlar:
el blanco y el negro, el calor y el fro, el espritu y la materia. Como
Saura fuese la encarnacin del principio por el cual haba comba-
tido hasta ahora. Pero, desde luego, era mucho ms fcil sobre el
campo de batalla, todo era ms sencillo cuando se trataba de
enfrentarse a enemigos a cara descubierta, en el fragor de las espa-
das entrecruzadas que saban dnde golpear y cmo defenderse.
	Llegaron a Chipre en medio de un chapoteo de remos que la
ausencia de viento volva tan intenso como el crujir de la tela de un


67




vestido femenino. Un marinero vino a llamarle para advertirle que,
dentro de poco, atracaran en Famagusta. Saura volva en ese
momento en s, despus de una ltima y agotadora cita con la Vir-
gen, un coloquio extenuante y agitado, del que Gunter no haba
logrado descifrar una sola palabra. Como siempre, por otra parte,
dado que, para agravar lo incomprensible de la situacin, estaba el
hecho de que Saura recurra -en estas msticas excursiones- a las
lenguas ms impracticables y remotas, desde el griego al arameo,
desde el hebreo al ms estricto pulls de Gargano. Nunca una
palabra provenzal o en latn, en rabe corriente o en italiano.
	Un poco de rabe si que conoca Gunter, como cualquier tem-
plano de Palestina o Galilea. Pero, evidentemente, las visiones fre-
cuentadas por Saura provenan de universos ms cultos y exclusi-
vos de los que la misma vidente, mujer maravillosamente rstica,
acostumbraba practicar en su existencia cotidiana. Y luego estaba el
Agnus Dei, caprichoso y entrometido como todos los cachorros,
necesitado de leche y entretenimiento en tiempos regulares. Es
probable que su presencia fuese efectivamente propicia y protec-
tora, como la de un talismn o un escapulario, pero tambin es ver-
dad que el animalillo estaba absolutamente incapacitado para cual-
quier milagro, por modesto que fuese, como el de procurarse por
s mismo el alimento y la ternura indispensable para su supervi-
vencia.
	-Pero, qu os decs? qu os decs t y la Seora cuando os
encontris? -pregunt nerviosamente Gunter, mientras se suje-
taba las hebillas de la armadura y buscaba su manto blanco.
	Estaban a punto de entrar en el puerto y dentro de poco se
tendra que encontrar con los dignatarios de la capitana de
Chipre.
	-Qu os decs? -insisti-. En qu lengua os hablis?
	-La Virgen est preocupada. Est muy preocupada -dijo
Saura, levantndose lentamente y pasndose por el cuerpo una
esponja mojada. La sangre se estaba coagulando lentamente.
	-Preocupada por qu? Y por qu viene a decrtelo precisa-
mente a ti?
-Est preocupada por su hijo. Por su sepulcro.
	-El sepulcro es algo que corresponde a los soldados, no a los
santos. Puede estar tranquila.
	-Pero es que... El espritu de la cruzada se hace aicos entre
odios y rencores. Los prncipes cristianos contienden entre ellos
por lindes de tierras y privilegios herldicos. Los obispos se ponen
de lado de unos o de otros. El reino se desmorona; Antioqua est
cercada; las plazas fuertes de Tiro y de Sidn estn aisladas...
	-Desde cundo la Virgen se ocupa de estrategia?
	-Desde que ha comprendido que los hombres, por s solos,
no saben hacer la guerra.
	-Pues, entonces, la prxima vez que le hables, dile que nos
proteja con sus plegarias. En lo dems, ya pensaremos nosotros.
	-Est preocupada por el sepulcro de su hijo.
	-Tranquilzala. Dile que tenemos necesidad de bendiciones y
de gracias, no de consejos... Sobre todo de una mujer.
	El Agnus Dei se estremeci balando y revolcndose en los coji-
ncs, como haca generalmente cuando quera dar a entender que
tena hambre.
	-Y dale de comer a este cordero! -prosigui Gunter, que
finalmente haba encontrado su manto, completamente arrugado
debajo de un banco y ahora lo estaba alisando antes de ponrselo-.
No ves que tiene hambre?
	Dde est la leche?
-All, en aquel cacharro. Pero est completamente agriada.
De fuera volvieron a llamar.
-Estamos entrando en puerto.
	-Voy -respondi Gunter, y se ech el manto por encima de
los hombros, despus de haberlo hecho voltear con retrica
magnificencia.
	Y se encamin hacia cubierta.
	Con una mano apretaba los nudos de la sagrada cuerdecilla del
Bafomer y con la otra comprobaba si el saquito de cuero con el
mensaje estaba a buen recaudo bajo la cota. Ignoraba el contenido
de las cartas que tena que consignar en Francia, quiz en la
	68	69




capitana de Lyn o tal vez en Pars, pero tambin esto estaba bajo
secreto. Cada detalle lo ira conociendo, uno detrs de otro, de los
priores de las casas por las que habra dc pasar. Una sola cosa era
segura: que el mensaje, que las cartas que llevaba enrolladas en el
saquito, eran objeto de su misin. Y que ellas valan ms que su
propia vida y que la vida dc sus compaeros.
	Ocho caballeros estaban a la espera sobre el muelle. Oscu-
reca.
	Los blancos mantos, en la semioscuridad del poniente, relucan
como espejos. Las armas parecan de oro. Y eran las nicas cosas
vivas. Los hombres, en su inmovilidad, parecan estatuas.

	Gunter se detuvo en Chipre durante una noche, el tiempo de
hacer acopio de agua y vveres para la nave y hacer una visita a la
capitana del Temple. Fue cl nico en desembarcar, acompaado
del jovencsimo Rodrigo de Sadaba, un caballero espaol animado
por una gran pasin militar ms que religiosa, que haba tomado
junto a l el puesto de ayudante que hasta haca pocos das haba
ocupado el pobre Simn. Incapaz de soportar los ayunos y las prc-
ricas ascticas que impona la vida de la Orden, Rodrigo haba
corrido ya muchas veces el riesgo de incurrir en graves sanciones
por sospechas generadas por asuntos de mujeres -se deca que
incluso haba frecuentado sarracenas- y por haber practicado la
caza en das dedicados a la meditacin. Era, por ende, muy charla-
tn, hasta el extremo de que sus faltas o supuestas faltas llegaban a
ser de dominio pblico entre los hermanos, por el hecho de que
era l mismo el que dejaba intuir, muchas veces con una punta de
mal disimulado orgullo, cuando el vino le tiraba de la lengua.
	Pero era un guerrero de extraordinario valor sobre el campo,
generoso y leal, que en ms de una ocasin haba arriesgado su vida
por salvar a un hermano. Como la vez que se haba bajado del caba-
lo en medio de una refriega para volver a poner la silla al piadoso
Giovanni de Arras, caballero animado por una desenfrenada voca-
cin mstica y, por consiguiente, asiduo de los ayunos y de infrin-
girse mortificaciones corporales, que al primer golpe de maza
recibido sobre el escudo haba perdido el equilibrio por causa de su
debilidad. Pero, apenas repuesto sobre su silla, al ser golpeado otra
vez, Giovanni volvi a caer. Entonces Rodrigo, a pesar de la furia
del combate, lo volvi a colocar en su silla y, tomando el caballo
por las bridas, los llev hasta el ms cercano puesto cristiano,
donde se hacan fuertes infantes y arqueros. Y mientras se reinte-
graba a pie a la refriega, abrindose paso hasta su caballo, alguien le
haba odo explotar en una risotada y gritar en direccin al exhaus-
to Giovanni: Si caes otra vez, ruega a Dios que te recoja, porque
yo no lo har, seor Espritu Puro!
	Gunter le haba elegido como ayudante despus de la muerte
de Simn por una razn que no tena que ver con sus virtudes
militares ni con sus imperfecciones cannicas: simplemente, lo
haba reconocido como inicio en los misterios superiores de la
Orden por una cuerdecilla de nudos blanquinegra, semejante a la
que l haba recibido en Tiro, de la que le sobresala un cabo por el
costado, por entre los pliegues de la camisa. Gunter le haba mos-
trado la suya sin hablar, mirando hacia otra parte, entrelazndola
en los dedos de la mano izquierda, como le haba sido explicado
por el Maestre, de manera que los nudos tomaran una cierta dispo-
sicin sobre los nudillos. Y Rodrigo haba hecho otro tanto con la
mano derecha.
	Tambin el Maestre de Famagusta, donde los dos fueron reci-
bidos con tantos miramientos, tena a la vista el mismo signo.
Como muchos otros caballeros de aquella casa, por lo dems.
	No era la primera vez que Gunter pasaba por la casa templaria
de Famagusta, pero ello no le sirvi para ahorrarle, como siempre,
un cierto sentimiento de inquieto estupor ante el fasto bizantino
de aquella mansin, tan en contraste con la esencial sobriedad de
las sedes de Tierra Santa y de los otros territorios asiticos que
los cristianos de Europa llamaban entre ellos Ultramar. Pero
la sorpresa fue, con mucho, mayor en esta ocasin para Gun-
ter, cuando fue admitido, junto con Rodrigo, al subterrneo del
Bafomet. Tambin la arcana efigie bifronte apareca indecible-
mente distinta, aqu en Chipre, no solamente por la magnificencia
	70	71




de los materiales y de las piedras preciosas que la adornaban, sino
tambin por los inusuales smbolos que ostentaba.
	Ms all de la elemental claridad del cdice ideal propuesto por
la criatura andrgina que haba conocido en Tiro, lampia y bar-
buda al mismo tiempo, envucra en una celestial dignidad en el
signo comn del sol y de la luna, el Bafomet de Famagusta se pre-
sentaba con un cuerpo de animal mitolgico y complejo, exube-
rante de atributos diversos exrraamenre situados segn diseno
hermtico (o esttico, quin poda saberlo) impenetrable y extra-
o. Era, en suma, una estatua sobrecargada de elementos laborio-
sos e indescifrables, ya fuera porque la singularidad del estilo,
aunque fuese desde un punto de vista exclusivamente artstico, no
ayudaba verdaderamente a comprender qu motivos pudiesen
haber inducido al artfice a dotar al mismo animal, entre alas de
guila o de quimera. Por no hablar de la cabeza, esto es, de la parte
humana y expresiva de la criatura, en la cual la duplicidad origina-
ria de los rostros apareca enriquecida de una intrincada superposi-
cin de rasgos somticos diversos, como para querer expandir de
algn modo el sentido de la fusin entre la sabidura oriental y la
occidental, entre el islam y el cristianismo, incluyendo tambin
quin saba qu otros cultos y civilizaciones.
	No haba nada de monstruoso en todo esto, ni incompatible
con cuanto Gunter haba aprendido en Tiro. El simulacro funda
en una sola figura los animales sagrados de los cuatro evangelistas
-explic el Maestre al trmino de la reunin-, los mismos que
sostenan el trono de Dios en el Apocal~sis. Pero estaban tambin
el Kherub de Israel, la Esfinge de Egipto, el Marduk de los asirios
y de los caldeos, el Pegaso de la caballera celeste.
	Ciertamente, no exista ningn contraste -reconoci Gunter
en su interior- entre la gran ilusin del Temple tal y como haba
sido revelada por el Maestre de Tiro, y tal como ahora le era
comentada por el Maestre de Famagusra, algunos brazos de mar
ms hacia all, hacia Europa. No haba la menor sombra de incom-
patibilidad entre el sueo sublime de unir la cruz y la media luna en
una nica civilizacin y el de incluir la estrella de David y la cruz

72
con asas del Osiris, ms la inconmensurable herencia de los grandes
misterios del pasado. Todo en nombre de una definitiva e inaltera-
ble armona universal. Ciertamente, ningn contraste. Pero es
extrao -volvi a decirse Gunter, divagando-, es verdadera-
mente extrao descubrir hasta qu punto la suerte de las ideas ms
sublimes es en la prctica semejante a la del adorno y otros detalles
materiales de la vida cotidiana, como el alimento y la forma de ves-
tir. Estaba en una capitana templaria como aquella de la cual haba
partido, entre hermanos templarios como aquellos que haba deja-
do, oyendo hablar de asuntos templarios sobre los cuales ya haba
sido informado por otros templarios. No haba nada de nuevo o de
distinto o variado, en la prctica, respecto a los que se podan con-
siderar los rasgos recurrentes de su historia de cada da. Nada,
excepto una idea de proporciones sin igual en la historia y el
mobilario.





















73















LAS MESAS DEL GRIAL


AL alba levantaron anclas hacia Occidente, apuntando directa-
mente hacia Candia. El viento haba aumentado notable-
mente en las ltimas horas, tensando las dos grandes velas latinas,
estriadas en blanco y negro. Lo que sirvi para ahorrar fatigas a los
remeros, cuyas energas intactas tendran seguramente mayor utili-
dad en el caso de un encuentro, no del todo improbable en aquellas
aguas, con las galeras de la marina turca o con los veloces jabeques
dc los piratas berberiscos.
	La ruta hacia Candia no era la ms segura, ya fuese por la
extraordinaria variedad de malhechores e infieles por los que era
frecuentada, como por la inclemencia de los vientos, inconvenien-
tes ambos que se habran podido evitar navegando por el litoral y
haciendo escala en Rodas. Pero sobre la roca de Rodas ondeaba la
cruz de los hermanos hospitalarios, con los cuales, aunque aliados y
buenos cristianos, Gunrer no quera tener nada que ver, motivado
en este punto por aquella incurable rivalidad originaria entre las
dos rdenes por el primado de Tierra Santa que con el tiempo se
haba ido transformando en rivalidad y finalmente en rencor,
hasta hacer prcticamente imposible la fusin tan insistentemente
intentada por el papa para la seguridad del Sepulcro.
	Y cmo dejar sta de lado, desde el momento en que hasta en

75




los retrais, la regla suprema de la Orden, donde todo estaba pre-
visto y toda eventualidad minuciosamente contemplada con todo
detalle, cualquier referencia a los hermanos hospitalarios apareca
consignada en un tono de evidente rivalidad? Bastaba con leer las
normas que haba que seguir en el combate, las disposiciones, por
consiguiente, relativas a uno de los aspectos ms difciles y comple-
jos de la vida templaria, para darse cuenta de ello: all se encontra-
ban frases como cuando un caballero se encuentra en batalla
separado de su escuadrn, corriendo el riesgo de quedar aislados,
nase a la primera bandera cristiana que encuentre, aunque sea la de
los hospitalarios... 
	Y Gunrer se acordaba muy bien de esto. Por qu, entonces, ir
ahora a la busca de los hospitalarios por mar sin necesidad,
cuando hasta por tierra haba que procurar evitarlos, salvo en caso
de necesidad extrema, imposible de resolver por otros medios? S,
era preciso evitar Rodas. Los retrais respondan a cada una de sus
dudas como un libro adivinatorio, aunque se tratase de hecho de
un rgido manual. La derrora establecida, a pesar de los riesgos que
comportaba, era la justa. Y tambin los vientos eran propicios,
muy propicios, a juzgar por la rapidez con que el navo, inclinado
sobre un costado por el empuje de las velas, henda las olas
hacia Candia.
	El secreto estaba todo aqu: en conocer las reglas y observarlas.
Te libran de obstculos en toda circunstancia, dado que t sepas
captar su sentido y adaptarlo -se dijo Gunter al trmino de una
jornada sumamente aburrida, ventosa y salada- a la situacin en
que te encuentras.
	Saura le ayud a abrir las hebillas de la armadura y a liberarse
de ella. El Agnus Dei jugueteaba entre sus piernas, balando y dn-
doles topaditas con la cabeza en las pantorrillas. Era una bestezuela
caprichosa y tierna, omnvora y glotona, que balaba continuamente
buscando un suplemento de comida o de caricias. La inestabilidad
de la nave, que oscilaba con los cada vez ms violentos golpes de las
olas, acreca su natural inquietud traducindola en un exceso de
entrometimiento.

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	-S, pero quiere ms -respondi Saura, que continuaba qui-
tndole el calzado metlico y la cota de malla -. Nunca se siente
saciado. Dale ms.
	Gunrer obedeci. Y el Agnus Dei les dej en paz para dedi-
carse a su nueva racin de leche.
	-Ves? -dijo Saura-. Ahora se quedar tranquilo
Y le dio para beber una infusin caliente.
-Qu es esto?
-Bebe.
	Gunter sorbi lentamente, saboreando. Despus escupi algo
duro, un poco arenoso.
	-Pero hay cosas en el fondo.
-Mastca.
	Y Gunrer mastic, lentamente, lo mismo que antes haba sor-
bido, saboreando. Luego ri burlonamente y dijo:
	-Ten en cuenta que yo he vivido desde los veinte aos en
Ultramar y que he probado de todo. No habrs pensado aturdir-
me con un potingue de hierbajos que haga dar vueltas a la ca-
beza...
	Saura no respondi. Bebi a su vez de la misma sopa y mastic
los fragmentos slidos que haba en el fondo.
	-El cuchillo del arco iris ha rasgado el velo de la noche -con-
tinu Gunter, tumbndose cmodamente sobre los cojines-. Los
peces juegan con el cangrejo, el toro intenta cornear al escorpin,
el saetero quisiera poner orden por todas partes, pero, al final, es el
len el que decide... Ya visto, ya vivido, ya sentido. No creas que
me puedes aturdir con un potingue de hierbajos... Yo he bebido
sangre de Cristo.
	-Bebe ahora tu kat, bebe tu kat -dijo Saura, y le tendi otra
copa de su infusin, que por lo dems no tena nada de extraordi-
nario, sino que era solamente un condensado de catha edulis, un
arbusto cuyos brotes, masticados o cocidos, procuran una gran dis-
posicin al dilogo, a la conversacin, a la alegra de permanecer
despierto sin limites de tiempo. En suma, una especie de excitacin
sociable, que traduce en un adormecimiento de los estmulos del

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sueo y el cansancio, pero sobre todo en una incontenible necesi-
dad de hablar con alguien.
	-~Crees que pueda ser tan complicada la ecuacin? Aunque...
-dijo Gunter, tomando ya otro sorbo de kat y volviendo de
nuevo a masticar-. Crees de verdad que pueda resultar tan difcil
resolverla?
	-Pero de qu hablas? -pregunt Saura-. De qu ecua-
cin?
	La ecuacin entre la sangre de Cristo y la realidad. Crees que es
una tarea espiritual, aunque... Es una cuestin de nmeros.
	-No te comprendo. No re sigo.
	-Pero si es muy simple. Basta con encontrar la frmula. La
copa del Grial ha sido sostenida solamente por dos mesas en la tie-
rra, la mesa redonda de Merln y la mesa cuadrada de Jos de Ari-
matea. Es una cuestin de nmeros, una tarea geomtrica. Quien
consiga cuadrar el crculo tendr el secreto del Grial. Y Arturo no
lo ha comprendido, ni tampoco lo han comprendido sus caballeros.
Han credo que la santa copa era un objeto que haba que buscar
por aqu o por all, en un castillo o en un bosque, en una catedral o
en una alcoba... Sin embargo, ellos han tenido el privilegio de sen-
tarse alrededor de la mesa redonda. La cuadratura del circulo...
Todo est ah, es todo una cuestin geomtrica.
	Tendi la mano para tener el otro kat. Pero Saura se la tom
entre las suyas, llevndosela a la boca y lamindosela como se lame
una herida de siglos.
	El mar haba crecido. El farol oscilaba horadando la oscuridad
con sus dbiles llamas. El Agnus Dei, saciado, dorma sobre su pro-
pia espuma blanca de lana. El cuerpo de Saura reluca como un
ostensorio.
	As, como buscando una antigua reliquia, Gunter se dej hun-
dir en aquella mstica aurora. Y fueron una sola cosa con el mpetu
del viento, que azotaba el navo, con la atormentada tensin de las
velas, con la memoria de los olivares que Saura arrastraba en sus
ojos.



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	Los cristianos la llaman Providencia; los fatalistas, Casualidad.
Es un hecho que si no interviene tanto esta fuerza indefinida,
nunca bien identificada, el desarrollo de las cosas terrenas podra
llevar a insanables desequilibrios en el orden natural, con conse-
cuencias imprevisibles. Ahora, si Gunter y Saura, presas de una
pasin tan intensa, no hubiesen sido de alguna manera gobernados
por la Casualidad o por la Providencia, no se sabe hasta dnde
habra podido llegar: quiz al escndalo de un templario que
renuncia a los votos o de una mujer piadosa que se queda encinta
por segunda vez, ya sin el atenuante del clido viento de Tierra
Santa. Por el contrario, por el bien de todos, la Providencia y la
Casualidad se aliaron, procurando en el giro de veinticuatro horas
una desgracia resolutiva, aunque dolorosa; esto es, la muerte de
Saura.
	Que se trat de un acontecimiento providencial y milagroso
est demostrado por el hecho de que la Virgen en primera persona
se vio implicada en l. Apenas se haba repuesto Saura del xtasis
terreno del alimento y del amor. Bebi un poco de kat y se envol-
vi en un clido manto. Sali a cubierta. El Agnus Dei la sigui
balando. Gunter dorma.
	Una vez ms se le apareci la Virgen, lo que no era precisa-
mente un hecho extraordinario. Pero la Seora, esta vez, apareca
lejana, sobre las aguas, y la llamaba hacia s. Todo se desarroll muy
lentamente, con tiempo sufiente como para haber permitido a
cualquiera prevenir cuanto estaba sucediendo si hubiese sido til
o necesario.
	Saura sudaba. Ya chorreaban de sus manos estalactitas de sangre.
La Virgen la segua llamando: Ven, ven...~
	Y Saura corri hacia ella, fuera de la borda. Una monja y un
caballero intentaron sujetarla, pero su fuerza era ahora la fuerza
sobrehumana (diablica, segn sostienen algunos) que se nutre de
visiones. En todo caso, los tres terminaron por encima de la borda,
agarrados unos a otros, y se hundieron sin dejar rastro.
	Cuestin de segundos, gracias tambin al peso de la armadura
del caballero.

79
1~~




	Providencia y Casualidad haban laborado una vez ms juntas
para la historia, con excelentes resultados. Y el precio haba sido
bastante modesto.
	Ahora los templarios eran quince, pero no exista el menor
riesgo de que su comandante pudiera romper sus votos.
	El Agnus Dei se quedaba hurfano, ltimo recuerdo de Saura
para el somnoliento Gunter en aquella penosa espiral de providen-
ciales acontecimientos. Pero la tripulacin provey, comindoselo.
	Cmo negar a unos marineros genoveses la oportunidad de
nutrirse con carne fresca en medio de una travesa? Gunter no se
opuso: aquel banquete, en el fondo era una eucarista.

	En la capitana de Candia, Gunter se detuvo el tiempo necesa-
rio para recibir las ltimas instrucciones en orden al mensaje del
cual era portador. Supo, pues, que deba ser consignado en Carca-
sona, no despus del solsticio de invierno. El tiempo era apenas
suficiente para alcanzar un puerto en una nica etapa y despus
proseguir a caballo, sin detenerse en ningn momento, avanzando
por los montes hasta la costa terrena; embarcarse de nuevo para
Francia y avanzar a travs de la Provenza hasta el mismo corazn
del Languedoc.
	No se qued a dormir en aquella casa, a pesar de la insistencia
del Maestre. Pero, de cualquier modo, se demor con los otros
hermanos en la prctica de un rito muy comn a la sazn entre los
templarios; comn, pero tambin secretsimo, puesto que, de
haber sido conocido, habra podido costarle a la Orden la acusacin
de hereja. Mucha literatura se ha escrito a este respecto. En reali-
dad, no se trataba ms que de escupir sobre la cruz. Algo que
puede parecer blasfemo a un observador superficial, pero que sus-
tancialmente no era sino la ms incondicional manifestacin sim-
blica del amor templario por el Redentor. Efectivamente, escu-
piendo sobre la cruz, los guerreros del Temple expresaban su odio
por el instrumento del martirio y la solidaridad con la vctima.
	El sentido ms elemental, en sntesis, era: maldita sea la cruz
que tantos sufrimientos procur a Nuestro Seor.
	La ceremonia comenzaba en un tranquilo clima de recogi-
miento. La cruz era puesta sobre el suelo. Los escupitajos no eran
ms que el comienzo.
	Despus se pasaba a las invectivas, a las obscenidades, al vili-
pendio material. La cruz era golpeada, emporcada, renegada. Final-
mente, un poco por causa de la exaltacin, un poco por el cansan-
cio, la reunin se disolva en una suerte de inocua histeria, en la
cual un extremado sentido del pecado se disolva en una insosteni-
ble fiebre de inocencia.


	80	81
















MONJAS, MARINEROS GENOVESES
Y PIRATAS TUNECINOS

VIENTOS inconstantes y quietas ondas grises de otoo, ras-
gadas a trechos por rfagas de lluvia, acompaaban la navega-
cin de la galera cristiana ms all del Egeo, hacia el Adritico. El
impulso de las velas, ms pesadas por causa de la humedad, se haba
ido reduciendo. Hasta que, a la altura de Zanre, fue necesario enca-
denar a los remeros.
	Sobre el puente, los templarios haraganeaban, ostentando una
metlica inmovilidad. Miraban hacia el horizonte, en pie, vistiendo
sin armaduras relucientes, apoyndose en las espadas hincadas ver-
ticalmente sobre la madera de la cubierta, todos en la misma posi-
cin, como muletas o crucifijos.
	Los marineros se entregaban a sus quehaceres, entre cables y
jarcias, pasando por entre ellos con la misma indiferencia con que
uno pasa por entre las estatuas de un museo que ya resulta
familiar.
	A popa, reagrupadas en un nico amasijo de cansancio y de fe,
las monjas jerosolimitanas recitaban a media voz sus oraciones.
	Todo esto es mortal, se dijo Gunter, que continuaba mirando
al horizonte junto con sus catorce caballeros. El mar es un detesta-
ble predador. A mi me quit la dulcsima e insustituible Gwendala,
cuando todava era un nio, y ahora a Saura. Pero no importa.

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Todo esto es soportable. Lo que me destroza es esta absoluta inac-
tividad, esta agotadora sensacin de impotencia, que nos obliga a
esperar el curso de los acontecimientos, sin poder interferir de nin-
guna manera, sobre este inestable amasijo de maderas que no se
sabe cundo llegar a su destino. Dios, aydanos -invoc- a no
morir de aburrimiento.
	Fue escuchado.
	Un marinero dio la voz de alarma desde lo alto de la cofa, sea-
lando una vela negra que se acercaba por el suroeste. He aqu lo
que los habitantes de la costa llaman el peligro negro que viene
del mar, se dijo Gunter con un suspiro de alivio, como ante una
noticia que le restitua una razn para vivir. Nunca se habra atre-
vido a esperar tanto para salir, en unin de sus catorce hermanos,
de aquella ociosidad, de aquella forzada inactividad: una galera
tunecina venia a su encuentro a una velocidad desproporcionada,
bajo el empuje de tres hileras de remos, intentando interceptarles
la ruta hacia el canal de Otranto.
	El comandante dio rdenes al contramaestre de exigir el
mximo esfuerzo a los remeros, a latigazos si era preciso, intensifi-
cando al mximo el tiempo de boga. Los marineros que estaban
libres de las maniobras necesarias para la navegacin tomaron las
armas.
	La distancia entre la galera tunecina y la de los templarios iba
reducindose con tanta rapidez como para hacer pensar que era
inevitable el abordaje.
	Las monjas, cada vez ms unidas entre s, cada vez ms unifica-
das en la mancha negra de sus harapos, se abandonaron a escenas de
desesperacin y, al mismo tiempo, de exaltacin, con sus nimos
divididos entre el deseo y el terror de un eventual martirio.
	Entonaron el Tedeum, que vena bien lo mismo si teman que si
gozaban el suplicio, ya que se trataba de un canto de invocacin,
pero tambin de accin de gracias.
	-Llevadas bajo cubierta -orden Gunter.
	Luego, volvindose hacia el comandante orden:
	-Retened la marcha.
	-Pero as les alcanzaramos en menos de media hora -res-
pondi el oficial.
	-Djales que se acerquen.
	-Por lo menos son ciento, tal vez ciento cincuenta hombres.
No tenemos la menor posibilidad de rechazarlos.
	-Djales que nos aborden.
	No haba mucho que elegir. La galera tunecina se acercaba
como un perro de presa, expandiendo en su torno baba blanca y
estertores de odio. Por la amura de babor, de la que partira, den-
tro de poco, el abordaje, una humeante masa de hombres oscuros y
agitados se inclinaban sobre el mar, mostrando hojas relucientes de
todo tipo, desde la convencional cimitarra hasta la lanza y el
pual.
	Como lneas convergentes que apuntan hacia un ngulo agudo,
los dos navos se flanquearon cada vez ms cerca, en un crescendo
de espuma y de amenaza, hasta que los primeros remos, al entre-
cruzarse, saltaron hechos pedazos. Una minada de brazos emergi
de la galera tunecina, lanzando maromas y garfios. Las dos naves se
unieron entre si en un intrincado abrazo, mientras los remos de
entrambas volaban en astillas en el choque de los cascos.
	Los tunecinos saltaron en masa sobre la nave cristiana, en parte
deslizndose por los cables de las maromas, en parte trepando por
la arboladura. Los templarios y los marineros genoveses retroce-
dieron, dejndoles que se extendieran sobre el puente. Despus,
solamente cuando toda la tripulacin tunecina estuvo a bordo,
afrontaron el combate, poniendo en prctica un plan completo
imprevisible. Los templarios se dividieron, y mientras siete de
ellos, en unin de Gunter, permanecan a bordo, manteniendo
ocupados a los asaltantes, los otros ocho, con Rodrigo al frente
asaltaban a la galera tunecina, que haba quedado prcticamente
indefensa, y penetraban en ella armados de hachas. Tras eliminar la
resistencia de los pocos marineros que haban permanecido a
bordo, Rodrigo y los otros se dispersaron en el interior de la nave,
bajando por las escalas que conducan bajo el nivel del mar, lan-
zando golpes a diestro y siniestro contra el maderamen.


	84	85




	Sobre el puente de la nave cristiana, los tunecinos se batan
como leopardos contra los siete templarios y los marineros geno-
veses, sin darse cuenta de que, entretanto, su galera estaba siendo
demolida a hachazos por los templarios. Fue as como, en el trans-
curso de unos pocos minutos, de los flancos de la nave tunecina
comenzaron a salir burbujas de aire, mientras el navo se inclinaba
sobre los flancos. Los golpes se multiplicaban en el interior, mien-
tras los pocos supervivientes, aterrorizados, emergan por las esco-
tillas y se arrojaban al mar. Demasiado ocupados en su obra de
demolicin, evidentemente, los templarios redujeron lo que quedaba
de la tripulacin tunecina, aprestndose al hundimiento de la nave.
	-~A pique, a pique! -el aullido de dos caballeros cristianos
que volvan a salir a cubierta reson terrible por encima de los gri-
ros de los que todava combatan-. A pique!
	Los marineros genoveses, armados de cuchillos de maniobra, se
precipitaron sobre las amuras, cortando los cables de las maromas.
La galera tunecina, desgajada de la cristiana, se bambole por com-
pleto, en medio de un estruendo de burbujas de aire, mientras del
interior de su casco continuaban resonando los golpes del hacha de
Rodrigo y de los caballeros que le acompaaban.
	Completamente desventrada por los templarios, la galera co-
menzaba a hundirse.
	Rodrigo, junto con otros cinco caballeros, se hunda con la
nave, continuando con los hachazos. Con nitidez, por las escotillas
sumergidas bajo la espuma, se oy gritar:
	-No por mi gloria, Seor... Sino por la tuya!
	Los dos templarios que haban conseguido ganar la superficie,
volvan a saltar a la nave cristiana, sobre la cual se haba producido
un silencio espantoso, puesto que los tunecinos, como paralizados
e incrdulos ante el desastre, haban arrojado las armas y se ren-
dan. Eran todava ms del triple que los templarios y los marineros
genoveses contra los cuales se haban enfrentado, pero ya carecan
de nave y de esperanza. Haban saltado para ganar botn y hacer
prisioneros y haban sido apresados. Haban saltado para hundir y
haban sido hundidos.
	Pero Rodrigo haba muerto. Su sacrificio y el de los otros her-
manos ahogados con la nave tunecina representaba un precio des-
proporcionado respecto a la accin cumplida y a los intereses de la
Orden. Pero no haba que poner reparos.
	Los templarios se contaron. Haban quedado reducidos a nue-
ve. Ms cinco monjas y ochenta y cuatro prisioneros tunecinos.

	Superado el estupor inicial, despus de haber depuesto las
armas y haberse dejado amarrar como borregos a la popa de la
galera templaria, los tunecinos estallaron en una indecorosa ova-
cin de sumisin, arrodillndose a los pies de los caballeros de
manto blanco y abjurando de su propia fe, manifestndose dispues-
tos a abrazar la cristiana por haber conseguido salvar la vida. Era
un espectculo espeluznante: los rabes se revolcaban por la cu-
bierta de la nave, intentando acercarse a los pies de los guerreros y
de los marineros para besrselos, suplicndoles que no les infligie-
ran sus tormentos. Y, para demostrar su sinceridad, renegaban de
Mahoma, lanzando horribles blasfemias contra el Corn. Algunos,
aprovechndose de que posean un incierto conocimiento de la
lengua siciliana o napolitana, o de otros dialectos de la costa,
improvisaban jaculatorias al Corazn de Jess y a la Virgen Mara.
Uno, finalmente, consigui recitar el Padrenuestro casi entero. No
termin, porque entre las tres monjas lo levantaron en vilo y lo
arrojaron por la borda.
	Esto bast para hacer que de nuevo reinara el silencio. Los pri-
sioneros musulmanes, que haban perdido el respeto de s mismos,
fueron puestos a los remos, concediendo as un inesperado relevo a
los remeros, que estaban rendidos. Los que sobraban, puesto que
eran muchos, fueron arrojados a las sentinas, para que meditasen
sobre los misterios de su repentina conversin.

	Fue reemprendida la navegacin, rpida y silenciosa, por las
aguas ms seguras del Adritico, controladas por la marinera
veneciana.
	Gunter se senta afligido en su interior, aunque la dignidad e


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impasibilidad natural de su rango hacan de escudo a tanta y tan
honda tristeza.
	Evir participar de cualquier modo que fuese en las manifesta-
ciones de jbilo de la tripulacin y de las monjas por aquella
extraordinaria victoria, que a los ojos de los otros se presentaba
casi como sobrenatural, pero que l consideraba obvia y, bajo
muchos aspectos repugnantes.
	Le repugnaba haberse tenido que batir con adversarios mez-
quinos. Ciertamente, se daba cuenta de que no se trataba sino de
piratas, especie de chusma nicamente movida por las pasiones y
por la urgencia del saqueo; pero no poda menos que seguir con la
memoria de fantasmas gloriosos, rindiendo honor a la nobleza de
tantos guerreros sarracenos con los cuales se haba batido en Tierra
Santa, defensores leales de una fe que ahora deshonraban estos
bandidos del mar. Pero la Tierra Santa, con la grandeza sanguinaria
de sus ideales, estaban muy lejos. Y, mientras las costas cristianas se
hacan por momentos visibles, junto con la nostalgia, experiment
Gunter un inconcebible sentido de solidaridad, una piedad casi
blasfema, por el antiguo enemigo que desde siempre luchaba con-
tra ellos por el sepulcro del Redentor.
	Anocheca. La luna en cuarto creciente resplandeca en el cielo
con un halo de melancola. Gunter era consciente del trastorno
que se estaba gestando en su vida por el solo hecho de su paulatino
acercamiento a Europa. Aquella no era su tierra. No sabia nada de
ella. La cristiandad de Occidente le era completamente extraa. Su
patria, se dijo, mientras acariciaba bajo la camisa los nudos del
Bafomet, estaba en Ultramar.
	Una monja pequenta, devota y exaltada, turbada y enferma
por los acontecimientos de aquel viaje imprevisible, tan inhabitual
para una criatura preparada para la sencilla quietud del claustro,
temblaba de pies a cabeza al ofrecerle la escudilla, y no se atreva a
mirarle cara a cara.
	Gunter rechaz el alimento con un ademn y ella solt el tazn
en el suelo. Despus, con la mirada baja, permaneci inmvil
durante un instante. Slo un segundo, porque, de improviso, dio
media vuelta hacia la salida, como disponindose a echar a correr.
Gunter la detuvo por un brazo.
	-Aguarda.
	La monja volvi a su inmovilidad y a sus temblores, con el ros-
tro cada vez ms enrojecido, sin responder.
	-Aydame a quitarme la armadura.
	Al ver que ella no se mova, Gunter insisti:
	-Te lo ruego; estoy cansado.
	Era verdad. El guerrero, sudoroso, todava sucio de sangre,
inclinaba la cabeza sobre su gris tnica monacal, invocando ter-
nura. Era, en el fondo, el defensor de su pureza y de su liber-
tad.
	Cul hubiese sido su destino si no hubiese estado l all para
protegerla del ultraje de los piratas tunecinos? En qu mercado
habra sido vendida si l, junto con sus caballeros templarios, no la
hubiese salvado?
	Y qu era lo que le solicitaba ahora? nicamente un poco
de ternura.
	La monja empap en el agua de un barreo una parte del borde
de su tnica y, despus de haberlo exprimido, se lo pas por el ros-
tro. El se dej caer sobre los cojines amontonados en un rincn de
la cabina y le seal las hebillas que tena que desabrochar. Ella no
tena prctica. Tenda la mano y la retiraba, la apoyaba sobre la
armadura metlica, la mova de aqu para all, como buscando
sin encontrar.
	-Aqu -seal l-, aqu, bajo la axila...
	Y le gui la mano hacia el cierre.
	Aqu, eso es... Justamente aqu, vamos, valiente... Hazlo con
cuidado, con calma. Es muy sencillo, no re agites... Aqu, aqu, eso
es, valiente.
	Era, s, una mujer animosa. Tena un pulso sutil y unos dedos
como plantas trepadoras. Su mirada permaneca baja, los ojos semi-
cerrados; pero las manos haban encontrado el camino y actua-
ban gilmente.
	-As, as... Animo, as...

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	Gunter cerr los ojos y la dej hacer. Los diminutos dedos de
la monja se perdan por un laberinto dc lazos, de hebillas, de
charnelas...







ABELCAIN, CABALLO MANCHADO

CABALLOS, caballos para reemprender la marcha. Volver a la
silla, con las propias armas y proseguir hasta la Occitania,
cumplir la misin, entregar el mensaje, adormecerse finalmente en
una sana celda templaria, entre las seguras murallas de una capita-
na, de un priorato, de un fortn. Caballos, caballos, Gunter no
deseaba otra cosa, mientras miraba la costa cristiana de Gargano,
cada vez ms cercana, cada vez ms incomprensible, ms infiel. No
haba sentido tanto temor, tanto malestar, cuando desembarc por
primera vez en Ultramar. En el fondo, Ultramar no haba resul-
tado para l tan inquietante como ahora se le apareca la antigua
patria occidental. Porque ahora Ultramar estaba aqu, donde estaba
a punto de desembarcar, y la verdadera patria estaba en Ultramar.
	Superada la punta de Gargano, la embarcacin se desliz dulce-
mente hacia la franja de arena entre Peschini y Rodas. La quilla no
permita una mayor aproximacin. Por eso echaron el anda a unas
pocas brazas de la orilla, sobre la cual se haban reunido nota-
bles y pescadores.
No era cosa de todos los das la llegada de una galera templaria
procedente de Tierra Santa. Una bandada de barcas se separ,
pues, de la playa, cargadas de sacerdotes y dignatarios, para salirle
al encuentro Ostentaban estandartes bordados con cruces e im-
genes santas, ostensorios dorados e incensarios humeantes.

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	Gunter orden al capitn quc izara, sobre el ms alto de los
mstiles, el Bausant, en seal de saludo. El ondear del mirico estan-
darte cruzado suscit el entusiasmo de la multitud arracimada en la
orilla y de los que iban en las embarcaciones, que entonaron un
Tedeum. Gunter y los ocho caballeros supervivientes, firmes junto a
l sobre el puente con toda la dignidad de sus relucientes armadu-
ras, se intercambiaron miradas de irona o de tristeza, quiz de nos-
talgia por los abisales silencios del desierto. Las barcas ya haban
alcanzado la borda. Las notas del Tedeum y las aclamaciones de la
gente se haban hecho ensordecedoras. El incienso, mezclndose
con los vapores marinos, se condensaba en una nube piadosa y sali-
nosa, que suba por encima de las velas en una especie de hosanna.
	El condestable de Peschini y el de Rodas subieron a bordo los
primeros y se disputaron el honor de ofrecer a los caballeros del
Temple dones y hospitalidad. Y cuando su rivalidad estaba a punto
de convertirse en rina, Gunter los separ ofreciendo a su vez como
presente a los ochenta y cuatro prisioneros tunecinos, para que
fuesen repartidos por igual entre las dos comunidades.
	No habra podido ofrecer un regalo ms grato. En gran parte,
en efecto, los habitantes de los dos burgos marineros, sobre los
cuales se haba encarnizado en ms de una ocasin la piratera de
los sarracenos, tena ya un pariente, ya un amigo, que rescatar de
los mercados de Tnez o Argel. Ciertamente, el recibir en dona-
cin cualquier esclavo rabe no ofreca enormes posibilidades de
intercambio, pero otorgaba una hermosa satisfaccin a cuantos
todava padecan por el recuerdo de una esposa o una hija raptada,
de un hermano desaparecido, de un compaero perdido.
	Por otra parte, los habitantes de estos sitios fortificados de la
costa estaban desde hacia tiempo habituados a compensar el dolor
por las prdidas afectivas sufridas durante las innumerables corre-
ras de las que eran vctimas con orgullo de haber capturado a su
vez algn infiel a quien tener como esclavo.
	Esto representaba en principio alguna remota esperanza de
poderlo trocar por aquellos que haban sido raptados, pero des-
pus, con la llegada de la resignacin y el conocimiento de hasta
qu punto cra improbable semejante intercambio, se transformaba
en una especie dc resarcimiento.
	Es verdad, efectivamente, que si las incursiones sarracenas se
haban hecho ms frecuentes en los ltimos tiempos y, para muchas
familias, era la seal de una prdida, los habitantes de la costa
haban reaccionado capturando a su vez piratas, tambin en ms
ocasiones. As, los vacos producidos venan siendo gradualmente
colmados por la adopcin en el seno de la comunidad de estos ra-
bes ms afortunados por lo menos que los cristianos raptados, que
abjuraban sin remilgos de su fe originaria dejndose emplear dcil-
mente en cualquier menester pblico o domstico.
	Se puede comprender, pues, con cunta gratitud fue acogido el
regalo de Gunter -ochenta y cuatro tunecinos en su mayora
jvenes, robustos, dispuestos para todo tipo de tareas, para ser
repartidos entre unas pocas decenas de familias- en una comarca
en la cual la esclavitud haca mucho tiempo que se haba transfor-
mado en una forma de afiliacin indulgente, casi una especie de
tcito sufragio por las nimas todava vivas de los cristianos con-
vertidos en esclavos.
	El reparto de los tunecinos entre las familias de Peschici y de
Rodas se realiz sin bullicio ni desrdenes sobre la misma playa,
inmediatamente despus del desembarco, en medio de un clima de
civilizada distensin. En la asignacin, fueron privilegiados todos
aquellos que haban sufrido prdidas en las ms recientes correras,
teniendo en cuenta los lazos de parentesco que cada uno poda
mostrar en el confrontamiento de las desapariciones. En el sentido
de que haber perdido una hija o un hermano vala ms que haber
perdido a un sobrino o un primo, y haber perdido a la mujer, ms
que a una sierva o a una cuada.
	Una vieja de mirada bondadosa, envuelta en un chal negro que
haca resaltar la blancura de los cabellos ordenadamente recogidos
sobre la nuca, daba vueltas por entre los tunecinos ms jvenes,
con una cntara de leche, ofrecindoles de beber. A uno que tem-
blaba por causa del fro y de la fiebre, le regal el chal, echndoselo
amorosamente sobre los hombros.


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	-~Quin es sa? -pregunt Gunter al condestable de Rodas.
	-Es una mujer que, hace muy poco, ha perdido a sus tres
hijos, los tres a la vez, capturados por los sarracenos en su lti-
ma incursin.
	-~Y por qu hace eso? No comprendo.
	-Lo hace con la esperanza de que tambin sus hijos, donde-
quiera que ahora se hallen, encuentren a una vieja madre que cuide
de ellos.

	La reparticin de los esclavos sigui adelante de esta forma,
durante algunas horas, en un crescendo de amigable comprensin en
el que terminaron por verse envueltos los propios tunecinos.
No los templarios, captados por la urgencia de reemprender el
viaje.
	Los notables insistieron para que Gunter y los otros caballeros
se detuviesen siquiera hasta la noche, para participar en el ban-
quete que los pescadores haban preparado. Era una invitacin
seductora, pero Gunter la declin con firme cortesa.
	-Tenemos que partir rpidamente, inmediatamente -dijo.
	Qu podemos hacer por vosotros? -preguntaron casi a la
vez, disputndose el honor de servirles, los condestables de Pes-
chici y de Rodas.
	-Darnos caballos.
	Fueron atendidos sus deseos. En el transcurso de una hora, o
quiz menos, fueron trados a la playa ms caballos, muchsimos
ms caballos, de los que necesitaban. Los caballeros pudieron
elegir.
	Gunter no quiso elegir el suyo, quiz por pereza, o tal vez por
una suerte de caballeresco desprendimiento ante el destino ligado a
la caballera que le hubiere sido reservada.

	-Ocpate t de ello -dijo a aquel de sus hermanos que se
hallaba ms prximo-. No quiero saber el color del animal.
	-Me cargas con una grave responsabilidad -respondi el
otro.

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	-Lo s, pero no quiero ver mi caballo. No quiero ser yo quien
lo escoja. No me interesa su color.
	-De acuerdo.
Y el otro caballero eligi un caballo para Gunter.
	Era una forma de supersticin, aquella a la que Gunter haba
cedido, muy difundida entre los caballeros de todos los tiempos,
que identificaba el destino propio con el del caballo, y que, por lo
tanto, temen interferir por causa de una eleccin instintiva o
superficial en los grandes designios de la suerte.
	-Por qu no elegs por vos mismo vuestro caballo?
-pregunt la monja que el da anterior se haba cuidado de l y
que no haba dejado de mirarle durante toda aquella interminable
pausa sobre la playa.
	-Porque los caballos no son otra cosa que la representacin
de nuestros vicios y nuestras virtudes -respondi Gunter-, y yo
no quiero ocuparme de eso.
	-Pero, en un momento dado, vuestra vida depende del ca-
ballo.
	-Exacto. El caballo representa las posibilidades de vivir o de
morir que me han sido dadas. No quiero ocuparme de eso.
	-Por qu tanto desprecio por la vida? Eso no es de cristiano.
-No lo s. No me hable ms de ello.
	Gunter se alej, ignorando a la monja. En realidad, su pensa-
miento estaba enteramente ocupado en el caballo que le sera
entregado. Aunque rechazase ocuparse del asunto, le obsesionaba,
suponiendo que poda conllevar un signo del destino que estaba
reservado: un caballo blanco poda condensar en s la luz divina
-pens-, pero un caballo negro es el emblema del misterio que
huye de la luz; un caballo rojo es imprevisible, pero lleva consigo
toda la energa del fuego.
	Le toc en suerte un caballo manchado.
	Como seal, no le disgust. En cl fondo, se dijo, es como cabal-
gar los opuestos, como intentar conciliar en un dibujo providencial
el blanco y el negro. Pero no era aquello lo que andaba haciendo
siempre? No era ste, para un templario, el sentido primigenio de

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la doctrina secreta? S, en resumen, era como cabalgar el Bausanr.
Era un hermoso animal, de ojos bondadosos, pcro dc nariz ner-
viosa, y tambin esto le pareci a Gunter una seal dc la contradic-
cin que sus colores representaban. Su primera intencin fuc
llamarlo Bausanr, como la bandera blanquinegra que llevaba im-
presa la piel. Pero pens que ello podra resultar irreverente. As,
despus de haber reflexionado un poco, eligi para l un nombre
sincrtico y compuesto. Como Abelcain en cl quc se una ci sentido
de la fraternidad y del fratricidio al mismo ticmpo, por tanto, la
contradiccin llevaba a sus ms extremas consccuencias.

	Un par de monjas solicitaron poder acompaar a los tcmplarios
en el viaje que se aprestaban a emprender, para servirles y auxiliar-
les en las ms comunes necesidades cotidianas, como la cocina y el
cambio de la ropa blanca. Pero Gunter no quiso. En primer lugar,
porque la cosa era contraria a las reglas dc la Orden, que, aunque
violadas en alguna ocasin aislada, eran, sin embargo, respetadas en
su conjunto; y despus, porque la presencia de mujeres habra
retrasado la marcha.
	Por ello, las religiosas fueron confiadas todas, sin ninguna
exclusin, a las autoridades locales, para que se cuidasen de acom-
paarlas a la casa madre, que tena su sede en la cercana roca de
Isehitella.
	-Adis, caballeros de Dios! -grit una de ellas al saludarles
con lgrimas en los ojos, mientras ascendan con sus nuevas cabal-
gaduras por las rocas de Rodas.
	-Adis, caballeros del Amor Divino! -grit otra.
	Los nueve templarios estaban ya lejos, en lo alto de la escarpada
costa, y se formaban en columna en direccin al espeso bosque que
circundaba el promontorio, acompaados por el eco de aquellas
voces femeninas que, rebotando por entre las rocas, se entremez-
claban en un juego de tiernos fragmentos sonoros, apasionados y
llenos de sentido.
	- Adis, caballeros!
	-Divino amor!
	-Adis, amor!
	Superada la cresta rocosa, los nueve templarios haban acele-
rado el paso, adentrndose al trote entre el verdor intrincado de
los rboles.


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EL BOSQUE

	NO hay nada menos cristiano ni ms pagano que el bosque.
Dios tiene necesidad de espacio y de luz, de inmensidad, se
dijo Gunrer, espoleando a Abelcain hacia el oscuro misterio de los
rboles, para ser adorado. Dios est en el desierto, en el calor, en el
reverbero del sol. Dios est paradjicamente lejano -donde puede
inclusive suceder que los infieles se apropien de su sepulcro
terrestre-, pero donde el aire est impregnado de universalidad
ms que de magia, de interrogantes ms que de respuestas. Y all
lejos, suspir una vez ms Gunter dentro de si, est mi patria, no
aqu, donde he nacido. All, donde no existe certeza ni siquiera en
la visin de una fuente cuando se tiene sed, donde Dios est en el
jugo de la palma y en el azcar de los dtiles.
	Aqu, en el bosque, tan oscuro y tan brbaro, impenetrable a
los rayos del sol, habitan seguramente espritus y divinidades, reco-
noci el templario mirando a su alrededor con un escalofro, pero
no son los de la nueva religin: son nomos deformes y hadas equ-
vocas, espritus emigrados de doctrinas perdidas, sacerdotes infer-
nales de ritos sanguinarios. Aqu las almas vagas de la naturaleza se
encarnan en la confusin primigenia de los animales y de las plan-
tas. Aqu no se puede ni arar ni construir, todo escapa al control
racional de los hombres. Se puede edificar un santuario en el
desierto; pero en el bosque, no.

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	En varias ocasiones, avanzando entre troncos y ramas, los caba-
lleros se vieron obligados a desmontar y abrirse camino a hachazos.
A pesar de ello, mantuvieron un orden de marcha regular, de
manual, con Gunter, que abra la formacin, flanqueado por dos
ayudantes, otros tres detrs de ellos en hilera, y, al fondo, reagru-
pados, los tres ltimos, cerrando y protegiendo el escuadrn. Era
una clsica disposicin en flecha, como la llamaban los templarios
en sus ejercicios, que permita avanzar de manera expedita
-asegurando al mismo tiempo una adecuada proteccin- a tra-
vs de recorridos difciles y peligrosos, como una garganta rocosa o
un sendero particularmente estrecho, como en este caso, en el
oscuro corazn de un bosque.
	Cabalgaban junto a Gunter, ligeramente rezagados, Godofredo
de Constanza y Len de Varazze, un suizo y un ligur, que se com-
pensaban mutuamente en cualidades y defectos: Godofredo era
fuerte como una torre de asedio, servil ante las ms intiles e in-
observadas reglas de la Orden, dispuesto siempre a lanzarse a la
empresa ms insensata para obedecer las rdenes recibidas; pero
cretino, tan cretino, que muchos se haban llegado a preguntar si la
iluminacin de la fe en el acto de la iniciacin caballeresca no le
haba disminuido irremediablemente el intelecto. Len, por el con-
trario, era frgil (hasta donde poda serlo un templario, natural-
mente), pero tan gil y astuto como para no tener el menor
problema para enfrentarse a cualquier tipo de adversario, indisci-
plinado y dispuesto a salir airoso del compromiso en las situaciones
ms desesperadas, a menudo critico ante las rdenes recibidas
(hasta donde poda serlo un templario, se entiende) e inclusive dis-
puesto a transgrediras en nombre de la inteligencia y por el buen
fin de la empresa que le haba sido confiada. Por esto, Gunter, des-
pus de haber perdido a Rodrigo, arrastrado por la galera tunecina
que l mismo haba hecho zozobrar, haba preferido a ambos como
ayudantes: era una eleccin coherente, por lo dems, con el esp-
ritu de los opuestos que a la sazn le dominaba, despus de la ini-
ciacin al Bafomet, su vida y su fe.
	Y la primera incumbencia asumida por los dos caballeros la-
mados a asistirlo, por otra parte, pareca confirmar tambin en los
efectos puramente simblicos, adems de en la prctica, las buenas
razones de la eleccin. No haba sido Godofredo quien haba ele-
gido para Gunter el caballo manchado Abelcain? No haba sido
Len quien lo haba ensillado?
	Seguan al grupo de cabeza, en extenuante cabalgada por entre
los rbols, dos templarios franceses y un ingls: Perdigotto de
Aquitania, Dionigi Nanterre y Telmo de Stratford.
	El grupo de cola lo componan dos alemanes y un francs:
Cimbro de Svevia, Rambaldo de Graz y Folco de Auvernia.
	Los nueve caballeros experimentaron una sensacin de alivio
cuando, despus de muchas horas de marcha, el camino desemboc
en un claro, que les permiti vislumbrar finalmente un fragmento
de cielo y respirar un aire ms difano, no impregnado de musgo y
podredumbre. El sol estaba todava alto, aunque en su cabalgata a
lo largo de aquella interminable galera de ramas y frondas entrela-
zadas unas con otras no haban podido tener ms que una mnima
percepcin de l, mnima y disconrinua, gracias a unos exiguos
rayos y palidsimos fulgores.
	Por eso levantaron los ojos hacia lo alto, instintivamente alivia-
dos por haber podido salir de aquella tumba arbrea que haba
supuesto para todos ellos hasta aquel punto el bosque; mas no
haban tenido apenas tiempo de descansar la mirada, cuando un ave
de asombrosas dimensiones, de envergadura semejante, por lo
menos, a la extensin de ambos brazos de un hombre robusto,
pas a vuelo rasante sobre sus cabezas adentrndose y desapare-
ciendo, entre un fragor de ramas, hacia la cima de una encina. En
torno a ellos se produjo una lluvia de lianas y algunas hojas. Una
rama cay violentamente y les hizo pedazos.
	-Se ha apoyado all arriba, entre aquellas hojas -dijo Gun-
ter-. Tiene que ser enorme.
	-Ms grande que un guila -aadi Godofredo-. Nunca he
visto un pajro tan grande.
	-Miradle, se est moviendo -dijo Folco de Auvernia-. Se
desliza a lo largo de la rama.

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	-Parece enteramente negro... No, gris! -aull Perdigotto
de Aquitania.
	-Tampoco gris -corrigi Len-. No ves que es marrn?
	-~Marrn?
	-Pues s, marrn!... Marrn sucio, gris oscuro. Como el sayal
de un monje.
	Cimbro de Svevia, cogi una piedra y la lanz. Otros caballeros
hicieron lo mismo movidos por la curiosidad ms que por instintos
crueles, por hacer salir a la vista a aquella extraa criatura.
	Y alguna piedra tuvo que andar cerca de dar en el blanco, por-
que se oy un gruido y luego algo parecido a un lamento, estri-
dente y desgarrador, que pareca invocar piedad.
	-Dejadme... Dejadme... Por la misericordia de Dios! -gema la
singular bestia alada-. Dejadme, por favor, que yo no os he hecho nada.
	Los nueve caballeros se miraron unos a otros con un cierto
estupor, aun cuando estaban avezados a presenciar prodigios de
rodo gnero, intentando colegir el sentido de aquel extrao fen-
meno que se les manifestaba en el profundo corazn del bosque.
Accin diablica o milagro? Pero qu criatura divina habra
tenido inters en mostrrseles en un lugar tan inhabitual y expre-
sndose por aadidura tan groseramente? No era ms lgico pen-
sar que se haban encontrado con un genio silvestre, con una
mitologa monstruosa superviviente del paganismo, aterrorizada al
ver aparecer a los caballeros cristianos?
	-Qui eres? -le acuci Gunrer-. Djate ver!
	-Nadie -grit la criatura desde la espesura del rbol-. No
soy nadie. Dejadme ir!
	-Para m, que esto es cosa de brujera -dijo Godofredo-.
Quememos el rbol.
	-Bravo! -respondi Len-. As incendiamos el bosque...
Con nosotros dentro.
	-Pero algo habr que hacer- observ Perdigorto-. Nadie
lleva coi~sigo agua bendita?
	-Nada de agua bendita!- dijo Gunrer-. Tomad un par de
hachas.


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	Cimbro y Rambaldo obedecieron y se situaron al pie del
tronco. Gunter hizo seas de que empezaran a golpear. El rbol
fue sacudido. La criatura aull desesperadamente entre las hojas.
	-Qu pretendis hacerme, por el amor de Dios?... Qu me
queris hacer?
	-Nada -respondi Gunter-. No re queremos hacer nada.
Pero baja. Djate ver.
	-Pero para qu? Qu os he hecho yo? Qu pretendis?
	Gunter hizo seas a Cimbro y a Rambaldo para que golpeasen
con ms fuerza.
	-Parad, parad!... He comprendido -grit la criatura-. Voy
a descender, voy a descender...
	-Musrrare -dijo Gunter-. No te haremos nada.
-Por Dios... Lo juras por Dios?
	-Que s, que s, lo juro... Baja -bram Gunter impaciente-,
baja de una vez, medrossimo animal.
	-Est bien, est bien, ya bajo.
	Cimbro y Rambaldo dejaron de golpear el tronco con el hacha.
En torno a ellos se cre un silencio irreal, puesto que los pjaros y
los dems animales del bosque, espantados por tanto clamor, se
haban retirado de aquel lugar. Y las hojas, a causa de la absoluta
falta de viento, estaban quietas como si fueran de cristal sutil sobre
troncos de piedra pulida.
	Los templarios miraban hacia arriba, expectantes.
	Y, finalmente, las ramas espesas de la encina se movieron, y un
pequeo y peludo fraile, envuelto en un sayal que era todo l un
puro recosido se dej deslizar a lo largo del tronco, mirando a su
alrededor con suspicacia.
	-Aqu estoy -dijo-. Ya he descendido. Qu queris de mi?
-Quin eres? -pregunt Gunter gentilmente.
	-No lo ves? No soy ms que un pobre sacerdote que vive en
su convento.
	-Y qu haces subido a ese rbol?
	-Bellotas. Estaba cogiendo bellotas para los cerdos del con-
vento.

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	-Pero no has odo ese pjaro que volaba? -intervino Godo-
fredo-. No has visto ese gran pjaro que ha pasado volando
sobre nuestras cabezas?
	-Yo no he visto ni odo nada.
	Pero si se ha posado precisamente sobre ese rbol -aadi
Len-. Justamente sobre la misma rama en la que estabas t.
	-Yo no s nada, ni he visto nada.
	Los templarios se miraron unos a otros en silencio. El monje
les mir a su vez, con aires de desconfianza.
	-Tenis quiz miedo de m? -dijo
	-Miedo de qu? -respondi Gunrer, cada vez en un tono
ms corts.
	-No s nada, ni quiero saber nada. Pero tengo que... Cmo
se dice? Tengo que irme. Habis comprendido?
	Los templarios no respondieron.
	-Est bien, pues. Me voy. Adis. Que lo pasis bien.
	-Espera! -insisti Gunter.
	-Otra vez? Qu quieres?
	-Adnde quieres ir?
	A mi convento, ya te lo he dicho. Adis.
	-Y dnde est tu convento?
	Cuntas cosas quieres saber? En lo alto del Monte del Angel.
	Len de Varazze rompi a rer:
	-Pero eso no es posible! All no hay quien pueda llegar. Est
al otro lado del bosque. Se necesitan por lo menos tres das de
marcha.
	-No re preocupes por eso. Me voy de aqu -respondi el
monje, y comenz a trotar por el claro del bosque, suscitando la
hilaridad de los caballeros.
	-Deja ya de hacer el loco! -dijo Gunter-. No ves que est
a punto de anochecer? T no puedes atravesar el bosque solo.
Qudate con nosotros. Maana por la maana reemprenderemos
la marcha todos juntos.
	-Os digo que no os preocupis por m -dijo una vez ms el
monjecillo, que continu dando brincos, como tomando carrera
para dar un salto. Hasta que, de improviso, ante el asombro, se
elev de la tierra-. No os preocupis por mi -grit desde lo alto
otra vez, moviendo las manos en seal de saludo-. No os preocu-
pis... Conozco el camino. Preocupaos por vosotros.
	Estaba ya lejsimos. Ascendiendo en espiral por encima del
claro del bosque, el frailecillo haba alcanzado ya la cima de los
rboles y extenda su mano agitando los brazos. El sayal aleteaba en
el aire como las alas de un pjaro migratorio, suave. Volaba con
gracia y, a la vez, con cansancio. Se comprenda fcilmente que el
prodigio no era precisamente de los ms sencillos. Pero era, sin
embargo, un prodigio -se dijo Gunrer resignado, encogindose
de hombros, como ante el ms embrollado de los encantamien-
ros- y no haba manera alguna de explicarlo. El monje volaba.
Pas dos veces por encima del claro, rozando la parte alta de la
encina en la que haba intentado esconderse, saludndoles con una
carcajada. Despus desapareci.
	-Dejemos que se vaya -dijo Gunrer a media voz-. No
sobrevolaremos el asunto. Se trata simplemente de un monje
que vuela.

	La razn, por poco que pueda servir la razn en un caso seme-
jante, prevaleci sobre el estupor. Por otro lado, lo acaecido no
era, a fin de cuentas, tan extraordinario. Las crnicas de la poca
estaban repletas de casos de hombres sencillos que se elevaban
sobre la tierra. Hasta el punto de que eran innumerables las tcni-
cas y las modalidades descritas en los testimonios. Haba predica-
dores que accedan al plpito sin necesidad de utilizar la escalera,
asombrando a los fieles con sobrenaturales saltos, y eremitas sor-
prendidos en meditacin flotando en el aire delante de las grutas
de su retiro. Haba peregrinos que atravesaban ros y brazos de
mar, deslizndose sobre las olas como liblulas sin ni siquiera
mojarse los pies. Algn santo varn se servia del manto para trasla-
darse de un lugar a otro sin tocar la tierra, lo que naturalmente,
haca ms rpidos los traslados. Otros se limitaban tambin a ascen-
der verticalmente en un estado de gran turbacin de los sentidos,


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permaneciendo en xtasis o desfallecimiento a varios palmos de
altura, para despus planear y tomar tierra en el mismo lugar del
que se haban levantado. Y haba quien lo hacia en estado de plena
lucidez, con deliberada conciencia del prodigio, despus de haberse
concentrado en oracin y haber solicitado, de lo profundo de s
mismos, la fuerza de quin sabe qu ocultos poderes; y quienes,
por el contrario, eran raptados por sorpresa por la rareza del
suceso, sufriendo por ello traumas irremediables.
	Tambin el estilo del vuelo, a juzgar por los testimonios,
variaba. Y as haba quien se elevaba dulcemente, alargando el
radio de la ascensin en una mstica espiral y quien, por el contra-
rio, tena necesidad de tomar carrera o de llevar a cabo extremados
esfuerzos musculares. Algunos oscilaban en el aire como gaviotas
de alas grandes, otros que avanzaban en vuelo rasante, a menudo
lastimados en la cada sobre piedras o rocas. Lo que ayudaba a los
expertos a distinguir entre las posibles causas del fenmeno, consi-
deradas divinas o diablicas segn las circunstancias en que el
evento se registraba, la personalidad del protagonista, las leyes por
l seguidas y una gran cantidad de detalles minuciosamente recogi-
dos por los testigos ms directos, pero, sobre todo, del xito a
menudo desastroso.
	No haba, pues, mucho en qu pensar, explic Gunter a sus
compaeros, sobre la ordinaria maravilla a la que haban asistido.
Tanto ms cuanto que semejantes hechos no constituan una pre-
rrogativa especial del universo cristiano -el que acaso haba auto-
rizado a proclamar el milagro-, sino que se verificaban con
anloga frecuencia en todas partes del mundo, entre los seguidores
de las ms variadas religiones, con el auxilio de espritus o de
genios que nada tenan que ver con los misterios de la fe. Acaso
no haba volado tambin Simn el Mago, convencido de poder
pagar con dinero el secreto del Espritu Santo, antes de estrellarse
a los pies de Pedro? Y cuntas historias se contaban en Tierra
Santa sobre el xito de los sufes, ureos profetas de beatitud
oriental, capacitados para flotar fisicamenre sobre las ondas invisi-
bles de su filosofa insondable?


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	No, no haba por qu darle mayor importancia a lo sucedido.
	-No hablemos ms de ello -concluy Gunter-. El ao mil
hace tiempo que pas. Ninguna persona en su sano juicio prestara
atencin, hoy da, a un monje que vuela.
	Anocheca. Acamparon en el claro del bosque, donde, por lo
menos, se podan vislumbrar algunas estrellas por entre las copas de
los rboles.

	A otros vuelos ms espectaculares, no menos milagrosos, aun-
que s mucho ms realistas, haban asistido los caballeros cristianos
en Tierra Santa. En el asedio de Ascaln, los prisioneros de una y
otra parte que rehusaron abjurar de su respectiva fe eran puestos
sobre catapultas y lanzados lejos, a destrozarse contra las murallas
de la plaza fuerte o contra las rocas agudas que se levantaban en la
llanura circundante, segn si el lanzamiento proceda de los muros
o contra los muros de la ciudad rodeada. En Alepo, los musulma-
nes arrojaban a los cristianos a las fosas desde torreones altos como
el cielo. En Nicea, los cristianos haban hecho lo mismo con los
musulmanes.
	Y no es ms milagroso, ms santo e indeleble en la luz del
Dios, reflexion Gunter, envolvindose en el manto antes de
adormecerse, el vuelo de miles y miles de hombres que caan des-
trozados en nombre de la propia fe, frente al de uno solo que, asi-
mismo gracias a la fe, levitaba graciosamente sin ningn riesgo?
	En tal sentido, Gunrer haba recibido una inolvidable leccin
muchos aos atrs, del Shaykh al-Jabal, Gran Maestre de los ismae-
litas, tambin llamado Viejo de la Montaa, cuando haba partici-
pado en una embajada remplaria en su roca de Alamur, en Persia.
Haba muchas aficiones, inconfesables en la contraposicin de las
respectivas fes, entre el Orden cristiano de los templarios y el isla-
mita de los asasi o asesinos, o hashisbin, as llamados por la leyenda
segn la cual habra sido el consumo desmedido de haschish la base de
su devocin incondicionada en los enfrentamientos del Shaykb.
Haba afinidades ideolgicas -ecumnicas, quiz, inspiradas en el
designio comn de una total pacificacin en el sentido de la alianza


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	cristiano-musulmana, designio que, nicamente ahora, poda Gun-
ter comprender, despus de la iniciacin al Bafomer- y afinidades
organizativas, habiendo sido constituida la Orden de los asasi sobre
el mismo modelo que el de los templarios. Esto es, sobre dos jerar-
quas, cuyos grados se correspondan prefecramenre: una jerarqua
accesible, compuesta de caballeros por parte de los cristianos y rafi
por parte de los musulmanes, escuderos yfida' hermanos y lasik; y
una jerarqua esotrica, superior, ascendente desde los priores o
kabir a los grandes priores o da'i, hasta el Gran Maestre o Shaykh al-
Jabal.
	Pero eran sobre todo afinidades subterrneas, inclusive mgi-
cas, como si el destino de ambas rdenes estuviese ligado a una
misma estrella. Como si un nico y comn destino de gloria y de
potencia debiese conducirles a una misma e inevitable suerte de
grandeza o de ruina.
	Al mismo tiempo que la embajada, los plenipotenciarios tem-
plarios tenan la delicada misin de convencer al Shaykh para que
estableciera un tratado secreto con el rey Balduino de Jerusaln,
comprometindose a entregar a los cruzados la ciudad de Damas-
co. A cambio garantizaban que no prestaran ninguna ayuda a los
hospitalarios, alindose a su vez secretamente con los cadi locales
en sus planes de invasin de Egipto. La historia no suministra
muchas aclaraciones, dada la evidente distraccin de los cronistas,
demasiado empeados en su ansia de cantar gestas espectaculares,
sobre el desenvolvimiento y los resultados finales de esta oculta
tesitura diplomtica. Pero se sabe de cierto que al menos sobre
algunas bases doctrinales fundamentales, que se puede buscar en el
Apocalipsis y en el Evangelio de Juan, templarios y asasis se en-
tendieron.
	El Viejo de la Montaa recibi a sus interlocutores en la ciuda-
dela encantada que se haba construido sobre rocas inexpugnables,
donde representaba como prisionero su papel dominador. Prisio-
nero de los propios sueos, asediado en el espritu de las armas de
su propia iluminada potencia, el Shaykh viva desde haca decenios
recluido en una estancia monacal, de la cual nicamente sala para
pasear por la terraza que sc extenda a lo largo dc una explanada
excavada en la misma roca sin dejarsc dc ningn modo distraer por
la indescriptible belleza ni por los cfluvios perfumados de los jardi-
nes que, desde all arriba, poda admirar. All sc encontraron los
embajadores templarios y el Viejo, que amablcmcnte entretuvo a
sus huspedes, disertando sobre los tesoros perdidos de la filosofa
hermtica, sobre los raros manuscritos sustrados a las llamas que
destruyeron la biblioteca de Alejandra, sobrc las irreperibles ilu-
siones supervivientes a la consuncin de los mrmoles de Grecia y
de Egipto, sobre las miniaturas inexplicables dc la India y sobre
todas las maravillas que los adeptos haban recogido para satisfacer
su inextinguible sed de conocimiento. Despus, haba bromeado
maliciosamente, con gracia caractersticamente oriental, sobre las
leyendas en su mayora pueriles que rodeaban su fama.
	-Pero de veras piensan ustedes que la devocin incondicio-
nal de sus fieles -haba dicho riendo- sc nutre de camo indio?
De veras creen ustedes que para obtener la absoluta obediencia de
mis seguidores tenga que entontecerles con el hachs y con la seduc-
cin ocasionada de las hures? Vamos, vamos, seamos serios: el hachs
y las hures siempre han estado al alcance de quienes quisieran. Si mi
secreto residiese en estas pequeas cosas, sera un secreto bastante
miserable. Es ms, ni siquiera seria un secreto, dado que todos lo
conoceran y podran disponer de l a su gusto. Existen otros
medios para imponer la obediencia ciega. Son otras las llaves que
permiten la entrada a la estancia del mando.
	-Cules, venerable Shaych -pregunt con respetuoso can-
dor el ms anciano de los templarios, que de llaves de ese gnero
poda saber tambin algo?
	El Shaykh no respondi. Movi imperceptiblemente las manos
en el aire, como si quisiera golpear la una con la otra, pero abste-
nindose de hacerlo.
	A esta simple seal, inaudible y prcticamente invisible, tres
jvenes asasis comparecieron en la terraza y se inclinaron ante el
Maestre. Vestan el uniforme de los rafi, esto es, una tnica blanca
sin adornos, ceida a la cintura por una faja roja. Sobre la cabeza


	108	109




llevaban un birrete igualmente rojo, a la manera frigia, en la cual
era fcil reconocer, por quien tuviese una cierta familiaridad con
los antiguos misterios, el gorro tradicional de los sacerdotes de
Mirra.
	El Shaykh volvio a mover las manos, trazando un leve e indesci-
frable jeroglfico areo. A continuacin, seal un punto en el
vaco, ms all de las almenas. Los tres asasis se inclinaron otra vez
y se dirigieron decididamente hacia aquel punto, saltando al vaco y
precipitndose sobre los riscos que haba abajo.
	-Helo aqu -dijo entonces el Shaykh, con franca indiferencia
a los asombros templarios-. Con esto nada tiene que ver el hachs
ni, mucho menos, las hures. Es a travs de otros caminos como se
accede al misterio de la sumisin.
	Ninguno de los presentes se atrevi a preguntarle cules eran
aquellos otros caminos.
FEDERICO


LOS templarios se despertaron en el claro del bosque presos de
una inmensa melancola. Estaban todos mojados por el rocio.
Los pjaros y las dems bestezuelas silvestres llenaban el aire de
estridentes reclamos ensordecedores, obsesivos y descarados. Gun-
ter y los dems experimentaron un instintivo sentimiento de
repulsin ante aquella naturaleza verde, hmeda e invasora, ao-
rando el desolado silencio de Ultramar, tan ntido y seco. Tenan
prisa. Renunciaron a las oraciones matinales para dedicarse a los
caballos y las armaduras. El rocio lo humedeca todo, estropeando
los metales y macerando el cuero. Se vistieron rpidamente y unta-
ron de grasa las hojas de las espadas. No hay un signo peor para un
caballero que una mora de herrumbre sobre sus armas.
	Gunter se asegur de que la pequea bolsa que llevaba col-
gando del cuello, en la cual estaba guardado el mensaje que repre-
sentaba la nica justificacin, la sola explicacin de su presencia en
aquel horrible y deprimente lugar, estaba en su sitio. El cuero
haba sido afectado por la humedad, pero, por lo dems, todo
estaba en regla. Tambin los nudos blanquinegros de las cuerdeci-
llas entrecruzadas bajo la camisa estaban en orden, aunque un poco
manchados de aquel odioso lodo que le haca aorar la lmpida
arena del desierto.


	110	111




	Dio la orden de reemprender la marcha. Y todos se adentraron
de nuevo en aquella oscura galera vegetal. Pero, esta vez, impul-
sado por una rabiosa y urgente necesidad de luz, decidi declarar la
guerra a la naturaleza.
	-A las hachas! -grit
	-A las hachas! -respondieron todos, resueltos a abrirse un
paso decoroso a travs de aquella especie de subterrneo del
cielo.
	Y as comenz una histrica competicin entre los nueve tem-
plarios contra la fuerza de los rboles.
	Llevando a sus espaldas, por las riendas, los caballos con la
carga, los caballeros avanzaban a pie, abatiendo troncos y arran-
cando races. En torno a ellos, e bosque, callado, no replicaba a los
hachazos. Ya no se oan siquiera los cantos de los pjaros ni los gri-
tos de las ardillas. Los animales se haban refugiado en sus guaridas
aterrorizados por tanto estruendo. En breve, los caballeros del
desierto, ahora desmontados, se convirtieron en dueos del bos-
que e impusieron sus reglas. Los troncos caan abatidos, el musgo y
los fragmentos de corteza se derramaban como sangre a su alrede-
dor. Hasta que el techo de ramaje se derrumb estrepitosamente
como la techumbre de una catedral que se resquebraja como conse-
cuencia de un cataclismo, y el sol pudo finalmente brillar sobre las
armaduras y el sudor.
	Durante tres das, los caballeros avanzaron de este modo, sub-
virtiendo el orden del bosque y aterrorizando a los animales. Con
los rboles abatidos por ellos se habra podido construir una flota;
con el pnico de las bestezuelas, un calvario. Pero la naturaleza
hostil de Europa estaba ya vencida, sometida. Los cruzados haban
aplastado el bosque. All no haba leones con los cuales competir ni
ningn pretexto para poner a prueba las propias virtudes ascticas;
as, los caballeros se alimentaron de caza, prefiriendo las carnes de
los gamos y de las liebres, guarnecidas de romero y tomillo. Final-
mente, como una flecha que, despus de haber atravesado el trax
de un hombre, reaparece por la espalda a la luz en un lacerante
triunfo de sangre, los templarios alcanzaron el lmite del bosque
y volvieron a montar a caballo para aventurarse en la llanura.
Recorrieron el ltimo tramo, bromeando y pavonendose
entre ellos. Godofredo pretenda haber abatido ms rboles que
Len. Perdigotto y Dionigi haban cazado ms piezas que Telmo y
Rambaldo. Cimbro haba recogido ms hongos que Folco. Y as
sucesivamente, vanaglorindose con efmera fiesta de sus proezas
de paz, los nueve templarios ganaron el bosque, dispuestos a aden-
trarse en el sol.
	Fueron acogidos por sonidos de cuerno y ladridos de perros.
Una partida de caza estaba evidentemente teniendo lugar ms all
de la sutil cortina de plantas que les separaba de la llanura. El
sonido de los cuernos y de los ladridos se fueron haciendo cada vez
ms cercanos. Ellos espolearon a sus cabalgaduras y corrieron al
encuentro de los cazadores. Se cruzaron con un ciervo en fuga que
en aquel momento se arrojaba en el interior de la floresta, hirin-
dose en su ciega carrera contra las ramas. No tuvieron tiempo de
recorrer los pocos metros que les separaban del espacio abierto de
la llanura, cuando se vieron sepultados bajo una lluvia de flechas.
	-Resguardmonos! -grit Gunter-. Todos a resguardo!
Los cazadores estn disparando sus flechas!
	Pero tres templarios ya haban cado del caballo y por dos de
ellos ya no haba nada que hacer. Perdigotto de Aquitania agonizaba
entre estertores con la garganta traspasada por un sutil dardo de
ballesta; Rambaldo de Graz se comprima el estmago destrozado
por dos flechas que, simultneamente, le haban penetrado por el
ombligo. Folco de Auvernia se revolcaba gimiendo entre las pezu-
as de su caballo, con un hombro lacerado. La suya no era una
herida grave, pero si dolorosa. Y sus agudos lamentos as lo
demostraban.
	Pero Perdigotto y Rambaldo haban muerto.
	Instintivamente, los otros se reagrupaban blandiendo las es-
padas.
	Fueron embestidos por la jaura de perros lanzndose en perse-
cucin del ciervo. Los ladridos se transformaron en aullidos. A
todo alrededor llovieron intestinos y patas cortadas. Las pobres


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bestias, todava en disposicin de correr, se dispersaron gruendo.
Los caballos de los cazadores, que los seguan de muy cerca, se
encabritaron. Algunos tropezaron, quebrndose las patas, mientras
los jinetes rodaban a los pies de los templarios.
	El espectculo frente al cual se encontraron los que venan a
continuacin tena a la vez algo de cmico y de horrendo; pero, sobre
todo, era algo completamente inesperado. Seis caballeros envuel-
tos en sus mantos blancos y llenos de fango se apretujaban los unos
contra los otros, formando una nica mole amenazante, de la que
emergan a todo alrededor, como pas de un puerco espn, las
espadas.
	Detrs de ellos el bosque devastado mostraba un escenario de
inslita desolacin: troncos heridos, ramas despedazadas, arbustos
decapitados y yerba pisoteada. Perros desventrados y caballos ren-
queantes brincaban o se revolcaban por todas partes entre espas-
mos. Caballeros trastornados se ponan en pie intentando com-
prender qu era lo que estaba sucediendo. Alguno estaba a punto
de echar mano a la daga o al cuchillo de caza. Haba sido una
masacre.
	Un caballero rubio con una chaquetilla corta dorada se ade-
lanr a los dems agitando un brazo:
	-Dereneos! -grit-. Deteneos, se trata slo de un in-
cidente!
	Despus tir de las bridas. El caballo se empin y, majestuosa-
mente, volvi a descansar las patas en el suelo, delante de los
templarios.
	Otros cuatros caballeros, armados de escudos y de lanzas de
manera distinta a los dems, se le acercaron y se situaron a su alre-
dedor como protegindole. Llevaban puestos mantos blancos como
los de los templarios, pero con la cruz negra de brazos y garras.
Eran los seores de la Orden teutnica.
	El caballero rubio dirigi a Gunter una mirada perdida y
movi los hombros, como querindose excursar por tanta destruc-
cin. Todos callaban y permanecan inmviles desde que l se haba
aproximado.
	Gunter hizo seas a sus compaeros para que bajaran las
espadas.
	Aquel gesto suscit un sentimiento general de alivio. Y el
caballero rubio sonri, aunque de manera casi imperceptible. Tena
los ojos azules y melanclicos, pero una extraordinaria impasibili-
dad en el conjunto de los rasgos, que se mostraba tenso y sereno al
mismo tiempo, tal vez distrado por unos pensamientos que no le
permitan hacerse cargo de la gravedad de lo acaecido.
	Los teutnicos eran aliados de los templarios en cuanto cruza-
dos, pero tambin irreductibles adversarios suyos -como los hos-
pitalarios, por lo dems- en la competencia por la primaca entre
las supremas rdenes cristianas.
	Los templarios enfundaron sus espadas.
	-Tenemos dos muertos y un herido -dijo Gunter.
	-El herido ser curado por los mejores mdicos -dijo el
caballero rubio-. Y los muertos sern sepultados en la catedral
con todos los honores de la caballera.
	Bastar un oficio fnebre ordinario y un palmo de tierra
consagrada.
	Conozco la modestia de vuestras costumbres, que es semejante
a la grandeza de vuestro valor -dijo el caballero-. Bienvenidos a
mis tierras, caballeros del Temple.
	-Os agradezco vuestras gentiles maneras -replic Gunter-,
pero permitidme que os haga una pregunta...
	Fue interrumpido por el ms prximo de los caballers teut-
nicos, que, gritando un firmisimo No!, espole a su caballo
interponindose entre los dos.
	-Podis hablar con el emperador, pero sin hacerle preguntas.
El protocolo lo excluye.
	-El emperador?
	Los templarios se miraron entre ellos; despus giraron al
mismo tiempo la mirada hacia el caballero rubio, interrogativa-
mente, y l les sonri.
	El joven Federico de Hohenstaufen, con aquel rostro suyo
tmido y grave enmarcado por rizos, animado de quin sabe qu


	114	115




curiosidad, era exactamente como cualquier cristiano se lo habra
podido imaginar. Sin especiales esfuerzos de imaginacin, pues,
Gunter lo reconoci como quien era e inclin la cabeza en seal de
respeto, aunque tambin con discrecin, para que su gesto de cor-
tesa no pudiese ser interpretado como de sumisin, dado que los
templarios no reconocan otra autoridad que la de Dios en el cielo
y el Gran Maestre sobre la tierra.
	-Qu era lo que queras preguntarme? -pregunt Federico,
quiz con una punta de malicia, como complacindose en instigar
al templario a incurrir en otro error de etiqueta.
	-No quisiera transgredir el protocolo, majestad. Vos sabis
que no puedo interrogarle.
	-Pero yo si. De modo que -insisti el emperador, con soca-
rrona indiferencia- soy yo quien te pregunta qu era lo que que-
ras preguntarme, no t quien me lo preguntas. Bastar con que
respondas, quiz, mejor, evitando los interrogatorios.
	-Pero eso es un sofisma.
	-Digamos ms bien que es un convencionalismo.
	-Y no es lo mismo?
	Federico rompi a rer.
	-Vaya! Te has dado cuenta? Has utilizado la interrogacin.
As que no puedo responderte. Repite la pregunta, pero con un
giro de palabras, en tono afirmativo. Vamos, prueba.
	Gunter acept el juego.
	-De acuerdo. Creo que ese tipo de convencionalismo consti-
tuye un sofisma. Siento curiosidad por saber si su majestad piensa
lo mismo que yo.
	-Bravo, eso est muy bien -se complaci Federico, que se
estaba divirtiendo de lo lindo-. S, considerndolo bien, tienes
razn. Nuestros cdigos de comportamiento son un conjunto de
sofismas. Pero adnde iramos a parar si nos comportsemos
como la gente comn? Un caballero es un caballero, y un campe-
sino es un campesino. Es el orden natural de las cosas, o el orden
divino, que, despus de todo, son la misma cosa, dado que a la
naturaleza y a los hombres los ha creado Dios... Por otra parte, no
son tambin sofismas la diplomacia y la poltica? No son sofismas
los artificios de los literatos y de los artistas?
	Diciendo esto, Federico tir de las bridas, situando lentamente
su caballo sobre el camino de regreso. Gunter retrocedi, cedin-
dole el paso, pero el emperador le hizo seas de que cabalgara a su
costado. Los otros se colocaron en hilera.
	-No debes maravillarte de nuestros vaniloquios -sigui
Federico-. Nosotros amamos las palabras, nos gusta hacer juegos
con ellas, medirnos sobre los enigmas que de ellas se puede extraer.
S muy bien que vosotros, los caballeros de Ultramar, prefers la
accin, que amis ms los hechos que las palabras. Pero los de esta
parte del mundo hacemos mucha literatura. A veces, nos duelen los
ojos de tanto cuanto leemos, y los dedos de tanto manejar la
pluma. Escribimos, componemos versos... Pero t, qu era lo que
queras preguntarme? A propsito, existe otra regla que hay que
observar en la conversacin con el emperador. No solamente est
prohibido hacerle preguntas; es tambin obligatorio responder a
las suyas. Pero, sin duda, son reglas que vosotros, como caballeros
que sois, conocis muy bien. Es vlida tambin entre vosotros los
templarios verdaderamente la regla segn la cual no se puede ser
ordenado caballero si no se tienen por lo menos tres cuartos de
nobleza?
	-S, majestad. Salvo mritos excepcionales o particulares inte-
reses de la Orden.
	-S, cierto. Naturalmente... Y vos, cmo habis nacido?
Conde, barn, o qu otra cosa?
	-Barn.
	-Barn de qu?
	-De Amalfi. De la estirpe amalfirana de los Gioia.
	-Merecis ms. Os hago marques.
	-Os lo agradezco, majestad, pero no puedo aceptar.
	-Y por qu?... En el fondo, no se trata ms que de aadir
otro blasn a vuestro escudo. Veamos, podrais ser marqus de
Sannicandro. O quiz no; ms bien de Bisceglie. Es ms bello. Est
sobre el mar.


	116	117
	-Las reglas de la Orden me impiden aceptar. No puedo tener
otro blasn que el del Temple.
	Federico asinti y se encogi de hombros.
	-Lo siento -suspir-; era solamente un regalo, por razones
de hospitalidad... Y tambin para resarciros por las molestias que
os hemos producido. Despus de todo, habis perdido dos hom-
bres por culpa nuestra.
	-S, pero esos hombres no tenan precio.
	-Estoy convencido de ello.
	Federico se call durante unos minutos; no demasiados, dado
que jugar con las palabras representaba, para su divertimiento, uno
de sus pasatiempos preferidos. Finalmente, volviendo mental-
mente al hilo del discurso interrumpido, volvi a proponer el tema
inicial:
	-No habis respondido a mi pregunta. Qu era lo que que-
rais preguntarme?
	-Vuestro sistema de caza -respondi Gunter, esta vez con
una especie de provocativa irona-. Me despierta mucha curio-
sidad.
	-Me interesa, me interesa responderos. Qu es lo que parti-
cularmente ms os interesa? -pregunt Federico, a quien no se le
haba escapado el tono irnico del templario-. Qu es lo que os
ha chocado?
	-He aqu, majestad. Me ha sorprendido el nmero de perros,
caballos y caballeros lanzados en persecucin de aquel ciervo. Eran
verdaderamente tantos... Tantos cuantos nos bastaran a nosotros
para tomar una fortaleza en Tierra Santa. Y despus las flechas,
todos aquellos dardos lanzados ciegamente... Pareca el asedio de
Ascaln. Y todo eso por un solo ciervo?
	-No, nada de interrogantes. No lo recordis?
	-Exeusadme, majestad. En el acaloramiento del discurso...
	-Volved a hacer la pregunta en tono afirmativo.
	-Pues, todos aquellos hombres, todas aquellas flechas... Me ha
sorprendido el hecho de que, para cazar un solo ciervo, hagan falta
tantos hombres y se lleve a cabo tal desperdicio de flechas.


118
7
	-Y vosotros? Qu sistema utilizis para cazar en Tierra Santa.
Me interesa. Estoy justamente escribiendo un tratado sobre la caza.
	-Nosotros damos caza nicamente al len, armados sola-
mente con una lanza, a cuerpo desnudo. Son nuestras reglas.
	-Es una regla severa.
-Ciertamente. La ms severa de todas.
	-Y cuntos os enfrentis al len? Veinte? Treinta? Cin-
cuenta? Establece la .regla el nmero?
	Nunca ms de dos. Pero es norma que cada uno consiga por s
solo su propio len.
	Haba demasiado orgullo, demasiada vanidad en las palabras de
Gunter, como para que l mismo no se diese cuenta de haber
pasado el lmite. Era toda aquella mana caballeresca de presumir la
que hacia que los templarios resultantes irritantes, cuando no tam-
bin odiosos, para los dems caballeros de Occidente. Una mana
que podra algn da, si no la socorra un poder extraordinario, lle-
var a la Orden al aislamiento e inclusive a la ruina.
	Federico se haba encerrado en un mutismo taciturno, acele-
rando la marcha de su caballo, y no daba seales de querer reem-
prender la conversacin. Esta vez le toc a Gunter enlazar con el
tema planteado.
	Se esforz en ser humilde, mostrando inters por algo que le
era completamente indiferente. Lo consigui.
	-Estis, pues, escribiendo un tratado de caza? -pregunto
con evidente adulacin-. Qu gnero de tratado? De qu ani-
males se ocupa? En qu lengua?
	-Os estis distrayendo, caballero -respondi Federico con
frialdad.
	Me habis dirigido cuatro preguntas seguidas y no tenis dere-
cho a hacerme ni siquiera una.
	-Excusad, majestad. Pero es tan grande mi inters por lo que
estis escribiendo...
	-Entonces comenzad de nuevo. Plantead correctamente las
cuestiones, evitando la forma interrogativa.
	-S, ciertamente. Pues deca que siento una gran curiosidad


119



1




por el tratado que estis escribiendo, y quisiera saber de qu ani-
males habla y en qu lengua est escrito. Eso es, exactamente...
Querra tanto que me hablaseis de ello!
	-As est mejor. Pero llamarlo tratado quiz resulte excesivo.
Digamos que es un tratadito, un manual, algo as... En latn, por
supuesto, para no correr el riesgo de que cualquiera pueda leerlo,
comprenderlo. Es conveniente que las cosas que amamos, inclusive
las ms simples, no estn al alcance de todos...
	Y lentamente Federico volva a soltarse, a complacerse en sus
palabras, pues la verdad era que no deseaba otra cosa.
	El tono se hizo confidencial:
	-He fundado una universidad en Npoles para que la gente
pucda refinarse, estudiar. He abierto escuelas en Padua, Bolonia y
Salerno. He reunido una corte de sabios cristianos, hebreos y
musulmanes en Palermo. No veo por qu habra que renunciar al
latn. No es el que escribe el que debe acercarse al inculto, es el
inculto el que debe intentar acceder al que escribe. Yo me he
esforzado para que tal cosa pueda llegar a suceder... De qu anima-
les se habla en mi tratado es lo que queris saber, no? De pjaros
de caza, como de costumbre. No de pjaros cazadores. La gente
vulgar est habituada a servirse de perros y de caballos para la caza. Yo
puedo demostrar que es posible servirse tambin de pjaros. De p-
jaros especiales, naturalmente. Pjaros predadores. En suma, de halcones.
	-Es fantstico -exclam Gunter, demostrando un inters
que continuaba sin experimentar.
	Y Federico, animado, continu:
	-Ya tengo el titulo dispuesto: De arte venandi cum avibus. De
qu trata? Del modo de adiestrar, amaestrar, emplear halcones para
la caza del ciervo en la llanura. En el bosque no se puede, porque
resulta impedida la visin del pjaro. Pero cuando el ciervo est en
la llanura al descubierto, entonces no tiene escapatoria. Natural-
mente, el halcn tiene que ser adiestrado con mucho cuidado. De
qu modo? Brevemente os lo explico...
	Habl sin interrupcin durante tres horas, extendindose en
detalles sobre la alimentacin, sobre los materiales aptos para enca~
puchar al voltil, sobre el acolchado del manguito que haba que
llevar sobre el antebrazo para que el halcn pudiese apoyarse en l
y utilizarlo como una especie de trampoln sin lacerar la carne del
cazador... Discurri largamente sobre las caractersticas del am-
biente natural en el que resultaba ms oportuno practicar este tipo
de caza, sobre la calidad y sobre los limites de las diversas familias
de rapaces adaptables a semejantes objetivos, sobre la potencia de
sus garras, sobre la envergadura de las alas y sobre la cualidad pro-
pia de los halcones de permanecer suspendidos e inmviles vigi-
lando la presa desde lo alto. Habl de los gerifaltes y de los
halcones, de los halcones peregrinos y de los altanes, de los halco-
nes pequeos, de los cuclillos, los azores, los milanos... Se compla-
ci inclusive en entrar en detalles desagradables y horribles. El
halcn deba ser habituado a alimentarse de carne puesta en las
cuencas de los ojos de un ciervo embalsamado, de manera que,
una vez lanzado en vuelo, se precipitase sobre el primer ciervo
que avisara y le picotease los ojos en busca de alimento. El ani-
mal, cegado, se converta en una presa ms fcil para los caza-
dores.
	-Hace falta un texto exhaustivo, un tratamiento completo de
este arte tan noble, tan considerado tambin por el gran Aristte-
les. Es por esto -concluy con complaciente sonrisa de empera-
dor- por lo que me vengo dedicando desde hace aos a recoger
informacin sobre su prctica y a practicarlo yo mismo intensa-
mente. Me he remontado hasta los romanos y los griegos, que ya lo
conocan. He interrogado a expertos provenientes del frica y de
las marcas germnicas de Arabia y de Bizancio. Y aun cuando estoy
dedicado a arduas y a menudo inextricables tareas de gobierno,
jams he dejado de interesarme por este arte.
	Alcanzaron un ro de mansa corriente. Superada la orilla cu-
bierta de grava, avistaron las torres de San Severo, donde tendran
que pernoctar. Una patrulla teutnica fue enviada por anticipado
para preparar la acogida.
	-He respondido satisfactoriamente a vuestra pregunta?
-inquiri Federico, sacudindose el agua de sus gruesos borce-


	120	121




guies de caza-. He satisfecho vuestra curiosidad sobre nuestras
costumbres venatorias?
	-No podais haber sido ms exhaustivo -respondi Gunter,
esta vez sin irona.
	-Debis comprendernos. Aqu no tenemos leones para cazar-
los. Tenemos que ennoblecer, en todo lo que sea posible mediante
la adopcin de mtodos complejos, la caza de los animales comu-
nes. Pero os aseguro que tambin un jabal puede dar mucha
guerra.
	Las ltimas palabras quedaron casi apagadas por los sonidos de
trompas. Los heraldos, desde las murallas de San Severo, saludaban
al soberano.
	La acogida en San Severo fue solemne, pero fra. No hubo
escenas de especial recocijo ante la presencia del emperador. Y el
hielo pareci aumentar entre la multitud reunida, extinguindose
definitivamente hasta la ms mnima tentativa de aplauso a la vista
de los caballeros teutnicos y templarios aadidos al squito de
Federico.
	La tensin que se palpaba en el aire no impidi, sin embargo, a
Gunter ni a sus compaeros experimentar una alegra plena y sin-
cera, despus de la amargura de las ltimas vicisitudes, al constatar
que el nmero de templarios presentes en la floreciente ciudad
pullesa era con mucho superior a cuanto haba esperado.
	Haba buenas razones para que San Severo estuviese tan guar-
necida en aquellos das por los caballeros templarios, y Gunter las
conoci aquella misma noche, cuando, en unin a sus compaeros,
fue recibido en la capitana del lugar. El encuentro y la cena subsi-
guiente se convirtieron en un trepidante intercambio de noticias
entre hermanos de comarcas muy lejanas. Y, a pesar de la prescrip-
cin de silencio durante las comidas, rgidamente sancionada por
los estatutos de la Orden, la velada estuvo animada por una perma-
nente conversacin. Gracias tambin a la tolerancia del Maestre y
de sus ayudantes, que, al igual que los otros, estaban vidos de
informaciones sobre Tierra Santa, ya que se estaban haciendo por
momentos ms insistentes, en los ltimos tiempos, los rumores
acerca de una probable (tal vez inminente) cada de los principados
latinos. Y si los unos ardan en la urgencia de saber lo que aconte-
ca en Ultramar, los otros sentan a su vez una intensa curiosidad
por conocer la suerte del Temple en Occidente.
	De esta manera, Gunter se enter de que, justamente por
aquellos das, el emperador haba cedido a los templarios el domi-
nio de San Severo, decepcionando las esperanzas de los teutnicos
asentados en la zona, que desde haca tiempo lo reivindicaban. Por
qu Federico haba preferido a los templarios y herido tan dura-
mente el orgullo de los teutnicos era algo que no estaba claro. Tal
vez por complacer al papa, quien desde haca tiempo le amenazaba
con la excomunin por su reticencia a emprender una nueva cru-
zada. Quiz por una cierta desconfianza frente a los caballeros teu-
tnicos, ya manifestada en otras ocasiones a pesar de la afinidad
originaria de la raza. Quiz por un natural sentido de repulsa hacia
todo cuanto le recordaba sus races germnicas, sentimiento com-
prensible en quien, desde haca tiempo, haba rechazado estas ra-
ces para asentarse en un solar mediterrneo. Pero, ms que indagar
las razones del privilegio recibido, lo que ahora apremiaba a los
templarios era reforzar el propio asentamiento al tiempo que asu-
mir un control definitivo de los territorios a ellos asignados. Esto
explicaba la presencia de un contingente tan numeroso de caballe-
ros del Temple en San Severo. Y explicaba tambin de alguna
manera la escasa cordialidad con que haban sido acogidos el empe-
rador y su squito, dado el lmite que la asignacin a un orden
caballeresco -templario o teutnico, lo mismo daba- habra
seguramente significado a la autonoma de la ciudad.
	-Es desagradable -observ Gunter- no sentirse amado por
la comunidad que se toma bajo la propia proteccin.
	-En Tierra Santa -aadi Len-, los habitantes de las ciu-
dades cristianas se sienten muy felices de tener a los templarios
dentro de sus murallas. Saben bien que nuestra presencia garantiza
su seguridad, y nunca pierden la ocasin de mostrarnos hasta qu
punto nos estn agradecidos.
	-Aqu es muy diferente -respondi el Maestre-. No esta-

	122	123





mos rodeados de infieles, y ni siquiera tan cercanos a la costa como
para temer las incursiones. No somos tan indispensables como para
suscitar simpata.
	-No hay barbarie en torno nuestro -dijo otro-. Por consi-
guiente, tampoco amor.
	-Sin embargo, nos temen, que es como si nos amasen -con-
cluy el Maestre-. El miedo y el amor inducen a comportamien-
tos idnticos.
	-Y a resultados idnticos, que es lo que, en definitiva, cuenta
-precis otro-. Mirad lo que ocurre con la fe. Para obtener la
salvacin eterna no es indispensable amar a Dios, es suficiente
temerlo. Y dado que, de cualquier modo, se acaba en el Paraso,
dado que el resultado es el mismo, para qu atormentarse en la
bsqueda del amor divino? Eso es un lujo. Basta con el temor
de Dios.
	Gunter no respondi.
CAPRICHOS CORTESANOS


Sopla el viento esta noche
en la corte de Lucera.
cFederico qu dir?
El templario no lo sabe...

AS canturreaba un menestral, arrancando notas estruendosas
de su instrumento, mientras que Gunter y sus cinco compa-
eros esperaban a que se abriesen las puertas de la residencia impe-
rial de Lucera. Unicamenre faltaba Folco, que, por causas de su
herida, haba tenido que permanecer en la capitana de San Severo.
	Constitua una autntica molestia, y una lamentable prdida de
tiempo, detenerse todava en Puglia para rendir visita al empera-
dor. Pero ste haba tenido a bien invitarles, pues quera tenerlos
todos para s, al menos por una noche, a los caballeros de Tierra
Santa. Era imposible sustraerse a semejante demanda, aunque sola-
mente fuese por causa de la reciente donacin que el monarca
haba hecho a la Orden. En el fondo, Federico haba preferido los
templarios a los teutnicos. Era preciso mostrarse gentiles con l,
siquiera fuese con dignidad, sin ceder a las manas de su curiosidad.
	Pero, quin era aquel msico que improvisaba versos herm-
ticos y candenciosos ante el castillo? Gunter le dirigi la palabra


	124	125




	-eQu sabes t, menestral, de lo que dir el emperador?
	-No soy un menestral, soy un trovador.
	-Bravo! Responde en rimas. Y qu diferencia hay entre un
trovador y un menestral?
	-Menestral es menos bello.
	-Cmo te llamas?
	-Anronello.
	La conversacin se interrumpi aqu. Las macizas puertas del
castillo se abrieron chirriando. Detrs, un bosque de lanzas hacan
saltar resplandores intermitentes, reflejando las caprichosas llamas
de las antorchas que iluminaban la fiesta de Federico.
	Los templarios entraron al paso. A sus espaldas, las puertas se
volvieron a cerrar.
	La corte de Federico constitua una representacin extraa y
festiva, verific Gunrer, de lo que la doctrina inicitica del Bafo-
met habra podido producir en terminos mundanos, si era prcti-
camente sin prejuicios. Haba moros y cristianos, hebreos y persas,
germanos muy rubios y sicilianos de cabellos negros, que se mez-
claban en el gran saln hablando animadamente entre ellos, be-
biendo juntos, tomando los alimentos con los dedos de las mism-
simas bandejas. Astrnomos, poetas, arquitectos, msicos, banque-
ros: haba de todo en torno a aquellas mesas repletas. Y todos se
intercambiaban entre ellos bromas e informaciones, hojas escritas y
dibujos, guios acerca de las damas, que no permanecan en lugar
aparte, segn los usos del tiempo, sino que se entrometan agresi-
vas, interpelaban, decan cuanto se les ocurra... Damas plidas,
trasparentes, exanges, y damas morenas, bronceadas, gordezuelas.
Algunas vestan trajes austeros, como en cuaresma, con cofias que no
dejaban entrever ni siquiera un mechn de cabellos; otras mostraban
los hombros a travs de aberturas generosas en los corss de terciopelo.
	Ningn capricho de la moda fue ahorrado a los ojos de los at-
nitos visitantes de Ultramar.
	Federico acudi a su encuentro, con aquella su extenuada y
extenuante sonrisa fijada en el rostro, abrindose camino entre
los cortesanos.
	-Esta noche me podis dirigir libremente cualquier tipo de
pregunta -dijo a Gunter, abrazndolo como a un viejo amigo-.
Responder a todo.
	-Tambin si pregunto con el interrogativo?
	-Ya lo habis hecho.
	-Majestad, es muy grande el honor que me hacis.
	-Tambin es grande el placer que vosotros me proporcionis,
caballeros de Ultramar. Gracias por haber venido.
	En realidad, era Federico quien tena preguntas que hacer a los
templarios, dudas que planear, curiosidad que colmar. Era Fede-
rico quien quera comprender ms cosas sobre el asunto de las cru-
zadas, en el que estaba a punto de verse envuelto sin estar verdade-
ramente persuadido de que deba hacerlo, por la amenaza de la
excomunin.
	-Si el papa se empea -confi sin mucha conviccin-, me
decidir a emprender esta nueva cruzada. Pero qu sentido tiene?
	-Que qu sentido tiene una nueva cruzada? -exclam Gun-
ter, sin la menor consideracin por la etiqueta-. Majestad, yo me
pregunto qu sentido tiene vuestra pregunta. Para nosotros, la
cruzada es siempre la misma, ininterrumpida. Para nosotros, que
vivimos en Tierra Santa, la cruzada no es una empresa, sino una
situacin permanente. No hay una primera, una segunda, una ter-
cera cruzada... La cruzada no es un clculo, es una idea. Es siempre
y no es nunca.
	-Como el cero -le interrumpi Federico, que le haba escu-
chado atentamente-. Los rabes nos han enseado que, sin el
cero, no se pueden hacer cuentas. Pero el cero no es nada, o bien lo
es todo. Como una idea.
	-S, majestad... Pero se me hace difcil traducir a trminos
matemticos el espritu de la cruzada.
	-Por el contrario, es exactamente lo que yo llevo intentando
hacer durante semanas, durante meses... Y, si lo consigo, mi cru-
zada ser memorable, nica en la historia.
	-Y por qu, majestad?
	-Porque se concluir sin un solo golpe de espada.


	126	127





	-~De qu modo?
	-Ya estoy en conversaciones para un tratado con el sultn de
Egipto. Todo se puede pagar. Comprar a peso de oro Jerusaln,
Nazaret, Beln...
	-~jerusaln!?
	-Es mejor que a peso de sangre. Ya ha corrido demasiada san-
gre. Creo que tambin Dios estar de acuerdo en esto.
	-~Por qu me decs esto, majestad? Por qu me conflais
secretos tan peligrosos?
	-Porque s que no se los revelaris a nadie.
	Y, al tiempo que deca esto, Federico juguete, bajo los ojos de
Gunter, sin que nadie se pudiese apercibir de sus ademanes, con
una cuerdecilla de hilos blancos y negros, anudados entre si. Gun-
ter respondi mostrndole la suya. Ahora ya sabia por qu Fede-
rico haba preferido los caballeros templarios a los teutnicos.
	-Y ahora habladme de Tierra Santa -dijo el emperador,
ofrecindole de beber.
	-Es una regin maravillosa, majestad.
	-La amis ms que a Europa, no es as?
	-La amamos... La amamos y basta.
	-~Volveris all?
	-Si Dios lo quiere... -y Gunter suspir casi para s-: Dios
lo quiera, Dios lo quiera...
	Permanecieron durante toda la noche hablando con el empera-
dor, que por ellos descuidaba a toda la corte. En torno se entrecru-
zaban dilogos metafsicos de matemticos y filsofos, madriga-
les de trovadores provenzales, exhibiciones de malabaristas arme-
nios, excesos de tudescos crpulas, chismes y habladuras corte-
sanas...
	Federico exhausto, escuchaba las maravillosas historias de los
templarios, ignorando a los dems. Se obstinaba en ostentar aque-
lla su exage sonrisa a la que, por razones de etiqueta y de oportu-
nismo poltico, no renunciaba nunca en pblico. Pero estaba
deshecho por las fatigas del gobierno, por la petulancia del papa,
por el doble juego de los barones y sobre todo, por las preocupa-

128
ciones que le proporcionaba la ltima nidada de halcones recin
llegada de los Apeninos.
	Habra dado todo un condado, o quiz un ducado, por una
hora verdadera de sueo. Pero las palabras de los templarios valan
ms que todo eso.
	Alboreaba cuando las puertas del castillo de Lucera se abrieron
otra vez para dejar pasar a los seis caballeros. El menestral, muerto
de fro, estaba todava all, envuelto en sus harapos. A la vista,
tom rpidamente la mandolina y, con los dedos agarrotados por
el hielo, arranc de las cuerdas dos o tres notas, acompaadas con
su voz estentrea:

Caballeros de la cruz
escuchad mi voz...

Gunter detuvo su caballo.
	-Otra vez t? Quin eres? -pregunt imperativamente-.
Qu quieres?
	-Ya es lo he dicho. Me llamo Antonello.
-Y qu quieres?
-Caballero, os lo suplico... Llevadme a Roma.

















129


j.
















LOS AMANTES DE LAS ESPADAS


pOLCO haba insistido, contra la voluntad de Gunter y del
Maestre de San Severo, en reemprender el viaje a pesar de la
herida. A la clida quietud de la capitana, haba preferido el viento
de la llanura y los brincos del caballo, que le procuraban laceranres
dolores de la espalda.
	Gunter cabalgaba a la cabeza, acompaado por Len y Godo-
fredo. Reagrupados, les seguan Cimbro, Dionigi, Telmo y Polco.
La cima de los montes hacia las cuales se dirigan no estaban toda-
va nevadas, sino azuladas, ttricas, coronadas de nubes negras.
	Un octavo viajero se esforzaba por mantener a distancia su
andadura, a lomos de un mulo, y arrastrando tras de s otro mulo,
sobre el que haban sido cargadas las provisiones y las pocas cosas
esenciales de los templarios. Era el trovador Antonello.
	-Nosotros no vamos a Roma -le haba respondido Gunrer
cuando le haba suplicado que le llevara consigo.
	-No importa, caballero -le haba respondido l-, basta con
que vayis en esa direccin. Llevadme hasta donde podis. Debo
llegar a Roma lo antes posible; tengo que ver el Tber antes de
morir. Os lo suplico, caballero.
	Gunter haba sacudido la cabeza. No era en modo alguno posi-
ble. Siete templarios no sabran qu hacer con un coplero, que

131


1





entre otras cosas, les retrasara mucho la marcha. Pero l haba
jurado que se mantendra al paso de ellos y que, por aadidura, se
ocupara de la carga y de las vituallas, que cocinara, encendera el
fuego por las noches, cuidara los caballos, lavara sus ropas y un
sinfn de cosas ms. Por su cuenta y riesgo, finalmente, haba
sido aceptado.
	-Pero ten cuidado -le haba dicho Gunter-. Si te quedas
retrasado, nadie te esperara.
	-Y si caes en un agujero -haba aadido Godofredo-,
nadie ir a sacarte.
	La primera jornada de viaje fue tranquila, a pesar del viento
que soplaba sibilante, procedente de las montaas, y les daba de
lleno.
	Ninguno tena motivo para preocuparse por el destino de
aquel andrajoso que renqueaba fatigosamente detrs de Folco, que
se esforzaba por cabalgar con desenvuelto descuido, replegndose
de vez en cuando sobre si mismo por causa del dolor que le produ-
ca la herida.

	Se encontraron, ya entrada la maana, con un campamento
teutnico. Lo componan varios centenares de guerreros a la
espera de reagruparse con otros hermanos suyos esparcidos por
toda Puglia, para reemprender el camino hacia el norte. Tambin
ellos tenan una cruzada en curso, en los extremos territorios del
hielo, donde se combata por la cristianizacin del Bltico y de la
misteriosa Eslavonia. Consideraban definitivamente perdida la
batalla por el santo Sepulcro de Jerusaln y se iban retirando, cada
vez ms de prisa, de Tierra Santa, hacia las nieves y las brumas, ms
familiares para ellos, concentrando encarnizadamente sus fuerzas
contra las tribus danesas y lituanas, contra los polacos y los rusos,
animados por la gran ilusin de crear un estado cruzado autnomo
que se extendiese ms all de la fortaleza de Biga y los grandes
lagos helados, hasta los territorios del nordeste.
	La trayectoria de la marcha de los siete templarios y de su ser-
vidor menestral pasaba justamente a travs de las tiendas teutni
cas, que se extendan ordenadamente en crculo en la llanura, en un
radio de varios kilmetros. Circunvalar el campamento habra
dado la impresin de descorresa o de temor. Por eso, Gunter
orden proseguir en lnea recta, lentamente, adentrndose en el
asentamiento teutnico.
	Los caballeros y la tropa estaban dedicados a las ms comunes y
diversas actividades cotidianas. Los escuderos sacaban brillo a las
armaduras, afilaban espadas y hacan correr en crculo los caballos,
para que hicieran ejercicio. Los mozos de cuadra acumulaban heno.
Algn herrador herraba caballos o aventaba la hoguera con un fue-
lle. Los ayudantes calentaban al rojo hojas de hacha o de alabarda
sobre las llamas, para despus templarlas perezosamente mediante
chorros de agua y martillazos. Caballeros slo parcialmente recu-
biertos de trozos de armadura hacan esgrima entre ellos sin dema-
siada conviccin, intercambiando golpes de manual. El mximo de
fervor se notaba en torno a las colosales ollas ennegrecidas, por
cuyos bordes asomaban grandes pedazos de jabales descuartizados.
	Los cocineros se movan agitadamenre en torno a las cadenas
que sostenan aquellos gigantescos recipientes, vertiendo en ellos,
de vez en cuando, agua y canastos enteros de cebollas.
	Los templarios atravesaron el campamento a un paso lentsimo,
saludando con la mano derecha levantada a la altura de la cabeza en
seal de paz. Los caballeros ms cercanos haban dejado de ejerci-
tarse con las armas y respondan al saludo.
	Finalmente, uno se adelant y les cort el camino.
	-En nombre de Dios, caballeros del Temple -grit-, vues-
tras reglas os prohben comer carne de cerdo?
	-En nombre de Dios, nada de eso -respondi Gunter.
	-Entonces quedaos a comer con nosotros.
	-Con sumo placer -ri Gunter, y desmont de su cabalga-
dura, mientras un mozo de cuadra tudesco la sostena por las
brindas.
	Su risotada, entretanto, haba contagiado a los dems, que
hicieron otro tanto, mientras los sirvientes se afanaban en torno de
ellos para hacerse cargo de los caballos. Hasta el menestral Antone-

	132	133





lo tuvo un escudero, por primera vez en su vida, que le sostena
las bridas de su mua.
	nicamente Folco no rea y, al bajarse del caballo, resbal y
cay al suelo. Se levant de prisa, pero el brazo le sangraba y tena
el rostro deformado en una mueca de dolor. Fue el nico inconve-
ninte en aquella maana ventosa, mientras una inslita alegra se
expanda por las tiendas teutnicas, habitualmente tan tristes.

	A diferencia de los templarios, que estaban habituados a comer
sobre una mesa rectangular, sentados por parejas ante una misma
escudilla, los caballeros teutnicos se reunan para la comida en
torno a grandes fuegos circulares, sirvindose del caldern o de los
mismos trozos puestos sobre las brasas. Sostenan con ambas
manos patas enteras o grandes trozos de otra parte del cerdo, le-
vndoselos a la boca y arrancando la carne a mordiscos. Preferan el
porcuno hervido, pero no desdeaban la caza asada, aunque se tra-
tase de animales grandes como el ciervo, el jabal o el gamo. Sen-
tan horror por los voltiles, desde el humilde poo al noble
faisn.
	Acompaaban el alimento con tragos prolongados de cerveza o
hidromiel, mtica bebida de la fermentacin de una solucin acuosa
a base de miel aromatizada con tomillo, romero y otras hierbas sil-
vestres. Pero su pasin, en los territorios donde podan procurr-
selo, era el vino, que consuman en grandes cantidades. En Puglia y
en Sicilia haban acabado con tabernas enteras.
	Silenciosos delante de la carne, que masticaban de prisa sin
pronunciar una sola palabra, explotaban en una desenfrenada
locuacidad, despus de los primeros sorbos de hidromiel o de vino,
improvisando ruidosos brindis o abandonndose a las ms nti-
mas confidencias.
	Alguno se levantaba con el jarro y compona de improviso una
estrofa, la mayor parte de las veces dedicada a las glorias militares
de la Orden. Los otros se ponan a su vez en pie y le hacan coro,
alternando las palabras con largos tragos.
	Gunter estaba sentado junto a Otto de Brema, el caballero que

134
le haba invitado. La conversacin era fluida, gracias especialmente
al poco de alemn que Gunter haba aprendido de su madre en la
infancia. Otto ensalz las cualidades del hidromiel, informndole
sobre el hecho de que su privacin se encontraba entre las penas
previstas en el ms all, segn la leyenda que circulaba entre su
gente, para quien muere de vejez o de enfermedad en vez de en
medio de una batalla. Era slo una broma coloquial, una descom-
prometida digresin sobre los mitos remotos de un paganismo
repudiado, pero que revelaba el pattico malestar del nefito cris-
tiano, para quien todava no estaba claro el trnsito de una civiliza-
cin a otra. Aunque pocos guerreros se haban batido con tanta
determinacin bajo las banderas cruzadas en Tierra Santa.
	-Solamente quien muera en combate podr disfrutar de la
carne del jabal inmortal y del divino hidromiel -dijo Otto, evo-
cando leyendas ancestrales de las que se mostraba orgulloso-.
Nuestra fuerza en las batallas, nuestra superioridad sobre los otros
guerreros reside justamente en esto. Nosotros deseamos morir
sobre el campo de batalla, no amamos ms que la guerra, nica
fecundadora del mundo. La nica cosa que nos aterra verdadera-
mente es la paz.
	-Pero Cristo -avenrur Gunter- ha venido a la tierra a
traer la paz. No es por eso por lo que hemos combatido hasta
ahora?
	-La paz, la paz... -suspir Otto, echando ms vino en su
jarra-. La paz est sobre la punta de la espada. La paz est en~la
sonrisa de la muerte que te espa, que te corteja a cada paso de tu
caballo. Cuentan las historias de mis antepasados que las puertas
del feliz Va/halla permanecern cerradas para quien haya elegido
una vida sin peligros, sin sangre. Y mientras que nosotros, los gue-
rreros, beberemos el hidromiel, que nos ser servido por dulces
valkirias, repartindonos el alimento con los hroes, las almas de
aquellos que hayan muerto en paz vagarn por las terrorficas gale-
ras del Hel, bajo el peso sofocante de los nueve mundos, sin calor
y sin luz... As dicen las historias de mi Vaterland.
	-No he comprendido la ltima palabra.


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	-Vaterland, tierra de los padres. Cmo la llamis en vuestra
lengua? Patria?
	-No lo s, no tengo ni idea. Mi tierra est donde est mi gente.
	-Y dnde est tu gente?
	-Por todas partes. En Amalfi, donde he nacido, pero tambin
en Ultramar, donde he vivido. No lo s. Donde nace e sol o donde
se pone... No s explicarte. Ahora esta aqu. Dentro de algunas
semanas estar en Occitania. Y despus... No s. All donde me
mande la voluntad de Dios y de mi Maestre.
	-Oh, me disgusta, mi pobre hermano -dijo Otto, con un
matiz de pena-. Lo siento por ti, mi pobre amigo sin Vaterland
Debe de ser terrible... Pero no te preocupes. Bebe. Hidromiel
o vino?
	-Vino. Yo prefiero el vino.
	-Yo tambin -admiti Otto, escanciando en la copa de
ambos-, pero slo para beberlo. La realidad es una cosa; la
leyenda, otra. El hidromiel es la bebida de los dioses.
	-Y el vino es la sangre de un dios.
	-Amn. Con vosotros, los templarios, sc acaba siempre ha-
blando de la eucarista y de los misterios de la fe.
	-Un misterio tira de otro. Bebamos.
	Continuaron as durante un rato, mezclando con blasfema lige-
reza sus discursos de borrachos con los grandes mitos de la sangre
de Cristo y de la beatitud germnica. Hasta que fueron interrumpi-
dos por el estribillo de un caballero que brindaba por la inminente
campaa contra los paganos del norte.


En tu crdneo entre corto o dans
beben el vino de tu querido pas.
Que el jarro nuestra insignia serd.


	Los otros, presas de una regociante excitacin, empezaron a
golpear los escudos y las armaduras con las copas, lanzando gritos
de guerra:


136
Lignum crucs-szgnum ducis!
Lignum crucs-sgnum ducis!
Lignum crucs-sgnum ducis!...

Los escuderos les hacan eco:

Ubi crux-ibi dux!
Ubi cnx-ibi dux..

	Siguieron maldiciones e invectivas contra los infieles que ocu-
paban los territorios al norte de las marcas germnicas, tambin
considerados Vaterland por los caballeros teutnicos. Y todos,
entre una exclamacin y otra, gritaban: Hinaus.4>, esto es, fuera,
fuera todos de la tierra de los abuelos.
	Antonello, que haba garabateado sobre una hoja algunos ver-
sos para un madrigal al convite, esperando ansiosamente el final de
la comida para poderlo recitar a los comensales, pleg su escrito y
se lo meti en un bolsillo sin atreverse siquiera ya ni a abrir la boca,
mientras en su torno creca la excitacin.
	Y cuando la euforia lleg al paroxismo, cuando los gritos de
los caballeros llegaron a parecerse a los truenos del temporal que se
avecinaba, Otto hizo una sea con la mano y orden a voz en
grito:
	-Mi amante!... Traedme a mi nica e insust uible amante!
	-Y a mi tambin!... Mi amante! -grit otro, presa de una
incontrolable excitacin.
	-Mi amante!... Traedme la amante! -gritaron otros, casi
gimiendo por el ansia de ser escuchados.
	Jovencsimos escuderos rubios corrieron llevando a cada caba-
llero su espada. Y ellos, apretndola contra el pecho, se restregaban
la empuadura por el rostro, como arrebatados por un xtasis de
amor. Y unos besaban la empuadura, otros laman la hoja, otros
acariciaban la punta.
	A los besos y las caricias siguieron las palabras, los susurros, las
quejas de amor.


137



-i





	-Amor, amor, amor... -gema Otro, mirando los reflejos de
la hoja, como presa de un encantamiento-. Amor de mi alma,
por qu hoy brilla tanto tu mirada? Por qu destella ms que el
sol la luz de rus ojos? Alegra ma, alegra ma, t me miras con
amor.
	Y el escudero, edn voz adolescente, de un timbre tan sutil que
la haca parecer angelical o femenina, respondi como si fuera la
espada:
	-Mis ojos destellan porque un valiente me lleva a su costado,
porque soy su alegra, porque soy su fuerza.
	-S, espada, s, t eres mi fuerza y mi alegra. Y te amo, te amo
porque eres t, porque me gustas, porque, sin ti, preferira morir.
	-Y yo me he entregado a ti, y a ti, por toda la vida, he entre-
gado mi alma de acero. Tmame, puesto que soy tu solo bien,
tmame.
	Alrededor todo era un puro alborozo de amor entre los caba-
lleros y sus espadas, a las que los escuderos prestaban sus voces con
apasionada participacin, dejndose envolver hasta las lgrimas en
aquella inexplicable comedia.
	-Quiero desposarte -deca otro, mordiendo el filo de la hoja
hasta hacerse sangre en los labios-, quiero desposarte en la pri-
mera aurora festiva. Ven, amor mio, ven. No est lejos la maana
de las nupcias.
	-No tardes, no tardes ms -responda el escudero-. Mira-
me, soy bella, soy virgen. Me he reservado para ti. No tardes.
	Otro caballero meta la espada en su funda, extrayndola y vol-
vindola a introducir, para, finalmente, volverla a sacar y hablarle
con encendida devocin:
	-Por qu te estremeces, amiga ma? Por qu tiemblas en la
vaina como si estuvieses encolerizada conmigo?
	-Porque la paz me da horror, porque tengo sed de sangre y
de amor. Llvame al campo de batalla, caballero, llvame donde
est la guerra.
	-Aguarda todava un instante, amor mo, aguarda, y despus
ser ms bello.
	-No, basta, no prolongues ms la espera. Llvame al campo de
muerte, mustrame el jardn de amor repleto de rosas ensangrenta-
das. Desndame, caballero, desndame en medio del aire puro de
la guerra.
	-Ven, entonces. Ven, alegra del guerrero. Ven, amor. Haz
brillar tu acero bajo los rayos del sol.
	-Es el amor, es la alegra del amor la que lo hace brillar
as!
Un repentino chaparrn interrumpi el xtasis de los caba-
ileros.
	Los escuderos se apresuraron a retomar las espadas y las envol-
vieron en gruesas pieles de pcora para que no se mojasen.
	-Cuidado con nuestras esposas, muchachos! -grit Otto-.
Envolvedas bien en sus pieles. Que ni siquiera una sola gota conta-
mine su piel de acero.
	La intensidad de la lluvia creci rpidamente. Nubes negras,
laceradas de tanto en tanto por el estallido de los relmpagos, des-
cendan rpidamente de los montes, extendindose por las llanuras.


	138	139
















LA JERUSALN CELESTE


T OS siete templarios cabalgaban en medio de un torbellino de
Li lluvia hacia las montaas. El menestral romano intentaba
seguirles,pues haba conseguido sustituir su mua por un caballo,
del que se haba apropiado en el campamento teutnico con insos-
pechable destreza, aprovechndose de la vespertina somnolencia de
los guardianes.
	Era la primera vez que montaba en una verdadera cabalgadura
y tena ciertas dificultades.
	Gunter preceda al grupo experimentando, legua tras legua, el
placer de idenrificarse con la propia bestia.
	El caballo manchado Abelcain, tan descuidado y humillado
hasta ahora por las molestias de los caminos y de las pruebas a las
que haba sido sometido, se revelaba como un animal generoso
e incansable.
	Halagado por las rfagas de viento que le azotaban la crin y por
los picotazos de las salpicaduras de barro que levantaban por un
lado y por otro sus pezuas, Abelcain casi pareca agradecer las
caricias a veces dolorosas de las espuelas de Gunrer, relinchando de
placer y acelerando la marcha a cada nueva solicitacin del jinete.
	Como revitalizados por la carrera, como vigorizados por la
nostalgia de las grandes llanuras de Tierra Santa, los templarios se


141





perseguan entre ellos compitiendo y transformando en una espe-
cie de juego las dificultades del recorrido.
	Folco, aunque debilitado por la prdida de sangre y atormen-
tado por la herida, plantaba cara a los otros, superndoles de vez en
cuando e intentando dar alcance a Gunrer. La alegra de la cabal-
gada pareca inmunizarlo del avance lento de la muerte que descen-
da ya desde la espalda herida hacia el corazn. Ninguno de los otros
daba la menor seal de intentar ayudarle, aminorando la velocidad u
ofrccindole el ms mnimo socorro, para no herir su orgullo.
	De esta manera, casi impelidos por inercia por el mpetu de la
carrera, los siete caballeros no se detuvieron en el lmite de la lla-
nura, adentrndose ciegamente por la ladera de la montaa durante
una noche entera.
	Alboreaba cuando alcanzaron la cima. Haban dejado el tempo-
ral a sus espaldas. Ante ellos, el da resplandeca con una luz tan
transparente como para permitir la visibilidad hasta el mar desde la
otra vertiente.
	A aquella luz mir Polco, sin caer del caballo. Se abandon
lentamente sobre el cuello empapado de lluvia y de sudor del ani-
mal, dejando resbalar los brazos sobre los costados, sin sacar los
pies de los estribos. Jadeaba ligeramente, pero no mostraba nin-
guna seal de dolor en el rostro. De sus ojos, lcidos y desmesura-
damenre abiertos, no emanaba pena ni preocupacin. Guiaba
imperceptiblemente los prpados, esforzndose por mirar ms all
de los primeros rayos de sol.
	Gunrer se le acerc, ofrecindole de beber. Polco bebi. Gun-
ter le tom por las manos, para ayudarle a descender de la silla. l
neg con la cabeza y estrech con ambos brazos el cuello del
caballo.
	-Anda, hermano, ven, yo re ayudo -dijo Gunrer-. Ven
	-Es cuestin de minutos -susurr Folco-. No os har per-
der el tiempo.
	-Por el contrario, nos lo hars perder si no descabalgas en-
seguida. Tienes que descansar. No podemos detenernos mucho
tiempo.
	-Mira -dijo Folco, sin escueharlc, sealando un punto leja-
no-, mira qu azul es... As debe de ser la Jerusaln celeste.
	-Siempre hay tiempo para alcanzarla. Pcro antes tenemos que
volver a la Jerusaln terrena, al Sepulcro.
	-Jerusaln... -Polco sonri levemente, un instante-. Jerusa-
ln, cl Sepulcro... Pero qu dices? El Sepulcro csr en todas partes,
cl mo est aqu.
	Y abraz ms fuerte el cuello del caballo, sepultando el rostro
entre las crines.
	-Folco -llam Gunrer en voz baja.
	Pero Polco ya haba muerto.
	Los otros hermanos se situaron en torno al caballo dc Polco
para ayudar a bajar su cuerpo de la silla. Tuvieron que hacer un
gran esfuerzo, porque las rodillas y los brazos de Poleo estaban
adheridos como garfios en torno al animal.

	El tiempo de sepultar a Polco de Auvernia y de oficiar un breve
servicio fnebre sobre el desnudo tmulo de tierra bast para que
Anronello, trepando con su caballo por la ladera de la montaa, se
reuniese con el grupo.
	Su conmocin de menestral sirvi para coronar la sobria cere-
mona con algunos modestsimos versos de circunstancias.
	Polco haba sido revestido con la armadura y tendido con las
manos cruzadas sobre el pecho y las piernas puestas una encima de
otra, a la manera de los caballeros. Los pies se apoyaban sobre el
saco de viaje que contena sus pobres utensilios de monje. La
espada, desnuda, descansaba sobre el cuerpo, con la empuadura
sostenida entre las manos juntas. El escudo estaba apoyado sobre un
costado. El agujero tena una profundidad de apenas dos o tres pal-
mos. Una ligera capa de tierra y hojas secas lo recubra, sin ninguna
lpida.


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Duerme en paz, caballero,
tus noches han acabado.
No has muerto como soldado
pero tu sepulcro es honorable.

No ests solo, no ests cansado
bajo tu blanco manto.
Te acompaa la plegaria
de nuestra humilde escuadra.

En el azul de la maana
se concluye tu camino.
Duerme en paz, caballero,
tus noches han acabado.

	As cant el menestral, con voz sumisa, mientras los seis tem-
plarios volvan a montar sobre sus sillas y ya caminaban al paso por
el valle, hacia el Tirreno y hacia Npoles.



















144
NPOLES, LAS DAMAS
ENTROMETIDAS

NPOLES era una ciudad maravillosa y obscena, donde todos
vendan de todo y todos compraban de todo. Ningn
extranjero pasaba inadvertido. Los seis templarios y el trovador se
dirigieron hacia el centro. No se lograba entender qu era lo que
solicitaban o qu ofrecan. Ni siquiera en los mercados de los puer-
tos egipcios con ms trfico, ni siquiera en los suk rabes de las ms
perdidas plazas fuertes libanesas, Gunter y sus compaeros haban
tenido que sufrir una tremenda agresin de masas harapientas. Con
una diferencia: por lo menos, en Ultramar, siempre haba un barrio
cristiano en el que refugiarse; aqu todo era un nico y laberntico
barrio cristiano, en el que no era posible en modo alguno sus-
traerse al asalto extenuante de pedigeos y traficantes de toda
laya.
	Una vez ms, Gunter experiment una aguda nostalgia de Tie-
rra Santa. Un olor intenso y penetrante de hortalizas hervidas y
pescado frito se mezclaba con los gritos estridentes de los vende-
dores y de los compradores, producindole una creciente sensacin
de nusea.
	Finalmente, como una liberacin, ms all de aquella inquieta
marea humana, aparecieron las poderosas murallas del castillo.
Gunter espole los flancos de Abelcain, que se adelant decidido,


145




atravesando la multitud, hacia el puente levadizo. Los otros hicie-
ron otro tanto. Todos iniciaron un paso al trote, que pronto se
convirti en un galope. De este modo, derribando cestas de frutas
y mesas repletas de panes, alcanzaron la entrada a la fortaleza,
seguidos de maldiciones e invectivas.
	nicamente cuando estuvieron en el interior de las murallas
cayeron en la cuenta de que les haban robado la mua y las vitua-
llas. Era demasiado tarde para volver atrs para perseguir a los
hbiles ladrones, que, a estas horas, estaran ya muy lejos, con el
animal, por alguna de las intrincadas callejuelas que se extendan
entre el castillo, el mar y la colina. Por otro lado, aquella sustrac-
cin no les produca un perjuicio demasiado grave. No se trataba
ms que de procurarse otra mua, algunas mantas, unos cuantos
utensilios y una razonable cantidad de alimentos no perece-
deros.
	De cualquier modo, ni los seis templarios ni el menestral tuvie-
ron tiempo dc reflexionar sobre lo que les haba ocurrido, ni de
decidir qu hacer, pues todava antes de desmontar de sus cabalga-
duras se vieron rodeados por una alegre comitiva de damas.
	-Llegis a tiempo -es dijo, con desenvuelta familiaridad, la
que pareca ms autorizada, quiz una princesa- para participar en
una corte de amor. El juicio tendr lugar esta noche. Vuestra pre-
sencia, como caballeros completamente extraos a la materia de la
tenson que hemos llamado a juzgar, nos ser preciosa. Creedme,
cada vez resulta ms difcil dirimir estas contiendas, estas disputas
entre enamorados que van multiplicndose.
	-Seora -dijo Gunter, descendiendo del caballo-, nosotros
no tenemos prctica en juegos de amor.
	-Precisamente por esto estaris en disposicin de darnos opi-
niones desapasionadas, que nosotros tendremos muy en cuenta.
	Gunrer inclin la cabeza obsequiosamente, intercambiando
una mirada perdida con los otros templarios. No comprendan,
pero sentan una extremada curiosidad. La dama, sin aguardar una
respuesta, concluy:
	-Tenis todo el tiempo necesario para asearos y descansar. La
causa que se va a poner a discusin es bastante extraa. Se trata de
establecer s...
	Fue interrumpida por un gentilhombre que se acercaba con
aptico descuido.
	-No, doa Srefanerta, deje a nuestros huspedes recuperar el
aliento. Son caballeros del Temple, acostumbrados a contiendas
ms cruentas que las vuestras.
	-Precisamente por esto quisiera... -intent replicar Stefa-
netta.
	-Ahora no, doa Stefanetta. El acuerdo es que se hable de
amor solamente despus del atardecer.
	La dama inclin la cabeza, como Gunter haba hecho poco
antes, y se retir con las otras. El gentilhombre que la haba inte-
rrumpido se present a los templarios como el vizconde de Mad-
daioni, que hacia las veces de castellano por orden del emperador,
que se encontraba en otra parte por razones de gobierno y de caza.
Gunter, que ya estaba bien enterado por causa de recientes expe-
riencias personales, asinti comprensivo.
	-Hay que comprenderlas -dijo el vizconde, lanzando una
mirada hacia las damas que se retiraban a sus mansiones-. Des-
pus que han aparecido estas costumbres provenzales no piensan
en otra cosa. Y no se las puede contradecir. Tienen mucha autori-
dad y son terriblemente susceptibles. Nos acusan de haberlas
tenido siempre sometidas, de haberlas privado de las libertades
ms elementales, de haber organizado las cosas para excluiras de
todo tipo de participacin en la vida pblica. Escriben versos, com-
ponen madrigales, se interesan por la msica y por la filosofa, pero
sin conseguir extraer nada constructivo de estas manas suyas, se
revuelven contra nosotros, lamentndose ser obstaculizadas. Sos-
tienen que no disponen de suficientes oportunidades, de oportuni-
dades semejantes a las de sus antagonistas varones, para expresar su
propio talento. En resumen, vanidad femenina, vanidad de vani-
dades.
	-Comprendo -dijo Gunter-. Pero en qu consiste esta
corte de amor, esta tenson sobre la que seremos llamados a juzgar~


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	-Nada serio. Al no poder inmiscuirse en las cuestiones de
estado ni de derecho, al no poder interferir en la administracin
ordinaria de la justicia, estas damas, orgullosas de la autoridad de
su rango, se han inventado, con complicidad de trovadores y otros
gandules, unos tribunales a la medida de sus problemas. Esto es,
tribunales de amor, tribunales de galanes en los cuales se examinan
cuestiones inherentes al arte de amar, imitando los cdigos y los
procedimientos de la verdadera y autntica justicia.
	-El hecho es -interrumpi tmidamente Antonello, que no
se haba perdido ni una palabra del dilogo- que, en los ltimos
tiempos, se han avenido a presidir estos tribunales nobles damas de
altsimo rango, princesas de sangre real, e inclusive hasta reinas. Lo
que ha terminado por otorgar a sus juicios una autoridad enorme;
pero, sobre todo, ha servido para impedir que fuesen suprimidos
de un plumazo.
	-S, eso es cierto -admiti el vizconde-. Y tambin porque,
al fin y al cabo, no dan ninguna molestia. En el fondo, no se trata
ms que de una bagatela, una inocua prdida de tiempo.
	-Pero nosotros no tenemos tiempo que perder -dijo Gun-
ter-. Tenemos que partir inmediatamente.
	-Seria una afrenta tremenda para la corte de amor. Con lo
quisquillosas que son, estas damas son capaces de armar una dis-
puta por una nadera. Las he visto provocar contiendas inarregla-
bies, asambleas interminables, inclusive duelos, por mucho menos.
Si rechazis su invitacin, suscitaris una tenson sobre la tenson. Os
encontraris envueltos en un debate acerca de por qu los templa-
rios siempre se sustraen al juicio sobre las cuestiones de amor. Os
veris constreidos a responder sobre las razones por las cuales
caballeros tan valerosos sobre el campo de batalla contra los infie-
les vuelven la espalda cuando se trata de afrontar las batallas del
corazn. En resumen, tendris que dar explicaciones sobre cmo
sois, qu es lo que pensis, sobre las reglas que inspiran vuestro
comportamiento, etctera.
	-Nosotros no le debemos explicaciones a nadie. Y, mucho
menos, a unas damas aburridas que, para darse una razn de existir,
~o saben encontrar nada mejor que ocuparse de las hazaas senti-
mentales de los demas.
	-De acuerdo, estoy perfectamente de acuerdo con vos por lo
que respecra al juicio que habis hecho sobre las damas -admiti
Maddaioni-. Pcro por qu darles la satisfaccin de senrirse ultra-
jadas? Por qu proporcionarles un ensimo pretexto para que
puedan murmurar sobre la hostilidad masculina? Vale la pena?
	-Y quines son estas damas? Oigamos -dijo Gunter.
	Se senta ms inseguro que curioso. Toda la fuerza que saba
extraer de s mismo sobre el campo de batalla le faltaba cuando se
trataba de resolver sobre cuestiones de forma y eriqueta, aunque
fuesen tan corrientes en aquel tiempo. Era tambin por esto, pro-
bablemente, por lo que haba preferido las certidumbres granticas
de una orden caballeresca y monstica al mismo tiempo, con esp-
ritu de cruzada permanente, a la aventurada variedad de elecciones
con las que todo caballero de la poca tena diariamente que
entendrselas.
	-Que quines son estas damas? -Maddaloni rompi a
rer-. Ni siquiera os lo podis imaginar. Aqu, en Npoles, tene-
mos de todo, y lo mejor. Entre nosotros, la especie humana
empieza en el barn. A las princesas se las expulsa; las duquesas se
exportan, las condesas se venden en el mercado con los limones y
la mandarinas. Y, como si todo eso no bastase, importamos, impor-
tamos linajes y blasones de todas partes: de Flandes, de Castilla, de
la Provenza, de Aquitania, de Suabia, de la Occitania, de Iliria...
Estamos ahogados por la nobleza, aqu en Npoles. Y vos me pre-
guntis con qu damas os debis encontrar esta noche? He aqu la
relacin: a Stefanetra de Provenza ya la habis conocido. Y habis
visto qu carcter, no? Despus est Adalazia de Avin, Bertrana
de Mondragn, Giosranda de Benevento, Alaleta de Magonza,
Ermissenda de Urgn, Mabilia de Sorrento, Rostanga de Tolosa,
Fanetta de Miraval...
	-Pero no hay ninguna que tenga un nombre cristiano?
-interrumpi tmidamente Gunter- Qu s yo! Una Maria, una
Francesca, una Giovanna...


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	-Oh, s, ciertamente. Ya os lo he dicho: aqu, en Npoles,
tenemos de todo.
	Y Maddaloni, despus de una pausa de algunos segundos, evi-
dentemente necesaria para reposar en la mente la relacin de las
damas y extrapolar los nombres cristianos, continu:
	-Margarita de Sengur, Laura Cortez, Mara de Belvedere,
Giovanna de Narbona...
	-Ya est bien, caballero. No querris nombrarlas a todas.
	-Entonces estamos de acuerdo? Os quedis?
	Gunter mir interrogativamente a sus compaeros, como
requiriendo el consejo de ellos.
	-En el fondo -dijo Len-, no se trata ms que de perder
una noche.
	-Con tal de que partamos inmediatamente despus, sin per-
der ms tiempo -aadi Godofredo.
	-S, yo soy partidario de que nos quedemos -dijo Cimbro-,
pero solamente por esta noche.
	-Decide t -Admiti Telmo-. A m me da lo mismo.
	-No sabra... -suspir Dionigi. Y se desvaneci.
	El vizconde de Maddaloni y otros caballeros napolitanos se
precipitaron a socorrerlo, pero Gunter les detuvo.
	-No os preocupis por l. Tiene desmayos a menudo, por
causa de los ayunos y de las mortificaciones corporales a las que se
somete. Pero se repone rpidamente.
	En efecto, sostenido por Antonello, Dionigi se estaba ya levan-
tando, girando en torno suyo una mirada perdida.
	-Qu ha sucedido? -preguntaba, mirando a los presentes-.
Qu ha sido esto?
	-Nada, nada -bisbiseaba Antonello tranquilizador-. No os
preocupis, no ha sucedido nada.

	Los templarios pasaron las horas que les separaban de la corte
de amor descansando, ordenando sus cosas, preparndose para la
partida. Gunter quiso que Antonello, con su experiencia de vaga-
bundo y trovador les explicase a qu cdigo se tendran que some
ter para expresar su juicio. Anronello confirm la existencia de un
derecho del amor, en parte fundado sobre la doctrina surgida de
precedentes sentencias dictadas en varios lugares de Europa,
en parte reductibles a las reglas escritas, conocidas por unos po-
cos expertos, entre los cuales se encontraban prncipes como
Guillermo de Poitiers y Rambaldo de Orange, pero, sobre
todo, poetas cortesanos e itineranres de gran fama, como Goffre-
do Rudel, Giraud y Puyroner. A menudo sus intervenciones
haban sido determinantes en los arrests d'amour, esto es, en los
decretos de amor pronunciados por aquellos tribunales, de
manera de haberse convertido a su vez en jurisprudencia y doc-
trina.
	Los orgenes del cdigo propio y verdadero tena que hacerse
remontar, refiri Antonello, a la poca de Arturo. Parece ser que,
de hecho, quien lo encontr fue un caballero bretn, que se haba
adentrado en una selva par alcanzar a Camelot y unirse a la compa-
a de la Tabla Redonda. En el bosque, el caballero encontr una
damisela que le dijo:
	-S lo que buscas, pero jams lo encontrars sin mi ayuda.
	-Prstame, pues, esa ayuda -respondi el caballero-. Ha-
cia dnde debo dirigirme?
	-No lo dir si no me juras que tu pensamiento, una vez que
hayas alcanzado Camelot, ser para una dama a la que juraste amor
en Bretaa.
	-Y cmo sabes t eso?
	-T pediste y obtuviste el amor de una dama pura como un
lirio -continu la muchacha del bosque, que no era otra que una
de las muchas hadas que abundan en aquella comarca-. Ahora
ests a punto de olvidarla por complacer tu sed de gloria y de aven-
tura. Pero no llegars jams al castillo de Camelor si antes no juras
lo que te he pedido.
	-Est bien, lo juro. Mi primer pensamiento en Camelot ser
para la dama que he dejado en Bretaa.
	Entonces tienes que pensar rpidamente un regalo para llevr-
selo a tu regreso.


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	-Est bien, lo har. Dime ahora hacia qu parte debo encami-
nar mis pasos.
	-Pero para tu dama no es suficiente cualquier regalo.
	-No, es cierto; le llevar un regalo extraordinario. Y, ahora,
indcame el camino.
	-Tu dama desea el halcn mgico que descansa sobre una
alcndara dorada junto al trono de Arturo. Ese es el regalo que le
tienes que llevar.
	-Pero cmo voy a apoderarme del halcn de Arturo? -re-
bati el caballero.
	-Si quieres que te indique el camino tienes que comprome-
terte a hacerlo. De otra manera, no saldrs jams de esta selva.
	El caballero lo prometi. El hada le indic el camino. El pudo
llegar a Camelor y se agreg a los seores de la Tabla Redonda.
Pero solamente despus de muchas vicisitudes, despus de innu-
merables justas, combates y torneos, encontr el halcn apoyado
sobre la alcndara dorada y se apoder de l. Porque, finalmente,
despus de tantos aos dedicado a las empresas ms extravagantes
y apasionantes, su sed de aventura se iba saciando lentamente y
cediendo el paso a un mrbido deseo de templanza de amor.
	De este modo, aunque fuese tardamente, el caballero cumpli
la promesa y volvi a Francia con el halcn de Arturo, que las
damas de Bretaa acogieron amorosamente entre ellas. Y fueron
precisamente estas damas quienes descubrieron que el pjaro lle-
vaba amarrada al cuello, bajo las plumas, con una cadenita engar-
zada de diminutas gemas, un pergamino con un texto escrito. Era
el cdigo del amor, cuya primera regla impona la obligacin, a
quien lo hubiese encontrado, de difundirlo por el mundo y luchar
por que fuese observado.
	De este modo, concluy Antonello su relato, las damas de Bre-
taa se convirtieron en las primeras depositarias del derecho de
amor y se empearon en difundirlo por las dems cortes de la cris-
tiandad. Nuevas sociedades de damas, teniendo por modelo a la
bretona, surgieron por todas partes con la intencin de hacer las
reglas del amor: en Gasconia, en la Provenza, en el Languedoc, en
la Loira y, ms tarde, fuera de las comarcas francesas, ya por Italia,
hasta Npoles y la aislada Sicilia.
	-Pero no es una cosa seria -dijo Gunter.
	-Cmo que no? - le contradijo el trovador-. Se trata de
un asunto tan serio que hasta la reina Leonor de Aquitania, su hija
Mara de Francia, la princesa Constanza de Brabante y otras ilustr-
simas damas han hecho un deber personal el presidir las cortes
de amor.
	-As por juego, por divertimento. La autoridad de cualquier
tribunal se funda sobre el poder que ha de obligar a seguir sus pro-
pias sentencias. Y cul es, pues, la autoridad de una corte de
amor? De qu medios coercitivos disponen?
	-Del ms terrible de todos: la reputacin. Esa misma reputa-
cin que impone a un jugador pagar una deuda de juego, aunque la
ley no lo provee; esa reputacin que no permite a un caballero per-
manecer tranquilamente en su castillo mientras otros parten para
la cruzada; esa reputacin que os obliga a no rechazar un duelo,
aunque su causa nos parezca fatua y su objetivo vano: la reputacin
que depende, en suma, de la opinin de los otros, esa opinin
comn frente a la cual hasta los dspotas se ven constreidos a
aceptar sus designios.


	152	153









e








CORTE DE AMOR


LA audiencia de la damas se desarroll con todo el rigor y la
solemnidad de un autntico procedimiento judicial, con la
sola excepcin de que comenz con dos horas de retraso. A los
templarios, habituados a la observancia de una rgida puntualidad
hasta en los ms comunes empeos de su vida cotidiana, aquello les
pareci una eternidad. Pero ninguno de los otros caballeros hizo el
ms mnimo comentario, ya que tales retrasos formaban parte de
las costumbres del lugar, hasta el punto de considerarse casi obliga-
torio en las ceremonias ms solemnes, sobre todo si estaban carac-
terizadas por una predominante presencia femenina.
	La corte de amor se compona de sesenta damas, que hicieron
su entrada en el aula cuando ya sta estaba abarrotada de gentil-
hombres, abogados, testigos y partes de la causa. Presida Stefa-
netta de Provenza. Las otras estaban sentadas en semicrculo, en
tres filas en torno a ella.
	Fueron ledas unas breves frmulas introductorias en latn,
para sancionar la plena legitimidad de la corte para juzgar. Des-
pus, una de las gentildamas que desempeaba funciones semejan-
tes a las de un canciller -parece ser Alaleta de Maguncia- ley en
un premioso idioma itlico los artculos del cdigo del amor que
construan la fuente natural (o mgica, si haba que dar crdito a

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las fbulas del trovador Anronello) que hacan referencia a aquella
sede. Se trataba de una treintena dc cnones, de los cuales Gunter
intent retener de memoria los ms importantes o aquellos que le
parecieron tales porque le impresionaron mas.

	Quien no sabe ocultar, no sabe amar."
	El amor no puede ser constante; siempre debe crecer o
disminuir.
	Son inspidos los placeres que un amante procura al otro sin
su consentimiento.
	Nadie puede alimentar dos amores juntos. Pero nada excluye
que una mujer pueda ser amada por dos hombres, ni un hombre
por dos mujeres.
	El matrimonio no es una excusa legtima contra el amor.'~
	El amante que sobrevive al otro esta obligado a observar dos
aos de viudez.
	El amor no puede habitar en la casa de la avaricia.
	La facilidad del placer disminuye su valor; la dificultad, lo
acrecenta.
	El verdadero amante es siempre tmido."


	De la lectura preliminar del cdigo -pura formalidad proce-
sal- se pas a la enunciacin de las sentencias sobre casos debati-
dos en la sesin procedente. Cada sentencia era dicha por una dama
distinta, que asuma su maternidad suscribiendo el parecer expreso
con nominativos remilgados y pintorescos, sugeridos por trovado-
res de confianza y leguleyos del amor, tales como la seora de los
verdes bosques, la marquesa de las flores de abril, la princesa de
las violetas y otros parecidos.
	Giosranda de Benevento ley:

	Un amante feliz haba pedido lice neja a su dama para ofrecer
sus homenajes a otra. Fue autorizado a ello y dej de sentir por la
primera amiga los afectos de otros tiempos. Despus de un mes
volvi a ella, manteniendo no haberse tomado con la otra ninguna
libertad, sino haber querido simplemente poner a prueba la cons-
tancia de la amada. Pero sta lo priv de su amor, sosteniendo que
se haba hecho indigno por el hecho de implorar licencia para amar
a la otra.
	Sobre la disputa que se deriv de esto, nosotras decretamos
que se debe tener en cuenta la naturaleza y los hbitos del amor,
por los cuales a menudo, los amantes fingen tener lazos para poner
a prueba la constancia y la fidelidad de la amada. De hecho y de
derecho, por consiguiente, nosotras sostenemos que sta puede
sustraerse con tal pretexto a los brazos y a las caricias del amante, a
menos que tenga la certidumbre del placer experimentado por l al
simular la violacin de la fe prometida.
As lo deca la Condesa de la zarzas silvestres.

Tom la palabra Ermissenda de Urgn:

	La dama de un caballero que haba partido en una expedicin
hacia Ultramar para ms de dos aos, desesperando de su regreso,
busc un nuevo amante. A esto se opuso un secretario del ausente,
acusando a la dama de infidelidad. La dama sostuvo sus razones
argumentando que dos aos constituyen el tiempo de viudez pre-
visto por el derecho del amor, y que en todo ese tiempo el caba-
llero no la haba siquiera consolado con algn escrito que la
animase a conservarle su fidelidad.
	Vistos los hechos, y consideradas las sentencias ya emitidas por
otras cortes de amor sobre este tipo de conflictos, tan frecuentes
en nuestros das, sostenemos que ninguna dama tiene derecho a
renunciar al propio amante con el pretexto de su larga ausencia, a
menos que tenga noticia de acciones deshonestas cometidas por l.
Nada debe interesarle ms que la gloria que l se procure y el res-
peto que de ella se deriva para su blasn.
	As lo decreta la Dama del otoo.


Habl despus Marbilla de Sorrento:

	Una dama ya casada y ahora separada por divorcio de su
esposo se lamenta del hecho de que este ltimo le ha vuelto a
requerir con insistencia su amor.


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	El caso es de los ms sencillos. El amor entre aquellos que estu-
vieron unidos por vnculos maritales no se debe estimar culpable
sobre la base de nuestras costumbres, sino completamente hones-
to, independientemente de los modos y los motivos por los cuales
se separaron.
As suscribe la Duquesa de los dtiles de mar.

El uso de la palabra pas a Mara de Belvedere:

	Una dama colmada de atenciones tanto por parte de su
marido como de su amante, indecisa sobre la eleccin entre los dos,
nos planre la cuestin de si el mximo de amor hay que buscarlo
entre amantes o entre esposos.
	Nosotras consideramos completamente legtimo que la mujer
sea amada por dos hombres, puesto que nuestro cdigo lo admite.
Pero no sostenemos que se pueda establecer una comparacin
entre los afectos que lo invisten. La pasin entre los esposos es por
naturaleza y por costumbre completamente distinta de la que se da
entre los amantes. Al no poderse confrontar, pues, las relaciones
que no guardan ninguna semejanza entre ellas, rechazamos la ins-
tancia de la dama, por cuanto nos consideramos incompetentes
para juzgar la cuestin por ella propuesta.
Firmado:	la Seora de las retamas.

	-Tendremos para mucho con estos aburridos asuntillos pri-
vados? -pregunt Gunter al odo de Antonello, que, como me-
nestral, era el nico del grupo que tena una nocin de semejan-
tes procedimientos.
	-No creo. Por lo general, no juzgo m~.s que siete u ocho
casos en cada sesin -respondi el trovador en voz baja-. Sin
embargo...
	-Sin embargo, qu? -insisti Gunter en un susurro.
	-No me parece... No me parece -dijo Antonello, mirando
en su torno con ojos expertos de rufin- que nos vayamos a librar
de prisa de estas damas.
	-Qu quieres decir?
	-Observa cmo te mira Stefanetta. Y observa cmo Telmo
mira a Giosranda de Benevento. Observa cmo Adalazia de Avi-
n mira a Len. Observa cmo Cimbro mira a Alaleta de Magun-
cia. Observa cmo Marbilla de Sorrento mira a Godofredo. Observa
cmo...
	-Basta! Me dan vuelta los ojos.
	-No es fcil desentenderse de ciertos asuntos.
	Ahora haba tomado la palabra Giovanna de Narbona:

	'<Un caballero se enamor de una dama ya ligada a otro, pero
ella le prometi sus favores para cuando se rompiesen sus lazos con
el primer amante. La dama se cas precipitadamente con el primer
amante. El segundo, entonces, le requiri que ahora tena que
ceder a sus pretensiones, sosteniendo que el primer lazo haba
dejado de existir, pues se haba establecido otro distinto mediante
el matrimonio. La dama se opuso argumentando que se trataba del
mismo lazo de unin.
	Nosotras rechazamos las argumentaciones de la dama y acepta-
mos las del caballero, puesto que su constancia no pudo verse desi-
lusionada. Decretamos, pues, que ella le conceda su amor a quien
por tanto tiempo lo ha esperado.
Firmado:	la Vizt~ondesa de la marea de agosto.

	Inmediatamente despus habl Rostanga de Tolosa:

	Un caballero requera insistentemente el amor de una dama,
sin lograr vencer la resistencia de ella. Le envi muchos honestos
regalos, que la dama acept con agrado, sin por ello ceder en su
severidad al rechazarle. El caballero, ahora, se queja de haber
estado ilusionado por la facilidad con que la dama acept sus
presentes.
	Nosotras sostenemos que el caballero ha estado torpe al con-
fiar sus esperanzas de amor a los regalos, pero desaprobamos el
comportamiento de la dama que los ha aceptado. Es preciso que
una mujer rechace los regalos que le sean ofrecidos con fines amo-
rosos, salvo que est dispuesta a recompensarlos. Pero sta es
materia abierta, que no entra en las competencias de nuestros
juicios.
As lo decreta la Princesa del nogal y del castao.


	158	159





	Empez despus a hablar, como una exhalacin, Fanetta de
Miraval, conocida en las justas de los juicios de amor por un furor
semejante a la inspiracin divina, la cual ilustr, con un tono acon-
gojado, una singular controversia:

	Una dama haba impuesto a su amante la condicin de que no
la alabase jams en pblico, a fin de evitar que cualquiera pudiese
intuir su relacin. Pero, un da, el caballero, encontrndose en un
alegre convite, oy murmurar de la dama. Al principio, resisti la
tentacin de intervenir; pero despus, como creciera en su torno la
marea de las alusiones maledicentes, no pudo evitar defender su
honor, alabando sus virtudes. La dama, al conocer el episodio, le
retir sus favores, aduciendo que l haba violado la condicin que
ella le haba impuesto.
	La corte no puede aprobar la severidad de la dama ni tener en
ninguna consideracin la condicin puesta al amante. El caballero
fue dulce y generoso al ceder a la tentacin de defenderla contra
los dardos de la murmuracin. Por lo cual decretamos que ella
tenga que ser agradecida y restituirle sus favores.
Firmado:	la Baronesa de las lobas.

	Agotadas las sentencias sobre casos examinados en el torneo
precedente, fue dada licencia a los abogados de los nuevos deman-
dantes para exponer las contiendas sobre las cuales haba que juz-
gar. De esta forma, tuvo comienzo un recitado en el que los
sofismas jurdicos se entremezclaban con el rigor de la mtrica, la
oratoria con el verso, la arenga con el madrigal. Asimismo, al fasto
del escenario corresponda la modestia de los temas.
	Se ech mano de grandes poetas de la antigedad, desde Safo a
Virgilio, para defender la causa de una dama que pretenda del
caballero el resarcimiento de un vestido verde ensuciado durante
una excursin. Se cit a Sfocles para dar crdito a la reclamacin
de un gentilhombre que, habiendo ido descalzo en peregrinacin a
un renombrado santuario para obtener una gracia de amor, no
solamente no haba sido escuchado, sino que haba enfermado gra-
vemente. Se disput, firmemente, sobre las ilusiones de la filosofia
platnica para indagar en base a qu razones la mujer ms lejana es
siempre la ms amada.
	Los templarios no esperaron el final del juicio.
	-No nos dejaremos implicar en esta justa ridcula -dijo Gun-
ter en voz baja a Len.
	-Qu hacemos? -pregunt Telmo.
	-Nos vamos -respondi Gunter. Y se levant, intentando
hacer el menor ruido posible.
	Los otros hicieron lo mismo y ganaron, junto con l, la salida.
Fueron seguidos, y alcanzados justo sobre la escalera que con-
duca a las cuadras, por Fanetta y otras damas.
	-Por qu nos hacis la afrenta de abandonar nuestra asam-
blea antes de que concluya? -pregunt Fanetta encolerizada-.
Tan poco os interesan las cuestiones de las mujeres?
	-Perdonad, seora -se excus Gunter-. Nosotros estamos
dispuestos a defender a las mujeres ante cualquier afrenta, peligro
o	agresin. Forma parte de nuestros deberes caballerescos proteger
a los dbiles contra cualquier tipo de insidia. Pero no me parece
que, en este caso, vosotras esris amenazadas de ningn modo.
	-De acuerdo, no somos dbiles ni estamos amenazadas. Por
consiguiente, nuestro problema no puede interesaros. Es as?
	-No comprendo la pregunta. No veo adnde quiere dirigirse
vuestro discurso.
	-A demostraros que nosotras existimos para vosotros sola-
mente si somos frgiles, insidiadas, amenazadas por algn peligro.
Que, por otra parte, nos vendran en todo caso de otros hombres.
Pero si nos reunimos, si somos fuertes, o planteamos cuestiones
que nosotras mismas estamos en disposicin de resolver, entonces
no existimos.
	-Insisto en que no comprendo, seora. No comprendo en
qu podemos serviros, dado que vos misma decs que estis en dis-
posicin de resolver vuestros problemas por vosotras mismas.
	-Si no lo comprendis por vos mismo, no estoy dispuesta a
explicroslo -cort tajantemente Fanetta, resentida.
	-No os tomis las cosas as, seora -intervino Len-; no es


	160	161





que vuestras cuestiones no nos interesen, es que se trata de asuntos
tan particulares, tan alejados de nuestras competencias, que ello
excluye por completo toda posibilidad de una contribucin nues-
tra a su solucin. Ya veis, no somos ni trovadores ni doctores,
nosotros no entendemos ni de poesa ni de derecho...
	-Pero nosotras disputbamos sobre el amor -le interrumpi
Adalazia.
	-No somos ni siquiera amantes -rebati Godofredo.
	Las damas se echaron a rer.
	-Esto es algo -susurr Rostanga al odo de Fanetta- que
siempre se puede remediar.
	Fanerta, que hasta aquel momento se haba mostrado muy eno-
jada, ri a su vez ruidosamente, ms fuerte que las otras, acen-
tuando la hilaridad.
	Los templarios se sintieron tremendamente ridculos.
	Las damas, despiadadas en su fatua superioridad cortesana, no
hicieron nada por aliviarles la situacin. Por el contrario, insistie-
ron en su intercambio de comentarios picantes e incomprensibles
en varias lenguas, acompandolos de miradas y risitas desver-
gonzadas.
	Molesto por aquel arrogante murmullo, Gunter experiment
ms que nunca -ms an que en medio de la intrnseca foresra o
en medio de las brumas de los montes- la insanable nostalgia por
las arenosas soledades de Tierra Santa, all donde la clarificacin de
las situaciones era confiada al enfrentamiento de credos y espadas
contrapuestos. Se dio cuenta, en resumen, de hasta qu punto la
lejana del escenario de sus gestas les estaba debilitando, de hasta
qu punto eran vulnerables sus nimos desenraizados del espritu
de la cruzada.
	Salv la situacin Antonello, el nico que tena una cierta
experiencia de las bajezas femeninas y los engaos de amor, impro-
visando algunos anodinos versos sobre las cuerdas de su mando-
lina. Mas ni por sas. Para superar la euforia vocinglera de las
damas se vio obligado a gritar su ritornelo desgaitndose, como un
vendedor ambulante, con penoso resultado.
La noche fresca estd para cantar,
pero nosotros, sin embargo, nos tenemos que marchar.

Vosotras sois tan bellas a la vista
que, si nos quedamos, estamos perdidos.

Feliz aquel que os busca y no os encuentra,
porque encontraros somete a una dura prueba.

Excursad si esta serenata
os ha podido parecer un poco desgarbada.

Y con esto termino y os saludo,
no canto mds, pues me he quedado mudo.

	Media hora despus, los seis templarios y el menestral galopa-
ban por fuera de las murallas, hacia el norte, sobre el zcalo de roca
que delimita la colina de Posilipo. Bajo ellos, una marea perezosa
argenteaba de espuma tenue los escollos. La luna brillaba sobre su
huida como una bendicin.
	Dejaban a sus espaldas a unas damas humilladas. Pero la humi-
llacin que llevaban dentro de ellos mismos por la violencia
sufrida, por la villana irrespetuosa por la que no haban podido
pedir satisfacciones, por tratarse de ofensas infringidas por damas,
era con mucho bastante ms mortificante.
	Siguieron por la costa hasta la fortaleza de Gaeta. Cuando se
desviaron hacia el interior, para rodear los grandes pantanos que
hacan de baluartes naturales de los territorios del papa, ya era
de da.


	162	163
















LA JUSTA DE FONDI


	LLEGARON a Fondi ya bien entrada la maana. Era da de
mercado y de justa. En el acceso a la plaza fortificada sobre la
cual se desarrollaban todas las actividades de la comarca, desde el
comercio hasta las inscripciones censales, se mezclaban los balidos
de las ovejas con el gritero de hombres cargados de quesos, embu-
tidos y jaulas llenas de poos.
	Carros lenrisimos, arrastrados por yuntas de bfalos o de bue-
yes, hendan la marca de rebaos y pastores que acrecentaban la
congestin del trayecto hacia las murallas. Uleeriomente, dificulta-
ban el avance los administradores, que estaban efectuando contro-
les a diestro y siniestro, pidiendo cuentas de las mercancas y
exigiendo tributos.
	Pocos soldados de caballera, protegidos por corazas de mim-
bre reforzado con pieles de cabra, vigilaban perezosamente todo
aquel vaivn.
	La multitud, agolpada sobre el nico sendero, no dio la menor
seal de quererse apartar, a la vista de los caballeros, para cederles
el paso. Ni los soldados dieron muestras tampoco de querer ayu-
darles a alcanzar su destino. Pero los templarios no aminoraron su
andadura, manteniendo el trote, siguiendo una buena regla apren-
dida en Ultramar y dictada por la necesidad, frecuente en aquellos

165





lugares, de atravesar rpidamente los mercados y las muchedum-
bres rabes. La experiencia les haba enseado que ralentizar el
paso al cruzar una masa compacta de individuos significaba correr
el riesgo de quedar bloqueados y no poder ya librarse, mientras
que avanzar a velocidad media y sostenida garantizaba una razona-
ble dispersin.
	La maniobra funcion tambin en esta ocasin. Cuando los
caballos estuvieron a pocos metros de la multitud, sta, efectiva-
mente, se abri con rapidez, volc y expandi por el declive un
montn de redondos quesos. Una jaula de pollos se quebr y una
orza de vino tambin se hizo pedazos, dejando derramar su conte-
nido. Pero no hubo otros daos, y los siete jinetes pasaron pia-
fando entre gallinas despanzurradas y charcos de vino, logrando de
este modo alcanzar rpidamente las murallas.
	Los soldados a caballo, como subyugados a la vista de aquellos
mantos blancos adornados por la cruz purprea del Temple, no se
atrevieron a adelantarse para pedirles cuenta de aquella llegada
imprevista. As, en el curso de unos pocos segundos, Gunter y sus
compaeros superaron el cuerpo de guardia y se detuvieron en el
centro de la plaza.
	Bullan en torno los preparativos de la justa. Los carpinteros
trabajaban para reforzar la empalizada que delimitaba el espacio
dentro del cual se tendran que enfrentar en torneo los caballeros
contendientes. Activos escuderos aderezaban caballos e izaban las
insignias. A juzgar por los estandartes, al menos siete u ocho con-
currentes se iban a enfrentar en breve. Por qu?
	Por algunos rebaos dc ovejas, un buen lote de terreno culti-
vado o un viedo, un poder completo de todas sus pertenencias
humanas y animales, esto es, servidores y ganado en igual medida, y
otros seductores bienes sobre los cuales se poda construir la for-
tuna de un caballero deshonrado y asegurarle un tranquilo porve-
nir de propietario terrateniente. Los templarios lo supieron por la
propia voz de Martino de la Spiga, seor de Fondi, y de su pre-
voste religioso Crescencio de las Tre Chiese, que acudieron a dar-
les la bienvenida. Atnitos e incrdulos ante el honor que les
supona el paso de aquellas tierras de unos autnticos caballeros
cruzados, provenientes de Tierra Santa, el castellano y el sacerdote
se prodigaron en una pattica sarta de homenajes y de sumisio-
nes, que concluy con el ofrecimiento de una hospitalidad incon-
dicional y de todo cuanto pudiera servirles para proseguir su
camino.
	-No sabemos agradeceros vuestra generosidad -respondi
Gunter-, pero no podemos aceptar. No tenemos ni siquiera
tiempo de bajarnos del caballo. nicamente necesitamos pienso y
provisiones. Hemos partido a toda prisa de Npoles, sin poder
acopiar provisiones, por causa de... Pero sa es una larga historia.
Tenemos que continuar. Tenis lo que necesitamos?
	-Caballero -dijo Martino-, hacednos el honor de participar
en las justas con nosotros. Con lo que hay como premio de carreras
os podris proveer de todo cuanto necesitis.
	-A nosotros no nos sirven para nada ni los rebaos de ovejas
ni las fincas rsticas, sino nicamente bebidas y provisiones.
Tenis de unas y de otras?
	-Participad en las justas con nosotros. Hacednos este honor y
tendris todo cuanto querais.
	-Es imposible. No podemos batirnos con otros cristianos, ni
siquiera por juego. Nuestras reglas nos lo prohben, a menos que
se trate de defender a un dbil o a un oprimido.
	-Pero si aqu se trata precisamente de defender a un dbil!
-intervino con tono resolutivo el preboste-. Est en juego el
honor de una dama. La casta Ceprania de Esperia ha sido ofendida
pblicamente por Buro Sabino, el caballero ms bruto de la
comarca, que ha puesto en duda su virginidad burlndose de la
honestidad de sus trajes.
	-Y nosotros qu tenemos que ver con eso? -objet Gun-
ter-. Qu tiene que ver el ultraje a esa tal Ceprania con un tor-
neo en el cual estn en juego rebaos y viedos?
	-Tiene que ver en que el ms temible de los contendientes,
aquel al que, hasta ahora, se viene dando por seguro vencedor, es el
propio Buro Sabino.

	166	167




	-No, excseme si os corrijo -intervino Godofredo-, pero
las reglas de la caballera prevn un procedimiento completamente
distinto en casos semejantes. Si una dama ha sido ofendida y
alguien intenta descender al campo para defender su honor, es pre-
ciso que celebre el correspondiente y adecuado juicio.
	-Queris decir una ordala, un juicio de Dios? -pregunt
el sacerdote.
	-Si, algo por el estilo. No se pueden mezclar las ovejas con la
virginidad. Si se trata de defender la reputacin de esa Ceprania,
slo por ella se debe cmbatir; pero no, desde luego, por unos tro-
zos de tierra o unas cuantas cabezas de ganado.
	-Tenis razn -admiti el preboste Crescencio-. Desde un
punto de vista formal, tenis verdaderamente toda la razn. Pero
se da el caso de que no existe en toda la regin un caballero que
est en disposicin de enfrentarse a Buro. Su fuerza es tal que ni
siquiera un toro enfurecido podra amedrenrarlo. Po eso, este tor-
neo ha venido a converrirse en un pretexto, quiz en la ltima oca-
sin, para ponerlo a prueba en un combate.
	-Pero con quin, si nadie es capaz de enfrentarse a l?
	-Quiz el milagro dc un poder, la codicia de poseer una via y
un rebao, animar a alguno a descender al campo.
	-Por una propiedad, s, y por el honor de una dama, no -re-
fiexion Gunter en voz alta-. Tenis excelentes gentilhombres
en estos lugares.
	Martino y el preboste se encogieron de hombros
	-Tenemos lo que tenemos -dijo con la cabeza gacha el seor
de Fondi.
	Len de Varazze tom a Gunter por un brazo y le susurr algo
al odo.
	-Pero ests seguro de que se puede? -pregunt Gunter,
tambin en voz baja.
	-Completamente seguro. La situacin es muy distinta de lo
que parece. Las reglas no prohiben batirse; por el contrario, lo
imponen, defender los derechos de un dbil.
	-Pero nosotros nos batiremos por las provisiones.
	-Eso no cambia nada la situacin. Est o no est en juego el
honor de una dama?
	-S, parece que s.
	-Entonces, todo est en regla. El hecho de que haya un pre-
mio para el vencedor no cambia en nada las cosas.
	-De acuerdo, pero qu vamos a hacer con las vias y con las
tierras? Y con las ovejas? No podemos llevar tras de nosotros
un rebao.
	-Eso estaba yo pensando -dijo Len, que se volvi al seor
de Fondi y dijo-: Est bien; uno de nosotros aceptar luchar para
reparar el ultraje sufrido por la seora Ceprania. Pero con una
condicin.
	-Todas las condiciones que queris! -se exalt Martino,
excitado ante la idea de poder contar algn da que haba tenido a
un templario en lucha en las justas de Fondi.
	-Nosotros no podemos llevarnos ni tierras ni sarmientos
-continu Len-. Pedimos, pues, que el premio nos sea entre-
gado en piezas de oro y plata a la partida.
	-Pero, qu vamos a hacer con el oro y con la plata? -bis-
bise Gunter.
	-Nos servirn para continuar el viaje sin problemas. Para el
buen fin de nuestra misin.
	-Eres un maldito comerciante genovs.
	-Y t un soador amalfirano -replic Len en voz muy
baja-. Yo hablo en inters de la Orden, pero eres t quien
debe decidir.
	-Es difcil -murmur Gunrer-. No est clara la cosa.
	-Combatamos y ganemos el oro. Eso lo simplificar todo.
	-De acuerdo -replic Len en voz alta.
	-De acuerdo -grit Marrino radiante-. Recibiris el pre-
mio, con tal de que uno de vosotros se arriesgue a combatir con
Buro Sabino, en piezas de oro y plata.
	Los templarios no se apearon siquiera del caballo. Se limitaron,
mientras los dems competidores se preparaban para el certamen, a
hacer las cuentas para establecer cul de ellos tena que batirse en la

169
168




justa. Le toc a Dionigi, el ms dbil de la cuadrilla, que se encon-
traba casi exage por causa de los ayunos y de las mortificaciones
fsicas a las que se someta desde haca mucho tiempo en nombre
de su idealismo.
	Delgadsimo y enfermizo, presa fcil de los desvanecimientos
imprevistos, Dionigi de Nanterre era el menos apto para resistir el
empuje de Buro y de los otros pesados caballeros campesinos, que
tenan ms rabadanes que de gentilhombres. Pero, a pesar de todo,
era un templario que haba cazado el len de Ultramar y sembrado
la muerte entre las ordas sarracenas bajo la insignia del Bausant.
As, por preocupante que resultase su candidatura, Gunter no
intent siquiera modificar la determinacin de la suerte. Y tam-
bin porque, tratndose de algo semejante a un juicio de Dios,
interferir en el destino habra sido inoportuno y quiz contra-
producente.
	La nica libertad que se tomaron los templarios fue la de obli-
gar a Dionigi a comerse algunos racimos de uva y a beberse una
docena de huevos frescos, con el objeto de que recuperase algunas
fuerzas. Lo que no era ciertamente forzar gravemente los designios
divinos.
	Cuando se estaba tomando la sptima o octava yema, las tropas
anunciaron la apertura del torneo. Lentamente, Dionigi condujo su
caballo hacia la posicin que le haba sido designada. Estaba sobre
la silla desde la noche presente.

	Ceprania de Esperia era una mujer de rara fealdad. Los cabellos
negrsimos, recogidos bajo una rgida cofia decorada de perlezuelas
multicolores, le caan por las mejillas mezclndose con la pelusilla
del rostro. Un desaliado corpio de velln le comprima el seno
deformndolo. El pecho derecho apuntaba hacia lo alto, desbor
dndose muellemente por el escote mal cortado. El otro ceda
hacia el talle, bajo la apertura de un lazo desaliadamente anudado.
	A la desarmona general de las formas vena a unirse la asom-
brada vaguedad de la mirada, incierta y acuosa. Resultaba difcil
establecer ad6nde exactamente estaba Ceprania dirigiendo los ojos,

170
que, aunque muy mviles, el uno rotaba independientemente del
otro, desvariando las pupilas hacia el exterior o recogindolas hacia
la nariz con una repugnante fijeza.
	Era, en suma, tan repulsiva esta dama, que los templarios, a
pesar de no estar habituados a este tipo de consideraciones, estu-
vieron de acuerdo en pregunrarse con qu valor podra haberse
tomado cualquier caballero la libertad de ultrajara. No tuvieron,
sin embargo, la menor dificultad en encontrar una respuesta a sus
interrogantes, apenas vieron descender sobre el campo a Buro
Sabino.
	De ms de dos metros de alto y macizo como una encina, el
campesino llevaba puesta una armadura de madera, puesto que no
habra podido sostener el peso de una coraza metlica a su medida.
Privado de espada y de cualquier otro tipo de arma afilada, blanda
una clava reforzada con trozos de cadena y tachuelas puntiagudas.
Tena la cabeza muy pequea, o as lo pareca en proporcin con su
extraordinaria complexin. Delgados eran tambin sus tobillos,
sobre los que cargaba despiadadamente el desproporcionado peso
de su cuerpo.
	Esto haca que su paso fuese inseguro, entorpecido por ende
por las espinilleras, asimismo de madera, y cuyos lazos parecan
hender la carne.
	-Pero dnde est su caballo? -pregunt Gunter a Martino.
	-Buro combate a pie -respondi el seor de Fondi-. No
hay una bestia capaz de soportar su peso.

	El torneo prevea tres niveles de combate.
	Al ser ocho los contendientes, habra cuatro encuentros para
eliminar a los primeros cuatro caballeros. Despus dos para eli-
minar a otros dos. Finalmente, el ltimo, entre los que que-
dasen.
	Un sonido de trompa prolongado y estridente dio paso a la
primera eliminatoria.
Dionigi pareci como si no se enterase. Permaneci inmvil,
como adormecido en la silla, mirando para otra parte. Su adversa-
171




ro era un joven caballero de Anagni, que vino contra l al galope
en medio de un torbellino de polvo.
	El frgil templario ni siquiera baj la lanza. Aguard a que el
otro estuviese a su alcance, para desviar su golpe con un leve movi-
miento del escudo. A continuacin, apenas se cruzaron, lo desarm
con un movimiento del codo, lo hizo rodar por tierra y continu
mirando para otro sitio.
	En el curso de unos pocos minutos, otros tres caballeros fue-
ron tirados de sus caballos por sus respectivos adversarios. Queda-
ban, pues, en el campo cuatro contendientes, tres a caballo y Buro
a pie.
	Ceprania de Esperia y las otras damas seguan el curso del tor-
neo con trepidante participacin, dando gritos y haciendo ondear
los velos con que cubran sus rsticos peinados. Tanto fervor
ennobleca un tanto el aspecto de la horrible Ceprania, que, ante el
fragor de cada choque, se morda los nudillos y emita sofocados
gemidos de excitacin.
	Dionigi no dedic ms esfuerzos a la segunda contienda de los
que haba dedicado a la primera. Se limit a hacer avanzar un poco,
al paso, su caballo, distradamente, y a esquivar la lanza de su
adversario, para despus golpearlo con el antebrazo enguantado de
hierro sobre el cuello, segn la tcnica aprendida en las reyertas con
los sarracenos en Tierra Santa.
	Ceprania y las otras damas se pusieron todas de pie, lanzando a
diestro y siniestro gritos descompuestos. El adversario de Dionigi,
que era un robusto luchador del Liri, caracolc todava durante
algunos metros bajo el empuje de la carrera inicial y despus fue a
parar contra las vallas, en un fragor de metal y madera quemada.
	La excitacin de las damas creci. Ceprania, prodigiosamente,
se iba haciendo ms y ms bella.
	Ahora, Dionigi se haba quedado ya solo en el campo con
Buro.
	En torno a ellos se produjo un impresionante silencio.
	Buro permaneca inmvil, con toda la espantable majestad de
su mole sobrehumana, al lado del caballero que acababa de abatir.
'Dionigi dirigi su cabalgadura hacia el gigante. Despus, como s
lo hubiese pensado mejor, retrocedi unos pocos metros. Despus,
desmont de la silla y alej de si al caballo, acaricindole el lomo.
Dej caer el escudo, se desabroch el cinturn con la espada y se
encamin al encuentro de su adversario.
	Dirigi una mirada hacia Gunter y los otros templarios, como
si quisiera asegurarse de que estaban all, como queriendo decirles
que no habra sido honroso enfrentarse a caballo con un adversario
desmontado. Se fingi aburrido, quiz distrado, situndose a tiro
del gigante. Y cuando estuvo a pocos pasos de l, le anim a gol-
pearlo, volvindole la espalda para saludar a Ceprania.
	Las mujeres aullaron, puesto que precisamente en aquel mo-
mento Buro haba levantado la clava y estaba a punto de abatirla
sobre Dionigi. Pero Dionigi no esperaba ms que esto. Volvin-
dose de un salto, se arroj a los pies del gigante, que, desequili-
brado por el mpetu del golpe fallado, rod hacia delante.
	Dionigi, con las manos enguantadas de hierro, le golpe en los
tobillos, cortndole los tendones.
	Buro lanz un grito bestial e intent levanrarse. Dionigi retro-
cedi un paso, situndose fuera del alcance de sus golpes.
	Ceprania, ahora estaba bellsima.
	Con un esfuerzo sobrehumano, al no poder recuperar la posi-
cin erecta, Buro se levant sobre las rodillas, intentando alcanzar
a Dionigi con sus golpes de clava. Dionigi retrocedi todava
mas.
	Enfurecido por la rabia y el dolor intent alcanzarle movin-
dose a cuatro paras. Dionigi salt y brinc en torno a l, riendo. Y
todos los presentes rompieron a rer con l.
	Aun arrodillado, Buro era, de cualquier modo, ms alto, mu-
cho ms alto e imponente que Dionigi. Y resultaba verdadera-
mente ridculo aquel gigante arrastrndose por la tierra, esforzn-
dose por golpear a un caballero tan sutil y delgado como un sar-
miento de vid.
	Ceprania lloraba de alegra. Como por virtud de un encanta-
miento, las lgrimas que se deslizaban por sus mejillas y por el cue-


	172	173




lo hasta alcanzarle el seno parecan limpiar sus rasgos y regenerar
su piel.
	Agotado por el esfuerzo y la humillacin, ofendido por el tem-
plario que ahora ya le volva la espalda, dirigindose hacia el
extremo del campo, donde le esperaban sus compaeros, Buro
Sabino lanz otros golpes al vaco alocadamente y, finalmente,
rod por el suelo, golpeando desesperadamente el polvo con los
puos. Cogi una piedra y la lanz con fuerza, sin alcanzar a
nadie.
	Ceprania tendi los brazos al cielo con tanta fogosidad, que la
toca de velln que llevaba sobre los hombros resbal y cay, mos-
trando toda la ubrrima gracia de su busto. Una dama, enloquecida
de alegra, le arranc la cofia de la cabeza y la arroj lejos, mientras
los cabellos se exparcan en torno a su rostro en un resplandor
de bano.
	Ahora, Ceprania no era ya la frgil criatura ofendida por la
arrogancia dc un invencible macho. Junto con el honor herido, el
juicio de Dios le restitua una oculta y graciosa belleza. Rea, y alas
de cuervo le enmarcaban el rostro.
	Los templarios no perdieron tiempo en pregunrarse a travs de
qu suerte de brujera la horrenda seora de Esperia se haba trans-
formado en aquella dama bella y gentil. En el fondo, no era un
prodigio tan sorprendente. Anronello acudi en auxilio del estu-
por general, con una balada en la cual se narraban historias intrin-
cadas de bellsimos prncipes transformados en sapos, de sapos
convertidos de nuevo en prncipes por un beso de amor, Ale dami-
selas encanecidas por un soplo de viento, de viejas rejuvenecidas
por la mirada apasionada de un caminante.
	Sc haca necesario reemprender el viaje.
	Martino y el preboste Crescencio insistieron para que los tem-
plarios se quedasen por lo menos para el banquete de la noche.
Gunter se excus. Asuntos urgentes imponan reemprender la
marcha inmediatamente.
	De las cuestiones administrativas inherentes a la recoida del
premio se cuid Len de Varazze. Su desilusin fue tremenda
cuando el seor Fondi, llevndolo aparte, le entreg una carta
mediante la cual se comprometa a enviar a la Orden, en un pr-
ximo futuro, las piezas de oro pactadas.
	-Pero el compromiso -observ Len- era que el premio
fuese entregado a la conclusin del torneo.
	-No disponemos en nuestras cajas de semejante cifra -se
excus el seor Fondi-. Pero con esta carta estis garantizados.
En el transcurso de unos pocos meses recibiris lo que os de-
bemos.
	-En el transcurso de unos pocos meses estaremos lejos,
muy lejos.
	-Por otra parte -explic Marrino, mortificado-, aun cuan-
do dispusiese de tanto dinero para poderlo entregar, tendra que
reunir al consejo del feudo, escuchar el parecer de los legados, exa-
minar las cuentas del tesorero. Y, para eso, habra de pasar muchos
das, pues no se trata de operaciones sencillas... Con esta carta, por
el contrario, podis exigir vuestro crdito en cualquier momento.
	-Pero es que necesitamos el oro y la plata para llevar a tr-
mino nuestra misin. Y tenemos que partir inmediatamente.
	-Y podis partir. Partid, pues... Con esta carta es como si el
oro y la plata os hubiesen sido ya entregados. Como si estuviesen
ya en vuestras alforjas.
	Gunter se acerc para interrumpir aquel ruin regateo.
	-No importa. Aceptamos peder el premio, con tal de que nos
suministris lo esencial para el viaje.
	-Todo cuanto queris -asegur , con un suspiro de alivio,
llevndose una mano al pecho. Martino de la Spiga.
	Ceprania, al enterarse de que los templarios se marcharan sin
ni siquiera quedarse para la cena, fue presa de una aguda y repen-
tina melancola, que inmediatamente se transmiti a todas las otras
damas. Volvi a recogerse su negra caballera bajo la cofia decorada
de perlezuelas, se constri el seno bajo el juboncillo de velln y se
cubri con los velos. Despus, con un hilo de voz, rog que le
fuese al menos permitido besar al caballero que se haba batido por
ella contra el innoble Buro.


	174	175




	Naturalmente, le fue concedido.
	Dionigi la dej hacer, por ms que le repugnaba aquel inespe-
rado contacto con una mejilla femenina; pero, evidentemente,
estaba sealado por las pruebas de la jornada. Por lo cual no resis-
ti a la tensin de este ulterior riesgo.
	As muri Dionigi, de un beso. Su cuerpo fue confiado, para
las convenientes honras fnebres, a la dama cuyo honor haba
rescatado.
	Todas las mujeres de Fondi, con la cabeza cubierta por un velo
negro, se reunieron en torno a la de nuevo bella Ceprania y al pre-
boste Crescencio, para tributar al ramplario Dionigi de Nanterre
unas soberbias exequias.
	Gunter, Len, Godofredo, Telmo, Cimbro y el menestral
Antonello ya estaban lejos, al galope, sobre la ruta de Cassino.
LOS HERMANOS ALBAILES
DE CASSINO
DESPUS de haberlo encontrado en Tiro y en Chipre, Gunter
volvi a encontrar al Bafomet tras las murallas de Monteca-
sino. En abada, lo menos tres monjes llevaban los nudos del cor-
dn distribuidos en torno a la cintura segn una orden que
permita el reconocimiento. Uno de ellos era el maestro albail
Valderigo de la Squadra, as llamado por el instrumento que sea-
laba cules eran sus funciones, y del cual no se separaba nunca,
estando encargados de supervisar los trabajos para la ampliacin de
los lugares de oracin en el monasterio.
	De hecho, Valderigo y sus compaeros trabajaban desde haca
aos en la construccin de una autntica catedral en el interior de
aquella inexpugnable roca de la fe, que, por extensin y por la den-
sidad de su poblacin, poda considerarse, a todos los efectos,
una ciudad.
	-Los libros podrn ser destruidos o robados, malentendidos
expurgados. Basta una correra brbara o un concilio para cancelar
o reformar un evo entero de nuestra civilizacin. Pero las piedras
no, las piedras no se dejarn expoliar ni malentender -dijo Valde-
tigo a Gunter, mostrndole la ojiva en construccin de su cate-
dral-. En las piedras permanecer el nico mensaje inalterable, la
nica informacin atendible sobre lo que nos queda del antiguo
saber.


	176	177




	-Oigo hablar en muchas lenguas -observ Gunter- y veo
gente de todas las razas entre tus obreros.
	-Tambin Salomn tuvo que recurrir a la mano de obra
extranjera para la construccin del Templo.
	-~sComparas tu iglesia con el Templo de Salomn? -pregun-
t Gunter, con irona casi despectiva.
	-No comprendo qu te hace volverte tan spero, hermano.
Tienes que haber sufrido mucho en estos ltimos tiempos. Qu es
lo que te falta?
	-La Tierra Santa. Quiero volver all.
	-La Tierra Santa est en todas partes, La cruzada est en Occi-
dente tanto como en Oriente. Lo comprendes? Crees de verdad
que vuestra misin ha consistido solamente en proteger a unos
pocos millares de peregrinos deseosos de arrodillarse ante el Se-
pulcro?
	-Yo llevo a Tierra Santa dentro, como una enfermedad, y no
consigo librarme de ella. Aydame.
	-Lee en la piedra, hermano. Mira este arco que se tiende hacia
el cielo en espera de encontrarse con su sostn negativo, con el
impulso opuesto, que le permita sostenerse. Hemos construido
ms de setecientas iglesias en los ltimos cien aos. Y t hablas
del Templo de Salomn? Me preguntas con qu vanidad me per-
mita yo parangonar mi iglesia con el Templo de Salomn? Pero
con qu vanidad te permites t comparar el templo de Salomn
con mi iglesia? Europa entera est florecida de catedrales y de aba-
das. Mil cien han sido censadas en el ao mil. Hoy son ya muchas
ms. Y continuarn creciendo, expandindose por todas partes. Y
t me hablas de tu nostalgia por la Tierra Santa? He aqu la Tierra
Santa! T apenas acabas de llegar. Aqu est el Templo. Aqu est
el sepulcro. Solamente tienes que darte cuenta.
	Gunter se dio cuenta, y no respondi. Valderigo continu
con dulzura:
	-Mira. nicamente un edificio religioso puede dar informa-
ciones precisas tanto sobre quin lo ha construido como sobre
aquellos para quienes fue construido. Por esto es ms importante


178
que un libro. Pero no me malinterpretes. Nosotros damos mucha
importancia a los libros aqu en nuestra casa. No hacemos ms que
recoger manuscritos y recopilarlos, traducirlos, encuadernarlos...
	-Basta, no me digas nada ms -dijo Gunter, asiendo nervio-
samente el cordn blanquinegro que llevaba en torno a la cintu-
ra-. No me digas nada ms. Est todo muy daro.
	Valderigo call comprensivamente, y lo acompa a la celda en
la que tendra que pernoctar. Aqu Gunter reconoci, en un bajo-
rrelieve de proporciones diminutas, esculpiendo en el hueco de un
ajimez, que en el lugar donde los dos arcos se encontraban sobre el
capitel comn de la nica columna central, el Bafomet.
	No tena nada que ver con el fasto de los simulacros venerados
en las capillas secretas de los hermanos orientales. Era una estarui-
la de la poca romana, alisada por el tiempo y por los escalpelos de
albailes apresurados, situada junto a otras piedras para sostener el
peso del ajimez. Representaba a Jano, la divinidad bifronte, que
encontraba, por tanto, una colocacin perfectamente natural para
los fines arquitectnicos a los que haba sido destinada.
	Adems de a recoger manuscritos, segn explic Valderigo a
Gunter, los benedictinos se dedicaban desde hacia tiempo a la bs-
queda de los testimonios materiales de las civilizaciones pasadas:
estatuas, cruces, fragmentos de templos. No quedaba gran cosa de
la remota grandeza. Las ciudades blancas de otros tiempos haban
sido transformadas en canteras de piedra para las edificaciones de
las rocas, de los valles, de los castillos. Necesidades militares y alo-
jamiento haban sustituido desde hacia tiempo a las puras urgencias
de la belleza. Haba sido necesario construir casas y fortalezas. Y
para esto se desmantelaban templos, anfiteatros y arcos de triunfo.
	Nacan monasterios grises de los escombros de las ciudades
blancas. Pero en las catedrales, sobre los campanarios y sobre las
curvas de las cpulas, estratos de piedra negra se alternaban con
estratos de piedra blanca, reproduciendo idealmente el misterio
del Bausant.
	Y de estas ruinas de piedra, de este magma de sueos despeda-
zados, emergan seales y mensajes destinados a ser recogidos y


179




recibidos (y salvados) solamente en parte. Como aquella efigie de
Jano, de la divinidad romana en cuya doblez no era difcil para un
iniciado reconocer el espritu del Bafomet.
	Otros monstruos frecuentaron el sueo de Gunter aquella
noche.
	So con demonios y con ninfas de los bosques y de las aguas,
de los negros abismos y de las altitudes airosas que todava tendra
que atravesar antes de culminar el cumplimiento de su misin.
Experiment la penosa sensacin de que cuanto ms se acercaba a
la mcta de su viaje tanto ms aumentaba el camino que tena que
recorrer. Cuanto ms se aproximaba la tierra de Francia tanto ms
lejana se la aperecia.
	El saquito de cuero que contena el mensaje estaba siempre all,
sujeto al cuello, macerado por el sudor, por el viento y por la lluvia
de la interminable cabalgada. Se asegur de que estaba en su sitio,
antes de sumergirse en el abismo del sueo. Se adentr por entre
una doble hilera de rboles cada vez ms tupidos. La hojarasca los
sofocaba; las ramas lo engarfiaban. Y cuando ya no consigui
librarse, cuando la corteza y el musgo de los troncos lo abarcaron
como en un abrazo, sinti la respiracin y los labios de una mujer
que le rozaban la nuca.
	Intent separarse. Una ninfa arbrea, que era una misma cosa
con la corteza de una encina, lo ci en su leosa desnudez,
soplando gemidos de viento y lquenes a travs de los huecos arci-
llosos del tronco. Tena los cabellos verdes, adornos de guirnaldas
y vstagos, que se perdan por entre las trabazones de las ramas. Lo
sacudi, tembl toda ella en su tentativa de estrecharlo con ms
fuerza, de acercar al rostro de Gunter sus ojos inundados de
resma.
	Cayeron guirnaldas, hojas, telaraas y un nido. Huevos diminu-
tos se hicieron aicos, expandiendo entre las races de las plantas su
lquido rojizo. Gunter se liber y corri hacia un matorral espeso
como una muralla. Lo arraves sin preocuparse por las espinas que
le araaban la piel. Era como nadar por debajo del agua. Aguant la
respiracin, hendiendo la barrera vegetal hasta que la hubo supe
rado. Mir a lo alto. Ya no haba ramas ni troncos. Sc poda ver el
cielo en toda su nocturna limpidez. Reconoci algunas estrellas, las
mismas con las cuales estaba familiarizado en sus largas correras
nocturnas en Tierra Santa. Respir, como quien aflora dc un
abismo liquido. Avanz algunos pasos y sinti como si le faltara el
terreno bajo los pies. Gesticul y manorc en el intento de encon-
trar algo a lo que agarrarse. Se hundi.
	Era solamente un pantano, un tibio pantano fangoso. Pero se
habra ahogado si dos robustos brazos femeninos no lo hubiesen
sujetado. Gunter sc dej levantar del fango que ya le llegaba hasta
los hombros.
	La criatura que lo haba salvado lo arrastr hacia una orilla del
estanque y all lo soli, permaneciendo ella sumergida hasta el talle.
	Lo escrut con grandes ojos acuosos, que a duras penas podan
verse a travs de la maraa de cabellos que le caan sobre el rostro.
Gunrer respiraba con fatiga. La criatura lo bes, soplndole en los
pulmones una bocanada de aire clido.
	Se acariciaron. Ella se acost a su lado, acaricindolo con sus
grandes y melanclicos senos. Una tristeza infinita se cerna sobre
aquel abrazo lacustre.
	Demasiado dbil para sustraerse a aquel abrazo y emprender la
huida, Gunter dej que la criatura se sumergiese ms y ms en sus
inexplicables efusiones. Pero la melancola dulce de aquel encuen-
tro se transform en disgusto para el pobre templario cuando sus
manos, deslizndose ya por los flancos sumergidos de aquel ser,
advirtiron el glido contacto de viscosas escamas.
	La sirena, leyendo en sus ojos un horror instintivo y mal disi-
mulado, se encogi en un suspiro de infidelidad que pareci el del
chorro de un cetceo. Le volvi la espalda y se zambull, mostrando
por un instante la aleta de la espalda, Agit la cola como en un
saludo, removiendo el agua, y se sumergi.
	Gunter se levant con un esfuerzo y corri por entre los vapo-
res de aquel pantano desolado, sobrevolado de vez en cuando por
mricos voltiles, mitad reptiles, mitad aves emplumadas, que lan-
zaban en su torno horribles y estridentes gritos.


	180	181




	Tropez.
	Apenas tuvo tiempo de levantar la mirada. Una quimera le
vena al encuentro en vuelo rasante. Del cuerpo de leona, soste-
nido por unas inmensas alas angelicales desplegadas, se ergua un
arrogante busto femenino, humanos hombros de domadora de
caballos, brazos poderosos de cazadora de astros, cuello adornado
con collares de perlas. Gunter escondi el rostro en la tierra. La
quimera se le puso encima, obligndolo a volverse con una irresis-
tible presin sobre la espalda.
	De nuevo un rostro de mujer. La quimera lo miraba fijamente
con ojos atnitos de granito y nariz arrugada en una mueca de
curiosidad, como hacen los grandes felinos cuando no saben mor-
der o lamer, lacerar la carne o acariciarla con la lengua rasposa. La
boca la tena pintada, con todo el permetro de los labios cubierto
por una espesa capa de tierra roja, detrs de la cual, se entrevean
unos dientes de marfil.
	Inmovilizado sobre el terreno, Gunter aguard el mordisco
fatal, tendiendo el cuello con la esperanza de que la muerte fuese
rpida y segura, inmediata. Transcurrieron unos minutos intermi-
nables. Hasta que sobrevino algo peor que la muerte. Gunter
advirti con horror por si mismo, con un inmenso desprecio por
su debilidad, que la presin de la bestia sobre su cuerpo era suave,
que el clido aliento del animal expanda en su torno promesas de
inescrutable alegra, que la fuerza de aquellos brazos se desataba en
una ternura infinita.
	La quimera sonri, tendiendo los labios teidos de rojo en una
mueca circular, mrbida, mientras las mejillas se inflamaban en un
imperceptible movimiento de estupor.
	Gunter se dej arrastrar a una especie de irresponsable pereza.
La quimera afloj el abrazo para llevarse las manos a la cabeza y
arreglarse, en un acceso de vanidad, los cabellos. Se los anud
sobre la cabeza, mostrando en toda su monstruosa majestad los
gentiles rasgos de un herldico rostro.
	Durante una fraccin de segundo Gunter fue libre. Hubiera
podido huir. Por el contrario, tendi a su vez los brazos y se agarr
a la criatura, fuese mujer o leona. No le importaba. Una vez ms,
haba cedido. Y era feliz, era tremendamente feliz por aquello que
estaba sucediendo.
	Evit hacerse preguntas. Era perfectamente conscie.nte de que
no se puede interrogar sobre los sueos desde el propio interior
del sueo. Se daba cuenta de que cualquier distraccin, cualquier
curiosidad racional sobre lo extrao de aquella aventura -como
preguntarse por qu siempre las criaturas femeninas de sus sueos
fuesen todas as, slo parcialmente humanas-, hubiese interrum-
pido repentinamente el curso de esa aventura. Sabia que se puede
volar en sueos nicamente a condicin de no preguntarse acerca
de qu significaba volar en sueos.
	La quimera fue sacudida por un estremecimiento y agit las
alas. Gunter se sinti levantado. La quimera lo sostena por las axi-
las y l le estrechaba a ella la cintura.
	Volaron. Hasta que el desenfrenado galope de un caballo no
rompi la blanda quietud de las nubes en las cuales se haban refu-
giado. Abelcain, caballo manchado blanquinegro, vena a su en-
cuentro relinchando y hendiendo las nubes. La quimera tuvo un
movimiento de irritacin, como si comprendiera que aquel caballo
vena a llevarse a su caballero. Rugi, se lament, quiz llor. Mos-
tr las garras. Pero de qu sirven las garras de una fiera en un
sueo? Se irgui, pues, en una posicin que expresaba toda su
noble importancia, ostestando sus intiles garras. Y as permane-
ci, inmvil y rampante, como estampada en un escudo.
	Gunter, a quien ya nadie sostena, se precipitaba.
	Abelcain lo tom en su silla, antes de que llegase al suelo. As,
cabalgando los colores del Bausant, el templario se precipit hacia
el despertar.


	182	183
















LA DAMADIS,
SEORA DE LA SANTA SANGRE

	UIZ nicamente con la msica es posible producir algo
	semejante a los mensajes que se acostumbra a dejar en las
pie~7as de las catedrales -observ en voz baja el maestro Valde-
rgo, escuchando con Gunter las notas que se elevaban del coro de
la capilla durante la primera funcin de la maana. Faltaban dos
horas para la salida del sol. Dentro de poco, los templarios ten-
dran que reemprender el camino
	-Estos sonidos no podrn ser borrados -contnu-, como
los nmeros que regulan la distribucin de los pesos del bside
sobre las columnas. Son las nicas normas que ningn concilio
podr derogar, que ninguna brbara reforma padr extinguir. Un
arco siempre ser un arco. Nunca se podr construir del revs. Un
canto siempre ser un canto. No se podr recomponer invertido el
orden de las notas. Cambiarn las plegarias, cambiarn las leyes.
Cambiarn las banderas y las fronteras de los estados. Nadie se
atreve a admitirlo, pero nuestra civilizacin no sobrevivir ms que
en la piedra y en la armona de la msica.
Valderigo no respondi.
Media hora despus, los templarios aseguraban las cinchas de
las sillas bajo el vientre de sus caballos.
-Cumple con tu parte, hermano, cuando se trate de cambiar


185





el mundo -dijo Valderigo a Gunrer, abrazndolo y apretando los
nudos que llevaba en la cintura.
	-Mi parte para cambiarlo o para conservarlo? -pregunt
Gunter, apretando a su vez en el brazo los nudos del cordn mona-
cal de Valderigo.
	-Como te dicte tu conciencia y las reglas del venerable Ber-
nardo -respondi Valderigo-. Hay momentos en los cuales se
debe luchar por conservarlo. Hasta aqu has obrado bien. Pero te
queda mucho camino por recorrer para el cumplimiento de la
obra.
	Valderigo hablaba como un vidente. Y Gunter se dirigi a l
como a un vidente.
	-Volver a Jerusaln? -le pregunt en un rapto de apre-
hensin.
	-No, no hay razn para ello. La Damadis tiene necesidad de sus
hijos ms devotos aqu, en la marca de Europa. La santa ciudad de
Jerusaln est ya perdida. Es aqu donde la Damadis reclama a los
caballeros dispuestos a verter su sangre en nombre de la verdadera
fe. La ley est conservada en el Arca. Y el Arca ya no est en
Jerusaln.
	-Quin es la Damadis?
	Y quin lo sabe? La Damadis, la Seora de la Santa Sangre,
la esposa de Cristo... Quin lo sabe? Te lo explicarn mejor los
hermanos de Tolosa y Montsegur. Pero t acurdate siempre de
una cosa...
	Hizo una pausa.
	-Qu cosa? -pregunt Gunter.
	-Ya no hay nadie que defender en Tierra Santa. El destino del
Temple se cumple en esta parte del transmonte.
	-Adis.
	Gunter mont en la silla y, sin volverse, apret suavemente
con las espuelas los flancos de Abelcain, procurando no hacerle
dao.
	La noble bestia manchada emprendi el paso con indolente
regularidad.


186
	Len, Godofredo, Telmo, Cimbro y Antonclo, que se haban
mantenido a distancia durante la conversacion dc despedida entre
Gunter y Valderigo, tiraron dc las bridas y se pusieron a su vez en
camino lentamente.
	Roma apareci ante ellos de improviso, apenas hubieron supe-
rado las colinas Albanas, despus de muchas horas de cabalgada
sostenida. Estaba all delante, bien visible, a unas pocas leguas, ciu-
daclela minscula y grande como una aldea primordial. Mucho ms
pequea, mucho ms terrena, mucho ms lbrega y sombra que
Jerusaln.
	Sofocada por las colinas y por el verde malsano de los bosque-
cilIos alquirranosos, a pesar de estar iluminada por los resplandores
rojizos de un sol ya declinante, Roma se presentaba como una mera
bastante modesta. La blancura de los capiteles destrozados y los
muones musgosos de los acueductos ruinosos no le conferan pre-
cisamente una especial majestad. No ofreca una dignidad, dijo
Gunrer para s, que estuviese a la altura de su papel de mstica
morada del vicario de aquel Dios por el cual toda una civilizacin
se estaba desangrando en Ultramar.
	Gunter no se dej seducir una vez ms por la nostalgia de Tie-
rra Santa, que ya haba conseguido controlar, pero no pudo menos
que pregunrarse por qu alguna vez un hebreo palestino se tuvo
que hacer cargo de todos aquellos pecados de gentes completa-
mente extraas para l, interfiriendo en el orden por l constituido
y desquicindolo, hasta elegir la ciudad madre de los antiguos dio-
ses como domicilio propio. No habra sido ms consecuente elegir
Jerusaln en vez de Roma, se pregunt, como centro de la nueva
religin universal?
	Se entretuvo dando vueltas en la cabeza, con perezosa compla-
cencia, a estos pensamientos que no sabia si rozaban la inocencia o
la hereja. Hurg en los desordenados estantes de la memoria,
entre los fragmentos de las parciales nociones clsicas aprendidas
de los preceptores en la adolescencia, intentando reunir las teselas
de una cosmogonia espectacular. Recorri en pocos segundos el
itinerario intrnseco de los supremos mitos paganos, se perdi en la


187


Li





pacotilla religiosa grecorromana, donde dioses y semidioses jugue-
teaban con stiros y ninfas, pero tambin con los astros y los carros
del sol. Por lo poco que sabia de ello, encontr la fbula sencilla-
mente maravillosa y volvi a preguntarse cmo todo aquello se
haba podido dispersar en tan breve tiempo por la determinacin
de un profeta proveniente de comarcas remotas que no haba
encontrado nada mejor para deificarse que dar de beber a los otros
su propia sangre.
	Pero quiz el misterio estaba precisamente all, en la santa san-
gre. Pero quin sera la Damadis? Quin ser, se pregunt, esta
esposa de Cristo que reclama a sus cruzados de Tierra Santa venir a
Occidente? Reflexion durante unos segundos sobre las palabras
de Valderigo, sin sacar ninguna conclusin. Despus record los
ultrajes rituales a la cruz a los que haba asistido en la casa rempla-
ria de Candia Se trataba nicamente de afrentar al instrumento
que haba servido para la tortura de Cristo, como le haba sido
explicado, o era otra cosa? No se trataba, tal vez, de rechazar la
basta cristolatra de los devotos corrientes, para buscar el acceso a
estancias espirituales ms elevadas? Y a qu precio?
	Por pura y simple asociacin de ideas, mientras iba perdindose
cada vez ms en el ddalo de su inane curiosidad, le volvi a la
mente la muerte del fiel Simn despus de la iniciacin al Bafomet
en la cripta de Tiro. Caballero intrpido y alegre, templario de
segura fe, Simn de Domremy haba salido de aquella prueba con
el rostro sealado por el desvaro que se pareca mucho a la
demencia. Como si desde aquel momento esperanza, inteligencia y
alegra hubiesen sido irremediablemente canceladas de su vida. Los
cabellos negrsimos se haban vuelto blanquecinos. Hasta el bron-
ceado de la piel, al que aos de guerra en el desierto haban confe-
rido una dignidad morisca, haba quedado inexplicablemente trans-
formado en una repentina palidez terriza. Y haba muerto, en el
transcurso de una noche, a causa de una fiebre desprovista de apa-
rentes razones.
	Balidos de ovejas y reclamos de pastores lo sacaron de sus con-
fusos pensamientos. Un rebao atravesaba el camino impidiendo el
paso a los cinco templarios y al menestral Antonello. Hombres y
perros se afanaban por mantener unidos a los animales mediante
gritos y ladridos.
	-Adnde vais, buena gente? -pregunt Antonello a los pastores.
	-A Roma.
	-Van a Roma -repiti Antonello mirando a Gunter-.
Maana debe de ser da de mercado.
	-Lo he odo -grit Gunter-. Ve con ellos. No son caminos
para recorrerlos solos por de noche.
	El rebao sigui adelante en medio de una nube de polvo,
sudor y requesn.
	-Vosotros no vens? -pregunt Antonello.
	Gunrer sacudi la cabeza.
	-Vais a perder la ocasin de ver al papa por una vez en vues-
tra vida?
	-No hay nada que ver en Roma -intervino Len, inquieto y
apresurado-. Tenemos que irnos de aqu; alejarnos rpidamente
de esta ciudad.
	-Es una ciudad bellsima -insisti Antonello, como herido
en su orgullo-. Cmo puedes decir que no hay nada que ver
en Roma?
	-No hay nada en Roma -rebati friamente Len-. Ni
siquiera un rastro del sepulcro.
	Antonello estaba a punto de replicar, pero Gunter, dulce-
mente, le hizo seas para que callase.
	-No queras volver a ver Roma? Hela aqu -dijo con una
media sonrisa-. Nosotros debemos proseguir. No tenemos tiem-
po para detenernos.
	-Entonces debo irme?
	Gunter asinti.
	Antonello tena lgrimas en los ojos, como prendido por una
emocin desproporcionada respecto a lo que era un simple adis
entre caminantes.


	188	189





	-Ve, Antonello -aadi Gunter-. Vamos, corre; si no, vas
a perder de vista a los pastores y te vas a quedar solo.
	-De acuerdo, caballero -dijo Antonello, sin mirarlo cara a
cara-. Os cantar un ritornello de adis, a guisa de saludo.
	Y comenz a cantar:
Hemos llegado finalmente a la Roma ma,
pero no beberemos juntos en la hostera.

Al deciros adis se me parte el corazn
que casi casi lloro de dolor.

De no ser por vosotros, quin sabe dnde estara
segura mente nunca habra retomado aqid
Adis, hermanos, la obra estd acabada
y tambin se ha acabado esta cabalgada.
	Fue interrumpido por un fragor como de cacharros rotos.
	-Atentos! -grit Gunter-. Algo sucede.
	Godofredo rod por tierra con un ojo atravesado por una fle-
cha. Un batalln de soldados irrumpi procedente de los matorra-
les, intentando rodear a los templarios. Anronello, con las mejillas
inundadas de lgrimas, tir de las bridas y les volvi la espalda,
galopando hacia el rebao. Telmo de Stratford, que estaba junto a
l, hizo voltear la maza claveteada y se la lanz.
	Golpeado entre el cuello y el hombro derecho, cay de la silla
en medio de un charco de sangre, con un crujido de huesos rotos al
tiempo que lanzaba un inhumano aullido de dolor.
	-Por qu? -grit Gunter con furor bestial, corriendo en
socorro del menestral-. Por qu a l?
	-Nos ha arrastrado a una emboscada! Maldita sea Roma!
-imprec Telmo, desenvainando la espada.
	-As es, Gunter -bram Len-. El menestral nos ha trai-
cionado.
	-Atencin! -y Cimbro desvi con el escudo un golpe de ala-
barda dirigido contra la nuca de Gunter.
	Los cuatro templarios se arracimaron juntos, hombro con
hombro, tendiendo las espadas en su torno.
	Los guerreros que les atacaban, treinta o cuarenta, cayeron
sobre ellos con la arrogante seguridad de la superioridad numrica.
Eran hombres toscos y rudos, recubiertos de gruesas bandas de
hierro, ms adiestrados en las milicias policiales entre las seoras
locales que en los combates a campo abierto. Se detuvieron sor-
prendidos cuando los de la primera fila cayeron con las piernas
fracturadas. Los templarios les haban herido con sus golpes las
rodillas y pantorrillas.
	-No por mi gloria, Seor! -grit Gunter.
	-No por mi gloria -respondieron los otros tres-, sino por
la tuya!
	Y mientras Gunter corra adelante, los otros se abrieron en
torno como las garras de un ave rapaz. Desconcertados, espanta-
dos, los soldados intentaron detenerse todava, sin volver la espal-
da. Tropezaron, resbalaron, se entrelazaron entre ellos rodando a
los pies de los templarios. Fueron ultimados a golpes de lanza y de
espuelas, decapitados, mutilados.
	No quedaron ms que cinco o seis supervivientes, que intenta-
ron huir, buscando refugio en las sombras de la noche. Fueron per-
seguidos por Cimbro, Telmo y Len de Varazze, con ojos avezados
a las incursiones nocturnas en las callejuelas de las ciudades sarrace-
nas, que los descubrieron entre los matorrales y los degollaron
como los lobos deguellan a las ovejas.
	Gunter, enfundada la espada, se inclin sobre el cuerpo de
Antonello. El menestral agonizaba.
	-Por qu Antonello? -pregunt, limpindole la sangre que
le inundaba por completo-. Por qu lo has hecho?
	-Por voluntad de Dios, caballero. Tambin yo soy un soldado.
	-Soldado de Cristo como nosotros?
	-No, caballero, no como vosotros. Yo soy soldado del papa.
	En torno se haba hecho el silencio. Los gemidos de los solda-


	190	191





dos que haban cado rodando por tierra se haban ido apagando y
definitivamente disolviendo en el aire fro de la noche. Cimbro,
Telmo y Len volvan de entre los matorrales y llegaban junto a
Gunter.
	-Qu pretende el papa de nosotros? -pregunt Gunter-.
Por qu nos has arrastrado a esta emboscada?
	-No lo s, caballero. Yo solamente quera volver a Roma.
Tengo tantos antecedentes penales que me esperaba la pena de
muerte.
	-Y, ya ves, la has tenido.
	-Ha salido mal. Me haban prometido que si os acompaaba
hasta aqu, si hubiese sealado vuestra llegada, hubiese sido indul-
tado. Podra morir en Roma, en mi lecho.
	-Pero qu queran de nosotros?
	-No lo s, caballero, os lo juro. Yo solamente tena que sea-
lar vuestra llegada.
	-Y cmo podan saber que llegaramos justamente aqu, y
esta noche?
	-Tienen agentes por todas partes. El ltimo de ellos contact
conmigo en el monasterio de Cassino, esta maana. Pero otros
tambin en Npoles, en Fondi...
	Gunter se incorpor. Dio unos pasos. Aadi:
	-Dadle los sacramentos -dijo volvindose a los otros, que
eran monjes, adems de guerreros-. Despus de todo, es un
cristiano.
	Len asinti y se inclin sobre Antonello.
	-Caballero -llam Antonello.
	Gunter se volvi
	-Caballero, como ves, te he servido. Ahora ya sabes que no te
debes fiar ni siquiera del papa.
	Sonrea. En el fondo, al traicionar a su buen templario, le haba
rendido un servicio. Algo que le serva por lo menos para mitigar
aquella punta de remordimiento, de nostalgia por su amistad, que
seguramente le atormentaba ante la extrema experiencia de la
muerte.
	Antonello y Godofredo fueron sepultados juntos, como caba-
lleros cristianos incidentalmente cados en el interior y en el exte-
rior dc las murallas del mismo castillo.
	Por mucho que haba avanzado la noche, los templarios deci-
dieron reemprender el camino.


	192	193
















LAS BRUJAS PERFECTAS
DE CARCASONA

SE embarcaron en Civiravecchia a bordo de una coca pisana, un
mercante de velas cuadradas con un vientre ancho y plano, en
el que podran encontrar espacio suficiente los caballos, el heno y
una enorme cantidad de mercancas. La navegacin era lenrsima, a
travs de un mar sin incgnitas, sin riesgos, sin historia.
Atormentados por interminables das de aburrimiento y no-
ches de insomnio, fortalecidos nicamente en su paciencia, los cua-
tro templarios fondearon en Marbella una tediosa maana de
lluvia. Se sometieron con admirable resignacin a los controles
aduaneros de celosos funcionarios, decididos a dar al traste con el
vergonzoso trfico de reliquias provenientes de Turqua y de Gre-
cia. Justamente en aquellos das, en efecto, las autoridades eclesis-
ticas se haban dirigklo a prncipes y soberanos que controlaban las
arribadas a puerto, lamentando un inslitamente excesivo comer-
cio de clavos de la cruz, msticos prepucios, plumas de las alas del
arcngel San Gabriel, huesos y despojos momificados de mrtires
cristianos y otras cosas por el estilo. En particular, se haba desa-
tado la alarma con el descubrimiento de una sospechosa compra-
venta de objetos de San Lucas, al mismo tiempo en Npoles,
Valencia, Barcelona, Milan, Brescia, Venecia y hasta Paris. En tal
cantidad, que ni siquiera recurriendo a las ms milagrosas justifica-

195
1
ciones se habran podido rebatir las sensatas objeciones derivadas
de los ms elementales conocimientos anatmicos de la poca.
	Haban existido inquietantes precedentes: cuatro cabezas y
ocho brazos de San Blas, adquiridos por prrocos de Npoles,
Montpellier, Orberello, Capua, Paris, Compostela y otros centros
monores; senos de Santa gueda vendidos en Catania, Roma,
Siponro y Pars; un frasco lleno de lgrimas de Jess y varios envol-
torios con sobras de la ltima cena repartidos entre el convento
benedictino de Vendome y otras ilustres abadas de la cristiandad.
No haba tampoco convento de la costa, desde Cdiz a Parras, en el
cual no estuviesen disponibles ampollas con leche de Mara y cabe-
los, kilmetros de cabellos rubios o merenos, de tal o cual vir-
gen cristiana.
	La situacin se haba hecho cuanto menos embarazosa. De aqu
las investigaciones, los controles, el requerimiento por parte dc las
autoridades eclesisticas de un mayor rigor aduanero. Pero sin
xito, salvo algn que otro golpe espectacular por parte de investi-
gadores obstinados, como el secuestro de los despojos de los cua-
renta mrtires de Sebastia, al mismo tiempo en Brescia y Cons-
tantinopla.
	Particular preocupacin haba provocado en los ambientes
episcopales el descubrimiento de una partida de sbanas santas
vendidas en Besan~on, Compigne, Lisboa, Turin, Carcasona y,
finalmente, en Roma, donde, una vez adquirida, haba empezado a
ser objeto de culto. Pero ni siquiera un escndalo de tales propor-
ciones, sobre el cual, por otra parte, el buen sentido aconsejaba
callar, haba servido para contener de ninguna manera aquel inno-
ble aunque inocuo comercio.
	Gunrer y sus compaeros perdieron horas preciosas en espera
de que las pesquisas llevadas a cabo en el barco se terminasen. Sola-
mente despus de medioda, finalmente, les fue consentido dejar la
nave con los caballos, montar en la silla y atravesar la valla fortifi-
cada del puerto. Haba cesado de llover. Un plido sol brillaba
sobre el camino de Toulouse.
r
	Fortalecidos por el ocio forzado de la travesa marina, los cua-
tro templarios cabalgaron ininterrumpidamente durante todo el
da y la noche siguiente; sobrepasaron Montpellier y se adentraron
en el Languedoc, en direccin a Carcasona, donde su misin debe-
ra tener su trmino.
	Dejaron transcurrir sobre la silla otra jornada entera, sin adver-
tir la ms mnima fatiga, habituados como estaban a interminables
marchas de semanas y semanas por el desierto. Coman carne seca y
beban de las botas de cuero sin descender del caballo. Dorman sin
dejar de cabalgar, en una especie de duermevela consciente, que en
ciertos casos les haca evocar fragmentos de sueo y confortantes
visiones. Si algn caballero adverta el cansancio ms que otro, un
segundo caballero montaba detrs de l sobre la misma bestia y lo
sostena durante el tiempo indispensable para su descanso.
	De este modo, Gunter y sus tres compaeros recorrieron sin
detenerse la campia de Beziers, de Narbona y de Minerve, alcan-
zando las proximidades de la meta. Estaban atravesando un ltimo
tramo de bosque, a pocas millas ya de las redondas torres de Carca-
sona, cuando advirtieron en el aire un canto tenue como un
lamento, melanclico y dulcisimo. Aflojaron el paso y, a pesar de
las tupidas sombras nocturnas, abandonaron el sendero para din-
girse hacia el reclamo. Avanzaron con circunspeccin extrema,
entre races y espesos matorrales, hasta que la cantinela se hizo ms
distinta y apareci ante sus ojos un claro ligeramente iluminado
por antorchas.
	Era un espacio angosto, que en los siglos pasados haba hospe-
dado probablemente un templete romano o un altar sacrificial cl-
tico. Por todos los alrededores haba esparcidos fragmentos de
columnas, piedras dispersas de forma geomtrica y troncos corta-
dos como queriendo delimitar un crculo. Y, en el centro, un capi-
tel abatido, enguirnaldado, junto al cual cuatro muchachas danza-
ban con movimientos lentisimos, unidas por las manos y sacu-
diendo levemente la cabeza. Anduvieron as hacia adelante, giran-
do en redondo y pronunciando incomprensibles letanas, hasta que
una de ellas lanz un alarido de pjaro, rompi la cadena y comen-


	196	197
1
z a agitar los brazos como si estuviera a punto de echar a
volar.
	Otras mujeres, algunas de ellas encapuchadas, o por lo menos
protegidas por negros mantos, salieron fuera de los rboles y las
rodearon.
	As cant la muchacha, simulando el vuelo de un pjaro:


Como una trtola huye en primavera,
yo volar llorando en la noche,
clamando el nombre de mi Seora
para que me haga volver a la morada.


	Las otras la agarraron hasta inmovilizarla, cantando a su vez:


Como rapaces, nosotras te seguiremos
y te daremos despiadadamente caza
hasta que en el nombre de Nuestra Seora
no hayas vuelto a la morada.


	Privada de sentido, la muchacha fue llevada de all. La segunda
irrumpi en el circulo, comportndose ms o menos del mismo
modo. Imitaba tambin los movimientos de un animal pequeo, y
cantaba de esta forma:


Como un topo en el trigo del esto,
lanzan en torno gritos desesperados,
clamando el nombre de mi Seora
para que me haga tornar a la morada.


	Una vez ms, las otras la agarraron hasta quitarle la respiracin~
cantando a coro:
Como felinos, nosotras te buscaremos,
y dondequiera que vayas te descubriremos
hasta que en el nombre de Nuestra Seora
no hayas vuelto a la morada.

	Fue llevada de all como la primera. Entr una tercera en el
crculo y cant:

	Como loba de otoo sin amos
sollozar entre los arbustos de moras,
clamando el nombre de mi Seora
para que me haga volver a la morada.

	Todo sigui desarrollndose del mismo modo. Cantaron las
otras, envolvindola como si la quisieran capturar.

Como perros que siguen el rastro,
nosotras no te perderemos jamds de vista
hasta que en el nombre de Nuestra Seora
no hayas regresado a la morada.

	Cant la ltima, saltando de un ngulo a otro del descampado.

	Como una rana que remonta el ro
de invierno, ir gimiendo entre las espuelas
clamando el nombre de mi Seora
para que me haga volver a la morada.

	Las otras la rodearon, contonendose a sus pies, hasta hacerla
tropezar y caer entre ellas:

	Como serpientes nos pondremos junto a ti,
siempre dispuestas a interrumpir tu canto
hasta que en el nombre de Nuestra Seora
hayas regresado a la morada.


	198	199





	Cuando estuvo concluida la cuarta exhibicin, y con ella fue
cerrada la representacin animal de las cuatro estaciones, la inmen-
sa tristeza y el sentido de opresin que haba caracterizado toda la
ceremonia se desataron en una alegre euforia. Las muchachas que
haban recitado de vez en vez la fuga de la trtola y el pnico del
topo, la infelicidad de la loba y el extravo de la rana, corrieron
nuevamente hacia el centro del crculo, unindose con las manos
con todas aquellas que, por el contrario, haban representado el
papel de perseguidoras. Algunas llevaron una ancha cacerola de
barro cocido y la apoyaron sobre el capitel despedazado: estaba
llena de un lquido ambarino y humeante, probablemente vino
caliente, en el cual floraban pedazos de frutas y manojos de hierba.
Sirvindose dc un cazo comn, cada una de ellas se escanci una o
ms veces en un tazn. Todas bebieron. Despus, lanzando gritos
de alegra, volvieron a danzar en crculo; pero mucho ms alegre-
mente, mucho ms frenticamente que al principio.
	Desde las sombras, los cuatro templarios seguan la escena en
silencio, conteniendo hasta la respiracin, como si fuesen cortezas
de rboles y musgo, ramas y frondas del bosque en el cual se ocul-
taban.
	-Qu hacemos? -pregunt Cimbro en voz bajsima-.
Intervenimos?
	-Cmo vamos a intervenir? -dijo Telmo-. Y por qu?
	-Forma parte de nuestros deberes defender la fe donde-
quiera que sea puesta en cuestin.
	-No me parece que aqu se est poniendo en cuestin la
fe.
	-Cmo que no? Esto es brujera.
	-Son solamente muchachas que se divierten -les interrum-
pi Gunter-. Guardad silencio, o terminaremos por aguarles la
fiesta.
	-Si se trata de una fiesta -suspir Len-, por qu no parti-
cipamos tambin nosotros? Ese vino caliente debe de estar bue-
nsimo.
	-Pero quin es la Seora? -insisti Cimbro-. Quin es

200
esa oscura divinidad fcmcnina a la quc las muchachas invocan con
tanta devocin?
	-Dejad ya dc hacer preguntas -dijo Gunter.
	Las muchachas continuaron danzando, cada vez ms vertigino-
samente. De tanto en tanto se detenan para volver a beber. Una
de ellas se apart hasta un ngulo, con una bandeja colmada de
tortas. Todas se arracimaron en torno a da dando gritiros de
alegra, alabando la forma y el sabor de aquellos dulccs calientes,
que denotaban el apasionado celo de <quien los haba prepara-
do. Eran panes guarnecidos de uvas pasas y de azcar, con merme-
lada y especias, cortados en forma de luna, de estrella o de rri~in-
gulo.
	Los templarios observaron a pocos metros de distancia.
	Las mujeres coman y rean. Despus comenzaron dc nuevo a
cantar y a danzar en crculo. Algunas acompasaban e tiempo
batiendo sobre tamboriles de piel o soplando en delgadsimas caas
agujereadas.
	La fiesta sigui adelante en un crescendo de euforia juvenil, hasta
que una de ellas le hizo una sea a las otras para que se detuviesen.
Se hizo en torno un gran silencio, y la mujer habl, volvindose
hacia las sombras de las vallas curcundantes:
	-Cunto tendremos que danzar todava, caballeros, para que
os decidis a salir de vuestro escondite?
	Una vez ms, algunas mujeres, bellas y arrogantes, intentaron
poner en situacin embarazosa a los templarios. En Npoles lo
haban conseguido las seoras de la corte de amor, constrindolos
adems a emprender la fuga. Pero esta vez, aun cuando haba sido
cogido por sorpresa, Gunter estaba preparado. Y no lo habra
permitido.
	La nica cosa, para replicar a su arrogancia y a su belleza, se
dijo, era mostrarse igualmente bellos y arrogantes. Algo que, para
cuatro caballeros con blancos mantos con cruces bermejas, que
regresaban de Tierra Santa, no deba resultar difcil.
	El espritu con el que haba que enfrenrarse a aquellas mujeres
era en el fondo el mismo con el haba que enfrentarse a una horda

201




sarracena. Era, en suma, el espritu del Bausant: humildes y cndi-
dos como corderos con el hermano, terribles y orgullosos con los
infieles. De otro lado, un tanto infieles, teniendo en cuenta la
rareza de sus juegos nocturnos, si que deban serlo aquellas mu-
chachas.
	Gunter sali de entre los matorrales con paso seguro y mirada
despectiva, con el manto orgullosamente sostenido sobre los hom-
bros. Sus tres caballeros lo seguan de cerca, con circunspecta alta-
nera, bellsimos con sus armaduras y tremendamente arrogantes.
	-Henos aqu -dijo Gunter-. Qu queris de nosotros?
	-No, decid ms bien qu queris vosotros de nosotras -re-
plic la muchacha, y todas las dems rompieron a rer-. Sois
vosotros quienes estabais escondidos espindonos.
	-Escucha, tortolita... -respondi Gunter frunciendo el
ceo-. Nosotros no espibamos a nadie. T y tus amigas, ms
bien, sois quienes espiis en la noche, imitando lobas y ranas, topos
y pjaros.
	-Nosotros hacemos aquello que nos parece mejor. No debe-
mos explicaciones a nadie.
	-Nada de eso, nada de eso. Con los tiempos que corren, voso-
tras nos debis un saco de explicaciones, porque nosotros somos
caballeros cruzados y tenemos todo el derecho para investigar
sobre lo que est sucediendo. Sin embargo...
	-Sin embargo, qu? Sobre qu queris investigar, caballe-
ros? Sobre el hecho de que algunas muchachas se divierten de
noche y algunos hombres se esconden para espiaras? Sobre el
hecho de que, una vez descubiertos, estos hombres intenten justifi-
carse con extravagantes explicaciones? T no conoces esta tierra.
	-Por qu? Qu tiene de especial esta tierra? No es una tie-
rra cristiana?
	-Claro que s, claro que s; lo es. Pero aqu vive un pueblo
libre y corts, que gusta de divertirse y no hacer preguntas ni que
se las hagan. Hacemos un pacto?
	-~Qu tipo de pacto?
	-Nada de diablico. Vosotros dejis de hacernos preguntas y
nosotras tampoco os las haremos a vosotros. Tenemos tortas y
vino caliente. Queris compartirlos con nosotras?
	Gunter vacil: mir a los otros. Tuvo la impresin de que esta-
ban de acuerdo, a pesar de su compostura, un tanto distante.
Asinti.
	Las muchachas batieron las palmas y se reunieron en torno a
los cuatro templarios. Ellos se descieron las espadas y las soltaron
en tierra, en seal de tregua y de descanso. La rana salt para eolo-
carse al lado de Cimbro. La loba ofreci a Telmo una torta en
forma de estrella y vino. La topo se tumb a los pies de Len. La
trtola, aquella que haba conducido la conversacin y el pacto con
Gunter, le ofreci de beber en una ancha copa sobre cuyo borde
era legible una extraa inscripcin:

Qui bien beurra
Dieu voira
Qui beurra tota d'une baleine
votra Dieu el la Madeleine.

	-Quien beba bien -dijo Gunter, llevndose el tazn a los
labios-, veraDios...
	-Quien se lo beba todo de un trago -le ayud a proseguir la
muchacha-, ver a Dios y a la Magdalena.
	-No vale -sonri Gunter, con una punta de sarcasmo-. No
rima.
	Gunter bebi, sabore, volvi a beber.
	-Quien beba sin pausa -dijo la muchacha-, ver a Dios y a
su esposa. Est bien as?
	Si, la rima est bien, pero qu significa?
	La muchacha se encogi de hombros.
	-Es solamente una inscripcin convivial. Una invitacin a
beber.
	-Y yo la acepto. Srveme ms.
	La muchacha le escanci. Gunter bebi.
	Alboreaba.


	202	203
	En torno, la hierba estaba cubierta de rocio. La muchacha tuvo
un estremecimiento de fro. Gunter abri su manto y le hizo un
sitio.
	-Cmo te llamas?
	- Perfecta.
	-Y lo eres?
	-No, ciertamente. Pero t llmame imperfecta. As no te lle-
vars ninguna desilusin.
	-Yo me llamo Gunter.
	-Y cmo os llamis entre vosotros?
	-Hermanos, solamcnt& hermanos.
	-Y lo sois?
	No hablaron ms. Se defendieron de la luz del sol naciente
hundindose entre los pliegues del manto, hasta cubrirse el rostro.

	-Quin es la Seora? -pregunt Telmo a la muchacha
loba.
	-La Seora es la Seora -respondi ella-. Por qu me lo
preguntas? Qu te importa?
	-Por qu la invocis?
	-Nosotras no invocamos jams a nadie. Evocamos, que es
distinto.
	-Qu diferencia hay?
	-La misma que entre el amn y el nema. Comprendes?
	-No.
	-Entre el blanco y el negro, entre el calor y el fro, entre las
tinieblas y la luz...
	-He comprendido, s. Tambin yo conozco algo por el estilo.
	-No lo bastante, caballero, no lo bastante.
	-Qu sabes t? Por qu las mujeres estis juzgando siempre?
	-Qu dices t al trmino de tus plegarias?
	Telmo pens en ello unos momentos. La pregunta era ex-
traa.
	-Quieres saber qu es lo que digo cuando termino de
rezar?
	-Si. Cmo concluyes?
	-Pues... Digo as sea.
	-Eso es. Nosotras por el contrario decimos sea as.
	-Y en qu cambia la cosa?
	-En todo. Esa es la diferencia entre invocacin y evocacion.
Est ms claro ahora?
	Telmo no respondi. La atrajo hacia si, tomando un trozo
de torta.
	-Es ahora el momento para beber? -pregunt.
	La muchacha asinti con la cabeza.
	Bebieron.
	Al abrazarla con ms fuerza contra s, Telmo derram el fondo
de la taza sobre el manto, manchndolo. Pero era una mancha bell-
sima, de un rojo ntido, ejemplar, de la misma tonalidad de la
cruz.
	-Mira -sonri la muchacha observndola-, parece puesta
ah a propsito. Se dira una aureola.
	-Como te llamas? -pregunt Telmo, rozndole la oreja con
los labios.
	-Perfecta.

	-Es una hermosa fiesta -dijo Len a la muchacha que se
haba acurrucado a sus pies, introduciendo junquillos en la espesa
maraa de sus cabellos arcillosos-. Pero por qu tanto misterio?
	-Porque solamente el misterio puede preservar del mal. No
hay otro camino para escapar. Hay que mantener el secreto so-
bre todo.
	-Un secreto es algo ms serio que la reserva de cualquier
muchachita sobre sus caprichos nocturnos.
	-Te equivocas. Tu misma supervivencia, la supervivencia de
tu mundo est confiada al secreto.
	-Qu quieres decir con eso? Que el equilibrio de nuestra
civilizacin se funda todo l sobre el secreto? Es cosa sabida. Est
escrito en el Zohar: el mundo es estable slo en virtud del secreto,
y, si el secreto fuese divulgado, el mundo se volvera inestable.
	204	205





Scrates no habra sido obligado a beber la cicuta si no hubiese
hablado demasiado. Al Hallay no habra sido hecho pedazos si no
hubiese buscado proslitos. El mismo Cristo no habra terminado
en la cruz si... Y t me hablas del secreto en que hay que mantener
una fiesrecilla nocturna? Pobre topita!
	-Quieres ms? -pregunt la muchacha, ofrecindole de
bcber.
	-S -respondi Len, y alarg la copa.
	-Es autnticamente verdadero lo que dicen de vosotros por
estos lugares -dijo ella vertiendo el vino.
	-Qu dicen?
	-Es slo un modo de hablar. Cuando alguno bebe mucho,
dicen de l que bebe como un templario.
	-Es verdad, bebemos mucho. A pesar de que nuestras reglas
imponen la sobriedad. Es una de las transgresiones a la que de vez
en cuando nos abandonamos. El hecho es que nos excedemos siem-
pre tanto en los mritos, vamos siempre tanto ms all de lo que
nos es requerido, que para restablecer el equilibrio necesitamos
cometer de vez en cuando alguna falta. Es una forma de humildad,
un modo de sustraerse a esa perfeccin que nos hara santos.
Nosotros vivimos continuamente bajo el ala de la muerte, bordea-
mos a cada instante el abismo del martirio. Para regresar a la nor-
malidad, para huir de la gloria de los altares, episdicamente
cedemos a la tentacin, buscamos asilo entre los pecadores comu-
nes. Y nadie ha dicho que eso no represente un mrito ulterior.
	La bes. Todo el ser de ella vibr como la cuerda de un arpa y
rode su cuello con los brazos, como si fuese un nudo corredizo,
en torno a su nuca. En ambos se manifestaba el mpetu de la predi-
cacin y de la conversin, aunque hubiese sido muy difcil estable-
cer quin de ellos era el nefito y quin el predicador.
	-Cunto misterio intil -suspir Len-, cunto secreto.
Es un secreto tambin tu nombre?
	-No.
	-Dmelo entonces. Cmo te llamas?
	-Perfecta.
	-No es absolutamente necesaria solamente la guerra para
demostrar el propio valor -dijo a Cimbro la muchacha rana, con
tono cadencioso, dando brincos en su torno.
	Corran y se empujaban, pcrsiguindose como por el juego,
hasta la orilla del torrente cercano. Ella sumergi las manos en el
agua y le salpic el rostro.
	-No es absolutamente necesaria la guerra... -repiti cada
vez ms irnica, ms provocativa, pasndole las manos mojadas por
los tobillos y despus, levantndole las sayas, por las piernas.
	-No, ciertamente, no es solamente la guerra. Pero la guerra...
la prefiero. Eso es todo.
	-Por qu? Es tan divertida?
	-Es clara. Todos saben lo que deben hacer en ella, tanto el
amigo como el enemigo. Es clara, s. Y tambin es divertida, ya que
me lo preguntas. S, es mucho ms divertida que tantos juegos cor-
tesanos inspirados por el aburrimiento.
	-Te has enfrentado con la muerte?
	-Si, a menudo.
	-Y el amor? Te ha...? -ri la muchacha.
	-No comprendo. Por qu haces tantas preguntas?
	-Porque yo tambin quiero ser clara. Basta una simple vocal
en el lugar preciso para darle la vuelta al sentido de una palabra.
Amoral es lo contrario de moral. Amarte debe ser lo contrario
de muerte.
	-Sois cultas. Sois verdaderamente cultas las muchachas de
estas comarcas. Jugis con las palabras.
	-Intentamos leer, mantenernos informadas. Te asombra?
	-No. Pero no te sigo. No te comprendo.
	-Tcame entonces. Te estoy hablando de amor. Es mejor
hablar de amor que de muerte.
	-Ahora hablas de amor. Antes dijiste amarte. Has cambiado
una vocal y has quitado te.
	-No -dijo la muchacha, levantndose las faldas hasta la
cintura-. No he quitado nada. Yo no quiero nada cuando se trata
de amor. Tcame.


	206	207
	-T juegas -dijo Cimbro tocndola-. Contina jugando
con las palabras.
	-Si, juego. Me gusta jugar. Juego y basta. Ven, juguemos
juntos.
	Cimbro continu acaricindola. Ella se puso a desabrochar los
cierres de la armadura. Siempre resultaban tremendamente difci-
les los prembulos del amor con los guerreros. Se pinch en un
dedo con un gancho. l se lo lami.
	-Juguemos -insisti ella con un suspiro que a Cimbro, com-
pletamente inexperto en este tipo de juegos, a diferencia de tantos
de sus hermanos, le pareci casi un desvanecimiento.
	-Qu te pasa? -pregunt alarmado-. Te sientes mal?
	-Pues claro que no. Me siento magnficamente. Contina, no
te detengas, contina.
	-No s siquiera cmo te llamas.
	-Me llamo como mi piel, como tus manos, como estos
instantes.
	-Cmo? Dmelo?
	-Perfecta.

	Ninguno de los cuatro templarios tuvo modo de interrogarse
sobre la extraordinaria homonimia de las muchachas con las que se
haban entretenido, habiendo tenido lugar, cada una de las conver-
saciones, en una celosa e impenetrable intimidad, separadas unas
parejas de las otras. Y, por otra parte, ninguno llam por su nom-
bre a su propia amiga al saludarla delante de los otros, por lo que la
prodigiosa coincidencia permaneci prcticamente secreta.
	-Te volver a ver pronto -dijo a Gunter la primera de las
cuatro Perfectas.
	-Es improbable -respondi Gunter, apretando las cinchas
sobre los lomos de Abelcain.
	-Por el contrario, ser muy pronto. Ser por una sola vez y,
despus, nunca ms -dijo la muchacha con un velo de desoladora
melancola en la mirada-. Pero muy pronto. En Montsegur.
	-Pero yo voy a Carcasona. Mi viaje concluye all.
	-No, caballero. T irs a Montsegur.
	-Me parece muy difcil.
	-Es all donde te volver a ver.
	-Qu te lo hace pensar?
	-Lo s.
	Dichas estas sencillas palabras, Perfecta bes a Gunter en la
boca y huy corriendo hacia las verdes frondas, hacia donde ya se
haban encaminado sus compaeras.
	208	209
















MONTSEGUR LA INEXPUGNABLE

	EN menos de una hora volaron los cuatro templarios, sobre sus
caballos, desde la llanura cercana al bosque hasta las murallas
de Carcasona. Era una esplndida maana de diciembre, difana y
luminosa. Faltaban dos das para el solsticio, trmino fijado para la
conclusin de la misin. Alcanzar con tanta anticipacin el lugar de
la cita final compensaba a Gunter de todas las dificultades, de las
atormentadoras dudas sobre la propia capacidad de conseguirlo y,
sobre todo, de la lacerante melancola que iba creciendo en su inte-
rior conforme se alejaba de Tierra Santa. Se senta tan feliz, tan
desenfrenadamente conmovido y agradecido al Seor en el mo-
ment& de traspasar la gran puerta de acceso a la ciudad, que se
cubri ~xasta la cabeza con el manto para esconder las lgrimas.
	No es de caballeros llorar si no es de alegra, se dijo, pero, en
todo caso, jams pblicamente. De cualquier modo, reflexion,
nada le impeda dedicar parte de su llanto a los hermanos perdidos
a lo largo de la ruta. As llor tambin por ellos; por consiguiente,
no solamente de alegra. Cierto que la nobleza de sus lgrimas no
se habra resentido de ello. Record el llanto del Maestre de Tiro
en el desierto libans sobre los restos de su caballo muerto. En el
fondo, hay que admitir finalmente que hay dolores a los cuales es
lcito reconocer una dignidad semejante a la de la alegra, para jus-
tificar el llanto del guerrero.

211
7,
	Analizada tan racionalmente la propia conmocin, Gunter dej
de llorar, puesto que los pensamientos haban desplazado a los sen-
timientos. Se quit el manto de la cabeza, se pas un borde de l
por los ojos y las mejillas humedecidas y aceler el paso hacia una
roca octogonal sobre la cual ondeaban las insignias dd Temple.
	La desilusin para Gunter y sus compaeros fue mu-
cho ms aguda, pero, justamente por esto, quiz ms controlada,
que la gozosa exaltacin provocada por la proximidad de Carca-
sona. La capitana templaria haba sido prcticamente evacuada.
Para administrar los servicios esenciales y para custodiar las propie-
dades, no haban permanecido ms que el ecnomo y el capelln,
ayudados por unos cuantos sargentos y algunos escuderos.
	-Sabamos de vuestra llegada -dijo el ecnomo, invitndoles
a entrar-. Todo ha sido dispuesto para que podis permanecer
aqu durante esta noche.
	-Pero yo debo ver enseguida al Maestre -dijo Gunter.
	-Todo el captulo, con la guarnicin al completo, se ha trasla-
dado a Monrsegur. Maana podris reuniros con ellos.
	-Por qu en Montsegur?
	-Es all donde se han reunido todos, con los hermanos de las
otras casas occitanas, para tomar las decisiones que la gravedad del
momento requiere.
	-Qu decisiones? Qu momentos? Qu es lo que est
pasando?
	-No s nada ms y no puedo deciroslo. Entrad ahora. Maana
reemprenderis el camino.
	Gunter sacudi la cabeza negando.
	-No -dijo, aunque su deseo de pasar finalmente una noche
entre las quietas murallas templarias fuese muy intenso-. No, no
es posible. Tenemos que reunirnos con ellos enseguida.
	-Paraos al menos para comer. El camino es largo.
	Pero Gunter haba tirado de las bridas y ya le volva la es-
palda.
	Se volvi e hizo todava una pregunta:
	-Por qu Montsegur?
	El ecnomo se encogi de hombros.
	-Ya te lo he dicho, hermano. Estn todos reunidos...
	-He comprendido -le interrumpi Gunter-. No puedes
decirme nada ms: ya me lo has advertido.
	Y, sin escucharle ms, espolc nerviosamente a Abelcain, caba-
lo afectuoso y dcil, hacindole dao quiz por primera vez, aun-
que fuese ligeramente.
	Len, Cimbro y Telmo le siguieron, sin intercambiar ni una
sola palabra, ni siquiera una mirada. Saban bien que el peso de su
cansancio, por grave que fuese, no habra podido en modo alguno
justificar retrasos ni relajaciones.
	Pocos minutos despus, los cuatro templarios dejaban nueva-
mente a sus espaldas las blancas murallas que con tanta angustia
haban visto brillar en aquella avanzada y dulcisima maana.

	Nev. Durante toda la tarde y durante toda la noche siguiente,
los templarios permanecieron firmes en sus sillas, sin detenerse ni
en Livoux ni en Lavelanet, hasta que ante sus ojos escocidos por el
insomnio apareci como un sueo la roca de Montsegur, altsima y
coronada de nubes, reluciente de cristales de hielo a la luz del alba.
Vista as, desde abajo, la majestad del castillo en el cual saban que
estaban reunidos maestres y hermanos, restituy a los templarios la
confianza de las ltimas horas.
	Montsegur era parangonable al Krak de los Caballeros, a la
inmensa fortaleza que los arquitectos templarios haban construido
sobre el desfiladero de Homs, en Ultramar, all donde confluan
los caminos de Trpoli, Damasco y Alepo. Gunter haba pasado lar-
gas temporadas all aos atrs, entre aquellas escarpaduras gigan-
tescas, en el interior de las cuales se decidan los ltimos destinos
de las cruzadas. Montaas enteras haban sido desmontadas, rocas
inmensas reducidas a fragmentos, templos abatidos y transforma-
dos en grutas de piedra, para edificar la inexpugnable Krak de los
Caballeros.
	Resultaba muy confortable ahora, para Gunter y sus compae-
ros, saber que detrs de aquellas murallas igualmente poderosas,
	212	213
igualmente inaccesibles, se estaban tomando nuevas insondables
decisiones para la suerte del Temple y de la cristiandad.
	As, trastornados por la alternancia de emociones contrapues-
tas, embriagados por la sucesin de la euforia y depresiones, los
cuatro templarios comenzaron a trepar por las pendientes que con-
ducan a la roca. Dos caballos, extenuados por el ininterrumpido
esfuerzo de las ltimas jornadas, cayeron agotados a mitad de la
subida.
	No sostenidas evidentemente por la misma fe que sus jinetes,
las bestias cedan a las consecuencias inevitables del esfuerzo fsico,
muriendo. La proximidad de la meta minimizaba el dao provo-
cado por la prdida de las cabalgaduras, pero acrecentaba desmesu-
radamente la gratitud y el amor de cada uno de los caballeros por
su animal propio. El ltimo trecho fue, pues, recorrido a pie, y fue-
ron los cuatro caballeros quienes sostuvieron, animaron, arrastra-
ron a los caballos supervivientes durante toda la subida.
	Abelcain se encontraba entre los dos que permanecan vivos.
	Solamente cuando alcanzaron el foso y el puente levadizo fue
bajado, los cuatro templarios volvieron a montar, para entrar dig-
namente en Montsegur, dos en cada uno de los caballos, casi como
silo hubiesen hecho a propsito para exhibir una seal de recono-
cimiento, para mostrarse como emblemas vivientes del sigilo del
Temple.

	-Aqu en Montsegur vers cosas que te sorprendern -dijo a
Gunter el Maestre de todas las casas de Occitania-, pero no debe-
rs dejarte sorprender. Y no debers intercambiar una sola palabra
sobre ello ni siquiera con los fidelsimos hermanos que te han
acompaado hasta aqu en este viaje. T conoces el Bafomet; ellos
no. T podrs, por consiguiente, comprender el misterio de la
Damadis, de nuestra Seora; ellos, no.
	Gunter de descolg del cuello la bolsa que contena el mensaje
y se la entreg.
	-Yo slo tengo que entregarte esto -dijo-. Mi misin ter-
mina aqu.
e




	-No -respondi el Maestre, rechazando la bolsa-, tu mi-
sin no concluye en Montsegur. Tendrs que llevarla todava con-
tigo, y entregarla a otros, lejos de aqu.
	-Pero yo deba llevarla a Carcasona -insisti Gunter-. En
Carcasona me han dicho que debera venir a Montsegur. Ahora
estoy en Montsegur. Es que ha habido variacin respecto a las
rdenes que recib en Tierra Santa?.
	-S.
	-A quin, pues, deber entregrsela?
	-Se te dir.
	Gunter inclin respetuosamente la cabeza y volvi a anudarse
al cuello los lazos que aseguraban la bolsa.
	-Permanezco a la espera de las rdenes que me deis -dijo
con resignado sentido de la disciplina.
	-Las tendrs muy pronto
	-Puedo preguntar una cosa?
	-Ciertamente -sonri e Maestre-, si no es por pura y
ftil curiosidad.
	-Quin es la Damadis?
	-Aqu la llamamos la Damadis para distinguirla de las comu-
nes damas, de las hadas de la comarca, que, segn la gente sencilla,
proliferan entre los bosques y los espejos de agua -explic con
cierta indulgencia el Maestre, encogindose de hombros, como s
la cosa no le importase demasiado-. Pero no es preciso mitificar.
No debes enfatizar las imgenes que te sean propuestas. La Dama-
dis es como su nombre: es la Seora Dios. No debes hacer filigra-
nas con esto en tu fantasa. Nosotros siempre hemos sido muy
devotos de la Virgen. El mismo venerable Bernardo, a quien debe-
mos la regla y el reconocimiento de nuestra Orden, asegura haber
sido nutrido por la leche de la Virgen Negra, bajo frondas de enci-
nas y de acebuches. Por qu tanto estupor?
	-As es, Maestre. Por qu entonces tanto misterio? -pre-
gunt Gi.nter-. Siempre hemos venerado a la madre de Dios.
por qu entonces tantas habladuras, tantos discursos a media voz,
tantas palabras dichas y no dichas?
	214	215
	-La madre de Dios, dices t. Y por qu precisamante la
madre? No podra ser la esposa?
	-La esposa de Dios?
	-La esposa del Verbo. Ten en cuenta una cosa, hermano.
Nuestra Seora puede ser cualquier cosa, puede tener todas las vir-
tudes y defectos, excepto uno.
	-Qu es?
	-No puede ser estpida. No se puede dejar embarazar sin
siquiera darse cuenta, sin saber siquiera de quin. Por esto preferi-
mos suponer que se trata de la esposa y no de la madre de Dios.
Pero de esto no debes hablar con nadie.
	-No, ciertamente.
	-Aqu en el Languedoc existen las pruebas de cuanto digo. Y,
desgraciadamente, no somos los nicos en saberlo. Por esto, una
tragedia espantosa est por abatirse sobre esta gente, sobre esta
comunidad sana y feliz, culpable solamente de saber ms de cuanto
sera lcito saber. Por esto, tu misin no puede terminar aqu.
Debers llevar a otro lugar el mensaje que te ha sido confiado.
Aqu ya nada est seguro. Estamos a punto de dejar definitiva-
mente estos territorios.

	Se volvieron a encontrar, ya avanzada la noche, en la cripta
subterrnea del templo, donde una ceremonia extraordinaria y
solemne estaba a punto de celebrarse. Gunter era el nico de los
cuatro templarios que haba sido invitado. Se qued estupefacto al
darse cuenta de que, a pesar de lo restringuido que era el nmero
de participantes, entre las columnas se sentaban muchas damas. Era
la primera vez que vea mujeres acogidas en una sesin templaria,
por lo general tan exclusiva y reservadas.
	-T continas asombrndote por todo -le susurr al odo el
Maestre, como si hubiese ledo sus pensamientos-, porque tienes
miedo de todo. Hasta ahora, tu valor lo has mostrado solamente en
el campo de batalla, donde cada cosa estaba confiada a tu capacidad
fsica para resolverla o a sucumbir con honor. Pero el acceso a un
nivel superior de conocimiento te espanta.
	-Es verdad -admiti Gunter-. Hasta ahora he vivido de
mis certezas. nicamente de ellas me he alimentado. Por qu
quieres desquiciaras?
	-Porque esta liberacin te pertenece. T eres digno. A los
hermanos tuyos que no lo son nadie intentar imponerles nuevas
visiones del mundo. Las que ya tienen son m~s que suficientes.
Vivirn tranquilos por el resto de sus das, y morirn en paz con-
sigo mismos y con el mundo.
	-Por qu yo no?
	-Lo preferiras? An ests a tiempo. Vete, si quieres. Aban-
dona esta reunin que no podr proporcionarte otra cosa que
dudas, tormento, inseguridad...
	En aquel momento, entre las mujeres vestidas de negro que
tomaban asiento en la ctedra, Gunter vio a Perfecta.
	-No, no, permanezco -dijo-. Dado que la paz ya la he per-
dido, pongamos a prueba la fe.

	Y tambin la fe vacil para Gunter cuando se inici el inslito
concilio. Muchas verdades en las que hasta ahora haba credo sin
planrearse preguntas fueron puestas en discusin. Inclusive la
sacralidad de la vida y la obligacin de consevarla fueron deba-
tidas.
	-La vida es tan bella -dijo una mujer-, que no debera ser
un deber conservarla. Ello la rendira odiosa, como todas las cosas
que comportan una obligacin.
	En principio, semejante afirmacin no fue contestada. Se diser-
t sobre mtodos. No poda uno liberarse de la vida -fue la opi-
nin expresada por la mayora- mediante un acto de violencia,
como una pualada o un nudo corredizo, la ingestin de una
pocin venenosa o un salto en el vaco. S se poda uno dejar morir,
sin embargo, renunciando al alimento o por exceso de comida,
echndose a dormir al borde de un barranco en el que se poda pre-
cipitar, o tomando un bao en un ro de corriente insidiosa en el
que se poda ahogar.
	La inanicin fue descartada por el largo tiempo que requera;

	216	217
1
la indigestin, por la vulgaridad y el excesivo tormento que com-
portaba. Se convino que el mtodo ms practicable fuese el de
exponerse al hielo despus de haber sudado, tumbndose, por
ejemplo, sobre un pavimento helado despus de haber tomado un
bao caliente, hasta contraer una pulmona.
	Gunter se sinti desconcertado por la naturaleza con que se
discuta sobre la muerte como un evento vital. Le fue genrica-
mente explicado que aquella clase de muerte, querida y provocada,
deba ser considerada solamente un expediente comprensible por
parte de quien tuviese deseos de acelerar la propia liberacin.
Pero la liberacin de qu? No haban estado todos de acuerdo en
considerar la vida como un don gozoso? Entonces?
	Entonces sc trataba de otra cosa, re flexion Gunter. Se cernan
sobre aquella asamblea premoniciones de tragedia, a las cuales
nadie hacia ilusin, pero que en realidad justificaban todos aquellos
discursos con una urgencia comn, inconfesada, de sustraerse a un
tremendo destino.
	Los templarios no participaban, no intervenan. Su presencia
era como un testimonio.
	Un anciano se levant para hablar en una lengua duce, calid-
sima, que Gunter ya haba odo en otra ocasin.
	De/a/li caritat, leialtat, justicia e veritat en lo mbn, dijo. Comen~4
enemistat, desleialtat, injria efalsetat, e per ar f error e torbament en lo
pobie de Du, qui era creat per ~o que Dus sia amat, conegut, honorat, ser-
vil e temut per borne. *

	Haba odo hablar en esta lengua en Ultramar, en el valle de la
Bekaa, por boca del hermano con el cual se haba enfrentado y
exterminado a una columna entera de sarracenos. Dos contra cien,
record Gunter, o ciento veinte. Aquellas s que eran grandes oca-

	* Desaparecern del mundo la caridad, la lealtad, la justicia y la verdad.
Comenzarn la enemistad, la deslealtad, la injusticia y la falsedad, y de esto surgi-
rn los errores y turbaciones en el pueblo de Dios, que haba sido creado para
que Dios fuese amado, conocido, servido y tenido por los hombres.
siones para la fe. Estaba todo tan claro entonces... La cruz por una
parte, la media luna por la otra. Se viva sin equvocos. Ahora
estaba aqu, lejos de Tierra Santa, en tierra cristiana, envuelto en
disputas ideolgicas que le confundan las ideas.
	Al comenfament, con/o en lo mn vengul menyspreament de justicia
per minvamet de carita, conrinu el viejo, convenc que justicia retor-
nas en so honramentper temor; eper a~ de tot lopob/e/oren/es milenaris, e
de cascun mil/o elet e tria un home pus amable, pus savi, pus le ial e pus
forts, e ab pus noble coratge, ab ms d'ensenyamens e de bon nodrimens,
que tots los a/tres... e aquel borne ha nom cavaller. ~
	Qu significaba todo esto? Por qu esta desolada leccin
sobre los orgenes de la caballera?
	-Porque tiene necesidad de ayuda -explic a Gunter el
Maestre, secamente-. Porque, precisamente por falta de caridad y
de justicia, estn a punto de ser aniquilados.
	-Y qu haremos nosotros?
	-Nada.
	-Pero la suya es una llamada dirigida a nuestros deberes, a
nuestro honor de caballeros.
	-Nosotros somos cruzados, siempre hemos combatido bajo
insignias cristianas. Si contra esta buena gente albigense se est
preparando una cruzada, no podemos intervenir en su defensa, no
podemos batirnos contra la cruz. No combatiremos contra ellos.
	-No comprendo nada. Cada vez resulta todo ms confuso.
	-Esta cruzada no nos concierne, eso es todo. No nos unire-
mos a los cruzados, como espera el papa. No podemos siquiera ir al
campo de batalla contra ellos.
	-En conclusin?


	**	Desde el principio, cuando sobrevino en el mundo el desprecio de la jus-
ticia por falta de caridad, se estableci que sta viniese restaurada por medio del
temor; y por eso todo el pueblo fue dividido por millares, y de cada mil de ellos
fue elegido y consagrado uno que fuese ms amable, ms sabio, ms leal y ms
fuerte que los otros, y que sobresaliese sobre todos por nobleza, valor, sabidu-
ra, experiencia y devocin... Y ese hombre es el caballero.
	218	219
	-En conclusin, nada. Abstenemos es lo mximo que pode-
mos hacer por estos pobres ctaros, tan puros e inocentes como
para representar un peligro para la civilizacin. Lo comprendes?
	-No, pero si as lo ha decidido la Orden...
	-As lo ha decidido.
	Hablaron muchos despus del viejo, hombres y mujeres.
	Ms all de la piedad por esta comunidad sobre la cual se cer-
nan inescrutables amenazas, ms all de la instintiva pena por la
suerte de aquella mujer graciosa que continuaba sonrindole, Gun-
ter se sinti ntimamente herido por el descubrimiento de haber
sido de alguna manera engaado. All todas las mujeres se llamaban
Perfecta y todos los hombres Perfecto. Era un titulo, no un nom-
bre, que les corresponda por haber alcanzado una dignidad espiri-
tual que les situaba por encima de los dems. Eran como sacerdotes
y, en cuanto tales, oficiaron un rito, que en su liturgia llevaba el
nombre de consolarnentum.
	Los perfectos y las per/ectas eran asistidos por los buenos y por las
buenas, unas especies de clrigos con competencias ms o menos
anlogas a aquellas de que se sirve una misa cristiana. Todos se
lavaron las manos y recibieron un Paternster, exactamente como
devotos corrientes, detenindose, sin embargo, para comentar cada
frase y extraer de ellas los ms ocultos significados. Despus se
intercambiaron entre ellos abrazos y bendiciones, se demoraron en
la descripcin de los pecados cometidos y de las gracias recibidas,
reconfirmaron la firmeza de su abrenuntiatio, esto es, de la renuncia
al vnculo con la Iglesia de Roma, y, finalmente, abrieron sobre la
ctedra el Evangelio de San Juan. El libro estaba apoyado sobre un
trozo de lino muy blanco, y junto a l haba una jofaina y un mon-
tn de paolitos blancos para ser utilizados por los oficiantes para
secarse las manos.
	Despus recitaron plegarias tan bellas que los templarios, a
pesar del carcter evidentemente hermtico de la ceremonia, no
pudieron por memos que unirse a ellos. Los ctaros se mezclaron
con los caballeros cristianos y, cogindose de las manos, crearon
una cadena de fraternidad.
	-Objeto de nuestra adoracin es un solo Dios -recitaron a
una voz-, que de la nada extrajo todos los elementos, los cuerpos
y los espritus para ornamento de su propia majestad. Y lo hizo con
la palabra, por la cual orden, con la razn, por la cual dispuso, y
con la virtud, con la cual pudo. Por esto, los griegos llamaron al
mundo Kosmos, que significa ornamento.
	Perfecta, la mujer que Gunter conoca solamente ahora por
este nombre, haba venido a su lado y le apretaba con fuerza la
mano. Como si se tratase de celebrar un matrimonio.
	-Dios es invisible, aunque se vea -dijo ella.
	-Invisible, aunque se vea -repiti Gunter.
	-Es incomprensible, aunque se manifieste.
	-Incomprensible -repiti Gunter.
	-Inestimable, aunque se muestre a los sentidos humanos.
	-Inestimable -repiti Gunter.
	-Por eso es tan verdadero y tan grande -concluy Perfecta,
y lo bes.
	Todos hacan otro tanto, en torno a ellos, intercambiando sig-
nos de paz.
	220	221
MYRTA MYRTILLA


POR qu no me has dicho tu nombre? -pregunt Gunter a
Perfecta, cuando estuvieron solos-. Por qu te has burlado
de m?
	-Somos gente a la que nos gusta bromear. Los franceses del
norte no nos lo perdonan -respondi Perfecta-. Es por esto por
lo que nos detestan y se arman contra nosotros. En esta parte tie-
nen gran fortuna los trovadores y los menestrales; los que estn
locos de amor, aqu encuentran asilo; las hadas tejen impdicas tra-
mas amorosas; los duendecillos se lo toman todo a juego. As
hemos sido hechos. Nos gusta bromear.
	-Pero t no eres ni un hada ni un duende. Y, sin embargo,
has jugado conmigo. Por qu?
	-Me llamo Myrta. Este es mi nombre profano. No hay nin-
gn motivo para ocultarlo. Ya ves, ahora mismo te lo he dicho.
Hacemos las paces? Dejas ya de guardarme rencor?
	-Si, ciertamente. Pero te llamar Myrtilla. Tambin a m me
gusta bromear algunas veces.
	-Est bien, me gusta. Es un bonito nombre que sabe a bos-
que, a matorral. Y, despus, t puedes hacer conmigo lo que quie-
ras. Finjamos con mi nombre. Yo te amo.
	Gunter la bes. Myrta se estrech con fuerza contra l.

223
	-Jugar, jugar entre nosotros -dijo ella-; es un modo de
ocultar nuestros sentimientos, de protegerlos.
	-De qu? -pregunt Gunter en un susurro.
	-No lo s. Somos tan frgiles.
	-Te asusto?
	-Me asusta el amor, me asusta la felicidad que experimento al
acariciar tus cabellos. Me asustan tus ojos y tu respiracin, por la
alegra que me procuran. Me asustan tus dedos, por el calor que
irradian sobre mi piel. S, Gunter, me asustas.
	-~Y qu puedo hacer para tranquiizarte? Decirte que t me
asustas? Hablarte de amor a mi vez?
	-No decir nada. T puedes hacer conmigo lo que quieras.
	-Eso es precisamente lo que me asusta. Me otorgas una tre-
menda responsabilidad.
	-Pero no; no eres responsable. Puedes hacer lo que quieras
porque soy yo quien te lo pide. Desde este momento no hay
pecado, ni escrpulos ni culpas. Eres puro, Gunter. Yo te absuel-
vo. Puedo hacerlo. Tengo facultades para ello, porque soy sacerdo-
tisa, soy perfecta y soy mujer. Te absuelvo, te bendigo y te amo.
Haz conmigo lo que quieras, te lo suplico.

	Los templarios no reemprendieron el camino. Los tiempos y la
urgencia de la misin parecan haberse alejado. Las rdenes tarda-
ban en llegar. A las apremiantes preguntas de Gunter, acerca de
qu era lo que tena que hacer con su mensaje y sobre dnde tena
que entregarlo, cundo y a quin, el Maestre responda que era
preciso esperar, sin dar ulteriores explicaciones, como era costum-
bre en la Orden. Y, como era tambin costumbre, Gunter no insis-
ti, encerrndose en su espera silenciosa y atormentada, sobre la
cual gravitaba la pena por todos aquellos nobles caballeros del
Temple que haban cado en el transcurso del viaje, sin ni siquiera
conocer el objeto de la misin, nicamente por ayudarle a llegar
vivo a su destino en los tiempos establecidos.
	Pero el destino, ahora, se presentaba incierto, y los tiempos
cada vez ms vagos.
	Y as lleg la Navidad, sin solemnidad ni devocin, en me-
dio de un clima humillante de incertidumbre. Montsegur no
era Beln. Y aquella era la primera Navidad que Gunter, que
tena ya ms de cuarenta aos, pasaba lejos de Tierra Santa,
si se exceptuaban los tiempos de la infancia y de la adoles-
cencia, habiendo sido ordenado caballero a los diecisis aos,
convertido en templario a los diecisiete y partiendo a los die-
ciocho.
	Montsegur no era Beln. Muchas misas se celebraron igual-
mente por los cristianos presentes en la roca, que eran muchos.
Pero la indiferencia general de la poblacin, la ausencia de todo
tipo de emocin por esta celebracin tan dulce, tan tierna en los
recuerdos de Gunter, acrecentaba su inquietud, postrndolo en
una profunda melancola, que solamente Myrta consegua con
esfuerzo aliviar.
	-Estamos perdiendo el tiempo -le confi en un momento
de gran desazn la maana del veinticinco de diciembre, al desper-
tar junto a ella despus de una noche en la que los fervores del
amor apasionado haban prevalecido sobre los deberes de la fe,
aniquilndole-. Nada de esto se corresponde con mi historia, con
mis esperanzas, con mis votos... La trama de mi vida est saltando
hecha pedazos. Me he salido de la ruta. Se me escapa el final. Lo
haba previsto todo y, por el contrario, ahora todo se me presenta
muy oscuro.
	Myrta no respondi. Se levant del lecho y fue a prepararle
una tisana de hierbas.
	-No estoy preparado para este tipo de amor -continu
Gunter, como hablando solo-. Es algo que mata el corazn, que
seca el alma.
	-D jalo ahora -le interrumpi imperativamente Myrta, vol-
viendo a la cama con la tisana y una bandeja de frutas-. Crees
que eres el nico en haber infringido los votos, en haber compro-
metid' ciertas esperanzas, en haber perdido de vista el final de la
historia? Bebe esto y olvdate de todo. Tambin yo me he salido de
la ruta, por ti. No estaba previsto, pero ha sucedido. Y me siento
	224	225
feliz por ello. No cambiara lo que nos ha pasado por nada del
mundo. Y no me importa cmo termine.
	Gunter call, bebi la tisana, se sinti mejor y comi la
fruta.
	Un rcpique de campanas, fuera, volvi a serenarlo. Deba de
haber una va de salida, se dijo. Pero no se detuvo a preguntarse
cul podra ser. El cuerpo de Myrta era tibio y tranquilizador, la
habitacin estaba bien caldeada.

	Permanecieron en el lecho hasta muy tarde. Esto estaba, para
Gunter, contra todas las reglas. Pero las reglas valen hasta que se
infringcn. Una vez infringidas a medias, no se comprende por qu
no se deban infringir por completo. Sobre todo, si la infraccin
ms grave ya ha sido realizada.
	Levantarse pronto o tarde, despus de todo cuanto haba acae-
cido, no aada ni quitaba culpas cometidas, si de culpas se trataba.
Era del todo irrelevante. Se est en pecado mortal o no se est.
Cambia, pues, algo si al pecado mortal se le aade uno venial
como la pereza?
	Al menos de esa ltima culpa, Gunter se absolvi por s solo.
La ventaja de pecar en grande es que ya no hay ninguna razn para
echar cuenta de tantos pequesimos pecados que, en condiciones
normales, habran resultado vergonzosos.

	Ya avanzada la maana, poco antes del medioda, lleg una aus-
tera mujer vestida dc negro. Entr con una bolsa llena de viandas,
como un ama de casa que vuelve del mercado, y la solt sobre la
mesa, junto a la cama, sin prestar atencin a Myrta ni a Gunter,
todava arropados bajo las mantas. Despus, lentamente, se liber
del manto y de los otros indumentos pesados en que se envolva,
hasta que qued cubierta nicamente por una simple camisa de
lino. A continuacin, sin decir una sola palabra, se introdujo en
el lecho.
	-Quin es? -pregunt Gunter a Myrta en voz baja, todava
aturdido por el sueo.

226
	-Es Alice, mi socia. Est muy cansada. Tienes que haberla
visto ya en la cripta, la noche de la ceremonia. No ha vuelto a casa
desde entonces.
	-Y qu ha estado haciendo durante todo este tiempo?
	-Ha ido a pie hasta Lavelanet.
	-Por un voto?
	-No, por el mercado, por la compra. Sc encuentran cosas
estupendas todava en el mercado de Lavelaner, setas y caza, fruta
fresca, carne seca, y todo muy barato. Lleva un poco de tiempo,
pero resulta muy conveniente.
	-Comprendo, pero quin es sta Alice?- pregunt Gunter,
que ahora empezaba ya a despertarse y a coordinar mejor las
ideas.
	-Es mi socia, ya re lo he dicho.
	-Qu quieres decir socia? Tenis negocios en comn?
	-Lo tenemos todo en comn. Cierto. Ningn per/ecto puede
vivir solo. Todos estn ligados a su socio o a su socia de por vida. No
nos molestamos entre nosotras, pero tenemos la obligacin de no
separarnos jams y de compartirlo todo. Es la nica imposicin que
tenemos que aceptar.
	-Y si te aburres de ella, si la compaa de tu socia te llegase a
resultar insoportable?
	Myrta sonri, sacudiendo la cabeza con maternal comprensin,
y le respondi como se le responde a un nio.
	-Recuerdas aquella cancin que cantbamos en el bosque la
otra noche, cuando vosotros nos espiabais desde la espesura?
Como felinos, nosotras te buscaremos -canturre-, y donde-
quiera que vayas te descubriremos... Como canes que siguen un
rastro, jams te perderemos de vista... Como serpientes, estaremos
junto a ti...
	-Hasta que en el nombre de Nuestra Seora -record
Gunter a su vez- no hayas retornado a la morada.
	-Eso es -concluy Myrta-. Nuestro empeo es por la vida.
Cuando recibimos el secreto de la perfeccin, somos confiados a
un hermano o a una hermana de ms edad, con el que tenemos que

227



L
~1
compartir la existencia. Pero, te lo repito: nunca nos molestamos
los unos a los otros.
	->tUna hermana de ms edad? -dijo Gunrer, mirando a Alice
adormecida-. No me parece que lo sea tanto.
	-Oh, s -ri Myrta, procurando que no se la oyera-. Lo es.
Solamente que no lo aparenta. Nosotras llevamos una existencia
tan parca, tan sana, tan sencilla, que los aos apenas dejan huellas
sobre nuestros cuerpos.
	-Pero, cuntos aos tiene Alice?
	-No lo s. Una cincuentena, creo.
	->~Cincuenta?
	-~Por qu te maravillas? Te lo he explicado. Nosotros no
aparentamos la edad que tenemos.
	Alice dorma profundamente. Gunter y Myrta, ahora ya com-
pletamente despejados, se levantaron.

	Transcurrieron los das y semanas sin que Gunter viese a sus
hermanos ni fuese convocado para ninguna comunicacin de los
superiores del Temple.
	La vida con las dosper/ecas transcurra lenta y dulce, clida de
inusitados placeres. Myrta era una mujer pequea y fuerte, impul-
siva y curiosa, participe hasta la indiscrecin de los problemas del
amado. Su belleza, mediterrnea y selvtica al mismo tiempo, se
vea realzada y aumentada, adems dc por su extremada juventud,
por sus formas rotundas y redondas. Sus senos, colmados, estaban
siempre turgentes hacia lo alto, como si los pezones fuesen ojos
perennemente vueltos hacia arriba, para escrutar el cielo.
	Alice era una mujer tierna e indulgente, delgadsima, casi
ausente. Participaba en la vida de Myrta, y ahora tambin en la de
Gunter, con sonrisas a la vez cmplices y distantes. Hablaba poqu-
simo, rezaba a menudo, trabajaba mucho. No se llegaba a com-
prender en qu medida aprobaba o deploraba la transgresin de la
que se haba hecho culpable su socia, pero se haba dejado arrastrar
a su vez a ella con un sereno abandono que tal vez encontraba jus-
tificacin en ella por su obligacin de compartir toda pena y toda
alegra con aquella cndida y vivaz hermana con la que conviva,
menor que ella tanto por experiencias como por edad.
	Su vida en comn estaba organizada segn los esquemas de una
inefable geometra espiritual. Las dos mujeres administraban jun-
tas, con absoluta paridad, una existencia recluida en el amplio y
confortable espacio de una gran estancia circular, sin paredes ni
divisiones internas de ningn gnero. Los lechos estaban apoyados
sobre una espesa estera de palma, con varios cobertores, una chi-
menea siempre encendida, perfume de hierba quemada y diversos
pucheros y cacerolas colgando de la pared. Tanto Myrta como
Alice llevaban puestas constantemente, dentro del clido refugio
de la casa, tnicas de lino blanquisimo. En ocasiones se envolvan
en austeros mantos negros, cuando tenan que salir, y se ponan
una capucha en la cabeza. Si eran llamadas a ejercer sus deberes
sacerdotales, como asistir a un moribundo u oficiar una funcin, se
ponan una tnica negra, idntica a la que llevaban los per/ectos del
sexo masculino, recogida a la altura del talle por una cinta a la cual
estaba prendido un estuche de cuero que contena un pergamino
con inscripciones sagradas.
	Nunca se desnudaban del todo, ni siquiera en plena intimidad.
Conservaban siempre, sobre la piel, una camisa; indusive cuando
dorman. A este respecto, sus reglas eran intransigentes. No dor-
mirs nunca sin camisa ni calzn, haba ledo Gunter una vez en
uno de los libros que las dos mujeres tenan amontonados junto a
la pared. No permanecers nunca solo cuando te haya sido asig-
nado un compaero. No renegars jams de tu fe, ni siquiera por
temor al agua, al fuego o a cualquier otro suplicio.
	La presencia de Gunter no haba alterado el orden de aquella
existencia, que se conduca por el hilo de unas normas tan rgidas,
ni corrompido de ningn modo la fe de Myrta ni de Alice, que de
tanto en tanto dedicaban horas a la lectura del Evangelio de San
Juan y de otros fragmentos de la Escritura, evidentemente extra-
polados y recompuestos segn un designio religioso que no era el
de la Iglesia de Roma. Para hacerlo, se retiraban a un pequeo ora-
torio que se comunicaba con la estancia circular, enteramente
	228	229
revestido de troncos, en el que previamente haban puesto a calen-
tar grandes piedras planas. Entraban en este espacio angosto cuan-
do las piedras estaban ya candentes y vertan sobre ellas agua,
produciendo una gran humareda, agradable al olfato por causa de
los aromas vegetales esparcidos sobre las brasas. Permanecan largo
tiempo en aquella especie de horno, Myrta y Alice, leyendo y
haciendo comentarios, hasta que el sudor maceraba los paos en
los que estaban envueltas y stos se les pegaban casi por completo a
su piel. En este punto, salan de all para sumergrse en una tina de
agua helada y frotarse recprocamente con ramas todava verdes.
La mayor parte de las veces, cumplida esta operacin, volvan a
entrar en el oratorio caliente para volver a salir poco despus, vol-
ver a entrar, volver a salir, entrar de nuevo...
	Esta operacin les produca un gran bienestar, por cuanto
Gunter poda constatar, al contrario que aquellos sus pobres
libros, indignamente deteriorados por la humedad y el calor, redu-
cidos la mayor parte de las veces a un amasijo indecoroso de pgi-
nas opacas, arrugadas, casi ilegibles, entre las cuales nicamente las
dos per/ectas eran capaces de entrever principios y mximas tiles
para sus devociones.
	-Pero cmo es conciliable este fervor vuestro, este vuestro
rigor religioso, con las libertades que nos estamos tomando?
-pregunt una noche Gunter a Myrta, despus de que, al trmino
de una de sus lecturas en el bao de vapor, las dos mujeres se
haban escondido bajo las mantas bebiendo vino caliente con
clavo.
	-Y cmo conciliar todo esto con tus reglas monsticas? -re-
bati Myrta riendo.
	-De hecho -admiti Gunter-, no es conciliable. Vivo esta
contradiccin sin podrmela explicar. Me gusta y basta. No lo
comprendo.
	-Te hace infeliz?
	-No, me atormenta, que es distinto. Soy espantosamente
feliz.., y esto no est en absoluto previsto. Me atormenta.
	-Vive, pues, tu felicidad y deja que se pierda el tormento -in-
tervino Alice-. No hay nada que conciliar. La alegra y el dolor se
alternan y se suceden sin explicacin. Como la suerte y la desgracia,
el orden y el desorden, el bien y el mal. No hay por qu hacer de
ello un drama. Dios tiene necesidad del mal tanto c9mo del bien.
Toda cosa es necesaria a su contraria y todo entra en la armona
general del universo.
	-Es terrible eso que dices.
	-Pero por qu?
	-Porque lo justifica todo, porque cancela toda culpa. Es
espantoso.
	-Tanto te preocupa la culpa?
	-Sin duda no hay redencin... Si eres libre... Es pavoroso sen-
tirse libre!
	-Escucha, Gunter, si lo que quieres es una leccin de cate-
cismo, vulve al Temple -le interrumpi Myrta con aquella amo-
rosa superioridad que alguna vez la volva odiosa e irresistible al
mismo tiempo-. Tcame las piernas, acariciame. Te gusta? Es
verdaderamente tan espantosa esta libertad? Tcame ms, tca-
me... No terminars en la hoguera por esto; no es posible que eso
te ocurra por tan poca cosa.
	-La hoguera no me asusta.
	-Entonces reljate. Si tocarme te da miedo, djate al menos
tocar. El alma no est en juego. Esto es solamente cuestin del
cuerpo.
	Con dedos expertos, empez a hurgarle; con labios tierns-
mos, lo bes. Alice, entretanto, se haba adormecido y ya no les
escuchaba. Myrta lo bes de nuevo, le mordi suavemente en un
hombro. l la dej hacer. La chimenea expanda en torno volutas
de humo y efluvios de hierba. Haca una noche magnfica, blanqui-
sima, que desde el exterior se licuaba en la estancia a travs de las
fisuras de las ventanas entornadas.
	No es posible, se dijo Gunter, sumido en un mrbido entume-
cimiento, como de fiebre, no es posible que Dios conceda placeres
a quien tan torpemente le ha servido.
	Y ste fue el ltimo de sus pensamientos razonables, porque ya
	230	231
haba perdido definitivamente el alma, y Myrta se haba apropiado
de ella. La mantuvo estrechada contra si hasta el alba.
	-Es verdaderamente tan espantosa esta libertad? -suspir la
per/ecta-. Eres libre, Gunter; todos somos libres.
	Pero Gunter, que, hasta ahora, haba identificado la libertad
con la soledad inmensa de Ultramar, con los amplsimos desierto:.
de Siria y Palestina, no comprenda. Una mujer le hablaba de liber-
tad, pero l nunca se haba sentido tan prisionero.
	Para liberarlo lleg, finalmente, a la maana siguiente, un emi-
sano del Maestre, que lo recondujo al Temple con urgencia.
EL SACRIFICIO DE
LOS CABALLEROS GRISES

13 EDRO de Aragn, nico rey cristiano que se haba echado al
.17 campo de batalla de parte de los herejes albigenses denomina-
dos ctaros, haba sido hecho prisionero en la batalla y asesinado.
El ejrcito de las gentes de Occitania, tan poco avezadas en las
armas como insuperables en los cantos de amor y en los ms ino-
cuos placeres de la vida, haba sido dispersado por la caballera
pesada de Simn de Montfort. Los cruzados que haban bajado del
norte invadan el Languedoc, incendiando y destruyendo sistemti-
camente toda forma de vida. Ni siquiera los animales ni las plantas
sobrevivan a su paso.
	Beziers haba cado. Narbona, Minerve, Perpin, Carcasona y
la misma Toulouse estaban amenazadas. El circulo se iba estre-
chando irremediablemente en torno a Montsegur.
	Reunidos en la gran sala de la capitana, los templarios presen-
tes en la roca escuchaban en silencio la relacin de un mensajero.
	-Ya no se combate -concluy el mensajero-, porque ya no
hay combatientes con vida.
	En torno se hizo un gran silencio y todos miraron al Maestre,
que estuvo largo rato callado antes de hablar, como atormentado
por una penosa incertidumbre sobre las decisiones que tendra que
tomar. Finalmente, con el rostro marcado por el profundo males-
	232	233
tar que le embargaba y una voz que traicionaba la confusin de sus
sentimientos, hablo as:
	-No tenemos otra salida sino marcharnos, evitando todo
posible encuentro. Bien s que esto os repugna. Muchos de voso-
tros habis combatido sobre y bajo las murallas de Jerusaln, de
Acre, dc Damieta, de Constantinopla, como cruzados. Pues bien,
tambin son cruzados estos caballeros que se aprestan a asediar
Montsegur. Es una cruzada distinta, de acuerdo, una cruzada que
hiere nuestras conciencias. No tomaremos parte en ella, no nos
uniremos a ella para masacrar a esta buena gente con la cual hemos
compartido nuestra existencia durante aos. Pero tampoco pode-
mos defender a esta buena gente, porque para la Iglesia est man-
chada de hereja; no podemos tomar las armas contra otros cruza-
dos, por innoble y sanguinaria que sea la empresa que se disponen a
cumplir.
	Con estas palabras, el Maestre transmiti a toda la comunidad
templaria su embarazo, su consternacin, su pena. Callaba ahora,
como esperando una reaccin, una seal de asentimiento o de dis-
conformidad, una respuesta para sus dudas, pero ninguno de los
caballeros presentes pidi la palabra.
	-Sin embargo... Sin embargo -continu el Maestre dcspu5
de un silencio todava preado de las palabras que acababa dc
pronunciar-, no cargar a ninguno de vosotros con una responsa-
bilidad tan grande. No impondr ningn vnculo a las conciencias
de aquellos que quieran permanecer aqu, en Montscgur. El que
quiera compartir su destino con este desdichado y bondadoso pue-
blo puede hacerlo. Podr batirse contra los cruzados de Mont-
fort... a condicin, sin embargo, de renunciar a las insignias del
Temple. Aquellos que permanezcan no tendrn ni bandera ni cruz.
Combatirn con mantos grises, sin blasn, con escudos desnudos,
sin ningn tipo de distintivo. Nadie podr cnarbolar el Bausant ni
lanzar jams ningn grito.
	Se interrumpi porque le falt la voz a causa de la emocin.
	-Ninguno de aquellos que permanezca -continu- podr
invocar a Dios en la batalla, ni siquiera si cae bajo los golpes del

234
enemigo... si no es en el silencio del propio corazn. Ninguno
podr gritar su fe. Quien quiera, puede hacerlo ahora por ltima
vez: no por mi gloria...
	-No por mi gloria, Seor, no por mi gloria -gritaron
todos-, sino por la tuya!
	El eco de aquel grito, que tanto terror haba sembrado en Tie-
rra Santa entre los sarracenos y los infieles de todas las razas,
reson ahora en toda su orgullosa certeza contra la bveda de
arcos de la capitana, propagndose por el exterior, sobre los quie-
tos techos de otros infieles, no ya como amenaza, sino como
prueba extrema de amistad y de muerte.
	En el silencio que sigui, el nico sonido perceptible fue el
rumor de los blancos mantos cruzados, de los que se despojaban los
templarios, amontonndolos en un rincn, para no volvrselos a
poner nunca ms. Despus, los que haban dedidido permanecer y
los que, por el contrario, se disponan a partir se fundieron en un
abrazo. Los haba que no lograban contener las lgrimas.

	Gunter se contaba entre los que decidieron quedarse. Estaba
desanudando los cordones del manto para soltarlo con los otros,
cuando el Maestre le hizo seas de que le siguiera.
	-T no -le dijo, despus de haberlo conducido a otra sala, en
la cual le esperaban Len, Cimbro y Telmo-. T no puedes per-
manecer en Montsegur. Debes llevar a cabo tu misin. Dnde
est el mensaje?
	-Siempre aqu -respondi Gunter, mostrndole el saquito
anudado al cuello, protegido por la cota de malla-. No me separo
nunca de l, como me ha sido ordenado.
	-Tu sacrificio seria intil.
	-Si es por eso, tambin el de los otros. Nadie puede detener
al ejrcito de Montfort. Pero no se combate nicamente para ven-
cer. Unas veces se vence y otras se muere.
	-S, as es. Pero para ti es distinto. No puedes elegir. Para ti
hay rdenes precisas. Partirs maana.
	-Dnde debo entregar el mensaje?


235
	-En la casa de madre de Payns. Remontars la Auvernia hasta
Clermont-Ferrand, despus la Borgoa hasta Dijn. Seguirs ex-
clusivamente este camino -explic el Maestre, mostrndole un
mapa-, y te detendrs solamente en las casas y bailas templarias
sealadas en este mapa con una doble cruz.
	-~Por qu slo por estos caminos? No es el recorrido ms
breve.
	-No, pero s son los caminos controlados por la Orden, los
nicos que podemos recorrer con la certeza de no encontrar obs-
tculos ni insidias.
	-~Y despus de Dijn?
	-Irs por este camino -indic el Maestre sobre el pergami-
no- hasta el Bosque de Oriente. All os estarn esperando herma-
nos que os escoltarn hasta Payns.
	-~Qu tendr que hacer para reconocerlos?
	-Sern ellos quienes os reconoceran.
	-~Y cmo harn para conocer el punto exacto y el da de
mi llegada?
	-Seguid el itinerario que os he dicho. Siempre habr quien
sealar vuestro paso y os socorrer, si tuvieseis necesidad de ello,
y sea lo que sea lo que ocurra.
	-~No es muy complicado? No resulta arriesgado que haya
demasiada gente que conozca mis paradas?
	-Al contrario; nosotros somos invencibles en la cristiandad
precisamente porque podemos detenernos y comunicarnos sin
riesgo, ms de prisa que cualquiera, sirvindonos de caminos nues-
tros, cominos que hemos dibujado sobre los mapas y excavado en
la piedra y que hoy controlamos por la libertad de todos.
	-~Qu quiere decir la libertad de todos?
	-Quiere decir que no habr hombres libres hasta que todos
no puedan comunicarse entre ellos, detenerse e ir adonde quieran.
Y esto puede asegurarlo solamente una Orden soberana e indepen-
diente como la nuestra, una Orden que est ms all de los Esta-
dos, que gaste todos sus recursos en alcanzar una armona univer-
sal, en cuyo mbito los campesinos puedan cultivar la tierra sin ser
oprimidos; los mineros, excavara; los comerciantes, vender o
comprar; los albailes, construir casas o templos de paz; los artis-
tas, realizar sus sueos, y los sabios, prodigar los frutos de su inte-
lecto para bienestar de la comunidad, protegidos todos sin excep-
cin por caballeros honrados y fuertes, vinculados por un pacto de
fraternidad entre ellos y un juramento inviolable ante Dios. Es por
esto por lo que hasta ahora hemos construido ms caminos que
iglesias, ms factoras que monasterios, ms albergues que castillos,
pero tambin torres y bastiones para defenderlos, plazas fuertes
inexpugnables y arsenales militares.
	-Partir yo solo?
	-Con uno de los tres templarios que te han seguido hasta
aqu. Elgelo tu.
	-Elegira a Len de Varazze, dado que es mi lugarteniente.
Pero no quiero forzar la voluntad de ninguno de ellos. Si l ha ele-
gido permanecer, me ir bien cualquiera de los otros.
	-Es lo mismo. A los tres les gustara quedarse.
	-Que lo echen, entonces, a suerte.
	As lo hicieron. Le toc a Telmo de Stratford acompaar a
Gunter. Los cuatro templarios se abrazaron y se besaron repetida-
mente en las mejillas. Telmo retom el manto blanco, que haca
apenas un momento se haba quitado y se lo ech sobre los
hombros.
	-Y t, Maestre, qu hars? -pregunt Gunter.
	-Me quedo en Montsegur.
	-No es una prdida demasiado grave para la Orden?
	-Ninguna prdida es leve.

	-No quiero perderte Myrtilla. Yo te amo, Myrta Myrtilla.
No tengo fuerzas para dejarte -as deca y repeta una y otra vez
Gunter aquellas ltima noche en Montsegur, como un lamento,
estrechando fuertemente a su perfecta entre los brazos y acunndola
como si fuese una nia-. Vente conmigo, Myrtilla. Nadie podr
alcanzarte ni hacerte ningn dao se vienes conmigo.
	-Sabes bien que no quiero, sabes que no puedo -dijo ella
	236	237
con un hilo de voz, sin renunciar a sonreirle como siempre, aun
cuando estuviese a la vez intentando contener las lgrimas.
	-Entonces, yo me quedo. No me voy.
	-No, Gunter, t re irs. Aunque yo me quede, t te irs. Una
perfecta no puede sustraerse a su destino, ni tampoco un templario.
Me odiaras todo el resto de tu vida si, por causa ma, por el amor
de una mujer, traicionaras tu fe.
	-Yo he perdido la fe. Estoy solo.
	-La fe se pierde y se vuelve a encontrar, si no hay por medio
alguna infamia o alguna traicin. Pero si traicionases por mi, po
una mujer, nunca ms tendras paz. Serias perseguido el resto de
tus das por los fantasmas del Temple, de tus hermanos cados en
Tierra Santa, por los sueos de que te alimentaste de nio.
	-Y si parto, sern otros fantasmas los que me persigan.
	Recuerdos, no fantasmas. T no podrs olvidarme jams. Esta-
r siempre a tu lado. Pero no ser un fantasma, un ncubo, una per-
secucin... Ser simplemente Myrta, tu Myrtilla, una memoria de
amor.
	Insista en sonrer, esforzndose en darle valor, pero las pala-
bras se deshacan en la boca, y ya no tenan ni saliva para tragar.
Dentro de nada estallara en llanto, y no quera que l la viese llo-
rar. Gunter lo comprendi y la atrajo contra s fuertemente, de tal
modo que pudiese esconder el rostro en su pecho y finalmente
pudiese llorar hacindose la ilusin de no ser vista.
	Myrta sacudi la cabeza.
	-Ya lo hemos decidido, Gunter.
	Estaban solos como la primera vez, sumergidos en aquel tibio
montn de mantas, que resultaba tanto ms confortable cuanto
ms se deshaca. Como la primera vez, Alice no regresara sino
hasta bien entrada la maana, reclamada en otro lugar por sus
deberes rituales, o tal vez inspirada por una instintiva discrecin
respecto a la joven socia, en aquel momento tan especial para
ella.
	El reverbero de la chimenea iluminaba con sus destellos irregu-
lares el orden sencillo de aquella nvea estancia circular. La mirada


238
de Gunter se desliz por sobre todos los detalles, que parecan all
combinados segn una lgica del adorno inexplicablemenre cruel,
con el fin de diluir la intensa melancola que experimentaba. Mir
las escudillas dispuestas en fila sobre la repisa, la mesa con el fru-
tero colmado de frutas, los libros amontonados en un rincn, el
atril y, finalmente, los reflejos de las llamas sobre el bronce de las
ollas. Las brasas vibraban como alimentadas por un invisible fuelle.
Gunter se aterr ante los atroces pensamientos que el fuego le sus-
citaba. Todo esto, se dijo, quedar reducido a cenizas. Este ino-
cente orden, esta apacible nitidez de las cosas, esta pureza que sabe
a fruta y a leche, todo esto terminar en el fuego. Estas paredes
sern derruidas y quemado todo cuanto contienen. Myrta ser
muerta; la pequea, frgil y dulce Myrta, violada y matada, en
nombre de un principio.
	-T vendrs conmigo -empez de nuevo Gunter.
	-No, no ir -repiti Myrta, fatigadamente.
	-Entonces, yo me quedo.
	-Ni yo ir, ni t te quedars. Pero no debes arormentarte,
amor mio. Ya te lo he dicho. Nosotros no nos dejaremos jams.
Aunque me quede en Montsegur, ir contigo, adonde quiera que
t vayas. Aunque partas para no regresar jams, t te quedas en
Montsegur, conmigo, para siempre.
	-Esas son slo palabras.
	-No, son un hecho, una realidad, una parte viva de ti que se
ha transferido aqu, dentro de m, en m vientre... Y crece, crece,
crece, crecer hasta salir fuera, para hablar con tu voz, para mirar el
mundo con tus ojos. No quera decrtelo, porque s que esto
aumentar tu pena, sin embargo... sin embargo -Myrta rompi a
llorar sin preocuparse ya por ocultar el rostro-, debera hacerte
feliz, debera darte fuerzas para partir sin pesar, porque de alguna
manera permaneces conmigo en Montsegur.
	Gunter no supo qu decir. Le acarici la cara, la bes, le pre-
gunt si lloraba dc alegra o de dolor. Ella dej de llorar y
sonro.


239



L
EXTERMINIO EN EL LANGUEDOC


ESTABA ya muy avanzada la maana cuando, contra todas las
reglas de los templarios, Gunter y Telmo dejaron a sus espal-
das las murallas de Montsegur y, con rapidez, descendieron por la
acentuada pendiente, sujetando los caballos por las bridas. Haba
dejado de nevar ya haca das. La nieve se estaba derritiendo y ali-
mentando fangosos arroyos por entre los pliegues del imponente
zcalo de rocas. Una lluvia menuda y constante bata sobre el
terreno y sobre los bloques de hielo residuales, formando una
amalgama resbaladiza.
	Solamente al trmino del descenso, despus de haber guiado y
sujetado sus caballos para que no se precipitasen por la empinada
ladera, los dos caballeros montaron sobre sus sillas y se volvieron
para mirar por ltima vez la roca.
	-Cunto podr resistir? -dijo Telmo.
	-No lo s. Puede que tres meses, puede que treinta aos -se
encogi de hombros Gunter, respondindose a s mismo ms que a
su amigo, al tiempo que espoleaba su caballo.
	Como por ttrica casualidad, Abelcain volvi tambin el morro
hacia las murallas y relinch.
	Cabalgaron durante horas sin hablar, bajo la lluvia. Despus se
intercambiaron alimentos y comieron, sin desmontar.


241


L
	-La mejor parte de nosotros se ha quedado en Montsegur
-dijo Telmo-. La peor, lo abandona.
	-Cmo puedes dividir las dos partes? -objet Gunter,
como repasando en su mente una leccin estudiada durante largas
y eternsimas noches de aprendizaje de la vida-. La mejor parte
que hay en ti tiene necesidad de la peor para expresarse. Como
cuando combatamos bajo los muros de Jerusaln.
	-No comprendo qu quieres decir.
	-Es muy sencillo, si se piensa en ello. Nuestro fin era noble;
pero nuestros mtodos, abyectos. Combatamos bajo el signo de la
cruz. Matbamos y nos dejbamos matar para liberar el sepulcro de
uno que haba predicado el mandamiento de no matar. En todo
esto hay algo que no cuadra.
	-Te sientes culpable por ello?
	-Yo me siento siempre culpable. Es la nica certeza que per-
manece en m. Me alimento de culpa. No podra sobrevivir sin
ella.
	A la maana siguiente se cruzaron, en el camino de Muret, con
la vanguardia de la caballera de Montforr. Reconocidos como cru-
zados provenientes de Tierra Santa por las insignias que llevaban
sobre los escudos y los mantos, fueron objeto de grandes manifes-
taciones de simpata, a las cuales ellos respondieron con movimien-
tos no tan entusiastas de la cabeza.
	Conforme progresaban hacia el norte, creca el nmero de jine-
tes con los que se cruzaban, hasta que hubieron de encontrarse con
una densa masa de hombres armados, muchos de ellos a pie, as
como mquinas de asedio, carruajes y turbas de sacerdotes vocife-
rantes. Estos ltimos invocaban a Dios con arrogancia, levantando
las manos al cielo y lanzando jaculatorias con rabiosa prepotencia.
Impetraban la proteccin divina para los cruzados contra los cta-
ros, pero su mstica exaltacin, su furor, era tal, que casi propor-
cionaba la impresin de que estuviesen amenazando a Dios, en vez
de implorndolo.
	-jUnios a nosotros, caballeros del Temple! -les grit un
obispo recubierto de una armadura, sorprendido por la presencia
de dos cruzados que avanzaban en direccin opuesta-. jUnios a
nosotros, en nombre de Dios!
	-En el nombre de Dios -respondi Telmo sin detenerse-,
las rdenes que hemos recibido nos llevan hacia otra parte.
	-Pero, para servir a Dios, debis invertir la marcha -insstio
el obispo, rodeado de sacerdotes y otros hombres armados-. Dios
nos quiere a todos reunidos, all en Montsegur, para que extirpe-
mos la ltima hereja que todava nos envilece.
	Sacerdotes y soldados se aglomeraron en torno de los dos
templarios.
	-A Dios ya le hemos servido en Tierra Santa -le apostrof
Gunter despectivo-. Y ahora sabemos bien dnde tenemos que
servirle, segn cuanto nos ha sido ordenado.
	-Adnde vais entonces?
	-Adonde nos manda el Temple.
	Al responder, Gunter haba apoyado la mano sobre la empua-
dura de la espada y Telmo haba hecho otro tanto.
	El obispo se ech a un lado, cedindoles el paso. Y su escuadra
tambin se abri, dejndoles pasar.
	Gunter y Telmo remontaron, cada vez con mayor lentitud, la
tumultuosa corriente del ejrcito, en una sucesin alternativa de
aplausos e invectivas; aplausos por sus insignias de cruzados e
invectivas por el hecho de que marchaban en direccin contraria a
la cruzada. Hasta que, a ltima hora de la tarde, alcanzaron la lla-
nura donde el grueso del ejrcito estaba disponiendo el campa-
mento para pasar la noche. Innumerables hogueras ardan en
medio de aquella amplia marea de tiendas que se perda de vista en
el horizonte. Pero la cosa ms impresionante era el celo con que los
carpinteros y clrigos se afanaban y prodigaban en la fabricacin de
efmeras tarimas, destinadas a la demolicin a la maana siguiente y
en torno a las cuales los capellanes disputaban ruidosamente por
un espacio para decir misa o predicar.
	Frecuentes altercados entre obispos y caballeros, entre solda-
dos y sacerdotes, acrecentaban la confusin trgica -y en ciertos
aspectos cmica- de aquel escenario desolado.
	242	243
	-Que ningn hereje sobreviva! -advirti un sacerdote, al
finalizar un exaltado sermn, lanzado desde lo alto de una de aque-
llas improvisadas tarimas.
	-Pero cmo haremos para distinguir a los cristianos de los
herejes? -replic un caballero.
	-Matadlos a todos -grit el sacerdote-. Dios, despus,
sabr reconocer a los suyos.
	Hizo falta toda una noche y otro da para que los dos templa-
rios, progresando a un paso lentsimo por entre aquella masa de
hombres y de armas, superasen a toda aquella formacin de cruza-
dos y pudiesen finalmente introducirse en la red de caminos libres
que le haba sido sealada.
	Cuntos hombres, pens Gunter, apenas pudo respirar nueva-
mente el aire libre de la llanura; cuntos hombres armados y cunta
fe para dar muerte a mi hijo.

	Atravesaron tierras desoladas sobre las cuales no quedaban ya
ms que alguna que otra rara seal de vida. Junto con las cosechas,
los cruzados de Montfort haban quemado tambin los rboles y
degollado a los animales. De pueblos y granjas enteras no quedaban
ms que informes montones de casas derruidas y vigas incineradas,
a los que era imposible acercarse por el hedor de los cadveres
insepultos.
	Una horrenda calgine de muerte se cerna sobre toda la
regin. No haba nadie a quien se pudiera socorrer. Como domina-
dores absolutos de aquel escenario silencioso, haban quedado los
perros, que, reunidos en manadas y animados por la extraordinaria
abundancia de alimentos, corran veloces de un montn de ruinas a
otro.
	La nica variacin sobre sus ladridos la constituan los mugidos
lastimeros de las pocas vacas supervivientes y ahora privadas de
dueos que enloquecan por causa del tremendo dolor de sus ubres
henchidas de las que nadie poda nutrirse ya.
	Superada finalmente aquella comarca de muerte, hasta haca
poco renombrada por la alegre prosperidad de su gente, por la
laboriosidad de sus artesanos y por la inextinguible fantasa de sus
cantores, Gunter y Telmo se encaminaron a travs de caminos
seguros, a lo largo de los cuales volvieron a encontrar vida y ofi-
cios, campesinos al arado, herreros al yunque, posadas impregnadas
de olor a menestra y a pan apenas sacado del horno. Eran los cami-
nos templarios, en torno a los cuales la espada de la Orden asegu-
raba con su proteccin una tranquilidad sin condiciones y tambin
una cierta libertad de costumbres.
	Recorrieron muchas millas sin encontrar insidias ni tener que
recurrir ni una sola vez a las armas, pernoctando en casas confori a-
bIes, en las cuales eran reconocidos y acogidos como si les espera-
sen desde hacia mucho tiempo.
	Participaron en los ritos y en las funciones de las comunidades
que les ofrecan hospedaje. Se reencontraron con el placer de cui-
dar de los caballos en la tibieza de una cuadra bien aderezada y de
alimentarlos sin tener que medir el heno, y huntarles la piel con
aceite despus de haberles librado de los arreos. Recuperaron,
finalmente, el bienestar del sueo entre los muros protegidos por
hermanos bien armados.
	Pero, lejos de serenar a Gunter, lejos de colmar aquella intole-
rable sensacin de vaco que haba extinguido su fe, toda aquella
paz no haca ms que acrecentar su tormento. Cuanto ms se sim-
plificaban las cosas en el exterior, ms se complicaba dentro de l la
maraa de encontrados sentimientos e interrogantes respecto a
cuanto haba dejado a sus espaldas.
	Trat de calmar su inquietud haciendo clculos mentalmente.
Si Montsegur resistiese durante aos, como era probable, l podra
regresar a tiempo dentro de aquellas murallas para conocer a su
hijo. No sabra qu nombre le habran puesto, pero no le sera dif-
cil encontrarlo. Se pregunt qu nombre le habra puesto Myrrilla,
de qu lo habra alimentado, con qu juegos lo habra alegrado en
medio de la angustia sofocante de aquel universo de tinieblas. Ima-
gin caballos de trapo y diminutos carros de madera, con los cuales
transportar grava para construir castillos en los cuales hospedar a
los perdidos reyes de las fbulas. Se interrog por el sonido de su
	244	245
primer gemido y sobre el sabor de los frutos que Myrtilla habra
descortezado para l.
	Soaba as despierto, para ayudarse a deslizarse en un sueo sin
sueos, todas las noches, ya fuese permaneciendo sobre la silla, ya
fuese tendido en el acogedor lecho de uan casa remplaria.





EL ORACULO FATIGADO


EN Dijn, Gunter volvi a encontrar, una vez ms, al Bafomet.
No tena nada que ver con el dolo austero de Tiro, con el
mitico simulacro de Chipre, ni con la piedra desgastada de Monte-
casino. Era un gran ngel mecanizado y, segn aseguraban los her-
manos de aquella capitana, inteligente. Un autmata, en suma,
capacitado para mover las articulaciones y emitir sonidos, unos.
sonidos que, de vez en cuando, eran interpretados y recibidos
como respuestas.
	nicamente unos pocos dignatarios especializados en el arte de
la mecnica y de los nmeros eran depositarios de su secreto. En
realidad, la mquina sacra no estaba programada ni, aparente-
mente, era previsible en sus reacciones. Bastaba con un impulso,
con una operacin oculta que sirviese para ponerla en movimiento,
y actuaba. El secreto estaba todo all, en el impulso. Una compleja
maraa de cifras anotadas sobre una mesa de marfil permita, a los
pocos que posean la clave, traducir la matemtica en verbo.
	No era, despus de todo, una cosa nueva. Parece ser que
Alberto Magno y el erudito pontfice Silvestre haban posedo
ambos cabezas mecnicas, estatuas mviles y doradas, capaces de
suministrar respuestas a las preguntas que les eran dirigidas. Se
haba hablado ms veces de magia con referencia a semejantes pro-,
	246	247
digios, pero, en el secreto del Temple, estas habladuras haban
sido redimensionadas en general -segn Gunrer recordaba- por
las explicaciones de los hermanos versados en el estudio de las
matemticas, los cuales haban justificado el fenmeno remitin-
dose a la realidad recurrente de los opuestos, en una especie de sis-
tema binario en el cual los nmeros pares e impares se contrapo-
nan entre ellos, como el calor con el fro, el blanco con el negro en
el Bausant, emblema de la Orden, pero tambin smbolo compen-
dioso de todas las verdades conocidas.
	Algo de este tipo Gunter lo haba ya visto y verificado en
Ultramar, en los laboratorios del mago EI-Ghirbi, de El Cairo, que
no pocos caballeros cristianos haban frecuentado, ocultos bajo dis-
fraces de caminantes, para hacerse predecir el futuro. No se tra-
taba, en el fondo, ms que de muecas que estaban en disposicin
de animarse, de dejarse poseer por un espritu, dotadas sobre todo
del poder de dar indicaciones militares o la ubicacin de tesoros
escondidos. Era por esto, evidentemente, por lo que los agentes
del Temple y los soberanos comprometidos en la cruzada las tenan
muy en cuenta.
	Otra vez, ms tarde, retenido durante das en un monasterio
suf como miembro de una delegacin templaria en el transcurso
de ciertas negociaciones con el califa de Bagdad, Gunter haba
pasado toda una noche descifrando los signos de una marioneta
animada, que le suministr indicaciones esenciales para el xito de
aquella misin diplomtica. Se trataba de una figurilla humana
sujeta a una columna vertical de hueso, sobre la cual haba toda una
sucesin de pernos de oro, que remataban en siete series de lazos
mviles y lminas de plata. Este ingenio, evidentemente manio-
brado por alguien que tena la misin de suministrar informacio-
nes, expresaba combinaciones de signos que, una vez referidos a
los expertos descifradores del Temple, se traducan en mensajes.
	A los ojos de Gunter no resultaba despus de todo tan asom-
broso este sofisticado ngel de Dijn, que mova de vez en cuando
las alas y emita lamentos herrumbrosos.
	-Pregntale lo que quieras -dijo el Maestre, que se contaba

248
entre los raros y orgullosos conocedores de aquel oscuro mecanis-
mo-; pero no ms de dos o tres preguntas. Su alma est fatigada.
	-No s qu preguntarle -dijo Gunter esquivo-. Las rde-
nes que he recibido estn claras y bien detalladas. No preveo nn
gn imprevisto.
	-Los imprevistos son tales precisamente porque nadie los
prev -ri el Maestre, ante la evidente contradiccin en los tr-
minos de Gunter.
	-De acuerdo, pero no tengo preguntas. No s qu preguntar.
	-No importa, prueba.
	-Est bien -acept Gunter un tanto fastidiado, como por
juego-. Volver alguna vez a Tierra Santa?
	El ngel se movi, chirri al efectuar media vuelta sobre s
mismo y movi ligeramente las alas.
	-Qu respondi? -pregunt Gunter.
	-Dice que es una pregunta genrica. No comprende qu
entiendes t por Tierra Santa.
	-Genrica la Tierra Santa? La Tierra Santa es la Tierra
Santa! Todos sabemos lo que es.
	-Quiz el orculo intenta decir que toda la tierra es santa, y
no comprende a qu parte del mundo te refieres. Quiz esta tierra
en la que nos encontramos ahora es menos santa que otras? Intenta
formular mejor tu pregunta. S preciso.
	-Est bien. Volver alguna vez a Jerusaln?
	Otros movimientos del ngel, con algunas variaciones. Pero,
esta vez, la criatura desplaz imperceptiblemente los ojos, hacin-
dolos girar en la esfera de un campo visual bastante restringido, y
emiti un dbil sonido gutural.
	-Qu ha dicho?
	-Dice que no. Dice que ninguno de nosotros volver a ver
Jerusaln, pero que muchos templarios que ahora se encuentran
all regresarn pronto a su tierra madre, aqu, en la marca de
Europa.
	-Y a Montsegur? Volver a Montsegur?
	-Es una pregunta genrica. El orculo no sabe qu responder.


249


L
	-Cuntos aos resistir Monrsegur?
	-No responde. No sabe qu es Montsegur.
	-Y a mi hijo? Lo ver alguna vez?
	-Pregunta inadmisible. Tu hijo no existe, dice el ngel.
	Gunter no plante ms preguntas. Extrao vidente este ngel,
pens, que encuentra las preguntas tanto ms genricas cuanto ms
especficas son.
	Acostumbrado a otros prodigios, le pareci que todo aquello
se pareca demasiado a un juego de sociedad, mucho ms que a
aquellos ermticos rituales para los que los niveles superiores de la
Orden le haban preparado.
	El Maestre cubri la mquina con un pao negro y la bendijo,
devotamente, como desendole un buen descanso.
	-El ngel est fatigado -dijo en voz baja-. No le cansemos
con otras preguntas.
	-Lstima! -exclam Gunter, encogindose de hombros-.
Me hubiese gustado hacerle otra pregunta.
	-Qu pregunta?
	-Nada de particular. Una pequeez. Pero especfica, muy
especfica.
	-Cul?
	-Existe Dios? Qu piensas? Crees que el ngel sabr algo al
respecto?
	-Lo que yo creo es que t ests ms cansado que el ngel, her-
mano. Creo que debes dormir.
LOS NMEROS DE ORO


ALCANZARON el borde del Bosque de Oriente despus de
una cabalgada sin riesgos ni aventuras por las algodonosas
nieblas de Borgoa y la Champaa. Descansaron un poco menos de
una hora en la capitana de Villeneuve, ltima plaza fuerte de guar-
dia de los territorios secretos, justo el tiempo de que los caballos
recuperasen el aliento y consumir ellos una comida decente.
	Telmo estaba nervioso.
	-Hemos llegado a nuestro destino -dijo-. Qu debemos
hacer ahora?
	-No preocuparte de nada -respondi Gunter-. Es muy
sencillo. Unicamente tenemos que volver a montar a caballo y
reemprender el camino del bosque.
	-Para ir adnde?
	-No lo s, no tiene importancia. No es competencia nues-
tra saberlo.
	-Eso lo he comprendido, pero adnde vamos?
	-Hay alguien que nos espera, alguien que nos marcar el
camino.
	-Pero adnde? Dnde es la cita?
	-Aqu fuera. No te preocupes, ven.
	No hicieron ms que salir y montar en la silla cuando fueron
	250	251
rodeados por un grupo de caballeros. Uno de ellos llam a Gunter
por su nombre.
	-Gunter de Amalfi -grit-. Ests aqu por tu gloria?
	-No por mi gloria -respondi Gunter con presteza-, sino
por la del Seor.
	-Qu llevas contigo?
	-Nmeros, pesos, medidas.
	-Qu itinerarios has seguido para poder llegar hasta aqu?
	-He caminado a lo largo de la recta y de la curva, buscando el
punto de encuentro.
	-Segn la geometra terrestre?
	-Conozco las leyes terrestres, pero tambin las celestes.
	-Llevas contigo frutos de oro?
	-S, miel.
	-Dnde la has recogido?
	-En el Jardn de las Hesprides.
	-Adelntate, hermano. Hazte reconocer.
	Gunter avanz hasta ponerse al lado del caballo del otro. Se
abrazaron, tocndose segn un cdigo convencional en los pulsos,
el cuello y las ingles, por donde corren los canales esenciales de
la sangre.
	-Mustrame la esmeralda -dijo despus el caballero.
	-Desde que cay de la frente de Lucifer, se perdi en la
hierba del Edn -respondi Gunter--. Nadie sabe ya dnde
est.
	-Y, sin embargo, dicen que alguien la haba encontrado y
tallado, haciendo de ella una copa que todos llaman Grial.
	-Tambin la copa se ha perdido.
	-Y su contenido?
	-Lo estamos buscando.
	-Ven conmigo entonces, sgueme.
	El caballero espole su caballo. Gunter y Telmo hicieron otro
tanto y se pusieron en camino con l, escoltados por los dems.
Reconocido finalmente como templario, despus de haber agotado
el intercambio de las seales y las palabras de paso, ahora eran con-

252
ducidos a la casa madre, a lo largo del itinerario secreto del
bosque.
	Superada una primera zona intrincada de espinos y de rboles
de alto fuste, mejestuosos como columnas, se adentraron en un
laberinto hmedo y verde, cada vez ms tupido, cada vez ms inex-
tricable. Recorrieron lbregas espirales e imprevisibles variantes a
travs de un follaje espeso como el pelo de un animal, hasta que la
vegetacin empez a hacerse ms difana, los rboles a distanciarse
entre ellos, los matorrales a espaciarse sobre la costra musgosa de
un terreno cada vez ms mrbido, por momentos ms dcil. Se
detuvieron cuando la consistencia del terreno se volvi tan enrare-
cida, tan cenagosa, que no permita a los caballos avanzar ms. Los
animales se hundan en el fango hasta la mitad de las patas. Una luz
mortecina se filtraba a travs de las nubes negras, bajsimas, que
contrastaban con la humareda neblinosa que se elevaba del suelo.
	Un pantano impracticable se extenda delante de los caballeros.
Algn que otro extrao pjaro lacustre pasaba de vez en cuando
sobrevolando sus cabezas en vuelo rasante. Burbujas intermitentes
de gas afloraban a la superficie borboteando, como producidas por
un sifn subterrneo o una prdida de aire de quin sabe qu
improbable conducto.
	El caballero que conduca el grupo se descolg un cuerno que
llevaba sujeto a la cintura y sopl en l, extrayendo un sonido pro-
longado. Era una especie de reclamo sibilante, cortante como la
hoja de un cuchillo, que pareca hendir la niebla.
	Otros sonidos, cuando el eco se hubo perdido ms all del pan-
tano, respondieron con intermitencia regular, como expandiendo
las notas de un mensaje.
	Los caballeros aguardaron. Despus, de improviso, las burbujas
del fondo comenzaron a aflorar con rapidez creciente, casi fren-
tica, multiplicndose y sobreponindose hasta que la plana superfi-
cie del pantano no estuvo completamente cubierta por un turbin
de vrtices y espumas. Los caballos retrocedieron y se encabrita-
ron, retrocediendo espantados, a pesar de que para algunos de ellos
deba de tratarse de un espectculo habitual. Finalmente, toda la

253


L
1
superficie del pantano fue recorrida por una onda deslizante y
comenz a oscilar, expandiendo en torno salpicaduras de
fango.
	-~Qu est sucediendo? -pregunt Gunter, apretando con
fuerza las rodillas sobre los flancos de Abelcain.
	-No es nada -respondi el caballero-. Son nuestros arqui-
tectos, que estn apartando el pantano para dejarnos pasar.
	La montaa de fango se levant en medio de un tumulto de
mecanismos y sifones. Luego empez a inclinarse hacia un lado,
entre salpicaduras de espuma. Emerga un pasadizo de piedra. Los
caballeros se adentraron por l, mientras las orillas del pantano se
ensanchaban, para despus volver a cerrarse a sus espaldas, con-
forme ellos avanzaban hacia el interior.
	El caballo de Telmo coce varias veces al aire, intentando
retroceder.
	-Controla tu animal -grit Gunter-. No corremos nin-
gn peligro.
	-Pero el pantano puede engullirnos a todos -dijo ansiosa-
mente Telmo, esforzndose con toda su alma por sostener las
bridas.
	-Tambin Moiss debi de tener algunas dudas al atravesar el
mar Rojo, pero finalmente prevaleci la fe en l.
	-No s qu pueda tener que ver la fe aqu. Esto es una autn-
tica y verdadera diablura.
	-Es solamente un sistema de cierre. Ven, sgueme.
El camino se volvi ms seco. La onda de fango refluy blanda-
mente detrs de ellos recubriendo el pasadizo. Los caballos, al sen-
tir nuevamente la tierra firme bajo sus pezuas, piafaron y patalea-
ron. Los caballeros los pusieron al trote. Ahora estaban sobre los
territorios inviolables del Temple, protegidos por un inencontra-
ble sistema de compuertas.

	-Bien, hete finalmente aqu, monfrre -sonri el Maestre de
Payns al acoger a Gunter con los brazos abiertos-. Verdadera-
mente, no has perdido el tiempo.

254
	-Verdaderamente -dijo Gunter, dejndose abrazar-, he
hecho el viaje lo ms de prisa que he podido.
	-Esperemos al menos que las cifras estn cn orden -suspir
el Maestre, y tendi la mano-. Veamos csas cartas. Siempre
resulta ms complicado hacer cuentas entre nmeros rabes y
romanos.
	Gunter le entreg el saquito que durante tanto tiempo haba
llevado colgando del cuello. El Maestre lo abri, extrajo de l un
estrecho pergamino enrollado y le ech un vistazo, alejando con un
ligero codazo a un hermano que estaba demasiado cerca.
	-Me parece perfecto -dijo, mientras continuaba recorriendo
los signos con la mirada-. Todo perfecto y regular... Bravo.
	-Puedo considerar concluida mi misin?
	-Creo que s, y de la mejor manera.
	-Entonces, me puedo ir?
	-Y adnde quieres ir?
	-No lo s... Deca andar, salir de aqu.
	-Vete, por ahora. Pero hay otras rdenes para ti.
	-Podemos hablar de ello enseguida?
	-No, ahora ve a dormir. Ya he dado rdenes para que t y tu
ayudante seis alojados convenientemente.
	Gunter inclin la cabeza y se volvi de espaldas, dirigindose
hacia la salida. El Maestre lo llam.
	-Espera.
	-Aqu estoy, Maestre.
	-Quieres satisfacerme una curiosidad?
	-Naturalmente, si puedo.
	-No te interesa conocer el objeto de tu misin? No tienes
ninguna pregunta que hacer?
	-Verdaderamente, tendra muchas; pero nuestras reglas no lo
prevn. He recibido rdenes y las he cumplido. Es facultad tuya
darme explicaciones o negrmelas. Yo no insisto.
	-Qu es lo que querras saber, por ejemplo?
	-Por qu me han mandado desde Tierra Santa, donde, sin
embargo, hay tanto que hacer? Por qu me fue asignada una

255


L.
escolta tan numerosa para transportar simplemente un despacho?
Por qu los soldados del papa han intentado interceptamos y ani-
quilarnos? Por qu todo el sistema de las comunicaciones templa-
rias ha sido movilizado para controlar mi recorrido?... Y as sucesi-
vamente, preguntas de este tipo. El Temple ha pagado un precio
doloroso por esta misin ma. Muchos hermanos de gran valor han
muerto junto a m durante todos estos meses. A menudo pienso en
ellos.
	-El Temple es hoy mucho ms rico y poderoso, gracias a estos
nmeros que nos has trado -dijo el Maestre, mostrndole un ins-
tante el pergamino, lleno de signos y de cifras-. No era un despa-
cho corriente el que te ha sido confiado, pero no te ilusiones sobre
su significado. Solamente son nmeros.
	-Los nmeros pueden significarlo todo y no significar nada.
Por unos nmeros se puede tambin morir, como les ha sucedido a
mis compaeros de viaje.
	-S, pero te lo repito: no te ilusiones, no alimentes con ello
tus sueos. No se trata ni de las medidas del Arca ni de la frmula
del lquido del Grial... Es solamente contabilidad, mon fr~re. Pero
hay momentos en los cuales la contabilidad es ms importante que
los sueos. Porque puede servir para realizarlos.
	-No te comprendo, Maestre. Quieres decir que el Grial no
existe? Que los grandes misterios por los cuales hemos hecho
votos de llevar una vida de sacrificios y aventuras son nicamente
la proyeccin de nuestra fe visionaria?
	-No, digo solamente que, en ciertos momentos, el Grial es
llevado en las manos y en otros momentos desaparece del todo.
Depende de las circunstancias. Probablemente, cuando en la tierra
no hay nadie digno de poseerlo, se desvanece, asciende al cielo.
Pero no te atormentes por esto... Son asuntos que no tienen nada
que ver con tus nmeros de oro.
	-Nmeros de oro? Os he trado de Tierra Santa nmeros
de oro?
	-En un cierto sentido, si. Pero no te dejes seducir por la fan-
tasa; la alquimia no entra en esto para nada. Es verdad, somos
depositarios de secretos que nos permiten destilar oro a partir de
la piedra. Son incontables los hermanos que cultivan este arte en la
oscuridad dc los subterrneos, dejndose envenenar por el mercu-
to y por los humos dc los hornos incandescentes. Pero nada de
esto se relaciona con tus nmeros de oro.
	-Maestre, qu ests intentando decirme?
	-Que tus nmeros, las cuentas que nos has trado, valen ms
que todo el oro que podramos destilar de la piedra durante siglos
de dursimo trabajo. Te lo digo para liberarte de cualquier duda o
reniordimienro que puedas albergar sobre el fin de tus compae-
ros. En este pergamino est resumido con todo detalle el plan
necesario para la transferencia a Occidente de todos los bienes, de
todas las riquezas de Ultramar. Tierra Santa ya est perdida. No
podremos resistir all ms que unos pocos aos todava. Pero esto
no nos daar de ningn modo, no debilitar nuestra Orden. Por
el contrario, nos har tan fuertes... ms fuertes que ningn sobe-
rano, que ningn prncipe cristiano, que el mismo papa. Ninguno
de ellos podr hacer ningn proyecto, decidir hacer la guerra o fir-
mar la paz, empearse en ninguna contienda, sin poner sobre la
balanza de sus propios poderes tambin la espada de los tem-
plarios.
	-~Dices que Tierra Santa est perdida? Y lo dices como si
fuese algo conveniente, como si se tratase de una bendicin del
cielo?
	-Lo es, monfr~re. Para nosotros, los templarios, signa el inicio
de una poca nueva, en la cual seremos los nicos dominadores de
la cristiandad. Es un bien que esto nos haya tocado a nosotros, por-
que nicamente nosotros estamos en disposicin de superar las
angustiosas barreras de la fe para crear una nica federacin de paz
en unin de los hebreos y de los musulmanes.
	-~De qu modo debera terminar nuestra derrota en Oriente
para darnos tanto poder en Occidente?
	-Ya ha sucedido, mon fr~re. T has constituido el trmite para
ello con este simple despacho. Toda la poblacin cristiana de
Ultramar, desde las ms grandes familias a los ms pequeo.~
	256	257
7
comerciantes, no habran podido jams transportar a Europa sus
propios bienes. Prncipes y prelados no habran tenido ningn
modo de salvar sus tesoros. Los seores de Tiro y de Edesa, los
prncipes de Antioqua, los mercaderes de Acre, todos, en suma,
perderan todo lo que tienen si no lo confiasen a la Orden del
Temple, esto es, a la nica organizacin dotada de medios tales
como para poder efectuar una operacin tan compleja sin riesgos.
Ellos nos han consignado todos los tesoros, todas las riquezas, y
nosotros damos a cambio cartas en las que est precisado cuanto
nos han depositado, trmite necesario para poder rescatar en
Europa el valor equivalente en dinero, en cualquier capitana o casa
templaria. No es alquimia, pero, sin duda, dar ms frutos que la
piedra filosofal.
	-Comprendo. Pero esto significa que nosotros nos lucrare-
mos de las desgracias y desventuras de otros.
	-Por el contrario, significa que les ayudaremos a resolver sus
problemas, a transferir sus capitales, que, de otro modo, perderan.
Es un servicio por el cual estarn dispuestos a pagar una canti-
dad equitativa.
	-Sacaremos, pues, ventaja de una catstrofe como es la pr-
dida de Tierra Santa.
	-No es una catstrofe, puesto que nos permitir realizar el
gran sueo de la pacificacin universal. Tambin Jerusaln ser
libre, cuando nosotros hayamos salido de ella, porque pertenecer
a todos, sin distinciones de raza o de fe. Solamente entonces, el
Grial podr volver a la tierra, finalmente digna de acogerlo, y
nosotros seremos sus custodios.
	-El sueo es esplndido, pero el mtodo me repugna.
	-No tienes por qu arrugar la nariz. Es un mtodo que, en el
curso de unos pocos siglos, se har de uso comn. Nosotros somos
solamente los primeros en aplicarlo, porque hemos sabido sacar
provecho del conocimiento de los nmeros. Ser mucho ms con-
veniente para todos cuando con un simple testimonio escrito, con
una tablilla sobre la cual haya registradas unas cifras, cualquiera
pueda trasladarse sin riesgos de una ciudad a otra, sin llevar con-
-u






sigo valores de ningn tipo, contando con la posibilidad de cobrar
donde quiera un crdito reconocido.
	-Por qu me has contado todo esto, Maestre? No te lo haba
preguntado.
	-Era necesario para que comprendieses cul ha sido el sentido
de tu misin, para darte paz.
	-Pero as lo que has hecho es quirrmela del todo.
	-No te he quitado nada, mon frere. T has perdido la paz hace
ya bastante tiempo.
	Era verdad. No tena ya nada que aorar, ni siquiera la Tierra
Santa, y Montsegur no era ya ms que un recuerdo desgarrador, un
peso insostenible para su conciencia fatigada, en el cual los ltimos
frgiles vislumbres de ternura y de amor iban dispersndose como
reverberos de hielo.
	258	259
HOMBRES ROJOS MS ALL
DEL OCASO

flOMO un pjaro que ha quedado atrapado en una catedral,
por haberse aventurado en vuelo hasta la cavidad del bside,
un pjaro que lenta, pero violentamente, se mata batiendo la
cabeza contra las vidrieras, en su intento de remontar los senderos
de la luz exterior, del mismo modo Gunter pas los das de su des-
canso en Payns, sometindose a extenuantes ejercicios espirituales
y a penitencias corporales que, lejos de indicarle razonables vas de
salida, acrecentaban ulteriormente la maraa de los dilemas en los
que se debata desde haca tiempo.
	Estaba, pues, aturdido por el insomnio y los ayunos cuando fue
convocado al captulo del Temple, dos semanas ms tarde. Le fue
ordenado interrumpir inmediatamente los ejercicios espirituales y
reemprender los militares. Le fue, adems, prescrita una dieta a
base de carne, vino y otras sustancias fuertemente nutritivas, a la
cual deba atenerse rigurosamente. Era evidente que se quera que
recuperase las fuerzas, probablemente con vistas a quin. saba qu
nuevas tareas.
Gunter estuvo dispuesto a cumplir rigurosamente las rdenes
recibidas, aunque no fuese con aquel mismo excesivo celo de que
haba dado pruebas en la penitencia, como si quisiese aniquilar en
la tensin del cuerpo cualquier equvoco del alma o cualquier inte-
261
rrogante de la mente. Comi mucho, bebi todava ms, digerin-
dolo cotidianamente todo en el curso de extenuantes ejercicios,
que hacan prever interminables duelos con los brazos cargados de
pesado lastre y cabalgadas con armadura de combate a travs de
impracticables y accidentados itinerarios.
	Bastaron unos pocos das para restituirle toda su vitalidad de
guerrero, pero tambin la determinacin necesaria para desenredar
la duda que ms le atormentaba. Decidi que regresara a Montsc-
gur para unrse a los caballeros grises contra los cruzados extermi-
nadores de Montforr. Volvera a ver a Myrtilla y conocera, cuando
naciese, a su hijo.
	Convocado nuevamente por el captulo, pidi con firmeza ser
enviado al Languedoc. Le fue negado. Insisti. Fue reprendido.
	-Te has olvidado, Gunter de Amalfx, de que has jurado ser,
durante todos los das de tu vida, esclavo y siervo de al Orden?
-le record el Maestre con desacostumbrada aspereza-. Te has
olvidado de que has renunciado a tu voluntad para hacer todo
aquello que te sea ordenado, sin poner impedimentos ni hacer
preguntas?
	-No, seor, no lo he olvidado. Pero tambin he jurado que
me batira en cualquier lugar para que ningn cristiano fuese opri-
mido injutamente.
	-Y en defensa de qu cristianos, contra qu opresores, tienes
intencin de combatir all?
	-Hay una comunidad de cristianos pursimos all en el Lan-
guedoc, que est a punto de ser aniquilada en nombre de un equi-
voco, de un malentendido, justamente a causa de la pureza de sus
hijos; tan puros y buenos, tan santos, que la Iglesia de Roma, humi-
llada por la comparacin, les ha juzgado herejes. Vivan en paz en
Toulouse, Montsegur, Beziers, Carcasona, Albi, por lo que son lla-
mados albigenses. Pero su verdadero nombre es el de ctaros, por-
que kataros, en griego, significa puro.
	-En qu tremenda confusin has debido caer, hermano, si te
atreves a defender, en una casa del Temple, a una secta de herejes.
	-No son herejes, no pueden serlo, puesto que hasta el venera-
262
ble Bernardo de Claraval, nuestro padre espiritual, los ha de-
fendido.
	-Y ahora, encima, te conviertes en blasfemo. Citas indebida-
mente a un santo.
	-Pero l los conoca, y les dijo que no existen plegarias ms
cristianas que las de ellos. Y as es, os lo juro. Yo los he odo rezar.
Son puros.
	-Ya est bien, hermano. Enseguida sers informado del nue-
vo encargo que se te hace.
	- Cundo?
	-Te llamaremos. Ahora vete, y reanuda tus ejercicios.
	-Espirituales o militares? -pregunt Gunter, con un amar-
go sarcasmo que casi rozaba la provocacion.
	-Militares, hermano, militares. Te servirn ms.

	Por la noche, en el refectorio, Gunter busc a Telmo como dc
costumbre. Habitualmente, compartan la cena, segn la regla tem-
plaria, comiendo juntos de la misma escudilla. Pregunt a los otros.
Ninguno supo darle la menor explicacin. Fue a buscarle a su celda
y la encontr vaca, la cama hecha y ni rastro de las pocas pertenen-
cias de Telmo.
	-Ha debido partir -le dijeron.
	Se inform de por dnde y de por qu as, de improviso. Nadie
supo decrselo. Por otra parte, semejantes preguntas resultaban
inclusive embarazosas. Un templario parte, le respondieron evasi-
vamente, cuando recibe la orden de partir. Va adonde le dicen que
vaya, adonde el Temple lo reclama.
	Gunter no insisti, porque conoca demasiado bien las reglas.
Un templario no est ligado a nadie. Se va de al lado de quien sea
sin saludarle. Su fuerza est en la soledad. Todo era, pues, perfecta-
mente regular. Gunter lo saba. Volvi al refectorio y comparti la
cena con un nuevo hermano, al que hasta entonces no haba
visto nunca.
Despus de la cena, se dirigi a las cuadras, para ocuparse per-
sonalmente de Abelcain. Estaba demasiado ligado a su bestia man-
263
-.7



chada, para dejar que otros se ocupasen de su comida. Y, adems,
en medio de la irremediable incomodidad de su situacin, era la
nica criatura con la que poda comunicarse sin intermediarios
ni reglas.
	Pero el caballo no estaba all. En su lugar encontr un caballo
negro, robusto y piafante, ansioso de pienso y de caricias. Pregunt
a los escuderos dnde estaba su animal.
	-Ha habido un intercambio de caballos -dijo un mozo de
cuadras-, pero no lo s con precisin.
	-Nuevas partidas, nuevas llegadas -aadi otro-. Se ha
producido alguna alteracin en la adjudicacin de los animales.
	-Ahora tu caballo es ste -dijo un tercero, sealando el
caballo negro.
	Tambin esto era perfectamente regular. Tanto las armas
como los caballos no pertenecan a los caballeros, sino a la Orden.
Tambin esto estaba sancionado por las reglas.
	Gunter experiment el extrao impulso de relinchar, de recla-
mar de alguna manera a Abelcain, de hacerse or por l, por donde-
quiera que, en aquel momento, estuviese galopando. Su dignidad
de caballero le hizo contenerse. Tena otro animal del que ocu-
parse. El caballo negro tena hambre. Recogi una doble medida de
pienso y se la llev. El animal comi vidamente. l le acarici
el morro.
	-Cmo se llama? -pregunt a un escudero.
	-No lo s. Acaba apenas de llegar.
	-Y su caballero?
	-T eres ahora su caballero.
	-Dadle ms cebada -dijo Gunter acaricindolo una vez
mas.
	El caballo estir el cuello hacia adelante y restreg la cabeza
contra su brazo. Gunter lo abraz con fuerza y lo bes detrs de las
orejas, deseando en lo ms ntimo de su corazn que tambin Abel-
cain, dondequiera que estuviese, recibiese aquella noche, de su
nuevo dueo, su racin de heno y de caricias.
	Le fue ahorrado un nuevo glido encuentro con el captulo. El
Maestre quiso verle a solas y fue muy gcntil con l, como la noche
de su llegada.
	-El Temple te debe mucho, Gunter dc Amalfi, mucho ms de
lo que puedas imaginar -le dijo, tomndolo afablemente del
brazo-. Pero ya conoces las reglas: cuanto ms mritos se hagan,
menos se ser recompensado.
	-Y cuanto ms incurras en fallos -prosigui Gunter, citando
a su vez con resignacin-, tanto ms sers socorrido y compla-
cido.
	-Bravo. Eso lo simplifica todo.
	-~Dnde queris mandarme?
	-T has expresado tu deseo de ir al Languedoc. Me agradara
contentarte. Pero ya conoces las reglas: no actuars jams segn tus
deseos; si te quisieses quedar aqu, se te mandara all.
	-Y si quisieras ir all, se te mandar a otro lugar.
	-Bravo; eso es, justamente. Si quieres dormir, se te har velar,
y si quieres estar despierto, se te ordenar irte a dormir.
	-Pues s, lo recuerdo perfectamente. Adnde debo ir?
	-Ven, te lo voy a explicar.
	El Maestre condujo a Gunter a una sala en la cual haba acumu-
ladas cartas de todo tipo, pergaminos, mapas...
	-Son rutas de mares lejanos -explic el Maestre-, que sola-
mente conoce la marinera de la Orden. Son tierras de ms all del
ocaso, donde hombres de piel roja extraen plata para el Temple de
las entraas de unas minas tan grandes como ciudades. nicamente
unos pocos caballeros de toda confianza pueden ser informados
de esto...

	Gunter parti aquel mismo da. Cabalg ininterrumpidamente
hasta alcanzar la costa, diseminada de escollos profundos y cortan-
res como dientes de dragn, sobre los cuales un mar negro y espu-
moso se precipitaba con olas en forma de duna que, de algn
modo, le recordaron por ltima vez' el desierto.
	Aqu se embarc en un dra kar dans, un tipo de barco denom-
	264	265
nado as por los salvajes del norte en su idioma, por su terrorfica
forma de dragn, que enarbolaba en su mstil la insignia blanqui-
negra del Temple. Era un navo sutil provisto de remos y de una
nica vela, con los flancos recubiertos de escudos. Los remeros
bogaban al aire libre y no iban encadenados. Eran muy extraos los
ornamentos tallados sobre los bordes y sobre la proa, empezando
por el mascarn, que representaba una serpiente con cuernas.
Gunter no haba visto nunca una embarcacin semejante en las
aguas de sus idas y venidas entre Tierra Santa y Europa. Pero tam-
bin era verdad que nunca haba visto un mar tan negro ni marine-
ros tan rubios, tan iguales los unos a los otros ni tan ausentes en la
fijeza uniforme de sus miradas azules. Por lo dems, no haba nada
que pudiese asombrarlo.
	Sobre esta extravagante nave, conducida por una tripulacin
que se expresaba en un dialecto del todo desconocido para l, for-
mado ms de gruidos y de sonidos guturales que de palabras,
Gunter dej definitivamente Europa, derecho hacia las playas fel -
ces -as, al menos, le fue dicho-, cuya gente acoga festivamente
a los extranjeros, coronndoles la cabeza con plumas.
EPLOGO. TREINTA AOS
DESPUS, EN MONTSEGUR

M ONTSEGUR resisti durante treinta aos el asedio de los
cruzados, es decir, mucho ms de lo que es necesario para
que un nno se convierta en un hombre. As, el hijo de Gunter y de
Myrtilla tuvo tiempo para nacer, crecer, convertirse en muchacho,
ms tarde en hombre, y finalmente morir como todos los habitan-
tes de la roca cuando sta fue por fin conquistada.
	Por una fatalidad singular de la historia, Jerusaln cay el
mismo ao que Montsegur y se perdi para siempre.
	Los templarios fueron los ltimos caballeros en dejar Tierra
Santa por el puerto de Acre, despus de haber sostenido la ciudad
durante cuarenta das y procurado a la poblacin cristiana el
tiempo necesario para evacuara. Poco menos de trescientos, apo-
yados por un centenar de hospitalarios y teutnicos, tuvieron en
jaque a ciento sesenta mil sarracenos provenientes de Egipto y de
Siria, los cuales no pudieron poner pie tras las murallas de Acre
hasta que el ltimo cristiano fue embarcado.
	Los tesoros de Tierra Santa estaban desde hacia ya tiempo al
seguro en las casas templarias de Francia, gradualmente transporta-
dos en cofres desde el Oriente, segn el plan secreto de que Gun-
ter haba sido portador.
	Nunca la Orden del Temple fue ms rica y poderosa que
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entonces, nunca un sueo estuvo tan cercano a su realizacin. Sin
embargo, tampoco una ilusin se consumi nunca tan de prisa.
	La Orden fue aniquilada en el transcurso de una noche, me-
diante un golpe de mano de los esbirros franceses, que enga a
rodos haciendo creer a cada uno de los templarios que era el nico
en ser arrestado y que sera inmediatamente liberado por los
otros.
	Vctimas de una ingeniosa estratagema, los caballeros ms
temibles de la cristiandad se dejaron todos encadenar sin oponer
resistencia, amamantados por un orgullo que les haca estar segu-
ros de poder contar con una fuerza oculta e invencible. Se fueron
en las carretas de los guardias con suficiencia, como fastidiados ms
que preocupados, convencidos de que en pocos das iban a recibir
las excusas del rey por aquel terrible equvoco.
	Fueron aherrojados en subterrneos de los ms remotos casti-
los, donde la mayora de ellos muri bajo las torturas, por no reve-
lar los secretos de que eran depositarios o confirmar acusaciones
infamanres.
	Traicionados por el papa, sometidos durante aos a tormentos
inhumanos, algunos supervivientes, reducidos a larvas casi vegeta-
les, admitieron culpas nunca cometidas, tales como para que la
Iglesia jusrificara la muerte en la hoguera de Jaime de Molay,
ltimo Gran Maestre, y de los caballeros que le haban permane-
cido fieles.
	Una bula papal ratific, con amargura y tristeza, la disolucin
definitiva del Temple. A los pocos supervivientes les fue conce-
dido rerirarse a un convento o bien, como humillante alternativa
para quien quisiese conservar la espada, ingresar en la Orden de los
Hospitalarios.








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GRANDES XITOS DE LA NOVELA HISTRICA

1.	Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar
2.	Len el Africano. Amin Maalouf
3.	Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros. John Stembeck
4.	La dama del Nilo. Pauline Gedge
5.	Fuego del paraso. Mary Renault
6.	Alamut. Vladimir Bartol
7.	Esa dama. Kate O'Brien
8.	El conde Belisario. El ltimo general romano. Robert Graves
9.	Espartaco. La rebelin de los gladiadores. Arthur Koestler
10.	Juliano el Apstata. Gore Vidal
11.	Ciro, el Sol de Persia. Guy Rachet
12.	Anbal. (Primera parte). Gisbert Haefs
13.	Anbal. (Segunda parte). Gisbert Haefs
14.	El faraon. Pauline Gedge
15.	Tiberio. Alan Massie
16.	Las memorias de lord Byron. Robert Nye
17.	El muchacho persa. Mary Renault
18.	Creacin. (Primera parte). Gore Vidal
19.	Creacin. (Segunda parte). Gore Vidal
20.	Yo, Claudio. Robert Graves
21.	Urraca. Lourdes Ortiz
22.	El puente de Alcntara. (Primera parte). Frank Baer
23.	El puente de Alcntara. (Segunda parte). Frank Baer
24.	La muerte de Atila. Cecelia Holland
25.	El samurai. Shusaku Endo
26.	El vellocino de oro. (Primera parte). Robert Graves
27.	El vellocino de oro. (Segunda parte). Robert Graves
28.	El papiro de Saqqara. Pauline Gedge
29.	Juegos funerarios. Mary Renault
30.	El joven Csar. Rex Warner
31.	El corazn de piedra verde. (Primera parte). Salvador de Madariaga
32.	El corazn de piedra verde. (Segunda parte). Salvador de Madariaga
33.	Memorias de Agripina. La Roma de Nern. Pierre Grimal
34.	El bobo ilustrado. Jos Antonio Gabriel y Galn
35.	Claudio el dios y su esposa Mesalina. (Primera parte). Robert Graves
36.	Claudio el dios y su esposa Mesalina. (Segunda parte). Robert Graves
37.	La guerra del fuego. J.-H. Rosny, Am
38.	Alexias de Atenas. Una juventud en la Grecia clsica. Mary Renault
39.	Csar imperial. Rex Wamer
40.	El bosque de la larga espera. (Primera parte). Hella 5. Haasse
41.	El bosque de la larga espera. (Segunda parte). Hella 5. Haasse
42.	A la sombra del granado. Una novela de la Espaa musulmana. Tariq Ah
43.	La Taza de Oro. Vida de sir Henry Morgan. John Steinbeck
44.	Los idus de marzo. Thornton Wilder
45.	A la sombra de un destino. Luis Gmez-Acebo, duque de Badajoz
46.	Nerpolis. (Primera parte). Hubert Monteilhet
47.	Nerpolis. (Segunda parte). Hubert Monteilhet
48.	El ojo del farnn. Boris de Rachewiltz y Valent Gmez i Oliver
49.	Rey Jess. Robert Graves
50.	La agona y el xtasis. (Primera parte). Vida de Migueln gel. Irving Stone
51.	La agona y el xtasis. (Segunda parte). Vida de Miguel ngel. Irving Stone
52.	El templario. Michael Bentine
53.	Coprnico. John Banvihle
54.	El arca de Schindler. Thomas Keneally
55.	En busca del rey. Gore Vidal
56.	La visita en el tiempo. Arturo Uslar Pietri
57.	Juana la Loca. Guillem Viladot
58.	El rey debe morir. Mary Renault
59.	guilas y cuervos. (Primera parte). Pauline Gedge
60.	guilas y cuervos. (Segunda parte). Pauline Gedge
61.	El cinturn de oro. Cecelia Holland
62.	La ciudad escarlata. Hella 5. Haasse
63.	El divino Augusto. Philipp Vandenberg
64.	Harem. (Primera parte). Colin Falconer
65.	Harem. (Segunda parte). Colin Falconer
66.	Jos. El judo del Nilo. Pierre Montlaur
67.	Mesalina. Violaine Vanoyeke  Guy Rachet
68.	El pobre de Ass. Nikos Kazantzakis
69.     Gunter de Amalfi. Caballero templario. Franco Cuomo
